Director: Clint Eastwood. 2004. EE.UU. Color
Intérpretes: Clint Eastwood (Frankie Dunn), Morgan Freeman (Eddie Scrapp-Iron Dupris), Hillary Swank (Maggie Fitzgerald)

Frankie Dunn (Clint Eastwood) ha entrenado y representado a los mejores púgiles durante su dilatada carrera en los cuadriláteros. La lección más importante que ha enseñado a sus boxeadores es el lema que guía su propia vida: por encima de todo, protégete primero a ti mismo. Tras una dolorosa separación de su hija, Frankie ha sido incapaz durante mucho tiempo de acercarse a otra persona. Su único amigo es Scrap (Morgan Freeman), un exboxeador que cuida del gimnasio de Frankie y sabe muy bien que tras el arisco exterior de su colega, hay un hombre que acude a misa diariamente desde hace 23 años, buscando una redención que hasta ahora le elude.

Frankie Dunn (Clint Eastwood) ha entrenado y representado a los mejores púgiles durante su dilatada carrera en los cuadriláteros. La lección más importante que ha enseñado a sus boxeadores es el lema que guía su propia vida: por encima de todo, protégete primero a ti mismo. Tras una dolorosa separación de su hija, Frankie ha sido incapaz durante mucho tiempo de acercarse a otra persona. Su único amigo es Scrap (Morgan Freeman), un ex boxeador que cuida del gimnasio de Frankie y sabe muy bien que tras el arisco exterior de su colega, hay un hombre que acude a misa diariamente desde hace 23 años, buscando una redención que hasta ahora le elude. Entonces, Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) aparece un día en su gimnasio. Maggie nunca ha tenido mucho, pero sí posee algo que muy poca gente en el mundo tiene: sabe lo que quiere y está dispuesta a hacer lo que haga falta para conseguirlo. En una vida de lucha constante, Maggie ha llegado hasta donde está apoyándose en su innato talento, impasible concentración y tremenda fuerza de voluntad. Pero más que nada, lo que desea es a alguien que crea en ella. La última cosa que Frankie necesita en este mundo es asumir ese tipo de responsabilidad, y no digamos de riesgo. Sin rodeos, le describe a Maggie la amarga realidad: ella es demasiado mayor, y él no entrena a chicas. Pero la palabra “no” carece de significado cuando no se tiene elección. Incapaz de abandonar su máxima ambición en esta vida, Maggie se machaca cada día en el gimnasio, con el único apoyo de Scrap. Finalmente, convencido por la inquebrantable determinación de Maggie, Frankie acepta a regañadientes entrenarla. Inspirándose y exasperándose mutuamente según les va el día, ambos van descubriendo que comparten un espíritu que trasciende el dolor y las pérdidas de su pasado, y encuentran el uno en el otro ese sentimiento de familia que perdieron hace mucho tiempo. Lo que no saben es que pronto tendrán que afrontar una batalla que exigirá más esfuerzo y coraje que ninguna otra que hayan conocido.

Los personajes y la historia
Adaptada para la gran pantalla por Paul Haggis, guionista ganador de un Premio Emmy, Million Dollar Baby se basa en un relato corto de la colección Rope Burns, de F.X. Toole. Toole pasó varios años trabajando como “zurcidor” o “parcheador”, o sea, el miembro de los equipos de boxeo que se dedica a “parchear” las heridas del púgil para que éste pueda seguir peleando – y sus historias capturan vívidamente la esencia de la vida en el ring.
El legendario productor/director/actor Clint Eastwood, escogió Million Dollar Baby como proyecto que seguiría a su aclamada y oscarizada producción de 2003 Mystic River tras leer el guión de Haggi. “Lo que más me interesó de Million Dollar Baby es el hecho que no se trata de una historia de boxeo,” asegura Eastwood. “Es una historia de amor sobre una persona atormentada por su falta de comunicación con su hija, que descubre a una hija adoptiva en esa chica obsesionada con dejar huella en el mundo del boxeo”.

Eastwood protagoniza la película en el papel de Frankie Dunn, un entrenador profesional y propietario del “The Hit Pit”, un viejo gimnasio de los barrios bajos de Los Angeles. “The Hit Pit” es la vida de Frankie, quien divide su tiempo entre las aparentemente contradictorias actividades de entrenar boxeadores e ir a oír misa, cosa que lleva haciendo diariamente desde hace 23 años. Incapaz de perdonarse por perder contacto con su hija, a la que ya no ve nunca, le envía una carta cada semana, y cada semana la carta le es devuelta sin abrir y con el sello de “Devolver al remitente”.
“Frankie busca la redención,” afirma Eastwood. “Es un viejo católico de raíces irlandesas, desilusionado con la vida por haber perdido el cariño de su hija. Esa pérdida le atormenta y ha dejado en él un gran vacío”.
A lo largo de su dilatada carrera, Frankie ha entrenado y representado a algunos de los mejores púgiles del país. Algunos de ellos llegaron incluso a lo más alto, pero no fue Frankie el que les llevó hasta allí. Él siempre les dice a sus boxeadores que por encima de todo deben protegerse, pero es su propio celo por protegerles (y a sí mismo) lo que acaba alejándoles. Una vez sus pupilos aprenden todo lo posible de Frankie, se largan con otros managers cuyo único objetivo es colocarlos en primera fila para optar a títulos importantes.
“La resistencia de Frankie a colocar a sus púgiles en peleas de grandes títulos le ha comportado varias decepciones,” comenta Eastwood. “Se ha convertido en un entrenador superconservador, incapaz de ver cuándo sus pupilos están verdaderamente listos. Aunque todavía entrena, mentalmente hace tiempo que se retiró”.

Frankie se las ha arreglado para mantenerse seguro durante mucho tiempo – hasta que Maggie Fitzgerald entra un buen día en su gimnasio. Maggie creció en la paupérrima región de las Montañas Ozarks, pero con el paso de los años ha conseguido poner tierra entre ella y su pasado mientras persigue el sueño de convertirse en boxeadora profesional. En el boxeo, Maggie encuentra motivación, orgullo, y una gran parte de la poca felicidad verdadera que ha conocido. Sin el boxeo, no es nada, y a pesar de que carece de un entrenamiento disciplinado, y de que cuenta ya con 31 años de edad, o sea demasiado mayor para empezar una carrera en los cuadriláteros, Maggie no está dispuesta a arrojar la toalla en la única cosa que hace le hace sentir bien en la vida. “¿Por qué razón puede una persona querer meterse en el mundo del boxeo?” pregunta Hilary Swank, ganadora del Oscar a la Mejor Actriz por su conmovedora interpretación en el drama Los chicos no lloran (1999, Kimberly Peirce). “Meterse en un ring para golpear y ser golpeado es algo que no llegué a comprender hasta que me puse a entrenar para esta película. Pero para Maggie, el boxeo no es tan sólo su manera de escapar de un entorno de pobreza y desesperación, se trata de algo que ama con todas sus fuerzas. Yo puedo identificarme con eso porque de niña mi familia vivía en una caravana y no teníamos muchos recursos. Empecé a actuar en pequeñas representaciones a los nueve años. Eso era lo que más me gustaba y lo que quería que fuese mi vida; por eso pude conectar con ese aspecto de Maggie”.

“En Maggie Fitzgerald,” afirma Eastwood, “uno puede ver la lucha que sostiene con la vida alguien con una gran ambición pero poca o nula preparación académica, y aún menos apoyo de su familia. Ella es algo cínica sobre dónde le va a llevar finalmente la vida si no consigue su objetivo.

En Frankie, Maggie ve al hombre que puede ayudarla a llegar a esa meta que se ha propuesto. “Ella le ha visto moldear a boxeadores noveles hasta convertirlos en increíbles púgiles,” prosigue Swank, “y quiere que la entrene a toda costa; él es el adecuado. Su obsesión le ha puesto una especie de orejeras que la convierten en alguien con una determinación inquebrantable”.
Frankie, no obstante, en un principio solo ve problemas en el hecho de entrenar a una mujer, y rechaza de plano siquiera considerarlo cuando Maggie se acerca a él por primera vez. “Frankie es frontalmente contrario a la idea de mujeres boxeadoras,” confirma Eastwood. “Le parece una extravagancia. Es muy tradicional con respecto a ese tema; cree en el boxeo en los términos de los viejos tiempos. Por tanto, ese prejuicio será el primer obstáculo que tendrá que sortear antes de que empiece a agradarle la idea de entrenar a Maggie”.
En realidad, las reticencias de Frankie tienen un origen mucho más complejo.” “Él se protege emocionalmente en su paso por la vida,” reflexiona Eastwood, “evitando involucrarse en cualquier tipo de relación, incluso una del tipo padre/hija”.
Pero Maggie no acepta un “no” por respuesta, y en lugar de eso se pasa horas y horas en el gimnasio cada día -entre los dos turnos que tiene que trabajar como camarera- luchando por aprender por sí sola hasta que encuentra el modo de convencer a Frankie de que ella bien merece la pena arriesgarse. Despreciada por sus colegas masculinos, sólo encuentra aliento en Scrap, un exboxeador que hace de encargado del gimnasio. Disimuladamente, Scrap le va dando pequeños consejos a Maggie para ayudarle a mejorar su técnica, y al mismo tiempo, influye en Frankie para que éste se interese por ella.
“Scrap es el primero en percatarse del potencial que hay en la chica si alguien la guía técnicamente, aunque Frankie se manifieste totalmente en contra,” aclara Eastwood.
“Scrap sabe ver que Maggie tiene todo lo necesario para triunfar en el mundo del boxeo,” asegura el tres veces nominado al Oscar Morgan Freeman, que da vida a Eddie “Scrap Iron”. “Él recuerda haberse encontrado años atrás en la misma situación. Y también sabe que ella no es precisamente una niña, lo cual demuestra que está allí porque realmente siente el boxeo en sus entrañas”.
Poco a poco, y merced al sutil apoyo de Scrap y a su propia perseverancia, Maggie empieza a mejorar. “Scrap ve y respeta la determinación de Maggie, su pasión y su fuerza de voluntad, y entre todo eso, puede vislumbrar un talento innato,” comenta Swank. “Percibe al descastado que él mismo fue. Pero ella no se da cuenta del todo de la importancia de Scrap para que Frankie y ella acaben trabajando juntos. Hay una gran belleza en el hecho de que un personaje no se percate de todo lo que se maneja a su alrededor para ayudarle a que consiga sus propósitos”.
La quisquillosa y confortablemente quejumbrosa relación entre Frankie y Scrap es lo más cercano a una amistad que ambos están dispuestos o son capaces de sostener a lo largo de estos años. Como el propio Eastwood denota, “Frankie y Scrap son dos tipos que han sufrido muchos desengaños en la vida. Scrap no tiene a nadie en el mundo excepto a Frankie, y en su relación hay un importante componente de lealtad”.
“Son como un Viejo matrimonio,” apunta Freeman, quien en 1992 ya coprotagonizó con Eastwood Sin perdón. Scrap también arrastra una historia dolorosa por su lado. Su carrera se fue al traste cuando quedó ciego de un ojo en una pelea especialmente violenta. Frankie era el “parcheador” de Scrap esa noche, y aunque él no tenía la autoridad para arrojar la toalla, nunca se ha perdonado el hecho de no haber encontrado el modo de detener el combate. “Ese incidente todavía atormenta a Frankie,” asegura Eastwood. “Esa noche mantuvo a Scrap en pie, peleando. Hubiera parado el combate, porque Scrap estaba malherido, pero Frankie pudo detener la hemorragia entre asalto y asalto, permitiendo así, irónicamente, que Scrap continuara siendo brutalmente castigado. Esas son las cosas que pesan en el alma de este hombre,” prosigue Eastwood. “Y aunque todo eso no le ha impedido seguir entrenando a otros púgiles, son importantes obstáculos a la hora de decidirse a preparar a una mujer”.
Lo que Frankie no entiende es que Scrap volvería a pasar por lo mismo sin dudarlo, y sabe que Maggie comparte esa misma pasión, mereciendo así una oportunidad. No obstante, y a pesar de la insistencia de Scrap y el entusiasmo de Maggie, Frankie se mantiene firme en su negativa. Pero en la noche del 32º cumpleaños de Maggie, Frankie percibe por primera vez todo el dolor y la desesperación que se esconde bajo el fervor de la chica.
“Maggie pensaba que cuando llegara los 32 ya sería toda una campeona,” revela Swank. “Y ahí está, todavía trabajando desde la base; todavía sin entrenador. Y no es una campeona, ni mucho menos, y eso la deprime. Cuando ese sentimiento la asalta, desaparece la chica valerosa que intenta ganarse a Frankie.” Es entonces cuando Frankie finalmente cede y se decide a entrenar a Maggie -en contra de, y como él mismo se apresura a afirmar-, su mejor juicio.
Eastwood ve este momento como un punto de inflexión en la historia, así como en los personajes. “Cuando Frankie finalmente accede a preparar a Maggie, se convierte en una historia de amor -no una romántica, sino en una historia de amor padre/hija. Maggie es la hija que ha perdido y echa de menos en su vida, y él es el padre que ella perdió siendo muy pequeña. Y es a través de esta relación como Frankie se encontrará de Nuevo a sí mismo y alcanzará la tan ansiada redención.” “Es una historia de amor, simple y llanamente,” concuerda Freeman. “Las relaciones entre Frankie y Maggie, entre Scrap y Frankie- todas encajan en una pieza”.
Además de haber tenido la oportunidad en un filme que fusiona el drama con una historia de amor sobre el duro telón de fondo de un deporte física y psicológicamente agotador y exigente, el reparto reunido por Eastwood ha glosado también el haber podido trabajar con el prolífico director. “Fue genial tener la oportunidad de trabajar con Clint,” afirma Swank encantada. “Fue un sueño convertido en realidad. Y Morgan está también increíble; en estado de gracia”.
“Es difícil llegar a trabajar con alguien a quien admiras y con el que compartes una historia,” asegura Freeman. “Clint es todavía el mismo director con el que hice Sin perdón. Nunca se interpone entre el actor y su personaje. Te dice cómo va a ser la toma, y quizás sugiere algo sobre si es mejor caminar así o asá. Y entonces deja que los actores hagan su trabajo. Pagaría por trabajar con él.
El legendario talento de Eastwood, su estilo clásico de realización y su comprensivo entendimiento de la interpretación le han convertido en un cineasta con el que muchos actores aspiran a poder trabajar. Bajo su batuta, Sean Penn y Tim Robbins se hicieron con Oscars al Mejor Actor y Mejor Actor de Reparto respectivamente, merced a sus excelentes trabajos en Mystic River.
“Mi teoría sobre la dirección de actores es que no hay que insertar el ego en la ecuación,” revela Eastwood. “Habiendo estado también a ese lado del negocio, estoy muy familiarizado con las seguridades que se necesitan y las inseguridades que hay que evitar para una buena interpretación, por ello dejo que los actores aporten mucho de su parte. Cuando vienen con alguna idea buena, bien; y cuando no es tan buena, intento ajustarlo. Intento facilitar las cosas, y hacer que las interpretaciones encajen con naturalidad en el conjunto. Si creas una atmósfera especial para los actores, ellos se sentirán bien consigo mismos”.
Eastwood ve Million Dollar Baby como una película que no sólo se ha visto enriquecida por las interpretaciones a varios niveles de su reparto, sino por el fondo sobre el que los personajes deberán bregar para alcanzar sus anheladas metas y enfrentarse a sus más profundos temores. “El boxeo juega un papel importante en la historia, pero esta película no trata sobre boxeo; es sobre relaciones humanas,” enfatiza Eastwood. “Y hay ciertos temas subyacentes. Al igual que en Mystic River, el público tendrá que decidir hacia dónde va la historia después de que la película finalice”.


El entrenamiento
El papel de la apasionada y dedicada púgil Maggie Fitzgerald fue físicamente exigente, y Hilary Swank Sólo tuvo 3 meses para entrenarse antes de que el rodaje comenzase. “Nunca había trabajado con Hilary antes,” confirma Eastwood, “pero habíamos coincidido anteriormente en varias ocasiones y sabía por el modo en que se mueve que tiene aptitudes atléticas. No tenía ninguna duda sobre su talento como actriz, pero sabía que su éxito para conseguir este papel dependería de lo diligente que fuera en su preparación física. Y lo fue. Tiene un compromiso inigualable con su trabajo”.

La actriz trabajó durante tres mese con el legendario preparador de boxeo Hector Roca en el Gleason’s Gym de Brooklyn. Nombrado por el International Boxing Digest como uno de los mejores entrenadores del mundo, Roca ha preparado a numerosos campeones del mundo, como Iran Barkley, Arturo Gatti, Regilio Tuur y Buddy McGirt.

“Nunca había boxeado antes,” afirma Swank, “y no creo que lo entendiera antes; uno no suele respetar lo que otros hacen hasta que no se mete en su piel. Cuando entré en el gimnasio y me puse a entrenar con Hector el primer día, me sentí totalmente desplazada. Pero él fue tan paciente y diligente, y me hizo esforzarme tanto – realmente me puso al límite de mis posibilidades, ese punto donde crees es imposible ir más allá, y de pronto, sobrepasas ese punto, y más, y más, y más, y más. Intenté recordar la sensación que tuve al aprender cómo golpear correctamente, para poder incorporar a mi interpretación ese preciso instante en la experiencia de Maggie”.
Además del boxeo, Swank trabajó también con el entrenador de halterofilia Grant Roberts durante varias horas al día para desarrollar la suficiente masa muscular que le permitiera interpretar con credibilidad a una atleta profesional.

El tiempo pasado por Swank en el gimnasio también le dieron la oportunidad de experimentar de primera mano lo que significa ser una púgil femenina en un deporte absolutamente dominado por los hombres. La actriz tuvo como sparrings a varias mujeres boxeadoras como la pentacampeona del mundo Lucia Rijker, que también aparece en la película.



El duro entrenamiento valió la pena. Como el propio Eastwood atestigua, “No hay un solo plano con doble en toda la película. No se utilizaron dobles durante el rodaje, y Hilary protagoniza todos y cada uno de los planos de lucha”.

“Pude conocer sus vidas, y escuchar sus opiniones,” recuerda Swank. “Se sienten tan felices con esta película; con suerte, la gente mirará con otros ojos a las mujeres boxeadoras y respetarán lo que hacen, porque ellas trabajan tan duro como sus colegas hombres. Es gratificante poder ser parte de algo que hará cambiar la imagen que mucha gente tiene sobre algo”.
“Los boxeadores con los que tuve la oportunidad de reunirme aman con pasión este deporte y están muy comprometidos con él,” prosigue Swank. “Cuando están en el cuadrilátero, puedes ver cómo aplican todo ese duro entrenamiento en los tres o cuatro asaltos que peleen. Haber sido capaz de experimentar esto durante el breve espacio de tiempo que tuve para explorar ese mundo me hizo crecer como persona. Es un deporte hermoso, y he conocido gracias a él a gente maravillosa”.
La producción
El director Clint Eastwood tuvo claro desde el principio el “look” que quería para Million Dollar Baby. “Intenté conseguir un “look” clásico,” nos revela. “Aunque la película está ambientada en el presente, quise capturar el sentimiento de que la historia podría discurrir en cualquier otro período. Podrían ser los 40s, 50s, 60s o 70s – deseaba esa intemporalidad”. En tal esfuerzo, el director fue ayudado por Tom Stern, director de fotografía, quien colaboró por primera vez con Clint Eastwood en 1982 con ocasión de Bird, siendo a su vez cinematógrafo en Blood Work y Mystic River, y del diseñador de producción Henry Bumstead.
Million Dollar Baby marca la duodécima colaboración entre Clint Eastwood y el oscarizado Bumstead, ganador de dos estatuillas por El golpe y Matar a un ruiseñor. “Henry Bumstead es ciertamente uno de los mejores” cree el director, “y a sus 89 años, sigue siendo un hacha”. “Adoro trabajar con Clint”, afirma Bumstead. “Es un gran director; no hay nadie como él. Tengo 89 años, y no trabajaría por nadie a esta edad. Ha sido una relación fantástica. Le gusta cómo trabajo y confía en mí. Le enseño unas cuantas fotos de localizaciones que tengo intención de utilizar o de decorados que quiero levantar y desde entonces nos ponemos en marcha a toda velocidad para no pasarnos ni un minuto del plan de rodaje”.
El decorado más importante de la película, “The Hit Pit”, el gimnasio de Frankie, fue construido en un almacén vacío en el centro de Los Angeles. “Esta película trata sobre personas en los márgenes de la sociedad”, apunta Eastwood. “Este pequeño y ajado gimnasio en los barrios bajos de Los Angeles alberga a muchos extraños que entran y salen; pero para Frankie y Scrap es el lugar donde pasan sus vidas”.
“Buscamos y buscamos”, rememora Bumstead, “y cuando vi fotos de este almacén, supe que haría muy bien las veces del “Hit Pit”. Entonces mostré a Clint esas fotos y decidimos bajar hasta allí y verlo juntos. Estuvo totalmente de acuerdo conmigo. Entonces le enseñé un plan de lo que iba a hacer, colocando su oficina en una plataforma desde la que se divisan dos rings y que cubría todos los requerimentos del guión. Clint lo studio y dijo, “Perfecto”.
Bumstead puso especial atención en conseguir el “look” añejo, por no decir gastado, del “Hit Pit”. “Soy muy riguroso con lo de envejecer un decorado,” afirma el diseñador de producción. “Hay que darles al techo y las paredes una pátina de falsa suciedad. También el alumbrado y todo el mobiliario deben aparentar llevar allí mucho tiempo. Mi ayudante, el director artístico Jack Taylor; el decorador Richard Goddard; el pintor Rick Paronelli, y mi capataz constructor Mike Muscarella estuvieron excelentes en su trabajo y me hicieron quedar bien. Como siempre he dicho, soy tan bueno como lo es mi equipo, y ellos son fantásticos”.
Million Dollar Baby fue rodada en varias localizaciones en Los Angeles y sus alrededores, incluyendo el paseo de Venice, Eagle Rock y Hollywood Boulevard. Las secuencias de lucha fueron filmadas en el Grand Olympic Auditorium, marco actualmente de muchos combates de boxeo profesionales, y en otras localizaciones cercanas a la ciudad.
“Encontramos la casa perfecta para hacer las veces del bungalow de Frankie, con carpintería oscura y un parquet perfecto,” comenta Bumstead. “También pudimos encontrar los restaurante en los que trabaja Maggie en el paseo de Venice y en Hollywood Boulevard, y para una secuencia que transcurre en Missouri, condujimos por las áreas boscosas de alrededor de Los Angeles y utilizamos una vieja área de servicio en Lake Avenue, Pasadena. También rodamos en una tienda de artículos de boxeo en Lake Avenue”.

Million Dollar Baby es la máxima expresión de una peculiar forma de entender el cine que muchos me temo que desaparecerá con la propia figura de Clint Eastwood, al que hace ya tiempo que no le queda grande la etiqueta de último gran cineasta clásico. No en vano, Eastwood sigue reinterpretando el clasicismo a su manera o, mejor dicho, sigue acogiéndose a las claves y arquetipos narrativos del cine de género para, en el fondo, plantear otra serie de cuestiones. Por eso Million Dollar
Baby es mucho más que una película de boxeo, pese a que el planteamiento de la misma no difiere demasiado de otras obras que han utilizado el cuadrilátero como metáfora de la condición humana, obras en las que los golpes de la vida resultan infinitamente más dolorosos que su equivalente físico. La película se articula en base a la relación de apenas tres personajes de los que, como siempre en el cine de Eastwood, sabemos casi más por lo que intuimos que por lo que se nos cuenta. Su pasado incluye, como el de todos, algunas decisiones erróneas que condicionan de forma clara a unos personajes que son perfilados de manera magistral por un férreo guión que, entre diálogos afilados, puntuales momentos de humor que hacen aflorar la sonrisa en el espectador y un argumento que recuerda mucho, demasiado, a otras historias de superación personal a través del esfuerzo y el sacrificio, va tejiendo de manera subterránea algunos de los temas recurrentes del director y preparando el terreno para lo que está por venir.
Así, esta historia de falsos perdedores (en el cine de Eastwood perder no significa necesariamente melancolía o tristeza, sino que siempre es una parte más, natural, de la vida) funciona a varios niveles: en primer plano está la lucha de una voluntariosa joven sin nada que perder por conseguir su objetivo de ser una boxeadora, y dar algo de sentido a su existencia a través de su relación con ese entrenador de vuelta de todo, reticente a prepararla, y ese antiguo boxeador que ve en ella posibilidades; una trama que responde punto por punto a cualquiera de los tópicos imaginables del género. Por debajo de todo eso transcurren los verdaderos temas de la película, auténticas obsesiones del cineasta: la conciencia de la propia madurez, la culpa por los pecados del pasado de los que nunca se puede escapar del todo y que atormentan el presente, la sublimación de una amistad de años en la que basta una palabra o una mirada para expresar las más contundentes verdades y, por encima de todo, el terrible sentimiento de pérdida paterna, esa insoportable angustia que Eastwood ya había explorado en películas como Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Poder absoluto y, sobre todo, Mystic River, en el que la necesidad de recuperar una relación padre/hija perdida en alguna esquina de la vida consigue superar cualquier tipo de barrera, incluso la falta de una relación biológica propiamente dicha.
Million Dollar Baby se configura así como una obra llena de subtextos, en la que el verdadero discurso de la película se desarrolla plácidamente bajo otra apariencia formal y en la que las claves de unos personajes complejos se nos muestran sin estridencias pero sin pausas; una película en la que Eastwood reescribe con su habitual elegancia el clasicismo, entendido éste en la mejor línea de la narrativa tradicional. Al director le ayudan no poco las impecables interpretaciones de los tres protagonistas de la historia, empezando por él mismo. Ya es hora de que, además de reconocer los méritos de Eastwood como cineasta, se empiece a reivindicar el gran talento que tiene como actor: su composición de ese veterano preparador de boxeadores, ese restañador de cortes, incapaz de contener la hemorragia de las heridas del pasado, que sobreprotege a todos los que le rodean, es quizás el mejor trabajo de su carrera en este campo, comparable a aquel crepuscular William Munny de Sin perdón. Por su parte, Hilary Swank ofrece una interpretación desarmante y llena de carisma, absolutamente maravillosa. Bastaría con detenerse en secuencias como esa contundente declaración de intenciones en la que expresa su necesidad de boxear para conseguir encontrar algo de sentido a su vida, su desolación cuando su entrenador trata de deshacerse de ella por indagar en lo personal, o esa complicidad creciente que consigue con Eastwood a lo largo de toda la película y que culmina en ese final indescriptible para darse cuenta de que estamos ante una de las interpretaciones no sólo del año, sino de los últimos tiempos. Morgan Freeman vuelve a demostrar que en pocas ocasiones se siente más cómodo que trabajando a las órdenes de Eastwood, y su entrañable ex boxeador de cabeza bien amueblada, que tiene arrestos tanto para ganar algún combate más como para decir las cosas claras cuando es preciso, es una presencia que llena la pantalla de saber hacer, incluso cuando se limita a observar (y nosotros con él) lo que se está desarrollando en ese gimnasio en el que se reúnen no sólo la pareja protagonista sino algunos excelentes personajes secundarios.
No conviene confundir los términos: que Million Dollar Baby esté rodada de una forma tan clásica no equivale en ningún caso a simplicidad. La película tiene un gusto por el encuadre en el que uno tiene la sensación de que la cámara está siempre en el sitio más adecuado para contar la historia de forma fluida, y en el que incluso recursos tan viejos como el manido plano-contraplano cobran todo su significado (obsérvese la ya mencionada escena de la declaración de intenciones que conduce a la final aceptación de Frankie de entrenar a Maggie). El juego de luces y sombras que compone la fotografía de Tom Stern no es sino un indicativo más de que Million Dollar
Baby no es la película que parece ser, y el trabajo de montaje del veterano colaborador de Eastwood Joel Cox es, simplemente, digno de elogio: todos estos elementos conforman un ritmo pausado en el que el interés del espectador, lejos de decaer, crece parejo al desarrollo de las relaciones entre los personajes, que en algunos casos adquieren matices sorprendentes (hay que destacar aquí la peculiar relación que se establece entre el sacerdote y un Frankie que tiene tantos motivos para sentirse comprensiblemente descreído como para no dejar de acudir diariamente a esa iglesia, una relación que cobra todo su significado en la última y desoladora conversación entre ambos) o que despiertan la curiosidad (el brillante recurso de guión del significado oculto de “Mo Cuishla”, cuya revelación final corona la secuencia más memorable del filme). Quizás sólo se le puede reprochar a Eastwood un cierto exceso de maniqueísmo en el retrato de algunos de los personajes secundarios (concretamente la familia de Maggie), porque ni siquiera aquellos que, como yo, no sean muy partidarios del recurso narrativo de esa omnipresente voz en “off”, encontrarán motivos de queja una vez haya terminado la película.
Con la misma seguridad con la que se puede afirmar que Million Dollar Baby no es ni mucho menos la película definitiva sobre el mundo del boxeo (por más que Eastwood se atenga a las reglas del género y ruede las peleas de una forma impecable), hay que decir que muy pocas veces se ha podido traducir en imágenes la forma en la que uno debe quedarse K.O. tras recibir un golpe definitivo y quedarse en la lona más allá de toda cuenta de protección posible. Porque eso es lo que Eastwood consigue en el tramo final de la película: sacudir nuestras conciencias de tal forma que uno se ve lanzado por el precipicio moral que plantea la película. En un acto de honestidad insobornable, Eastwood orquesta todos los elementos antes mencionados para desembocar en una serie de escenas que justifican por sí solas cualquier trayectoria fílmica y me atrevería a decir que humana. Porque hace falta haber vivido muchas cosas y haber alcanzado un grado de madurez personal que no está al alcance ni mucho menos de todo el mundo, para poder afrontar tanto los temas de los que habla Eastwood como la forma en lo que lo hace, con una puesta en escena despojada de todo artificio, que rehúye cualquier tipo de componenda emocional y no cede ni un solo milímetro de terreno al sentimentalismo o a las justificaciones superfluas, y, lo que es aún más importante, que nos obliga a mirar de frente, con un nudo en la garganta pero sin poder apartar la vista de la pantalla, un acto que nace tanto del amor como del dolor, de la humanidad más solidaria como de la desesperación más allá de toda medida imaginable, que desemboca en un final incierto, abierto, magnífico.

Si tuviera que elegir el momento más triste de las últimas entregas del Oscar sería la derrota de Martin Scorsese en el 2003, cuando postulaba confiado a Mejor Director por Pandillas de Nueva York y, de la nada, el exiliado Roman Polanski le aguó la fiesta con El pianista. La mueca de rabia y dolor que se le dibujó en la cara alcanzó a salir por la tele y probablemente iba dirigida no tanto hacia la película como al productor Harvey Weinstein, quien había hecho correr al realizador de recepción en recepción, de comida en comida, con tal de “asegurar” los necesarios votos y sensibilizar a la Academia.
Con anteriores películas de su compañía (El paciente inglés, Shakespeare apasionado) la estrategia había resultado, pero esa noche el sobreexpuesto Scorsese y sus
Pandillas quedaron olvidados automáticamente mientras Weinstein partía a celebrar las estatuillas ganadas por Chicago, otra de sus producciones.
Ese año -esa noche- la historia se repitió. Scorsese vuelve a la carga con El aviador (quizás el filme más débil de su carrera), pero su callada actitud parece copiada de Clint Eastwood, su más fuerte contendor y quien ha pronunciado sólo las palabras precisas para ir en apoyo a la que, tal vez, sea la mejor película que haya filmado: Million Dollar Baby.
Maestro de las relaciones públicas, el director de Bird ha dicho de ella que no es más que una simple historia de padre-hija, contada a la antigua y ambientada en el mundo del boxeo. Sin decirlo abiertamente, Eastwood implica que Million Dollar Baby es todo lo que El aviador sueña con conseguir. Tiene razón: es formidable.
Culpas, caos, familia
Diversos críticos estadounidenses han apuntado que el argumento del filme les recuerda de inmediato esas antiguas cintas de boxeo producidas por la Warner Bros., durante los años 30 y 40, en las que el honor deportivo se mezclaba imperceptiblemente con las honduras del cine negro: Después de muchas dudas, Frankie Dunn -un veterano preparador y dueño de gimnasio- accede a entrenar a Maggie Fitzgerald, humilde camarera venida de las montañas que a los 31 años quiere convertirse en boxeadora profesional. La chica resulta un fenómeno. Está hecha de la materia de los campeones, pero también se convierte en el perfecto sustituto de la hija de Frankie, a la que nunca ha vuelto a ver en muchísimos años.
El punto de partida es puro y duro melodrama -al estilo de los protagonizados por Bogart, Cagney y Tracy-. Eastwood juega a la segura asignando a Hilary Swank el papel de Maggie y dejándose para sí mismo la tarea de lidiar con los oxidados sentimientos del malencarado Frankie, solitario setentón e inevitable sucesor de los parcos personajes que el realizador ha venido encarnando en pantalla desde hace cuarenta años.
Como mediador entre ambos figura Scraps (Morgan Freeman), exboxeador, utilero del gimnasio, hombre de confianza de Frankie y narrador del filme. Es Freeman (y su voz) quien consigue poner en perspectiva las palabras del guión que Paul Haggis adaptó a partir de Rope Burns, una serie de cuentos y recuerdos escritos por Jerry Boyd bajo el sinónimo de F.X. Toole. Tal como Maggie, Boyd llegó al boxeo muy tarde (pasados los cuarenta). Tal como Frankie, colgó los guantes y convirtió en entrenador. El dato bastaría para pensar en Million Dollar Baby como una historia sobre las segundas oportunidades -y lo es-, pero a juzgar por la casual autoridad con que Scraps va hilvanando su fábula, palabra a palabra, escena a escena, uno empieza a sospechar que sus intenciones son harto más ambiciosas que las de ver un triunfal K.O. al final. Y bueno, ahí radica la grandeza del filme. A medida que la relación entre los tres protagonistas progresa en complejidad, los puntos de vista que el espectador puede escoger se disparan en todas direcciones.
El más sencillo ya está expuesto: pensar en Million Dollar Baby, como una especie de homenaje y una puesta al día de valores cinematográficos clásicos que están literalmente en extinción, lo que se comprueba no sólo a través de los diálogos, sino mediante los extraordinarios contrastes de luz y sombra orquestados por el fotógrafo Tom Stern y el diseñador Henry Bumstead, que invitan a imaginar la película como si ésta hubiera sido filmada en blanco y negro.
Otra opción es pensar en ella como una obra epigonal, donde todos los temas de Eastwood se dan cita por última vez antes de su eventual retiro como director. Pasión por el individualismo (expresada por la testaruda Maggie); negativa a cambiar con los tiempos (vista como una ventaja por Frankie); la idea del mundo sumido en un caos del cual el gimnasio parece estar completamente separado.
Y para finalizar dos preocupaciones que el viejo Clint no se cansa de volver a revisitar:
- La virtual inutilidad de la familia como refugio y fuente de seguridad. La empobrecida madre y hermanos de Maggie -que se quejan incluso cuando ella les ofrece ayuda económica- liquidan toda clase de cariño que no sea el ofrecido libremente, de espaldas a cualquier clase de institución, que “para haber sido hecha por un director reconocidamente conservador, la cinta entrega una de las visiones de la familia más pesimistas que jamás se haya visto”.
- La inmensidad de las culpas: “nadie viene diariamente a misa durante 23 años, a menos que cargue con algo muy grande en las espaldas”, le comenta el Padre Horvak a Frankie Dunn, infaltable feligrés; pero la película jamás se molesta en explicar el porqué. Eastwood, sabiamente, prefiere convertirlo en misterio y proyectar las culpas de su personaje en un nuevo orden de cosas, tal como ocurre en Sin perdón, cuando William Munny es sacado de su retiro para volver a matar. Toda acción involucra costos, ganancias y remordimientos y Frankie no tiene que esperar el término de la historia para averiguarlo.
Quizá porque su estructura es tan sencilla y al mismo tiempo tan densa, el verdadero efecto que la película ejerce sobre el espectador -sensible- sólo se va revelando en capas: ahí están la increíble estilización de la puesta en escena -que va adquiriendo bordes cada vez más abstractos a medida que Scrap va acabando su cuento- o la extraña trinidad que se produce entre Frankie, Maggie y Scrap (creador de boxeadores, brazo ejecutor, narrador de la gesta) y cuya implicación simbólica se refleja en los disparates teológicos con que Dunn bombardea al mencionado Padre Horvak, a su vez uno de los personajes más enigmáticos del filme.
En ese plano, Million Dollar Baby deja de relacionarse con los antiguos dramas boxísticos y se pone en al mismo nivel que otros filmes misterio como L’Atalante, Candilejas, Gertrud, 7 mujeres, El dinero, Madadayo y Eyes Wide Shut, verdaderas cajas chinas que aparte de resumir la obra de gente como Vigo, Chaplin, Dreyer, Ford, Bresson, Kurosawa y Kubrick, son al mismo tiempo artefactos que no paran de plantear preguntas para las cuales (todavía) no hay necesariamente solución.
En esa dirección apunta precisamente el final de la historia, en que el realizador apela directamente a la conciencia del espectador. La intensidad con que lo hace es tal que resulta imposible seguir discutiendo el tema por escrito si el lector no ha visto la película.
Clint Eastwood -actor o director- nunca ha sido tan conmovedor, como lo es en los últimos treinta minutos de este filme. Puro cine. Del mejor.
