EROS
Director: Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Kar Wai Wong. 2004. Color
Intérpretes: Gong Li (Hua Yibao), Chang Chen (Xiao Zhang), Tin Fung (Jin), Auntie Luk (Ying), Robert Downey Jr. (Nick Penrose), Alan Arkin (Dr. Pearl), Ele Keats (Mujer), Christopher Buchholz (Christopher), Regina Nenni (Cloe), Luisa Ranieri (Linda)
![]()
Eros son tres cortometrajes realizados por tres magníficos directores, con el nexo común del erotismo, la sensualidad y el amor. El filo peligroso de las cosas de Michelangelo Antonioni. Toscana actual. En un viaje a la costa, una pareja se enfrenta a la pérdida de magia de su matrimonio. La pasión del marido se despierta por la aparición de una joven misteriosa. Equilibrio de Steven Soderbergh. Nueva York, 1955. Un ejecutivo estresado siente que ha perdido su equilibrio, debido posiblemente a sueños eróticos recurrentes de una mujer que no puede identificar. En una sesión poco común, su poco convencional psiquiatra intenta equilibrar la atención entre su paciente y alguien que ve a través de la ventana… La mano de Wong Kar Wai. Hong Kong, 1963. Un joven sastre se enamora de la seductora Srta. Hua (Gong Li) la primera vez que toma las medidas de su sensual cuerpo. A lo largo de los años, el sastre permanece leal a ese amor sin réplica, mientras la Srta. Hua se enfrenta a tiempos difíciles.

Desde casi el origen del cine ha habido películas colectivas, que constaban de tantos episodios como directores firmantes. Por lo general dichas películas tienen como reclamo precisamente a dichos autores más que el tema vinculante. Casos como ¡Que viva Italia! o Decameron 70 por poner un par de ejemplos italianos, pero tambien Historias de Nueva York o el homenaje a Méliès. En España destacaría Los desafíos con producción de Elías Querejeta, donde pudo verse la primera obra de Víctor Erice.
Normalmente estas obras suelen ser irregulares y suelen alargarse más de la cuenta (Decameron 70 dura más de 3 horas).
Eros tambien es irregular, no obstante mantiene una ligereza que no la hace pesada. En El filo peligroso de las cosas Michelangelo Antonioni, que he de reconocer que nunca ha sido santo de mi devoción, cuenta la historia de una pareja en crisis que ha perdido la pasión. Todas sus conversaciones están declinadas en pasado y llenas de reproches. En un momento, diríamos que onírico por cómo está rodado, el chico conoce a una especie de mujer salvaje con la que fornica a los pocos minutos. Al dejarla ésta bailará desnuda en una playa y será encontrada por otra bailarina desnuda, que no es otra que la pareja del chico. En Equilibrio Steven Soderbergh cuenta un sueño dentro de otro sueño. Un magnífico, como casi siempre, Robert Downey Jr. está en el psicólogo, un magnífico Alan Arkin, contándole un sueño erótico que tiene a menudo. El psicólogo está más atento a la mujer de la casa de enfrente que a su paciente. Al despertar el cliente resultará que ambos son socios y aquí no ha pasado nada. Y llegó el momento fuerte, el que eleva el nivel del filme con el episodio La mano del coreano Wong Kar Wai. Se trata de la historia más larga de las tres, una hermana pequeña de Deseando amar y de 2046. Y es que los fotogramas parecen sacados de cualquiera de las dos películas nombradas. Estamos tambien en la China de los 60 y un aprendiz de sastre entra en la casa del que será su mentor. Allí conoce a su adinerada mujer que no duda en obligarle a quitarse los pantalones y usar su mano. Esa mano será el detonante de una historia de amor contenido (tras ese brusco comienzo) y veremos cómo, a lo largo de los años, las diferentes relaciones de ella la irán deteriorando económica y anímicamente, mientras que él seguirá su fiel trabajo de sastre, confeccionándole bonitos vestidos con todo su amor para que ella los luzca ante sus gigolós. Sublime es la escena en la que ella le pide un último vestido para no perder a alguien y él, que conoce perfectamente su cuerpo, le dice que no necesita tomarle las medidas, que le basta con usar sus manos. Y ese abrazo y caricias son una muestra genial de ese amor al margen, impotente y dedicado, rodado con una sensibilidad muy típica del cineasta.
Esta última historia deja buen sabor de boca a una película casi fallida, a la que le sobra todo Antonioni y algún momento de Soderbergh.

Eros, último Antonioni
Tres directores convocados para dar su particular visión sobre el amor y el deseo forman el tríptico Eros. El cineasta Michelangelo Antonioni es acompañado por dos de los directores con más prestigio del cine actual, Steven Soderbergh y Kar Wai Wong, en un proyecto con resultado irregular, en el que destaca la maestría del director de In the mood for love (Deseando amar).
Resulta increíble poder escribir en el año 2005 sobre el estreno de una obra firmada por Michelangelo Antonioni. El director de La aventura, que tiene ahora 93 años, estrenó en 1995 la que parecía su última película, Más allá de las nubes, un digno y hermoso final para uno de los autores más emblemáticos de la historia del Cine. Atrás quedaban años de silencio con multitud de proyectos frustrados, graves problemas físicos (en 1985 sufrió un ataque cerebral que le paraliza parcialmente) y una errática carrera en la que sus últimos trabajos no lograron la aceptación de crítica y público. Durante este tiempo se dedicó a escribir, a la fotografía y a otra de sus grandes pasiones: la pintura.
Eros, estrenada en el Festival de Venecia de 2004, llega ahora a nuestras pantallas con un considerable retraso. El proyecto se puso en marcha cuando el productor Stéphane Tchal Gadjieff intentó reunir a tres grandes maestros del cine, Elia Kazan, Billy Wilder y Michelangelo Antonioni, para confeccionar tres historias en torno al erotismo. Aquel proyecto no pudo llevarse a cabo, y se publicó que junto a Antonioni iban a estar Wong Kar Wai y Pedro Almodóvar. Finalmente, ha sido el director Steven Soderbergh el que ha completado el trío. Esta fórmula hace posible que el director italiano pueda volver a dirigir, apoyado por el tirón de estos realizadores. Eros recupera una fórmula de episodios muy utilizada en Europa durante los años 50 y 60, momento en el que convivían grandes nombres del cine italiano y francés. Aunque los resultados suelen ser irregulares, dan la oportunidad a sus creadores de experimentar y pueden contener interesantes hallazgos o pequeños divertimentos.
Tal vez sea éste el último trabajo cinematográfico del emblemático autor italiano, que debutó en 1950 con Crónica de un amor, y que en la llamada trilogía de la incomunicación, La aventura, La noche y El eclipse, exploró una nueva concepción del lenguaje cinematográfico. Reflejó la profunda crisis existencial de la persona ante la sociedad industrial, utilizando el silencio, los tiempos muertos y la simbología del entorno como reflejo del estado emocional de sus personajes. Culminó esta etapa con El desierto rojo, en la que experimentó por vez primera con el color y dejaba entrever algo del agotamiento de esta fórmula. A partir de ahí comenzó un largo periplo, en el que destaca la mítica Blow up, icono de la estética de los 60, rodada en plena magia del swinging londinense. La historia, vagamente inspirada en un relato de Cortázar, planteaba, a partir del revelado de una fotografía, las múltiples interpretaciones de la realidad.
Cabe preguntarse qué queda de las claves de este cine en El filo peligroso de las cosas mediometraje de Eros basado en uno de los relatos de “Quel bowling sul tevere”, base también de Más allá de las nubes. Con varios puntos de referencia a aquella película, actualiza junto a Tonino Guerra, guionista que le ha acompañado durante gran parte de su carrera, un proyecto que quiso rodar en los años 80. En un principio, da la impresión de que Antonioni realiza un boceto, una especie de estudio al aire libre, en el que tan sólo esboza parte de sus constantes existenciales. Un matrimonio durante unas vacaciones parece incapaz de comunicarse a través de sus palabras y sus elocuentes silencios. De nuevo, la pareja en crisis, acentuada por el entorno. Su crispación se hace todavía más evidente ante la luz del final del verano en la costa de Toscana. El cineasta que mejor ha integrado la arquitectura abandona la ciudad, que oprimía el espíritu de los protagonistas de El eclipse, para situarse ante un horizonte abierto. Tal vez éste sea el último lugar al que dirigirse, la necesaria última parada de la pareja donde encontrarse, al igual que en la parte final de La noche, el matrimonio se enfrentaba a su realidad en la serenidad de la madrugada. Pero a diferencia de aquella pareja que se incomunicaba (o se comunicaba) a lo largo de toda la película a través de sus silencios, éstos no dejan de hablar, en ocasiones a gritos, sin conseguir entenderse.
Los personajes deambulan, pero sus actos suelen no revelar la verdadera naturaleza de sus sentimientos. El momento de mayor audacia es aquel en el que ella deja caer su copa al suelo en el restaurante, gesto de provocación y tremendo hastío. En última instancia, se desprende la incomunicación a través del sexo, acto supremo de intimidad entre las personas. Sorprende la vitalidad del viejo maestro a la hora de explorar el deseo, y abordar la historia con la mayor carga erótica de la película. Aunque reúne parte de los signos de identidad de su autor, no es posible evitar cierta decepción ante este trabajo, acentuada por una realización un tanto rutinaria, que se aleja de los elegantes y complicados planos del resto de la filmografía. Si alguna virtud tiene este breve suspiro del cine de Antonioni es dejar en el ambiente varios interrogantes, acompañado de una vaga sensación de desasosiego.
Steven Soderbergh, El “más listo de la clase” entre los directores norteamericanos, se sube al carro de producción con un guión propio, Equilibrio, que no trata el erotismo de forma explícita, sino que al parecer pretende sugerirlo, a través del relato de un sueño de un ejecutivo neurótico a su psiquiatra. Los motivos por los que se pensó en este director, aparte de su evidente fama, pueden ser las turbulencias de su ya lejana Sexo, mentiras y cintas de vídeo. El director, que tan pronto se dedica a filmar vehículos para estrellas tipo Erin Brockovich o producciones como Ocean’s eleven (Hagan juego) y secuelas, realiza un ejercicio de estilo en el que ese buscado erotismo no aparece por ninguna parte. Al menos, no se excede en el metraje, contiene algún momento de humor y el buen trabajo de Robert Downey Jr. y Alan Arkin.
El episodio sirve de transición para la mano, la apasionada historia de Wong Kar Wai, una perla caída del collar de In the mood for love (Deseando amar), que nos introduce de lleno en los universos del deseo contenido y el amor desaforado. Mediante un “flash back” nos lanza al relato del amor imposible y fiel de un joven sastre por una prostituta de lujo. La habitación 2046 en la que se amaban aquellos personajes es ahora el entorno de una historia de factura exquisita, protagonizada por Gong Li. Parece que Wong Kar Wai es el único que realmente ha entendido el encargo al que fueron retados los directores: sabe conducirnos por los tortuosos caminos del deseo a través de uno de sus sentidos, el tacto, llegando de forma progresiva, a través de una simple caricia, a uno de los momentos más intensos de la película.
Uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido el resultado final de Eros si Pedro Almodóvar hubiese completado el tríptico. Tal vez lo hubiese equilibrado con su capacidad a la hora de recrear turbias pasiones. En Eros asistimos a una especie de relevo de autores, por un momento coexisten en la pantalla los universos de Antonioni y Kar Wai Wong: dos cineastas que utilizan sus propias leyes de espacio y tiempo, y entienden el Cine como un acto de creación integral.

a gestación del proyecto Eros comienza en 2001, cuando el director italiano Michelangelo Antonioni consigue llevar a cabo un mediometraje titulado El filo peligroso de las cosas, adaptado de un relato propio escrito para la pantalla por su habitual colaborador, el guionista Tonino Guerra. Inmediatamente surgen otros dos nombres de directores interesados en completar junto al segmento de Antonioni un filme colectivo con el fin de alcanzar un metraje estándar que permitiese su estreno comercial. Los cineastas en cuestión eran Kar Wai Wong y Pedro Almodóvar, si bien éste último terminó apartándose del filme dejando un hueco que pasó a ser ocupado por Steven Soderbergh. El resultado es una película de episodios (el mencionado de Antonioni; Equilibrio, de Soderbergh y La mano, de Kai War Wong con el erotismo como tema principal si bien, en realidad, da la impresión de que los tres directores no han hecho más que aprovechar la ocasión para rodar una pieza perteneciente a sus particulares intereses fílmicos (algo que diferencia el proyecto de iniciativas como la película 11′ 09” 01 11 de Septiembre, la cual tenía más limitaciones apriorísticas para quienes la conformaron). Sin duda el regreso a la gran pantalla de un realizador de la importancia de Antonioni es y debe ser noticia habida cuenta de la avanzada edad (93 años) del autor de La noche y los graves problemas de salud que arrastra desde hace tiempo y que dificultan su comunicación con el equipo de rodaje. El filo peligroso de las cosas es su primer trabajo desde que en 1995 presentase Más allá de las nubes, en colaboración con Wim Wenders, aunque posteriormente ha realizado otro filme, el inédito en España Lo sguardo di Michelangelo (2004). El carácter de homenaje a la figura de Antonioni de Eros queda patente desde la propia presentación de cada uno de las piezas que componen el largometraje, precedidas de una delicada pieza musical de Caetano Veloso inequívocamente titulada “Michelangelo Antonioni”.

El filo peligroso de las cosas
Aunque la nueva cinefilia no parezca tenerle demasiado presente, Michelangelo Antonioni es uno de los referentes ineludibles en el cine moderno, y sin duda uno de los creadores de formas cinematográficas más notables de la historia de este medio. A lo largo de su filmografía ha mostrado siempre una gran preocupación por el estudio de la arquitectura del plano y la situación del cuerpo de los intérpretes en el encuadre, desechando “de facto” la idea de tratar de contar una historia lineal siguiendo las dramaturgias convencionales. El seguimiento de los personajes en sus coreografías cotidianas sin atender a un fin concreto y sin impostar cargas dramáticas así como la plasmación de los tiempos muertos sin diferenciación con aquellos que contienen acciones y de situaciones estancadas en las que los diálogos a menudo devienen intencionadamente intrascendentes o banales son elementos que forman parte de su cine desde hace mucho tiempo, y han sido asumidas por algunos de los cineastas actuales más interesantes, pero también ha propiciado la consideración por parte de algunos sectores de crítica y público de que se trata de un director “lento” o “aburrido”. Con todo, el Antonioni del siglo XXI continúa, pese a quien pese, fiel a sus principios y demuestra que aún es capaz de intentar avanzar en el camino del conocimiento de todas las posibilidades que puede albergar el cinematógrafo.

El filo peligroso de las cosas parte de un argumento mínimo. Una pareja, una infidelidad por parte del hombre, y el encuentro final entre ambas mujeres. La puesta en escena, fresca y vitalista, acompaña el movimiento de los tres personajes a través de todo tipo de espacios, a veces siguiéndoles por la espalda, un recurso muy utilizado por cierto por Gus Van Sant en sus últimos trabajos y con el que se consigue recuperar una fidelidad al entorno ausente en la mayor parte del cine narrativo. Porque, como es costumbre, Antonioni parece mucho más interesado en “describir” que en “narrar” y en “dejar ver” en lugar de “mostrar”. La película parece asimismo encaminada a reinventar sensaciones imposibles de teorizar, a veces cercanas a la ensoñación, convirtiéndose en una alternativa a cierto cine de sentimientos prefabricados y monolíticos. Sin efectismos, sin ruido, dando prioridad a la luz, al silencio y a las percepciones sensoriales, Antonioni ofrece una auténtica lección de puesta en escena desde el principio hasta el plano final, que encierra un elegante simbolismo sexual. El cuerpo femenino es mostrado en toda su desnudez aunque, como ocurría en la citada Más allá de las nubes, los etéreos desnudos de Antonioni evitan incidir en lo morboso y despojan al cuerpo femenino de la utilización como objeto de consumo que ha venido sufriendo en la sociedad contemporánea reinsertándolo de nuevo en la naturaleza. De ahí que el erotismo de la película tenga, pese a lo frontal de la mirada, una sensación de limpieza sin parangón en el cine actual.
Equilibrio

Encumbrado en 1989 por su primer largometraje, Sexo, mentiras y cintas de vídeo, galardonado con la Palma de Oro de Cannes, el norteamericano Steven Soderbergh ha recorrido lentamente una trayectoria fílmica que le ha llevado a ocupar una posición consolidada dentro del cine comercial hasta el punto de que actualmente cuenta con su propia productora. Soderbergh no es el único director antaño independiente que se ha ido integrando paulatinamente en la industria (hoy en día la mayoría de independientes americanos lanzan un primer filme con vistas a incorporarse cuanto antes a la factura convencional, pero sí el que ha conseguido cuajar mejor en su seno, lo que prueba una habilidad particular a la hora de superar el renqueante despegue de su carrera después de su exitoso debut, hasta convertirse en el triunfador de la noche de los Oscars con sus películas Traffic y Erin Brockovich, realizadas ambas en 2000. Soderbergh ha procurado que su filmografía oscile entre los proyectos de vocación comercial y apuestas, al menos de entrada, más personales, si bien las fronteras entre ambos senderos han ido difuminándose cada vez más. De ahí que no sorprenda su interés por participar en este filme junto a dos autores tan respetados internacionalmente como Antonioni y Kai War Wong tras el taquillazo de Ocean’s Eleven y su aparentemente arriesgada revisión de Solaris. ¿Nadar y guardar la ropa? ¿O una cuestión de mera supervivencia? En todo caso, las cosas con Soderbergh no suelen resultar claras.

Equilibrio nos presenta el caso de un psiquiatra y su paciente, que hace tiempo que sufre un sueño erótico recurrente. Soderbergh adopta el blanco y negro en la escena que tiene lugar en el gabinete del terapeuta, aunque hace uso del color para las secuencias oníricas, así como utiliza desenfoques de imagen y cierta estilización de la planificación. Sin embargo, la historia resulta confusa y, finalmente, no parece tener ningún objetivo más allá del lucimiento estilístico del autor. Equilibrio es un claro ejemplo de la dificultad patente en el cine de Soderbergh para profundizar, para trascender o emocionar radicalmente. La puesta en escena evidencia una continua crisis entre la superficie del relato y los intentos desesperados pero a menudo infructuosos por horadarla, de manera que los llamativos recursos de montaje no aparentan ser más que subterfugios para desviar la atención de la superficialidad del relato. Quizás por ello un producto tan convencional como Océanos Eleven termina resultando más satisfactorio (y, desde luego, menos pretencioso) que El halcón inglés o Solaris, dos apuestas indudablemente más ambiciosas en lo artístico pero fallidas debido a esta dificultad para encontrarle un fondo a la narración. Sin embargo, la consciencia de dicha búsqueda queda plasmada en la propia película, revelándose así una crisis irresoluble. En unas declaraciones Soderbergh da la visión actual que tiene sobre la que fue su primera película en estos términos: “Cuando la veo ahora parece algo hecho por alguien que quiere pensar que es profundo pero no lo es“. ¿Será esa la opinión que tenga Soderbergh dentro de quince años cuando vuelva sus ojos hacia su contribución a Eros?
La mano

Wong Kar Wai es uno de los escasos cineastas orientales que parece haber conquistado un estreno regular y más o menos puntual de sus últimas obras en España, un país donde las obras recientes de cineastas tan interesantes como Nobuhiro Suwa, Naomi Kawase, Kiyoshi Kurosawa, Jia Zhangke, Tsai Mingliang, Hong Sangsoo, Apichatpong Weerasethakul, Hou Hsiao Hsien o Lee Changdong gozan de una distribución problemática (cuando no nula) y de un apoyo crítico aún insuficiente. En este panorama de cine inaccesible, Kar Wai Wong llega de nuevo a las salas un año después del estreno de 2046, la película que ideó a modo de extensión de In the Mood for Love. El sentido barroco de la puesta en escena demostrado por el firmante de Chungking Express en estos dos trabajos tiene prolongación en La mano, que cuenta con el mismo director de fotografía, el australiano Christopher Doyle, y un suntuoso diseño de producción. La cámara de Kar Wai Wong recoge a los actores a través de objetos e incluso llega a filmar secuencias enteras mostrando sólo una parte de su anatomía, en un ejercicio de manierismo exacerbado dotado de un particular halo de romanticismo. De hecho, las imágenes de La mano casi parecen extraídas directamente de 2046 (incluyendo la presencia de la maravillosa Gong Li), un trabajo no del todo logrado, pese al poder de fascinación de algunos de sus tramos, y que le dio a su director multitud de quebraderos de cabeza. Allí donde 2046 no lograba, con sus más de dos horas de duración, llegar a equilibrar convenientemente los huecos de la narración, La mano triunfa brillantemente, erigiéndose en una delicada pieza de orfebrería cinematográfica de primer orden artístico.
Se cuenta la historia de un sastre enamorado de una de sus clientes. Un amor imposible marcado por la fatalidad que irá evolucionando en el tiempo y que Kar Wai Wong nos ofrece con una utilización magistral de la elipsis, como prueba el extraordinario plano que cierra la película. El mimo con que se atienden los pequeños detalles argumentales no puede ser más exhaustivo. Y es que Kar Wai Wong es un cineasta inclinado hacia lo sutil que rehúye la obviedad prefiriendo sugerir antes que mostrar. Su cine, construido a imagen y semejanza de la memoria humana, se vuelca con detalles mínimos que terminan edificando un tapiz de sensaciones, recuerdos y melancolía en el que el discurrir de las cosas no admite una vuelta atrás, casi como una transposición de la idea “nietzschiana” del eterno retorno. Kar Wai Wong viene a demostrar que muchos recursos utilizados en el lenguaje publicitario y de los videoclips pueden ser traspasados al cine, y no duda en acudir a la manipulación de la velocidad de la imagen o a la utilización recurrente de canciones que se identifican con un determinado estado emocional. La mano resulta, al fin, una experiencia de goce total para los sentidos y el entendimiento que no renuncia a los aspectos más duros de la existencia en su afán de reflejar una pasión amorosa llevada hasta las últimas consecuencias.
Eros
de Antonioni, Soderbergh y Wong Kar Wai.
Un desigual “ménage a trois”
Tres directores muy diferentes entre sí se entregan a sus fantasías eróticas, pero el único que está a la altura de las circunstancias es el chino Kar Wai Wong, en una nueva variación de Con ánimo de amar.
Hay que esperar casi una hora para llegar al último, el mejor, el más logrado de los tres episodios de Eros, un filme colectivo concebido como una trilogía de grandes nombres, que no tienen nada que ver entre sí –ni estética, ni generacional, ni geográficamente–, pero a quienes se supone asociados a aquello que la Real Academia Española define como “conjunto de tendencias e impulsos sexuales de la persona” y que sirve de título para este improbable ménage à trois entre Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Kar Wai Wong, por estricto orden de aparición.
Esta estrategia de producción que consiste en reunir un rosario de directores de nombre rutilante no es nueva, precisamente; tuvo su apogeo en los años 60, sobre todo en el cine europeo, y pasó a mejor vida por casi tres décadas, hasta que a fines de los años 90 resurgió sorpresivamente en el circuito de festivales internacionales, por lo general con resultados inciertos, por decir lo menos. Y Eros no es la excepción.
En El peligroso filo de las cosas, el veterano maestro italiano Michelangelo Antonioni se apoya en tres pequeños relatos de su propio libro “Quel bowling sul Tevere” y, con la ayuda de su guionista de siempre, Tonino Guerra –su confidente desde los buenos, viejos tiempos de Zabriskie Point– construye la pequeña historia de un matrimonio en plena disolución, que encuentra sin embargo un nuevo y misterioso camino a explorar. El tema no es nuevo para Antonioni y lo trató sobre todo en sus últimos filmes –Identificación de una mujer y Más allá de las nubes, la película que hizo a cuatro manos con Wim Wenders– pero aquí, excusándose en la consigna general, se deja ganar aún más por los sentidos. No sólo le presta una particular atención al bellísimo paisaje de la Toscana, sino sobre todo a Regina Nemni y Luisa Ranieri, dos vestales romanas a quienes desviste generosamente, además de hacerlas bailar desnudas, en la cama y a orillas del mar. La sensación final que deja su episodio es la de un filme caprichoso, gratuito, y la certeza de que el Maestro tuvo sin duda tiempos mejores, aunque seguro ahora se divierte más.
Ese carácter antojadizo se repite en Equilibrio, el episodio de Steven Soderbergh, con el agravante de que el director de Traffic ni siquiera está en condiciones de proporcionar la belleza a los ojos de la que es capaz Antonioni. Para evitar caer en la obvia sensualidad de los desnudos, Soderbergh imaginó una serie de sesiones en las que un ejecutivo del mundo publicitario (Robert Downey Jr.) le cuenta a su psicoanalista (Alan Arkin) un recurrente sueño erótico, allá por los años 50, cuando la terapia era aún una novedad y todo podía ser leído en clave sexual. El resultado es más bien pobre, tedioso.
Y finalmente llega La mano, otro virtuoso ejercicio de estilo de Kar Wai Wong. Realizado entre medio de Deseando amar y 2046, este episodio vuelve obsesivamente sobre los mismos motivos de su último cine, como si el director no pudiera desprenderse ni de aquellas rumbosas historias de amor ni de sus personajes, su época o sus ambientes. Como en esos filmes, el fragmento de Kar Wai Wong −protagonizado por una deslumbrante Gong Li−, que inicia sutilmente en placeres desconocidos a un joven sastre de Hong Kong puede llegar a ser caligráfico hasta la exasperación, de un manierismo por momentos agobiante, pero al mismo tiempo de una seducción embriagadora. La deslumbrante estilización romántica de la década de los años 60, recreada apenas a partir de detalles –el vestuario, los peinados, el decorado, hecho apenas de pasillos y fragmentos– habla de un director que es capaz de alcanzar profundidad a partir del examen minucioso de las superficies.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario