HIERRO 3 (Bin-jip)
Director: Kim Ki-duk. 2004. Corea del Sur-Japón. Color
Intérpretes: Lee Seungyeon (Sunhwa), Jae Hee (Taesuk), Kwon Hyukho (Minkyu), Joo Jinmo (detective Cho), Choi Jeongho (funcionario de prisiones), Lee Dahhae (Jieun), Park Dongjin (Detective), Moon Sunghyuk (Sunghyuk), Park Jeeah (Jeeah)

Taesuk (Jae Hee), un indigente, lleva una vida espectral. Ocupa temporalmente viviendas cuyos habitantes sabe que están ausentes. Nunca roba ni ocasiona daños en los hogares de sus involuntarios anfitriones. En realidad, es una especie de fantasma que duerme en camas ajenas, come algo de las neveras de esos extraños y retribuye su forzada hospitalidad haciendo la colada o arreglando alguna que otra avería doméstica. Sunhwa (Lee Seungyeon), que en tiempos fue una hermosa modelo, se ha visto convertida en una sombra viviente por un marido que la maltrata, encerrándola en una casa ostentosa. El destino cruza los caminos de Taesuk y Sunhwa, aunque sus existencias están abocadas a no dejar huella en el mundo. Se conocen cuando Taesuk entre en casa de Sunhwa, y en seguida saben que son almas gemelas. Como si estuvieran unidos por vínculos invisibles, descubren que no pueden separarse y aceptan en silencio su nuevo y extraño destino.
Unidos en la soledad
Galardonada con el León de Plata al Mejor Director en la pasada edición del Festival de Venecia, fue la gran triunfadora en la Seminci’49, donde ganó la Espiga de Oro y tuvo una buena acogida entre la crítica y el público (obtuvo el Premio de la Juventud). Hay películas sobre las que resulta difícil contar su historia, porque no existe o es mínima. Ésta es una de ellas, pues parece realizada para ser contemplada, admirada y reflexionada… pero no contada; por otra parte, su carácter ambiguo y fuertemente metafórico propicia las más variadas interpretaciones, que no conviene cercenar.
Taesuk es un joven solitario que se las ingenia hábilmente para introducirse en casas ajenas, aprovechando la ausencia de sus dueños. No roba ni ocasiona daños, sino que al contrario “paga” su estancia con pequeños servicios o arreglos materiales. En uno de esos pisos encontrará a Sunhwa, una joven maltratada por un rico y arrogante esposo que tiene el golf como afición; tras una incipiente amistad, ella será su compañera en nuevos “asaltos” domiciliarios hasta que descubran a un hombre muerto, sean acusados de asesinato, y finalmente separados por la intervención del marido de Sunhwa. Sin embargo, entre ellos ha nacido un amor que no se apagará, que perdurará aunque sea de manera un tanto espectral.
Desde el inicio, en la película se juega con las sensaciones de los protagonistas, que se turban al intuir la presencia de alguien en las estancias cerradas; del mismo modo, vemos a los dos jóvenes que viven como fantasmas que deambulan por un mundo en el que realmente no habitan. De ahí el afán de Taesuk por retratarse junto a personas que aparecen en las fotografías que decoran las casas visitadas: es una manera de apropiarse de unas vidas desconocidas, de llenar su vacío existencial; no busca riquezas ni bienes materiales, pues nunca se apropia de nada y su moto deja ver su posición acomodada; sólo necesita compañía y afecto, tener la sensación de que su vida importa a alguien. Esa vaciedad y soledad, esa búsqueda de algo que no se ve, y esa intuición de que no estamos solos son sensaciones que los actores logran transmitir al espectador con sus miradas frías y vacías, sin necesidad de mediar palabra; sus interpretaciones son sobrias pero expresivas, y trasmiten todo el escepticismo y pesimismo que el mismo Kim Ki−duk refleja en el resto de su obra; el director se defiende argumentando que pretende mostrar lo que ocurre en las relaciones humanas, y que sólo recoge la crueldad que la vida encierra. Visión fatalista, pues, de la realidad aunque al final se intuya una vaga esperanza con un desenlace que sabe más a sucedáneo que a otra cosa, y donde los rótulos vienen a decirnos que muchas veces los sueños son más felices que la realidad, y que es preferible evadirse de ésta viviendo como espectros.
El director coreano no abandona su minimalista puesta en escena ni el carácter críptico y simbólico de su anterior producción: casas vacías, personas solitarias, un palo de golf apenas usado –el hierro 3, de ahí el título– son símiles utilizados para hablar de la soledad; y precisamente, será el joven Taesuk (en el fondo, un hierro 3) quien aporte la calidez necesaria a esas casas deshabitadas, quien rescate de la soledad a una mujer abandonada y sin afectos. Apenas hay diálogos, y hasta éstos se podrían suprimir porque Kim Ki−duk habla con la cámara, a la que dota de lirismo para captar sensaciones y fuerza con el fin de recoger los dramas interiores de unos personajes desarraigados de la sociedad, aislados de un mundo que les ignora, inmersos en un vacío existencial. Precisamente el silencio se convierte en el mejor aliado para que se entiendan y amén dos almas que sufren, mientras que los diálogos de quienes no quieren escuchar no conducen más que a la confusión y a la deshumanización; esto es lo que sucede en la escena de la comisaría, ante la acusación injusta que no merece ni una sola palabra de autodefensa de los acusados, conscientes de su inutilidad.
Se trata de una película rica en contenidos, profunda en su análisis de la sociedad moderna, de factura fresca y muy cinematográfica, aunque sólo aconsejable para un público –quizá minoritario– que esté dispuesto a recrearse en la poesía de las escenas o a reflexionar en sus mensajes.
Historia de amor al servicio de la filosofía oriental
Kim Ki-duk, prolífico autor surcoreano que dirige, escribe, y en ocasiones también edita y diseña sus producciones, se ha consolidado como uno de los cineastas asiáticos más mimados por los festivales y la crítica internacional, acumulando un laureado currículum con títulos como la desgarradora (en sentido figurado, pero sobre todo literal) La isla, la sosegada y espiritual Primavera, verano, otoño, invierno, primavera, la propia Hierro 3 o Samaritan Girl −cronológicamente anterior, pero estrenada en España semanas después−. En el largometraje que nos ocupa −que toma su nombre de uno de los palos de golf menos empleados y que aquí será de bastante más utilidad−, Kim Ki−duk abandona la belleza colorista de los paisajes naturales que fortalecía algunas de sus anteriores películas, para presentarnos una atípica fábula de amor urbana, protagonizada por dos de esos seres marginales, al límite de las circunstancias y en la frontera de lo onírico, por los que este realizador siente especial apego, pero, a diferencia de lo que sucedía en “La isla”, para los que el amor será la única tabla de redención en medio de ese entorno inhóspito, otorgándoles cierta esperanza final pese a su pesimista situación.
La mejor baza de Hierro 3 viene de la mano de su enigmática figura central, cuya actitud y periplo vitales sirven para tejer una fatalista metáfora sobre la soledad, la incomunicación y el vacío existencial que termina dando sentido a un cinta más hermosa y aguda por todo aquello que sugiere que por lo que contiene en sí misma. Taesuk, atractiva mezcla de indigente, okupa, fantasma y ángel de la guarda, es un joven que se instala temporalmente en aquellas viviendas cuyos propietarios sabe ausentes gracias a la avispada táctica de dejar un folleto de propaganda colgado en sus puertas. No obstante, su intención no es la de robar o destruir las propiedades ajenas. Taesuk duerme en sus camas, se prepara su comida, pero a cambio les riega las plantas, les lava la ropa sucia y arregla aquellos electrodomésticos averiados, como una especie de agradecimiento. Taesuk, que se saca fotografías junto a los retratos de los propietarios a modo de souvenir, no parece tan movido por el ansia de llenar su solitaria vida experimentando otras vidas ajenas o de encontrar algo de compañía diferida, como por la idea de transitar de una casa vacía a otra porque no desea poseer nada en propiedad, es decir, es una suerte de asceta que rehúye acabar siendo poseído por sus propiedades, más allá de esa moderna moto que conduce, y que nos lleva a sospechar que no existe una imperiosa necesidad económica detrás de sus actos. Las cosas toman un giro inesperado cuando Taesuk va a parar a la casa más lujosa y también en la que urgen más “reparaciones”, y se encuentra con Sunhwa, una mujer maltratada por su pudiente marido.
Taesuk podría haber sido así el hilo conductor para un incisivo viaje por las entrañas de una sociedad, representadas en el hogar familiar, que se salvaguarda en los bienes materiales y la ostentación de estatus, y descuida las relaciones afectivas y el cultivo espiritual, sin olvidar tampoco una llamada de atención sobre la presencia de la violencia en el hogar, ya sea a través del maltrato físico o los juguetes bélicos. Sin embargo, esa exploración de los males modernos se queda bastante próxima a la superficie, tropezando en el cliché con los brochazos de generoso maniqueísmo que el director oriental imprime a ese paisaje humano por el que Taesuk pulula –el poder económico del esposo de Sunhwa se asociará a un afán de posesión y control que convierte a la castigada mujer en un objeto más de su colección, como tampoco faltará el retrato de un policía obtuso, insensible y corrupto, preservando en cambio la integridad de aquellos otros matrimonios que, a pesar de gozar de una buena posición, no se dejan sobornar por los síntomas de nuestros tiempos, aunque esto se limite a cultivar flores de loto en un barreño–. Porque, en realidad, Kim Ki−duk está mucho más interesado en dibujar la naturaleza y vicisitudes de ese romance surgido en los extremos de la desesperación, y es en este punto donde la grata originalidad que dominaba la primera parte de Hierro 3 se sumerge en el terreno del culebrón −inusual por su tratamiento, pero culebrón al fin y al cabo−, donde Taesuk, Sunhwa y el déspota marido ejercen de salvador, víctima y verdugo, respectivamente, desembocando en un triángulo final imposible, y el resto del mundo es tan hostil e incomprensivo que no harán más que fastidiar la felicidad de esta insólita pareja, acusación por asesinato y secuestro –más que previsible– incluida.
Sustentada en un estilo minimalista de respiración contemplativa y contención emocional, que propugna la pureza de la forma como vehículo para su discurso en favor del esencialismo, Hierro 3 lleva al extremo la máxima de que una imagen vale más que mil palabras sometiendo a la pareja protagonista a un mutismo alegórico que pesa en demasiados momentos, no porque las miradas y gestos de los expresivos Lee Seungyeon y Jae Hee no sean capaces de suplir la comunicación con el espectador, sino porque la ausencia de diálogo llega a hacerse muy poco creíble en determinadas circunstancias −como esa detención policial en la que asumen que cualquier explicación sobre su inocencia sería del todo inútil−, por más que Kim Ki−duk persiguiera reforzar esa idea de comunión espiritual entre dos almas y su desarraigo delante de una sociedad deshumanizada en la que su inocente honestidad no tiene cabida. Una pareja silenciosa que deambula por el mundo como espectros ajenos a la realidad, y que recordarán por su carácter “outsider” a los protagonistas de
Old boy y por su aturdido vagar a la deriva a la de Dolls. Es esta incorporeidad, ese progresivo avance hacia la condición fantasmal y la huida, si no negación, de la realidad material vista como una prisión –que llegará a su cima en el discutible tramo final–, el “leit motiv” de una película abundante en representaciones que capturan lo físico, como fotografías, espejos y reflejos en los cristales.
Cabe reconocer en Kim Ki−duk, un autor siempre más intuitivo que deliberado, una mirada poco convencional, interesada en ahondar en los designios del alma humana, e inquieta por explotar las capacidades dialécticas del cine para que continente y contenido transmitan un mismo mensaje. Es Hierro 3 una cinta sigilosa y depurada, potente en simbologías y subtextos que se entregan al espectador de manera incompleta para que sea él quien acabe de darles sentido. Precisamente por ello, Hierro 3 exige asumir el carácter experimental y surrealista de una propuesta a menudo rayana con el absurdo, nunca convincente desde un punto de vista estrictamente lógico, y que se cierra con una cita digna de Calderón de la Barca −”Es difícil distinguir si el mundo en el que vivimos es realidad o sólo un sueño”− que parece venir a excusar su caprichoso planteamiento. No deja de ser un trabajo interesante, pero todavía imperfecto, irregular y con algunos tropiezos mal resueltos, que podrá provocar indiferencia o incluso enfado en aquellos a los que les resbale tanta lección de filosofía oriental, a veces tan forzada que parece extraída de un socorrido manual de quiosco.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.









Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario