Director: Bill Condon. 2004. EE.UU.-Alemania. Color
Intérpretes: Liam Neeson (Alfred Kinsey), Laura Linney (Clara McMillen), Chris O’Donnell (Wardell Pomeroy), Peter Sarsgaard (Clyde Martin), Timothy Hutton (Paul Gebhard), John Lithgow Alfred Seguine Kinsey), Tim Curry Thurman Rice), Oliver Platt Herman Wells,Dylan Baker Alan Greg), Julianne Nicholson (Alice Martin), William Sadler (Kenneth Braun)
En 1948, Alfred Kinsey (Liam Neeson) cambió irrevocablemente la cultura americana con su libro “La conducta sexual del hombre”. Kinsey entrevistó a miles de personas acerca de los aspectos más íntimos de sus vidas, liberándoles de una carga de confidencialidad y vergüenza en una sociedad en la que las prácticas sexuales estaban mayoritariamente escondidas. Su trabajo provocó uno de los debates culturales más intensos del siglo pasado, en el que las llamas todavía perduran hoy. Utilizando la técnica de sus propias entrevistas de sexo, Kinsey relata el extraordinario trayecto desde la oscuridad a la fama mundial. Hijo de un profesor de ingeniería y en ocasiones predicador escolar los domingos, Kinsey se rebela contra la rígida devoción de su hogar, y atraído por el mundo de los sentidos, se convierte en un zoólogo de Harvard especializado en el estudio de una especie de avispas. Tras haber sido contratado para enseñar biología en la Universidad de Indiana, Kinsey conoce y se casa con Clara McMillen (Laura Linney), una brillante estudiante liberal. Durante el curso, descubre una falta asombrosa de datos científicos en la conducta sexual. Cuando algún alumno le busca para pedirle consejo sobre alguna inquietud o problema sexual, se da cuenta que nadie ha realizado el estudio clínico que produciría respuestas fiables a sus preguntas. Inspirado para explorar el siempre cargado de emociones tema del sexo desde un punto de vista estrictamente científico, Kinsey contrata a un equipo de investigadores que incluye a Clyde Martin (Peter Sarsgaard), Wardell Pomeroy (Chris O’Donnell) y Paul Gebhard (Timothy Hutton). Con el tiempo perfeccionan una técnica de entrevistas que ayuda a la gente a superar sus penas, miedos y sentido de culpabilidad permitiéndoles así hablar libremente sobre sus historias sexuales. Kinsey intenta también crear un ambiente sexual abierto entre su equipo y sus esposas, animándoles a relaciones extramatrimoniales e intercambios de parejas, años antes de la revolución sexual de los sesenta. Cuando Kinsey publica su estudio del hombre en 1948, la prensa compara ese impacto al de la bomba atómica. Kinsey pronto accede a ser portada de cada gran publicación, y se convierte en tema de canciones y dibujos animados, editoriales y sermones. Cuando el país entra en la más paranoica era de la Guerra Fría de los años 50, la segunda parte del estudio de Kinsey -esta vez sobre la mujer-, es visto como un ataque a los valores básicos de América. Este escándalo y el desprecio hacen que los benefactores de Kinsey le abandonen al mismo tiempo que su salud empieza a deteriorarse. A la vez, los celos y la amargura causados por el intento de Kinsey de crear una utopía sexual privada, amenazan con destrozar el equipo de investigación exponiéndolo a un escrutinio poco grato. Antes de su muerte en 1956, Kinsey pasa sus últimos días intentando en vano asegurar sus finanzas. Teme que su vida laboral haya sido un fracaso, pero con motivo de una entrevista final ve el efecto positivo que causó y empieza a entender que la pregunta básica de dónde termina el sexo y empieza el amor, nunca podrá ser contestada al completo por la ciencia.
Dentro del cine norteamericano de los últimos años se puede detectar una cierta mirada revisionista a ciertas facetas ocultas de la sexualidad de aquel país en épocas pasadas -especialmente centradas en el periodo que aconteció la II Guerra Mundial- y hasta entonces solo abordadas de forma solapada o con doble sentido. Títulos tan brillantes -y aparentemente dispares- como Lejos del cielo (2002, Todd Haynes), De Lovely (2004, Irwin Winkler) o Dioses y monstruos (1997, Bill Condon) demuestran, bajo una cierta ambientación “retro”, esa nueva mirada al mismo tiempo nostálgica y crítica sobre un periodo hasta entonces mostrado únicamente con lujos y oropeles por más que en ellos se destilaran grandes películas-.
Pues bien, también de la mano de quién en 1997 dirigiera la ya mencionada Dioses y monstruos -Bill Condon-, otorga la vida cinematográfica a Kinsey (2004), en la que se da forma a una llamada a la singularidad del individuo equilibrada con su integración en el conjunto de la sociedad. Indudablemente, la película que nos ocupa tiene una clara vinculación con el anterior título de Condon, con el que comparte el retrato de un personaje singular que se encuentra en abierta oposición con la hipocresía del entorno social que le circunda, al tiempo que también en este caso se representan una serie de referencias de índole homosexual -Condon es abiertamente gay-. En este caso nos encontramos con el retrato de un personaje real, el biólogo Alfred Kinsey (Liam Nelson), que muy pronto, quizá inducido por el comportamiento de su propia sexualidad reprimida en base al carácter autoritario de su padre, se inclinará precisamente por el estudio de los comportamientos sexuales de la Norteamérica de su época. Será una faceta en la que influirá poderosamente su dedicación al coleccionismo de insectos, de los que llegará a albergar miles y miles de ejemplares, la que le permitirá aplicar un lenguaje científico a la toma de información en numerosos hombres y mujeres que le facilitarán un estudio serio y documentado sobre los mitos y usos de la sexualidad norteamericana en la década de los años cuarenta del pasado siglo.
Un enfoque sin duda revolucionario para la época, que permitirá una mirada realista a la vivencia del sexo, en abierta contraposición a las que estaban permitidas en aquellos años. Una investigación sin duda concienzuda y valiente en la que le brindará una impagable ayuda el apoyo en todo momento de su esposa -Clara McMillen (Laura Linney)-, la propia condición de bisexual de Kinsey, su afán experimentador, sus contradicciones, la colaboración que le ofrecerá su más directo colaborador a amante ocasional -Clyde Martin (Peter Sarsgaard)-, los sistemas científicos que utiliza basándose en la confidencialidad, la cooperación ofrecida por sus otros dos ayudantes, a los que tendrá que aleccionar en su método de captación de información -uno de ellos es algo timorato mientras que el otro da muestras de cierta suficiencia-, la lucha a la hora de obtener la financiación necesaria para el proceso, a cargo de la Fundación Rockefeller, el estallido que supone para la sociedad norteamericana la publicación del volumen dedicado al comportamiento sexual del hombre -que logra ser el libro científico más vendido-, la contraprestación a ese éxito que suponen los ataques que Kinsey recibe al escandalizar con la publicación del informe correspondiente a la mujer -con la rápida retirada de sus ayudas económicas-, coincidiendo con los momentos de enfermedad y decrepitud en la figura del propio protagonista.
Nadie puede dudar que en el relato -que tiene como base un guión del propio Condon-, hay algunos elementos cercanos al “biopic”, pero no es menos cierto que sabe establecer facetas contradictorias del personaje y, sobre todo, nos encontramos ante una propuesta que narrativamente demuestra una evolución positiva al compararla con la igualmente atractiva Dioses y monstruos, aunque al igual que en aquella el realizador no se resista a introducir algunas licencias visuales un tanto facilonas -secuencias en blanco y negro-. En todo caso hay que destacar que en su conjunto Kinsey ofrece una excelente planificación que potencia la pantalla ancha, logrando secuencias tan magníficas como aquella que se desarrolla mientras el protagonista está en plena clase y con sus palabras en público, las miradas de los actores y la planificación de Condon, se logra expresar a la perfección la interacción que se establece entre el propio profesor, su esposa y Clyde -quien tras haber mantenido una fugaz relación homosexual con este, propone tener otra con su esposa-; la propia secuencia de la experiencia entre Kinsey y Clyde; el extraordinario momento tras la muerte de su madre, en el que Kinsey logra la colaboración de su padre -interpretado por John Lithgow- para que le relate su experiencia sexual, y este confiesa apesadumbrado los traumas sexuales que posibilitaron que se convirtiera en un ser especialmente puritano y represivo. Con ello logrará la comprensión del hijo -en el que quizá sea el mejor instante de toda la película-; el momento en que Kinsey y su ayudante Pomeroy (Chris O’Donnell) escuchan el relato de un veterano pervertido sexual, lo que provoca el límite de la aceptación por parte del joven Pomeroy y del propio profesor -quien subraya que el disfrute del sexo ha de estar acompañado por no forzar a nadie-; la tensa secuencia que se desarrolla entre Clyde y Paul Gebhard (Timothy Hutton) -este ha coqueteado con su mujer-, mientras se desarrollan los momentos de fuerte cuestionamiento a la figura de Kinsey; el breve secuencia final en la que una veterana mujer le confiesa que gracias a la labor del profesor logró salvar su vida y reconocer su lesbianismo con una relativa normalidad; o incluso esa inventiva idea visual que nos muestra un creciente mapa de los Estados Unidos, sobre el que quedan sobreimpresionados los rostros y testimonios anónimos de un gran número de ciudadanos confesando sus experiencias, al tiempo que formulando la eterna pregunta: “¿Soy normal?”.
Pese a la abundancia de buenos momentos, cierto es que en Kinsey se dan cita otros un tanto falsos o cercanos a efectismo. Con ello me refiero a la fácil solución de insertar los momentos de la publicación del primer volumen del profesor, insertando una canción alusiva e imágenes documentales del estallido de una bomba -una metáfora bastante elemental-; o la secuencia en la que le protagonista ve como se le van retirando los apoyos cuando va exponiendo su interés en proseguir la investigación -un matrimonio abandona su charla y se le encuadra en picado-, hasta que finalmente cae repentinamente abatido-.
Pese a estos pequeños inconvenientes, Kinsey es una película que tiene la cualidad de ir en un creciente interés -sus primeros minutos son un tanto formularios- y goza del apoyo de un reparto absolutamente admirable -es especialmente destacable la labor de Liam Nelson, Laura Linney, Peter Sarsgaard y John Lithgow, pero es que hasta el generalmente melifluo Chris O’Donnell logra estar convincente-, y permite confiar en el futuro de la trayectoria de un Bill Condon del que solo cabe desear no tarde tanto tiempo en realizar otro filme.
Durante los primeros meses de 2005 se han estrenado en nuestras pantallas una serie de “biopics” que comparten idénticas características: las adulteraciones que se utilizan para retratar a un determinado personaje o los cambios que se introducen en algunos de los hechos que tienen que ver con su vida. Esto es algo que ha sucedido en El aviador, Ray,
Descubriendo Nunca Jamás
y, por supuesto, Kinsey, obra en la que se insertan sin excesiva convicción algunas de las críticas que se han vertido sobre los métodos empleados por el protagonista del filme en sus estudios sobre el sexo. Si bien el realizador, Bill Condon, toma partido a favor de las posiciones de este conocido biólogo, también introduce, aunque con una mayor sobriedad, algunos de los aspectos más censurados de su trabajo y que se han dado a conocer en los últimos años en algunas biografías que se han escrito sobre él.
Pero, no nos engañemos, este tipo de licencias son muy comunes en películas pertenecientes a este género, resultando únicamente vomitivas cuando se emplean con el objetivo de construir un mero panfleto, situación que aquí no se da. Kinsey comienza con una atinada introducción en la que se nos relata la vida del protagonista a través de las preguntas que él mismo ha elaborado y que le formulan los estudiantes que colaboran en su proyecto para así aprender cómo comportarse ante las personas a las que han de presentarle el cuestionario. Su juventud, los conflictos con su padre y el momento en el que conoce a Clara McMillen e intima con ella son algunos de los elementos que conforman esta parte del largometraje.
Condon emplea en todo momento una realización que podríamos calificar como clásica, mostrándonos con naturalidad aquellos fragmentos del filme que algunos incluso calificarían de morbosos. Sin embargo, no son los apuntes relacionados directamente con la sexología de mediados del siglo pasado los que llaman la atención del espectador, sino la compleja definición de los personajes, pues en ocasiones sus actuaciones se contradicen con sus forma de pensar. Fijémonos, por ejemplo, en la manera en la que Alfred Kinsey se comporta con sus hijos, muy parecida a la que su padre empleó con él: no les expone su punto de vista, sino que da a entender que sus reflexiones son la única verdad posible, imponiéndoles a sus descendientes unos ideales que no tienen por qué compartir.
A pesar de la irregularidad de la narración, defecto que también hallábamos en la anterior obra de Bill Condon, Dioses y monstruos, y del interés que pueda suscitar en el espectador la temática del filme, se abordan múltiples historias que tienen que ver con el modo en el que nos relacionamos los seres humanos y que, bajo mi punto de vista, se convierten en lo más interesante de Kinsey. Así, cabe citar el instante en el que el protagonista se sincera con su esposa y le confiesa que se ha acostado con uno de sus alumnos para experimentar de este modo lo que él mismo pretende demostrar con sus estudios, o aquellos fragmentos en los que Alfred se encoleriza porque siente que todo el mundo debería pensar como él, que la sociedad está ciega (su trabajo prácticamente termina convirtiéndose en una obsesión).
Pero, insisto, son breves pasajes que a veces parecen quedar inconclusos, pasando el director de unos a otros con excesiva celeridad y generando con ello una evidente insatisfacción en el espectador. Como defensa hacia su labor se puede alegar que es difícil condensar la vida de una persona tan polémica en apenas dos horas, existiendo además una respetable subjetividad con respecto al material que se utiliza o el que se desecha para tal fin. Donde no cabe reproche alguno es a la hora de hablar del elenco de Kinsey, empezando por un extraordinario Liam Neeson, injustamente olvidado en los Oscars, y siguiendo con una no menos espléndida Laura Linney.
Sería injusto no mencionar a los intérpretes secundarios, caso de Peter Sarsgaard, Timothy Hutton y, sobre todo, John Lithgow, Tim Curry, Oliver Platt y Dylan Baker (quizá causan sorpresa las escasas frases que pronuncia Chris O’Donnell a lo largo de toda la película). De igual modo, la música de Carter Burwell, especialmente agradable cuando observamos cómo se enamoran Alfred y Clara y en la que encontramos un apropiado uso del piano, contribuye a mejorar un producto que probablemente se beneficie de la polémica que en algunos individuos provoque su contenido, ocultándose de este modo algunas de sus limitaciones cinematográficas, mas en todo caso no debería obviarse su apreciable calidad técnica y, especialmente, lo que considero son los auténticos pilares del relato: las actuaciones de todo su reparto.













