REENCARNACIÓN (Birth)

Película estrenada entre 2004

Director: Jonathan Glazer. 2004. EE.UU. Color

Intérpretes: Nicole Kidman (Anna), Cameron Bright
(el joven Sean), Danny Huston (Joseph), Lauren Bacall (Eleanor), Alison Elliott (Laura), Arliss Howard (Bob), Michael Desautels (Sean), Anne Heche (Clara), Peter Stormare (Clifford), Ted Levine (Monsieur Conte), Cara Seymour (Madame Conte), Joe M. Chalmers (Sinclair), Novella Nelson (Lee), Zoe Caldwell (Madame Hill), Charles Goff Monsieur Drummond), Sheila Smith
(Madame Drummond), Milo Addica (Jimmy), John Robert Tramutola(Stevie), Jordan Lage (Peter)



Diez años después de la repentina muerte de su amado marido Sean, Anna (Nicole Kidman) está preparada para superar su pérdida y empezar una nueva vida. Ha aceptado casarse con Joseph (Danny Huston), un hombre alegre y cultivado que durante tres años ha cortejado pacientemente a la joven y bella viuda. La madre de Anna, Eleanor (Lauren Bacall) -una mujer elegante y dominante que ha abierto los brazos a Joseph en el espacioso piso familiar del barrio aristocrático del Upper East Side neoyorquino-, recibe la noticia con alegrí­a. El piso ha sido el hogar de Anna desde la muerte de Sean y también es la residencia temporal de su hermana embarazada Laura (Alison Elliot) y del marido de ésta, Bob (Arliss Howard), que están reformando su propia casa. Es allí­ donde una noche se reúnen amigos y parientes para celebrar la fiesta de compromiso de Anna y Joseph. Entre los invitados figuran Clifford (Peter Stormare), el mejor amigo de Sean, y su mujer Clara (Anne Heche). La pareja no se siente del todo cómoda en este ambiente de lujo y cuando llega el ascensor Clara advierte que su regalo no está bien envuelto y le dice a Clifford que suba solo. Mientras piensa en qué hacer a la entrada de mármol del edificio se fija en un niño (Cameron Bright) sentado solo en el recibidor. Clara sale del edificio en dirección a Central Park y el chico la sigue sin que ella se dé cuenta. Cuando al poco tiempo regresa al edificio el chico ha vuelto a su sitio. Poco después de la fiesta de compromiso se celebra el cumpleaños de Eleanor, una reunión í­ntima a la que asiste una gran amiga de la familia, la Sra. Hill (Zoe Caldwell). Pero antes de que se pueda servir la tarta aparece un desconocido. Es el mismo chico de antes y pide hablar en privado con Anna. Anna consiente a lo que parece el capricho de un niño y le acompaña a la cocina. Allí­ el chico declara que es su difunto marido Sean y le previene contra casarse con Joseph. Asombrada y enfadada, Anna le lleva abajo y da instrucciones al conserje, Jimmy (Milo Addica) para que mande al chico a su casa. Jimmy confirma que conoce al chico. Su nombre es Sean. Sin embargo, Sean no se rinde, comienza a escribir a Anna y visita regularmente el edificio con su padre, el Sr. Conte (Ted Levine), un tutor que tiene clientes allí­. Joseph tiene curiosidad por este niño de diez años que escribe a su prometida y decide hablar con él cuando su padre viene a dar clase. Los tres adultos -Joseph, Anna y el padre del chico- le exigen que deje en paz a Anna pero Sean se niega, tranquilo pero decidido. Cuando el niño se desploma al final del enfrentamiento Anna no puede evitar sentirse afectada. La intromisión surrealista de Sean en la vida de Anna produce reacciones diversas en su familia. Bob le interroga sobre los detalles del difunto Sean y le inquieta todo lo que el chico parece saber. Más inquietante aún es la intensidad y seguridad de su amor por Anna. La Sra. Conte (Cara Seymour), separada del padre de Sean, permite a su hijo ver a Anna con la esperanza de que deje de creer que es su marido. Sin embargo, es Anna quien empieza a creerle. Aunque no puede negar que es todo muy extraño se siente cada vez más atraí­da hacia el niño y está dispuesta a ir en contra de los deseos de su novio y de su familia con tal de verle. ¿Es realmente posible que el niño sea el marido de Anna, vuelto a la vida? ¿Cómo puede rechazar la posibilidad de volver a experimentar el amor que sentí­a por él?


Fascinación, ambigüedad y desconcierto

Quizás lo primero que a uno se le viene a la mente a la hora de escribir acerca de esta elegante, perturbadora y a la vez fascinante propuesta fí­lmica que hoy nos ocupa, es que el director Jonathan Glazer y sus dos socios en el guión Milo Addica y Jean-Claude Carrií¨re debí­an ser más que conscientes de que su estimulante premisa de partida bien podrí­a servir para configurar a partir de ella una pelí­cula que perteneciera a ese selecto grupo de obras de difí­cil catalogación que mezclan y a la vez difuminan las fronteras de lo que comúnmente conocemos como género cinematográfico, obras que a menudo suelen colocarse muy cerca del borde de un precipicio por los considerables riesgos que afrontan y por la complejidad que supone llevar a buen puerto lo que se cuenta, pero que, precisamente por ese coqueteo poco disimulado con el riesgo y por su deseo de experimentar con nuevas y sugerentes formas de expresión, pueden resultar particularmente atrayentes para ese tipo de espectador inquieto, ansioso por ver sometida a prueba su capacidad de sorprenderse en una sala de cine.

Reencarnación tiene desde luego un planteamiento tan perturbador como interesante: ¿Cómo reaccionarí­a una viuda que ha llorado por diez años la triste pérdida de su marido y que por fin parece dispuesta a rehacer su vida con otro hombre si, de improviso, apareciera en su vida un inquietante chaval de diez años que, comportándose con maneras de adulto y conociendo unos hechos que nadie más que aquel marido difunto podrí­a saber, afirmara convencido ser la reencarnación de éste y reclamara la atención de la que dice ser su esposa? Ante esta tesitura, parte del público, siguiendo sus propias creencias sobre el asunto, puede reaccionar pensando que, efectivamente, el determinado chaval puede estar en lo cierto y ser quien dice ser pese a que, por otro lado, tal cosa resulte imposible de aceptar para el espectador naturalmente escéptico, que preferirá pensar que todo eso no puede sino ser una broma de mal gusto llevada al extremo y que debe haber una explicación más racional al respecto. Lo verdaderamente singular de la pelí­cula de Jonathan Glazer es la ambigüedad que muestra en este campo, que deja tanto espacio libre al espectador que permite avanzar por la pelí­cula montado en el caballo que más le guste, a la expectativa de lo que se va descubriendo en pantalla.

Con estos mimbres, cualquiera dirí­a que estamos ante un producto propio del género fantástico y sin embargo hay algo que no encaja. Para empezar, la factura visual de la pelí­cula, elegante a más no poder, con una puesta en escena que se complace en detener los planos fijos sobre los rostros o las estancias, y con suaves movimientos de cámara exentos del más mí­nimo efectismo que desembocan en un ritmo pausado en el que se presta atención sobre todo a la creación de una atmósfera, sólo puede llevarnos a un referente claro dentro de dicho género: M. Night Shyamalan. Sin embargo, Reencarnación tampoco encaja del todo dentro de ese esquema, porque por mucho que queramos rastrear paralelismos entre esta historia y la filmografí­a del autor de El sexto sentido, nunca hay en la cuidada atmósfera de esta pelí­cula la sensación de desasosiego que la constante presencia del elemento fantástico crea en los filmes del realizador de origen indio, ni tampoco el aire malsano que un Polanski podrí­a sugerir a través de esa introducción de lo fantástico en lo cotidiano tipo La semilla del diablo, uno de los temas sobre los que gira la trama de Reencarnación. ¿Ante qué tipo de propuesta nos encontramos entonces?

Quizá la respuesta a tan delicada pregunta podrí­a venir de analizar un poco más a fondo lo que es el verdadero núcleo de la pelí­cula: la forma en la que cualquiera de nosotros, seres humanos perfectamente racionales y seguidores de un sistema lógico a la hora de enfrentarnos a algún problema, podemos abandonarnos tan progresiva como desesperadamente a la solución que más nos conviene, por irracional que sea, con tal de recuperar aquello que perdimos en el pasado, que es lo que le sucede de manera evidente al complejo personaje que compone de forma magistral una Nicole Kidman sin cuyo talento interpretativo la pelí­cula serí­a incapaz de sostenerse, pues su Anna navega siempre en el mismo lí­mite de la credibilidad. Basta con ver ese espeluznante plano fijo en el concierto al que asisten Anna y su prometido Joseph, poco después de planteado el dilema, en el que se registra cómo ella está considerando, por primera vez de forma seria, la posibilidad de que sea verdad lo que Sean plantea y, en consecuencia, su rostro va reflejando las terribles consecuencias de esa certeza, ajena su atención por completo a todo lo que le rodea. No hay en la actualidad muchas actrices capaces de conseguir transmitir toda esa inseguridad, ese cúmulo de sensaciones, dudas e ideas que se agolpan en su cabeza, no sólo en ese prodigioso plano fijo, sino a lo largo de todo el filme. Es a través de ese progresivo abandono de Anna a la dulce seducción que supone pensar que tan fantástica premisa pueda ser una realidad que nosotros, como espectadores, hacemos ese viaje con ella, por más que haya una vocecita en nuestro interior que nos avise de que es una locura.

Por supuesto, ayuda no poco a la misma empresa Cameron Bright, ese niño de mirada adulta que consigue provocar toda esa tensión a su alrededor con su simple presencia, su tenacidad insobornable y su naturalidad desarmante (la escena del baño, que ha sido motivo de tan absurda polémica por los impresionables moralistas de siempre, es un modelo de planificación inteligente) y que plantea la misma duda en la mente del espectador. Admite Jonathan Glazer -un realizador que nos sorprendió con su estimulante ópera prima Sexy beast
(2001), aparentemente en las antí­podas de esta obra por su diferente acabado visual, pero en el fondo no tan alejada de ella por los temas que aborda- que la intención principal de la pelí­cula, desde un primer momento, era mostrar de una forma creí­ble una historia de amor entre una mujer adulta y un niño de diez años. Y la verdad es que durante gran parte del metraje lo consigue sin resultar inverosí­mil (véase por ejemplo la secuencia de Anna y Sean en la heladerí­a mientras hablan de sexo, o la escena en la que Anna se acerca a la cama desde la que Sean la contempla expectante) gracias, además del gran trabajo de interpretación citado, al esfuerzo del trabajo narrativo de una puesta en escena medida al milí­metro que consigue generar tal clima que, al no jugar jamás Glazer con las cartas marcadas ni manipular al espectador, éste puede ser capaz de asumir por propia voluntad bien la propuesta más fantástica, bien la explicación más racional.

La pelí­cula tiene así­ momentos de una enorme fuerza dramática y un gran poder de sugerencia. Sin embargo, cuando uno asume el riesgo de moverse por terrenos tan delicados, resulta una tarea harto difí­cil salir airoso en la resolución del filme manteniendo intacto ese nivel. O, dicho de otra forma, llega ese momento inevitable en el que la pelí­cula, por más que quiera seguir jugando con la ambigüedad, se ve obligada a optar por un camino u otro y aferrarse a él si no se quiere caer en el precipicio que ella misma ha planteado. Y es ahí­ donde Glazer, consciente de que el tramo final de la pelí­cula ha de resultar por fuerza insatisfactorio al tener que renunciar a una de sus mejores bazas, no puede o no se atreve a llevar el dilema moral que plantea hasta sus últimas consecuencias y duda en exceso, prolongando su final mucho más allá de lo que era a todas luces recomendable a juzgar por su resultado. Eso por no mencionar que la pelí­cula ya habí­a caí­do con anterioridad en un par de debilidades argumentales que los exegetas de las estructuras férreamente sólidas no dudarán en señalar como la causa de que parte de la trama se derrumbe como un frágil castillo de naipes, algo en lo que no habrá más remedio que darles la razón, pues es un hecho objetivo difí­cil de rebatir.

Sin embargo, pese a que Reencarnación es una pelí­cula fallida en ese aspecto, no conviene juzgarla únicamente en función del mismo, pues serí­a algo muy injusto dejar de lado los muchos valores cinematográficos que posee y el atrevimiento que demuestra: es un filme completamente a contracorriente de casi todas las tendencias que ahora imperan en el fantástico, sin que por ello se resienta lo más mí­nimo su capacidad de sugerencia; plantea un conflicto dramático de corte intimista con el que el espectador puede conectar con suma facilidad, capaz de generar cierta reflexión a la salida del cine y, no menos importante, demuestra que su autor es un director con personalidad propia capaz de fabricar una pelí­cula tan extraña y fascinante como casi imposible de vender al gran público -su ritmo, tan lento como preciso, llevará por la calle de la amargura al espectador poco informado que se acerque a ella en la vana esperanza de encontrarse ante un producto comercial al uso-, y que debió desconcertar tanto a los productores de la misma que, una vez vista, no resulta extraño que éstos no supieran muy bien qué hacer con ella y la mantuvieran congelada durante un año antes de estrenarla, pese a contar con ganchos tan admirables como la soberbia interpretación de Nicole Kidman o la nueva recuperación para el cine, tras Dogville, de Lauren Bacall, más que correcta al frente de un acertado reparto rodeando a los dos protagonistas que incluye a gente tan diversa como Danny Huston, Peter Stormare, Ted Levine o Anne Heche. La duda que surge es si estas inquietudes tan personales que ha demostrado Jonathan Glazer tendrán cabida en el futuro en una industria tan poco proclive a aceptar hí­bridos tan desconcertantes como esta pelí­cula.


Escéptica paranormal

Jonathan Glazer saltó de la realización de videoclips al cine con Sexy beast
(2001), un largometraje recibido con discreción que escondí­a, bajo un aparente thriller criminal sobre mafiosos con puntuales atisbos cómicos, un estimable estudio dramático de personajes perseguidos por su historia, estupendamente interpretados por aquel reducido reparto encabezado por Ray Winstone y Ben Kingsley. Aunque con Reencarnación parezca haber cambiado por completo de tercio, seguimos en el terreno pantanoso de las falsas apariencias, pues Glazer nos vuelve a ofrecer, aunque desde diferentes coordenadas narrativas y estilí­sticas, otro atí­pico suspense que ahonda de nuevo en los conflictos interiores de un personaje que, aun tratando de rehacer su vida, no logra liberarse de su pasado.

En Reencarnación, cuyo guión cuenta con la coparticipación de Milo Addica (Monster’s ball) y el reputadí­simo Jean-Claude Carrií¨re, Nicole Kidman se pone en la piel de Anna, una inteligente y atractiva mujer de origen acomodado que perdió a su marido, Sean, hace diez años. Después de haber conseguido superar aquella muerte repentina, Anna ha iniciado un nuevo capí­tulo sentimental con Joseph (Danny Huston), con quien está a punto de contraer matrimonio. Una noche, mientras la familia celebra el cumpleaños de su madre Eleanor (Lauren Bacall), un niño desconocido (Cameron Bright) se presenta de improvisto en su lujoso apartamento e insiste en hablar con Anna a solas. El pequeño le revela entonces que él es Sean, su esposo, y le pide que no se case con Joseph. Al principio, el selecto grupo recibe aquella noticia con despreocupación, creyendo que se trata de una broma o de una excentricidad del crí­o. Sin embargo, el joven Sean parece conocer algunos detalles que sólo el fallecido Sean podrí­a saber. Estas claves que no pueden ser simple fruto de la casualidad y su obstinación en perseguir a Anna, lograrán convencerla de que se encuentra delante de su esposo reencarnado…

Resulta arriesgado comparar este inclasificable trabajo con cualquier otro largometraje precedente que haya abordado el tema de la reencarnación o de la presencia sobrenatural de un ser querido, pues no conducirí­a más que a confundir al lector. Reencarnación no podrí­a estar más alejada en tono y planteamiento de la disparatada comedia de Emile Ardolino El cielo se equivocó (1989) o del popular melodrama romántico de Jerry Zucker Ghost (1990) por más que compartan unos puntos en común, y aunque no han pasado desapercibidos sus paralelismos con el clásico La semilla del diablo (1968, Roman Polanski), debido a que Nicole Kidman luce un corte de pelo similar al de Mia Farrow, a su emplazamiento en un edificio de pisos señorial y al entorno familiar en que transcurre la acción, Reencarnación es mucho menos explí­cita, terrorí­fica y acuciante que aquélla. Nos encontramos, en cambio, delante de una pelí­cula con más regusto europeo que norteamericano y que, a pesar de la primera impresión que pueda evocar, no es en absoluto una cinta de terror; de hecho, tiene menos de misterio paranormal que de intrigante fábula dramática que sondea las repercusiones psicológicas que desencadena la irrupción de un acontecimiento inexplicable en el curso cotidiano de unos personajes que se rigen por la razón.

No quiero destapar demasiados pormenores sobre una trama que desde el comienzo, a través de una magní­fica introducción que sigue a un hombre practicando “footing” en un parque nevado, contraponiendo a continuación su muerte con un nacimiento, parece estar apuntando al tema de la reencarnación desde los códigos del miedo, pero que después toma el rumbo del suspense psicológico y del romance metafí­sico para, finalmente, tras emprender un decisivo giro, ofrecer una interpretación mucho más realista de cuento moral -que no moralista-. Honestamente, se me escapan cuáles eran las auténticas intenciones de Reencarnación y eso, al menos, se ha de reconocer que es un elemento importante para considerar si un filme ha alcanzado o no su objetivo. Su desenlace no ayuda en exceso a aclarar los propósitos de la pelí­cula, si acaso no los confunde todaví­a más, pues es lo suficientemente abierto y ambiguo como para aumentar las dudas, planteando dos posibles alternativas, ninguna de las cuales encaja por entero con los hechos, y una tercera a la que el guión no presume señalar. Desconozco si el interés de sus autores se limitaba a sostener un misterio pasajero, en cuyo caso no resultarí­a satisfecho por su conclusión, a reflexionar sobre los indestructibles lazos románticos o acerca de las posibilidades que se hallan más allá de la muerte, o -me inclino por esto último- a retratar cómo una persona culta, inteligente y de mentalidad escéptica es capaz de ceder a la sinrazón de los sentimientos por delante de la lógica y las evidencias empí­ricas. En este último sentido, cuesta entender el alcance de la encendida polémica que se originó a raí­z de ciertas escenas protagonizadas por Nicole Kidman y Cameron Bright, ya que éstas están conducidas con tanto tacto y maternalismo que lo difí­cil es encontrar en ellas algún asomo de corte lúbrico.

En lo que no cabe ninguna duda es que se trata de una “rara avis” tan escurridiza como extrañamente atractiva, que desmantela las convenciones y lugares comunes del género tal y como son entendidas por la tradición comercial hollywoodiense. No sólo por su tiempo relajado, por la ausencia de sobresaltos, efectos especiales y acción, porque en lugar de disponer de un final cerrado y resolutivo entrega uno completamente abierto a la especulación, o porque su intriga se apoya, en cambio, en el flujo narrativo y en la escasez de explicaciones, sino porque, contrariamente a lo establecido, sus posicionados protagonistas son seres lógicos, de pensamiento cientí­fico, preocupados por la compostura y la reputación, difí­cilmente predispuestos a aceptar con facilidad la naturaleza sobrenatural de cualquier acontecimiento, de modo que el enigma que planea sobre el filme es todaví­a más potente y perturbador.

Si bien su fondo puede ser cuestionable, Reencarnación debe su evidente capacidad de magnetismo y sugestión a la imaginativa forma en que está contada, verdadera artí­fice del suspense latente que como una corriente subterránea atraviesa la pelí­cula. Con un aprecio por la estética visual notorio, esta obra es sobre todo un excelente ejercicio de narración, elegante, preciso y estimulante, que recuerda poderosamente al Stanley Kubrick de trabajos como Eyes wide shut
(1999). De factura suntuosa, la creativa dirección de Glazer hace un meticuloso empleo de la cámara, de la ubicación de los personajes en los espacios, y del juego de ruidos, silencios y música -compuesta por Alexandre Desplat- para desembocar, mediante un ritmo suspendido en lo imprevisible, en un clima hipnótico donde la tensión se puede palpar. Un estilo de relatar que crea una atmósfera cerrada a camino de lo real y lo irreal, lí­mite más que propicio para situar esta insólita historia en el umbral de lo posible. Pautada por el predominio de los escenarios interiores con iluminación artificial y por un cromatismo de verdes, crudos y blancos, la fotografí­a de Harris Savides incita a idénticos propósitos.

Las excelentes actuaciones del elenco, milimétricamente ajustado al tono turbio pero costumbrista de la pelí­cula, es otro de los grandes puntales sin los cuales no se sostendrí­a Reencarnación (Birth). Al lado de intérpretes de solvencia contrastada como una estupenda Anne Heche en el rol de misteriosa amiga de la pareja, Peter Stormare, Arliss Howard, Ted Levine o la gratamente recuperada Lauren Bacall, despunta su protagonista femenina, una Nicole Kidman natural y exacta en su papel de joven viuda bienestante sometida a la presión de un dilema que se escapa a la razón, cuya interpretación pivota en la expresividad de su rostro -el momento en que deja traslucir su convencimiento en torno a la identidad del niño, durante un concierto de música clásica, es uno de los más destacados del filme- y sin la cual la cinta perderí­a considerable credibilidad; y el pequeño Cameron Bright, que con su solemne y huraña presencia convence en sus dos posibles facetas.

Una bizarra e inusitada muestra de misterio psicológico que explora en las fronteras de lo razonable, donde la deliberada realización de Glazer, el atrayente estilo visual y las acertadas interpretaciones superan las evidentes limitaciones de un argumento caprichoso de escurridizas intenciones, envolviendo al espectador en una atmósfera hechizante y prolongando la intriga más allá de su final. Dejará insatisfechos a quienes busquen un filme de género al uso, y será una pelí­cula que a todas luces dividirá al público y dará que hablar tras la proyección.


 


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