LAS LLAVES DE LA CASA (Le chiavi di casa)

Película estrenada entre 2004

Director: Gianni Amelio. 2004. Italia. Color
Intérpretes: Kim Rossi Stuart, Charlotte Rampling, Andrea Rossi, Alla Faerowich, Pierfrancesco Favino, Manuel Katzy, Michael Weiss

Víctima de un parto traumático, Paolo tiene una minusvalía física y mental, y debe viajar a un hospital especial en Berlín para seguir su rehabilitación. Gianni (Kim Rossi Stuart), que acompaña al muchacho a Berlín con la esperanza de conocer al hijo que una vez abandonó, se topa con Nicole (Charlotte Rampling), una mujer de carácter que ha dedicado su vida por completo al cuidado de su hija, también discapacitada. A través de sus conversaciones, Nicole ayuda a Gianni a superar la culpa de haber abandonado a Polo. Esta epifanía desemboca en una inesperada y frágil felicidad entre padre e hijo, que acabarán descubriéndose el uno al otro en un lugar lejos de casa.



Quizá para valorar en su justa medida la sinceridad cinematográfica y la sensación de verdad que transmiten sus imágenes, tan solo habría que imaginar una historia que con el planteamiento de Las llaves de casa (2004, Gianni Amelio) se trasladara a Hollywood y fuera explotada por un Barry Levinson de turno. Es muy probable que incluso recibiera algún que otro Oscar, pero no es menos cierto que su resultado carecería de interés cinematográfico y, sobre todo, humano. Ha sido quizá necesario realizar ese ejercicio de suposición, simplemente para describir los senderos por los que no discurre esta brillante, serena, hermosa y, en ocasiones también algo excedida en su contención, Las llaves de casa.

Con unos modos sencillos, en los que se ausenta la noción de dramatización, cuando se plantea una secuencia peligrosa en ese sentido, Amelio la resuelve con el uso de la elipsis, revelando al espectador toda la información. Me refiero especialmente a los momentos en los que Paolo (Andrea Rossi) se escapa viajando por tranvía en Berlin, situando la cámara delante del rostro de un estremecido y atónito Gianni (Kim Rossi Stuart), padre del muchacho.
Sin embargo, me he referido al instante más complejo en la vertiente de la dramatización. Y es que la tensión de esta película está tamizada de serenidad y de reencuentros, con un ser que el protagonista rechazó nada más nacer -con su parto, su joven esposa murió- y al que ahora acompañará hasta la capital alemana al objeto de someter a Paolo a un proceso de rehabilitación de las minusvalías físicas y mentales que le acompañan. El contacto se producirá entre un muchacho disminuido pero de alegre personalidad y su padre, un hombre atractivo y bien situado socialmente aunque definido por una personalidad bastante débil -cuando a su hijo le sacan sangre se tiene que retirar, ya que le impresiona la visión de la misma. Gianni es un buen hombre, atormentado interiormente por el doloroso recuerdo que le producen las trágicas circunstancias que acompañaron el nacimiento de su hijo, pero que con el paso del tiempo se ha autoimpuesto el derecho de conocerlo personalmente y poder ayudarlo -Paolo tiene ya quince años-. En este sentido, justo es destacar la extraordinaria interpretación que Kim Rossi Stuart brinda de su personaje, en un trabajo definido por sus miradas, su sutileza y un enorme pudor emocional que se extiende por todos sus foros, y que constituye uno de los principales asideros en los que Amelio se apoya para aplicar su sobria y casi documentalista propuesta al terreno del drama puramente cinematográfico.

Padre e hijo iniciarán en Berlín el proceso de rehabilitación, y en las salas del hospital se encontrarán con la atractiva y veterana Nicole (Charlotte Rampling), cuya hija es deficiente cerebral de nacimiento. Nicole ha estado desde entonces centrada en el cuidado de su hija -hace ya veinte años- y se brindará como apoyo a Gianni, que se encuentra bastante desplazado en un hospital en el que lógicamente solo se habla en alemán y no se comprende el italiano, y un tanto desalentado ante la frialdad de los métodos empleados. Será precisamente la extrema dureza de dichos métodos, los que producirán una singular exteriorización del cariño entre padre e hijo, que se plasma en el conmovedor momento en el que Gianni recoge a Paolo y le hace parar sus duros ejercicios de recuperación. A partir de ese instante, y pese a los consejos de Nicole -que en una estremecedora confesión a Gianni señala que en ocasiones piensa en la conveniencia de la muerte de su hija-, intentará que Paolo pueda ir valiéndose por sí mismo, al recibir como máximo apoyo el amor de un padre que lo quiere y desea que a su regreso viva en su propia casa, junto a su mujer y el pequeño hermano que tiene. La descripción de estas secuencias, quizá induzcan al lector a pensar en una vertiente melodramática compasiva. Nada hay más lejos de ello, en unos momentos en donde se respira un sentimiento de “verdad” cinematográfica, de sinceridad entre los personajes que adquieren más fuerza que nunca, y que incluso han transformado al joven y apocado padre en un hombre de personalidad más abierta -a retener el cambio de vestuario que pone en práctica-, con la alegría de describir a su hijo y verse correspondido con la complicidad con que este lo recibe.
Para que no todo parezca un cuento de hadas, poco antes de finalizar la película se produce una discusión entre padre e hijo -el pequeño se excede en la oferta del primero de intentar manejar el volante por unos instantes-. El vehículo se detiene y Gianni sale de él y finalmente llora, quizá decepcionado al pensar que avanzaría más en la enseñanza de su hijo, o arrepentido por no haber comprendido realmente que al acometer la decisión más trascendente de su vida, tenía que estar -como le dice en un momento dado la sabia Nicole- preparado para sufrir.

La medicina del cariño
El director de Lamerica (1994) y Niños robados (1992) nos ofrece un drama intimista en torno a la enfermedad de un niño minusválido desde el nacimiento, y a un padre que vive con el sentimiento de culpa de haberlo abandonado tras morir su madre soltera. Como ya hiciera al acercarse al problema de la inmigración, la cámara de Gianni Amelio mira con humanidad a quienes la sociedad juzga como desfavorecidos y marginales: sus personajes son seres indefensos y sencillos, pero con una riqueza interior que conmueve al espectador y que los convierte en despertador de una sociedad egoísta y deshumanizada.

Paolo es un niño huérfano de quince años, con deficiencias físicas y mentales desde el parto. Gianni, su padre, le abandonó al conocer su deformidad, pero ahora ha accedido a llevarle a Berlín para una operación que le recupere su salud. Ambos iniciarán un viaje primero hacia Alemania y después a Noruega -en busca de un amor platónico que el chico ha conocido por internet-, que se convertirá en otro interior de mutuo conocimiento y aceptación. En el hospital, Gianni conocerá a Nicole, mujer que ha dedicado su vida al cuidado de su hija -también discapacitada-, y que le servirá de guía de aprendizaje para superar su culpa pasada y a no avergonzarse del hijo enfermo.
Por encima de la historia personal, el director disecciona un mal de nuestro tiempo: el hedonismo como camino de búsqueda de la felicidad, junto a la huida y rechazo del dolor como obstáculo para alcanzarla. Para salir al paso de ese planteamiento, será la propia Nicole quien diga a Gianni que el problema no lo tiene el enfermo -al que la propia enfermedad protegerá al provocar compasión en los demás-, sino la familia y la sociedad, que no acaban de descubrir su riqueza y aportación; o también la enfermera del hospital, que señalará al padre que esconde su identidad que allí se curan enfermedades, no la vida privada de la gente.

El espectador puede sentirse incómodo por momentos, ante escenas dolorosas como la del niño que se esfuerza por andar en la sala de rehabilitación o cuando los nervios le conducen a oscuridades interiores que desesperan al sufrido padre: Amelio no escatima la dura realidad ni la viste de discursos utópicos y fáciles, sino que deja ver tanto la cara como la cruz de la enfermedad. Sin embargo, ese sufrimiento, el modo tan humano de recogerlo y trasmitirlo, ayudarán a quien vea la película a sentirse más humano, mejor persona: los más nobles sentimientos aflorarán y descubrirá el valor de los considerados como seres “improductivos”, “carga” o “desgracia”; con razón, vemos cómo al comienzo el tío de Paolo le echa en cara a un Gianni temeroso y dubitativo que “tienes un hijo que no te mereces”.
No obstante, no estamos ante un cine sentimental o edulcorado. Amelio busca la realidad más pura, sin grandilocuencia ni conmiseración, y logra un equilibrio no exento de dramatismo y emotividad. Muchos de sus planos respiran cierto aire documental: en este sentido, convencen más las escenas del niño en su esfuerzo diario por convivir con sus limitaciones que los intentos de aproximación de un Gianni a veces algo artificioso, y éstos más que las apariciones de Nicole, personaje que sirve más bien de catalizador para trasmitir su pensamiento sobre la verdadera enfermedad de la sociedad: la falta de auténtico cariño, única llave para abrir la puerta que conduce a la felicidad. Con la cámara por las calles alemanas y el frecuente recurso a los primeros planos, la película adopta un aire fresco y lleno de verdad. Las interpretaciones son convincentes para una película que tiene toda su fuerza en la historia y en la mirada del director, con un Andrea Rossi que pone sus discapacidades al servicio del personaje y una Charlotte Rampling que encarna con sutileza y contención su drama familiar.
Historia personal sobre la necesidad del amor -la escena en que Paolo escribe la carta a Kristine es sencillamente antológica-, sobre la dignidad de cualquier persona y sobre el valor del dolor y el sufrimiento. Auténtica bofetada a la mentalidad hedonista y de triunfo, y lección de cine sincero y humano. Al final, el espectador se sentirá removido por la realidad mostrada, e inclinado a mirar lo que de más valor hay en la vida.


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