EXTRAÑAS COINCIDENCIAS (Heart Huckabees)
Director: David O. Russell. 2004. EE.UU-Alemania. Color
Intérpretes: Jason Schwartzman, Isabelle Huppert, Dustin Hoffman, Lily Tomlin, Jude Law, Mark Wahlberg, Naomi Watts, Angela Grillo, Ger Duary, Darlene Hunt, Peta Wilson

Convencido de que una serie de coincidencias en relación a un portero guardan algún secreto respecto a los principales enigmas de la vida, Albert Markovski (Jason Schwartzman) busca la ayuda de una agencia de detectives diferente a cualquier otra… lo que le lleva a estudiar una vía que cuestiona la esencia de su propia existencia. En un intento por descubrir el significado de estos acontecimientos fortuitos, consulta con Bernard y Vivian Jaffe (Dustin Hoffman y Lily Tomlin), también conocidos como “Los detectives existenciales”, un par de metafísicos unidos en matrimonio que, osadamente, investigan los misterios que están en la base de las vidas interiores y secretas de sus clientes. Cuando están sobre un caso, estos dos tipos siguen a sus clientes de cerca y de forma muy estrecha, observan sus actividades diarias, preguntan a sus amigos y compañeros de trabajo, y examinan del derecho y del revés la vida que llevan. La diferencia es que “Los detectives existenciales” tratan de encontrar la solución al más persistente de los misterios, el único que radica en la esencia de la realidad y de la existencia misma… lo que significa que sus investigaciones pueden ser un poco delicadas.


Llega un momento en el que uno no puede hacer otra cosa que mostrar indiferencia ante una serie de cintas que se autoproclaman independientes y que pretenden arrogarse una intelectualidad que en realidad es puro humo. Extrañas coincidencias pertenece a este grupo de películas, introduciendo supuestos elementos filosóficos en un guión que, aun partiendo de una interesante premisa (la inclusión de unos detectives existenciales que analizan la vida de todo aquel que solicita sus servicios), exhibe una irregular y plúmbea evolución que, desde luego, no invita a que se desarrolle el intelecto del espectador, sino a que sus neuronas se adormezcan. No piensen, pues, que son unos alelados por no entender el esquema argumental de un largometraje de estas características, más bien pregúntense lo siguiente: ¿quería David O. Russell, director y guionista de tan delirante propuesta, tomarnos el pelo con su último trabajo?
La respuesta es obvia, al menos bajo mi punto de vista: sí. Extrañas coincidencias incorpora una trama imprecisa y unos personajes estrafalarios, sucediéndose una sarta de situaciones en las que los protagonistas no cesan de hablar, normalmente para explicar de la manera más absurda posible sus teorías o para soltar unos discursos bastante simplones acerca de los problemas que hostigan al mundo. Según avanza el metraje de la cinta el público va desenganchándose de todo lo que acontece en la pantalla, manifestando una lógica apatía y un evidente desinterés que, finalmente, se transmuta en un indeseable aburrimiento (y eso teniendo en cuenta que su duración rebasa por muy poco los cien minutos).
Desde el inicio de la película, momento en el que Albert recita un poema que nos deja un tanto trastocados, uno ya intuye que Extrañas coincidencias será una de esas producciones de pesada digestión. Aunque el asunto mejora cuando aquél conoce a la pareja formada por Bernard y Vivian, pronto nos percatamos de que el director ni siquiera sabe aprovechar los elementos cómicos inherentes a la narración, prescindiendo de ellos o simplemente malográndolos. No obstante, cabe reconocer como un éxito el modo en el que nos enseña algunas de las imágenes más delirantes del filme, empleando para ello unos acertados efectos visuales que, desde luego, denotan que ha manejado un presupuesto bastante holgado, en este caso superior a los veinte millones de dólares.
Además, O. Russell ha contado con unos intérpretes afamados y, en algunos casos, muy reputados. Por increíble que parezca, al menos si tenemos en cuenta la irregularidad del libreto, Dustin Hoffman y Lily Tomlin están perfectos en sus excéntricos papeles. Jason Schwartzman, que no se puede decir que tenga una carrera especialmente reseñable, sabe cargar con el peso de la película, viéndose acompañado por unos secundarios con más experiencia que él en el mundo de la interpretación: Jude Law (quizás algo sobreactuado y a quien recomendaría que descansara un poquito, pues no es normal estrenar tantas películas en tan pocos meses), Mark Wahlberg, Naomi Watts y Tippi Hedren.
Por último, destacar la corrección de la banda sonora de Jon Brion, no por casualidad un compositor que ha colaborado con Paul Thomas Anderson en, por ejemplo, Embriagado de amor (2002, Paul Thomas Anderson) o Magnolia (1999, Paul Thomas Anderson) y, más recientemente, con Michel Gondry en ¡Olvídate de mí!
(2004). ¿Puede ser esta una pista de las pretensiones de David O. Russell a la hora de rodar Extrañas coincidencias? El título que la distribuidora española le ha puesto a este filme puede ser una apropiada respuesta a semejante cuestión.

Hay películas y propuestas que en los tiempos actuales permiten darnos la impresión de que no todo está inventado en el terreno de la comedia cinematográfica. Es probable que pese a su escueta tibia de público y no demasiado calurosa de la crítica estadounidense –lo que ha contribuido a una pobre distribución internacional−, en primera instancia Extrañas coincidencias (2004, David O. Russell) pueda ser un ejemplo de estos indicios de renovación. No obstante, a poco que nos detengamos en sus imágenes, hay ecos claros de la “screewall comedy” desarrollada en los años 30 y 40, se utilizan esos colores pasteles propios de finales de los cincuenta, una despiadada crítica a la sociedad de consumo actual –estoy seguro que a Frank Tashlin le hubiera encantado esta película−, y su formulación visual tiene la añoranza de los grandes valedores del género en los años 60 –Jerry Lewis, Stanley Donen, Blake Edwards…−. Sin embargo, creo que el elemento de referencia más palpable de esta −digámoslo ya− brillantísima comedia, lo supone la obra maestra de Paul Thomas Anderson Embriagado de amor (2002), con la que comparte semejanzas visuales y la determinante presencia de Jon Brion en su banda sonora. Sinceramente, la propuesta de O. Russell –de quien recordaremos con agrado su previa Tres reyes (1999)− carece de la capacidad revulsiva y el virtuosismo formal del mencionado Embriagado de amor –que personalmente considero una de las mejores y más singulares comedias generadas para el cine−, pero no es menos cierto que constituye un conjunto atrevido y original. Un producto quizá no apto para todos los paladares, pero que he reconocer supuso para mí una gratísima sorpresa, y deviene progresivamente en una película más ingeniosa que divertida, acertadamente desarrollada como comedia coral, muy bien trasladada en un cuidado formato panorámico y definida por un cromatismo “tutti fruti” que atiende a las necesidades internas de sus imágenes –y no queda como un simple y brillante adorno, como sucedía en Abajo el amor (2003, Peyton Reed)−. Sus imágenes desprenden la suficiente destreza para proponer la interacción de una serie de personajes que inicialmente puedan parecernos absurdos –y lo son−, pero que en el desarrollo de sus historias tienen mucho que decirnos sobre la búsqueda de la propia identidad o el sentido de una existencia que se pone en entredicho, incluso formando parte de un entorno acomodado.
A partir de esa premisa discurrirá un argumento característico de comedia coral, extendido alrededor de unos personajes relacionados con una multinacional –la Huckabees del título−, de la que surge el que sirve como nexo de unión de todos ellos. Se trata de Albert (Jason Schwartzman), un joven de conciencia ecologista que reflexiona ante la búsqueda del sentido de la existencia a partir de una serie de coincidencias relacionadas con un joven inmigrante negro. En pleno proceso acude a una agencia de detectives “existenciales” –la mejor idea de la película−, que intentará resolver la crisis de identidad del joven. Con ese planteamiento se intercalará la presencia de un ejecutivo narcisista obsesionado con el éxito, su novia, un bombero amargado por su intuición de la nada existencial y obsesionado con las doctrinas de una filósofa de corte nihilista. Un auténtico mosaico envuelto en una brillante desmesura argumental y un atractivo tratamiento visual, que en ocasiones incluso recurre a efectos digitales y fantasías casi surrealistas. Cierto es que Extrañas coincidencias no es un título especialmente divertido, pero en todo momento se caracteriza por su enorme capacidad de ingenio y, lo que es mejor, se expresa cinematográficamente con tanta inventiva como acierto. No voy a ocultar que en algunos momentos puede pecar entre determinados públicos como demasiado intelectual –tal y como lo podría parecer hace cuatro décadas Un loco maravilloso (1966, Irvin Kershner)−, pero personalmente me parece muchísimo más lograda −sobre todo en su coherencia visual−, que las tan prestigiadas comedias basada en guiones de Charlie Kauffman rodadas en los últimos años.
Para el logro de un resultado satisfactorio como este, hay dos elementos que David O. Russell logra revertir en la película. En primer lugar, una magnífica dirección de actores que incluso logra un espléndido resultado en Mark Walbergh, y sabe explotar la altiva antipatía de Jude Law para la comedia, pero que alcanza un resultado descomunal en un Dustin Hoffman que alcanza –a mi juicio− una de las mejores creaciones de toda su carrera –y además en un personaje que se prestaba a los peores excesos−. El otro rasgo que otorga personalidad propia a la película es el contrapunto sonoro de un Jon Brion que, por momentos, se “adueña” de la película, ayudando con su creatividad y singularidad sinfónica a alcanzar ese “gramo de locura” que definen los mejores momentos de la función –por ejemplo, la secuencia en la que Jason Schwartzman e Isabelle Huppert muestran su atracción sexual de forma tan inusual−.
Finalmente, entre angustias ante la nada, esperanzas filosóficas, intentos de búsqueda de la felicidad con el amor o la fragilidad de estar pendiente únicamente de la imagen y el consumismo, lo cierto es que ante Extrañas coincidencias uno se regocija ante una mirada que sin perder el ingenio, por momentos parece llevarnos al mundo de Lewis Carroll y que se reafirma como una de las más originales y valiosas comedias de los últimos años.
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