SAMARITAN GIRL (Samaria)

Película estrenada entre 2004

Director: Kim Ki-duk. 2004. Corea del Sur. Color
Intérpretes: Yeo-reum Han (Jae-yeong), Ji-min Kwak (Yeo-jin), Eol Lee (Yeong-ki), Kwon Huyn-Min (dependiente), Oh Young (músico), Gyun-Ho Im (chico ordenado), Lee Jong-gil (chico feliz), Shin Taek-ki (suicida), Park Jung-gi (víctima asesinato), Kim Gul-seon (segundo dependiente)

Jae-yeong (Seo Min-jeong) y Yeo-jing (Kwak Ji-min) son dos jóvenes estudiantes que sueñan con viajar a Europa. Para conseguir el dinero, Jae-young decide prostituirse con hombres mientras Yeo-jin arregla sus citas. Con el tiempo, Jae-young parece acostumbrar-se a esta doble vida. Por su parte, Yeo-jin se siente cada vez más culpable y también más celosa del interés de su amiga por los clientes. Una tarde, Jae-young es sorprendida por la policía mientras está con un hombre. Sin dudarlo salta por la ventana hacia Yeo-jin, pero el impacto es demasiado fuerte y muere a los pocos días. La pérdida de su mejor amiga, unido a un sentimiento de culpabilidad, la llevan a revisitar a todos los clientes de Yeo-jin. Uno a uno les devuelve el dinero en una especie de camino hacia la redención. Sin embargo, el padre de Yeo-jin descubre accidentalmente a su hija con un hombre. Entonces comienza a seguirla. Pero, a pesar de darse cuenta de la situación, es incapaz de enfrentarse a ella. Debe luchar entre el amor que siente por su hija y la aceptación de que se ha hecho mayor.



La fiebre amarilla que desde hace años viene contagiándose entre los espectadores de Occidente tiene implacables focos de infección como Kim Ki-duk, avanzadilla de un cine coreano que en la actualidad arrasa allá por donde pisa. Considerado “enfant terrible” de la cinematografía asiática por su carácter ecléctico, intuitivo y atrevido, inevitable cómplice de los festivales europeos, agraciado por la crítica y puntual reclamo para el público predispuesto a dejarse seducir por aquellas latitudes, este autor surcoreano ha conseguido, tras la polémica La isla, que cada uno de sus nuevos títulos sea recibido con la expectativa de hallarse delante de una casi obligada obra maestra -dicho todo esto con las reservas de una escéptica nata que contempla las modas, con sus efectos de novedad, generalización, explotación comercial y saturación, como lo que son-. El estreno de Samaritan Girl tan sólo tres semanas después de su, en realidad, trabajo posterior, Hierro 3, y con siete meses de distancia respecto a la presentación de Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, parece responder también a uno de esos caprichos inexpugnables de la distribución en España -tampoco vayamos a llorar muy alto, que hay patios peores y se encuentran en este mundo-, que ha aprovechado el filón abierto por un director otrora difícil de colocar en la cartelera y por cuyos proyectos ahora todos se rifan, para sacar del almacén y poner sobre el mostrador todo el material disponible, que “nos lo arrancan de las manos”.
Samaritan Girl, avalada por un Oso de Plata en el Festival de Berlín, nos presenta a Jae-young y Yeo-jing, dos jóvenes e íntimas amigas que se introducen en complicidad en el mundo de la prostitución para poder pagarse dos billetes de avión hacia un destino que no llegaremos a conocer. Mientras Jae-young presta su cuerpo a la causa, Yeo-jing se encarga de arreglarle las citas por Internet con los hombres maduros que reclaman sus servicios, maquillarla y custodiarla en el lugar de encuentro -dicho en otras palabras, ejerce como proxeneta de su conforme compañera de colegio-. Paradójicamente, Jae-young se toma aquella actividad casi como un juego inocente, y su compinche apechuga con los celos y los sentimientos de culpa derivados de estar realizando un acto sucio que teme las deje marcadas de cara al futuro -no en vano es ella, también, quien lava a su amiga después de cada cita, y manifiesta un odio irascible contra los clientes y el género masculino en general-. Las cosas cambiarán con una inesperada tragedia que llevará a Yeo-jing, hija de un policía viudo, a ejercer como “samaritana” con los antiguos clientes de Jae-young para resarcir sus resquemores y seguir en contacto con su amante, al tiempo que su preocupado padre descubrirá las actividades de la adolescente y, en un descenso a los infiernos, se lanzará a purgar la situación a su manera.
Al cine de Kim Ki-duk hay que tenerle paciencia, y Samaritan Girl no es la excepción: es una de esas películas que en un principio desconcierta, incluso ahuyenta, pero que va ganando cohesión y atractivo conforme avanza, hasta que termina convenciendo del todo con esa oportuna metáfora que le pone broche en lo que constituye su desenlace final. Dividida en tres capítulos que coinciden con los distintos giros que toma el relato, su engañosa primera media hora parece una invitación a tirar la toalla: repele cualquier intento de lógica, empatía o credibilidad al ir presentando, a trompicones, los absurdos comportamientos de unos personajes a los que no hay por donde coger, no porque por extremos resulten menos probables, sino porque no se encuentra entre las prioridades de Ki-duk el hacerlos convincentes -el grotesco incidente de la ventana o la posterior visita a la casa del músico rayan lo surrealista-. Sin embargo, el filme mejora en interés y desarrollo dramático a medida que toma otros derroteros, encaminándose a retratar dos dolorosas historias de sacrificio, expiación y amor paralelos: el que lleva a cabo la muchacha protagonista y el de su protector padre. Es en esa hora restante cuando Kim Ki-duk demuestra su destreza para volver sugestivo el simple flujo de los acontecimientos, con su característico estilo narrativo, más contemplativo, introspectivo y fracturado que explicativo, donde el empleo del sobreentendido, la economía de diálogos y la constante destilación de poesía visual apoyada en las localizaciones discurren en un pulso sigiloso e hipnótico para ir completando ese puzzle que saca a la luz los más profundos sentimientos y motivaciones de sus criaturas.


A diferencia de las bucólicas La isla y Primavera, verano, otoño, inviernoy primavera, Samaritan Girl comparte con Hierro 3 la ciudad como entorno y una visión pesimista de la vida urbana, asociada al delito, la deshumanización y la soledad, así como la introducción, esta vez más reiterativa, de las nuevas tecnologías en la trama: decisivos serán aquí los chats y el teléfono móvil. No obstante, la naturaleza como contrapunto de serenidad sigue estando presente tanto en ese parque que visitan las dos jóvenes, y en la profusión de hojarasca amarillenta como nota de color, como en esa escapada final que conduce a padre e hija al campo, y que les sirve para acortar sus distancias y prepararse para saldar sus culpas. En Samaritan Girl se vuelven a reunir otras de las obsesiones temáticas de Kim Ki-duk: la prostitución -tratada con anterioridad en La isla-; el reflejo, dibujado a conveniencia, de una sociedad enferma que, en este caso, está poblada por intachables padres de familia que se acuestan con muchachas más jóvenes que sus adolescentes hijas; los personajes marcianos, heridos y marginales, abocados a tragedias griegas; la incomunicación, la amoralidad o esa huída hacia atrás que di-rige a actos de expiación y sacrificio, no entendibles desde la épica, pero sí significativos según el orden interno de valores que rigen a sus protagonistas. Pero, sobre todo lo demás, llama la atención la forma tan particular en que Ki-duk mezcla los componentes más truculentos y pseudo-pornográficos con otros elementos espirituales y religiosos, y, asimismo, el con-traste que se da entre esos dos extremos, al sorprendernos la convivencia de los puntos de vista más abiertamente morbosos y más inusitadamente na√≠¬Øf y pudorosos para construir un mismo discurso, profundamente espiritual y de turbio moralismo. Así, Samaritan Girl es una película con muchas escenas de cama, pero nulo sexo explícito, donde el hecho de prostituirse es presentado con un insólito candor e ingenuidad, pero que sin embargo no titubea a la hora de ofrecernos una relación con tintes lésbicos que explota el irrisorio tópico de las colegialas uniformadas que comparten momentos íntimos en las duchas; o que frente al regalo de sangre y violencia de algunas secuencias, resuelve -dicho sea de paso, magistralmente- un escabroso suicidio mediante un decoroso fuera de campo; por no mencionar las constantes referencias a la religión en boca del personaje del padre que se dan cita en un filme de raíces cristianas en que la absolución se busca a través del pecado.
Podría dar la impresión de que es ésta una película menos ambiciosa en forma y fondo que sus predecesoras, sin esa persecución de trascendentalidad místico-filosófica, a ratos pretenciosa, que empañaba Hierro 3 o Primavera, verano, otoño, inviernoy primavera. Pero bajo su pequeña y menos evidente apariencia, más pedestre, realista y oscura, Samaritan Girl esconde un complejo y riquísimo trabajo de contenidos. Un film lleno de posibilidades reflexivas y estéticas, algunas mejor aprovechadas que otras, donde las bondades superan las decisiones equivocadas y los traspiés -tramposa es esa escena onírica del último tramo-, arrojando un buen puñado de fascinantes escenas rebosantes de alegoría -las estatuas del parque que representan a una familia y a la que las dos jóvenes se integran al sentarse junto a ellas, el paso del tiempo y el peso de los conflictos simbolizados por las hojas secas que cubren el coche en el que aguarda ese atormentado padre, o la lección de conducción junto al río, por citar sólo algunas-. Aun con todas sus incursiones en cuestiones controvertidas que sirven como telón de fondo circunstancial -y que, pese al riesgo que suponían, son despachadas por Ki-duk sin que apenas se le vaya la mano-, queda para el recuerdo una inusual y conmovedora historia de entrega, renuncia y tutelaje paterno-filial ejecutada con osada maestría.

Realizada varios meses antes que Hierro 3, aunque estrenada por estas lindes después de ésta, Samaritan Girl se enmarcaría dentro de la filmografía de Kim Ki-duk como una cinta puente que recupera algunas de las obsesiones de sus anteriores trabajos, como las putas y la violencia y el sexo como camino espinoso del dolor para llegar a la redención. Una redención que llega a través de la comprensión de la culpa y, asumida ésta, la única vía de expiación es el sufrimiento y la penitencia.
La mayor parte de las historias que narran las películas del cineasta coreano, son mínimas, incluso podría tachársele algún pasaje de las mismas como inverosímiles a ratos o inacabadas, pero consiguen despertar en el espectador, inundándole con un amalgama de emociones y sentimientos existencialistas. Su cine, es sórdido y cruel a la par que espiritual y romántico. Entiéndase romántico no como actualmente se entiende la palabra que ha violado la significación que tenía ésta dentro de las corrientes del siglo XVIII, así pues, el romanticismo al que aludo, es aquél que hablaba del destino trágico, del fatalismo existencial, de la hostilidad de una realidad que continuamente asfixia y oprime y que la única válvula de escape es el idealismo, la utopía Así pues Kim Ki-duk habla nos habla desde el susurro, y su cine, por cruel que pueda ser con los espectadores y con sus personajes (incluso con los actores que los interpretan), llevándolos a territorios límite, individuos solitarios, abandonados, en continuo viaje y búsqueda del amor y de encontrar a alguien que los escuche y los entienda. El camino nunca será un sendero de rosas, más bien será pedregoso e inviable. Todo ello aderezado con una brillante belleza en contradicción con las vidas de todos los que habitan en su cine. Quizá todo ello sea lo que hace que este cineasta se acerque más al espectador, tanto que incluso éste llegue a identificarse por todo lo que cuenta y como lo cuenta, a veces sin diálogos, por medio del silencio, de las acciones y del paisajismo de su fotografía. En resumidas cuentas, Ki-duk Kim es un realizador naturista, complejo y espiritual, también es pervertida y premeditadamente incómodo, presentando así situaciones extremas para humanizar a partir de la vulnerabilidad del ser
Antes de reflexionar sobre lo que nos cuenta la antepenúltima (hasta la fecha) película del realizador de La isla, debería resaltarse cierta voluntad de cambio por parte de este cineasta, cambio que aconteció después de Bad guy y que quizá queda contrastado más aún a partir de Primavera, verano, otoño, inviernoy primavera, pues la sordidez que caracterizaba a sus trabajos, va apareciendo más en segundo plano, casi desvanecida, evoluciona de forma que ahora adquiere mayor protagonismo la necesidad de la espiritualidad de la redención, algo que no es ilógico, porque aunque mantenía un carácter secundario, ya evidenciaba su cine, pero como demuestran sus últimos trabajos, ahora, ésta ha pasado al plano protagonista. Samaritan Girl, pues, como decíamos al inicio de este comentario, se situaría en ese cambio, pero como advertíamos sigue a caballo con ambas temáticas y constantes de su carrera inicial.
Samaritan Girl, cuya guión está vertebrado en tres actos, que nos hablan cada unos de tres cosas distintas pero interrelacionadas con la trama general. Un cuento moral de redención, y que por temática de la confusión ético/moral (religiosa) podríamos hermanarla (salvando las distancias entre una y otra) con La niña santa, de la argentina Lucrecia Martel. La historia se centra inicialmente sobre dos adolescentes que sueñan con abandonar Corea y trasladarse a una idealizada Europa. Para conseguir el dinero del viaje deciden dedicarse (temporalmente) a la prostitución. Mientras una, Jae-yeong es la que se acuesta con los clientes al salir de clase, la otra amiga, Yeo-jin es la que concierta las citas y administra el dinero, aunque no puede disimular la desesperanza ante cada encuentro sexual de su amiga. Un trágico accidente tras un redada dará paso al nuevo acto y a un impredecible giro argumental. Ki-duk Kim, siguiendo los pasos de didactismo budista de su anterior trabajo Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, titula este primer acto como “Vasumitra”, mito de la religión budista, Vasumitra era una prostituta capaz de que todo hombre, tras acostarse con ella se convirtiera al budismo, haciendo que estos alcanzaran la paz. Así pues, Kim Ki-duk hace de la idealista Jae-yeog, una puta santa, una samaritana que cede su cuerpo a los hombres para purificarles.

Acabado este primer acto, empieza el que da nombre a la película “Samaria” (título original de la película). Aquí, Yeo-jin, con la voluntad de recuperar a su amiga, de redimirla y de limpiar sus actos impuros (moralmente hablando), decide prostituirse ella y pasar por la cama de todos los hombres que se acostaron con su amiga y devolverles el dinero. Yeo-jin pues acomete actos de buena samaritana lejos de las intenciones de la primera “Vasumitra”. Todos estos actos, son observados a distancia, por su padre, el cual no sólo quedará defraudado por las actividades amorales de Yeo-jin, despertándose en él la ira y el odio y aleccionando posteriormente a todos los clientes de su prostituida hija, convirtiéndose así en un ángel sediento de venganza en un extraño viaje de comprensión hacia la rebeldía (o no) de su hija.
El tercer acto y epílogo de la película, es “Sonata”, dónde el padre de Yeo-jin intentará redimir a su hija por medio del viaje, metafóricamente espiritual. Aquí es dónde Kim Ki-duk se encapricha por lo onírico, simbolizando el paso de la adolescencia a la madurez. No revelaré el final, pero desde luego, este tercer acto es el que de algún seguiría más en la estela esperanzadora (agridulce) que está apareciendo en las últimas obras de este realizador.
El tempo utilizado, la bella fotografía y el estilo de contar más con los silencios que con el diálogo son sus logros más resaltados. En cambio el pragmatismo esquemático con el que presenta y define a sus personajes es quizá el punto flaco de una película, filmada en algo más de una semana y que con más tiempo hubieran hecho de esta película un excelente obra para budistas iniciados. Pero quizá ciertas concesiones y caprichos, sin desmerecer el resultado final, se nos antojan quizá una película notable e inferior a la estupenda y bella Hierro 3. Eso sí, Samaritan Girl es quizá más terrenal aún sus metáforas y simbolismos.

Sexo, crucifijos y ADSL
La tercera película que se estrena de Kim Ki-duk en los últimos nueve meses nos servirá, primeramente, para constatar las inquebrantables leyes del mercado que rigen también los destinos del planeta cine, contubernios terrenales a remolque siempre del poderoso caballero. Porque aunque no lo crean, hubo un tiempo en el que Ki-duk perteneció a la categoría de “raritos” condenados a la sala más insalubre de los multisalas de la versión original, con una de esas películas que aseguran recaudaciones dignas a medianoche (La isla), reimpulsada una y otra vez por el boca a boca y el “!qué fuerte, nen!”.

Pero hete aquí que llega Primavera, verano, otoño, inviernoy primavera. Y!convence! Este hecho (bastante previsible, por otro lado) pilló a contrapié a algunos adalides de la crítica, produciéndose el conocido “efecto rebote” o entre una parte importante de ellos: “argggh, claro que gusta¿no veis que es demasiado bonita?¡Qué horror! ¡Es una película oriental digerible y meliflua!”. Que si Kim Ki-duk vende un Oriente de tarjeta postal, que si mercadea con una espiritualidad vacua para clases medias que se han pulido todos los libros de autoayuda del Corte Inglésen fin, ese extraño rechazo que experimentan algunos cuando algo que creían “suyo” se convierte en un fenómeno compartido por otros muchos mortales.
Fuera por lo que fuese -y explicaciones complicadas al margen-, el éxito de su monje pecaminoso le abrió las puertas de la distribución, pasando a ser vanguardia de “ese cine extraordinario que nos llega de Corea” -moda pasajera, no lo duden- y engrosando los catálogos de “cine de autor”
de la FNAC. Y es que todo, absolutamente todo se convierte en excelso cuando se demuestravendible.
Para mayor seguridad, nuevos visados se estamparon en el pasaporte de entrada: sus últimas dos películas fueron multipremiadas en Venecia, Berlín o Valladolid. Sabemos que esta circunstancia -que anuncian cuando les conviene en negrita, Times New Roman y a tamaño 20 en periódicos y semanarios- nunca ha sido condición necesaria ni suficiente para hacerse con un hueco en nuestra cartelera (múltiples son los ejemplos en los últimos años de filmes reconocidos en festivales de “clase A” que vagan por el éter sin materializarse en la parrilla de “novedades” para el fin de semana). Pero es que hay tanto fariseo suelto
Hierro 3 resultó ser también -y digo también, como su Primavera, verano, otoño, inviernoy primavera- extraordinaria. Faltaba rescatar su incomprensiblemente olvidada Samaritan Girl, anterior en el tiempo al palo menos jugado del golf (y es que cuando la veta está abierta, hay que escarbar bien hondo hasta agotar el filón, no vaya a ser que la gente olvide el nombre del asiático convertido en “imprescindible”).
Ki-duk lo tiene todo para ser el director “del momento”. Decisión, algo de arrogancia y, sobretodo, capacidad. Así como un pasado en la Universidad de la vida de los que hacen que alguien te caiga simpático sin conocerlo: ex-currante en fábricas diseminadas por el cinturón industrial, ex-marino, ex-militar, pintor camela guiris en el París más tópico… incluso estuvo a punto de acabar como monje budista. Quizás sea de todos estos intentos, de sus exploraciones inconclusas y viajes meditabundos, de donde nazca la incertidumbre moral de su cine.
Samaritan Girl es una retorcida historia sobre niñas y hombres cargados de culpas, sedientos del perdón y capaces de cualquier cosa con tal de redimirse a los ojos de sus seres queridos (y lo que es más importante: recuperar, aunque sea de manera póstuma, la autoestima). Característica esta común a la mayoría de personajes que pueblan el cine de este afortunado habitante del paralelo 38 (por debajo); no en vano sus criaturas han acabado teniendo algo de fantasmales, a medio camino entre el reino de los vivos y un halo rebosante de azufre.
Tenemos aquí a un padre sobreprotector que comienza por mandar a la niña de sus ojos a un colegio católico, donde sea aleccionada en la búsqueda del buen camino. La tal Yeo-jin (!chiquilla traviesa!) se ha montado con su inseparable amiga Jae-young un negocio para terminar de “redondear” la paga paterna: contacta vía internet con posibles clientes dispuestos a acostarse con su adolescente compañera.
La indolente frescura con la que una practica su hobby (la prostitución, llamemos a las cosas por su nombre) y la otra anota, con letra esmerada, el calendario de sus citas prohibidas, le da un aire inocente a una práctica sórdida, convertida en poco menos que un juego por unas niñas con escaso discernimiento.
El drama no tardará en desencadenarse: pillada “in fraganti”
por la policía -a pesar de la compinche vigilante que patrulla por las inmediaciones del motel escogido para los encuentros-, Jae-young optará por el suicidio, arrojándose al vacío desde una ventana.
Concluye aquí la primera parte del filme, con considerables dosis de “despiste”: estructura disgregada y arranque con “salida neutralizada”, que multiplica la desorientación del espectador y noquea directamente a los sectarios del planteamiento-nudo-desenlace. ¿En contra? Cierta morbosidad manida (niñas adolescentes, religión y despertar sexual a lo brutola industria del porno ya nos ha nutrido durante décadas de tramas similares, aunque menos esmeradas -cierto es- en cuanto a su “construcción dramática”).

Más interesante resulta el tramo final, con expiación fatídica a lo Takeshi Kitano de personajes que, si bien no son ex-yakuzas, comparten una visión oscura -muy oscura- de lo que a su entender es un porvenir nada dulce. La extraña decisión adoptada por la chica superviviente (que a todos los efectos, era la que ejercía de proxeneta), mezcla la temática del sacrificio-compensatorio (especialidad de Lars von Trier) con la del martirio asumido, tema muy querido por el catolicismo (y brillantemente interpretado por Paul Schrader en sus películas para / con Scorsese).
A esa incomprensible necesidad de la hija por purgar pecados surrealistas se suma el sempiterno sentimiento de culpa que acompañará a partir de ahora al padre (con una escala de valores en venta, tocada por debajo de su línea de flotación tras descubrir los “pasatiempos” infernales que practicaba su hija).
Un final recogido y pausado caracteriza la nueva etapa de Kim Ki-duk, que ha cambiado geografías lacerantes en las que sus personajes enjuagan heridas profundas por casas calladas, lagos cársticos o naturalezas silenciosas donde sus fugitivos de la colectividad pueden llegar a comprender, por fin, que no hay razones para continuar con la huída.
Con todas sus contradicciones, Samaritan Girl es un nuevo intento por parte de su director de hacer un cine espiritual sin circunscribirse a ningún dogma religioso, buscando una nueva forma (no forzosamente moral) de juzgar bajezas humanas. No por casualidad los samaritanos -habitantes de la provincia de Samaria en el exilio- se agruparon con el objetivo de formar una comunidad judía distinta… que al volver a su tierra años después descubrió, sorprendida, como para los habitantes de Jerusalén ya no eran “ni carne ni pescado”, indignos de su condición judaica.
Con estos precedentes, cualquiera se pone a buscar hoy en día buenos samaritanos…


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