BROKEBACK MOUNTAIN (Brokeback Mountain)
Director: Ang Lee. EE.UU. 2005. Color
Intérpretes: Heath Ledger (Ennis Del Mar), Jake Gyllenhaal (Jack Twist), Linda Cardellini (Cassie), Anna Faris (Lashawn Malone), Anne Hathaway (Lureen Newsome), Michelle Williams (Alma), Randy Quaid (Joe Aguirre), Kate Mara (Alma Jr.)

Acaba de amanecer en Signal (Wyoming); Ennis Del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhaal) se conocen mientras hacen cola para pedir trabajo a Joe Aguirre (Randy Quaid), el ranchero del pueblo. El mundo de Ennis y de Jack está cambiando con rapidez, sin embargo, parece no evolucionar. Ambos jóvenes tienen muy claro el futuro que desean: conseguir un trabajo fijo, casarse y tener hijos. Sin embargo, algo en su interior les hace buscar algo más. Joe Aguirre les manda de pastores a la majestuosa Brokeback Mountain y, poco a poco, lo que empieza como amistad se convierte en algo más profundo. A finales de verano, no queda más remedio que bajar de la montaña y separarse. Ennis se queda en Wyoming y se casa con Alma (Michelle Williams), su novia de siempre, con la que tendrá dos hijas mientras se gana la vida a duras penas. Jack ha vuelto a Tejas y enamora a Lureen Newsome (Anne Hathaway), la reina del rodeo. Se casan, tienen un hijo y Jack trabaja en los negocios del padre de su mujer. Transcurren cuatro años. Un buen día, Ennis recibe una postal de Jack que viene a Wyoming. Ennis le espera impaciente y, cuando por fin llega, les basta un segundo para darse cuenta de que el cariño que sienten el uno por el otro ha aumentado con el tiempo. En los años siguientes, Ennis y Jack luchan por su unión secreta. Se ven varias veces al año, pero cuando no están juntos, se enfrentan a la eterna cuestión de la fidelidad, de la entrega y de la confianza. La única constante en su vida es una fuerza de la naturaleza, el amor.

Una historia de amor no tan universal
En 1995, Rob Epstein y Jeffrey Friedman dirigieron El celuloide oculto, un ya clásico documental en el que, con notable incisión y lucidez, se hacía un repaso al modo en que la homosexualidad se ha visto plasmada (cuando no encubierta) en el cine de Hollywood. De forma más o menos estereotipada, más o menos solapada, prácticamente no hay género cinematográfico que se haya resistido a la tentación de incluir referencias a lo gay: desde el cine negro hasta la alta comedia, desde el cine de suspense hasta el western más rudo. Y es precisamente enmarcados en este último género, tan inequívocamente americano y tan inequívocamente machista, donde se dan algunos de los ejemplos más ilustres en la materia. Ahí tuvimos, por ejemplo, los “westerns” de Joan Crawford, con sus eternas camisas negras y sus toscos modales, tan masculinos como los de un John Wayne cualquiera. Ahí estuvo también Doris Day, con su Calamity Jane interpretando a grito pelado un más que elocuente Secret love. Eso por no hablar de Río Rojo, en la que John Ireland hace una brillante exhibición de sexto sentido “queer” (homosexual) cuando le comenta a Monty Clift: “Sóo hay dos cosas más bonitas que un arma: un reloj suizo y una mujer. ¿Ha tenido usted un reloj suizo? Más claro, el agua.
Fiel adaptación de un relato corto de Annie Proulx, si bien ampliándolo y enriqueciendo un estilo que encontré demasiado flojo y atropellado en el original literario, la última película de Ang Lee, Brokeback Mountain: En terreno vedado, nos relata la historia de Ennis Del Mar y Jack Twist, dos jóvenes que pasan el verano de 1963 trabajando como pastores de ovejas en la montaña Brokeback de Wyoming. Sin embargo, aunque ambos tienen una perspectiva más o menos clara de lo que creen desear en la vida, la estrecha convivencia en las montañas evolucionará en una historia de amor inesperada para los dos, que hará que sus respectivos mundos converjan y se tambaleen en cuanto bajen de las montañas y se separen, cada uno en pos de su curso vital preestablecido. A partir de aquí, la película desgrana la relación clandestina de toda una vida. Una relación marcada por el amor, pero también por el miedo, en un entorno donde ser diferente se paga a un precio muy alto.
Aunque técnicamente Brokeback Mountain: En terreno vedado no es un “western” (al menos, no lo es en el sentido más popular del término), resulta sencillo encontrar ciertos ecos del género en esos personajes en eterna lucha consigo mismos y su entorno, en esas parquedades de expresión tan marcadas (y cuando hablo de parquedades, no me refiero sólo a las de palabra, sino también a cierta contención de sentimientos) que, casi inevitablemente, invitan a encasillar la historia dentro de este género. Sin embargo, muy a pesar de sus majestuosos paisajes, el último filme de Ang Lee entronca antes con Vidas rebeldes (1961, John Huston) que con, pongamos, Río Bravo (1959, Howard Hawks), lo cual se debe básicamente a que el impacto de la acción no descansa tanto en la épica como en esos “pequeños” dramas humanos que fluyen como un torrente bajo la superficie de la más mediocre cotidianeidad. A fin de cuentas, y como ya ocurriera con otras películas suyas como La tormenta de hielo (1997), la última obra de Ang Lee sustenta su fortaleza sobre el ritmo pausado y casi contemplativo, a la vez que encuentra su coherencia más en los silencios que en los diálogos.

Y es precisamente aquí donde quisiera hacer una puntualización respecto al tópico que más vamos a ver repetido a la hora de hablar de esta cinta, esto es, la advertencia de que se trata de una historia “universal”. Al fin y al cabo, es éste un tópico impulsado por el propio director y que, diligentemente repetido por la crítica mundial, le habrá ayudado a vender la película mucho mejor que si hubiera admitido abiertamente lo que realmente encierra, es decir, una historia de amor homosexual en un entorno inexorablemente homófobo. Pues Brokeback Mountain: En terreno vedado es tanto la historia de amor de Jack y Ennis como la amarga historia de sus circunstancias. Y mucho me temo que sus circunstancias no son extrapolables más que en lo que se refiere a las coordenadas de tiempo y espacio, manteniéndose lamentablemente vigentes hoy en día en países como Egipto, donde ser homosexual sigue estando duramente penado por la ley.
De esta manera, tanta importancia cobran los personajes de Jack y Ennis , dos caras de la misma moneda; el primero esclavo de sus pasiones, el segundo esclavo de sus miedos, como los de sus esposas, víctimas indirectas de ese callejón sin salida, esa triste bufonada social que no dejan de ser sus respectivos matrimonios.
Por suerte, las interpretaciones están a la altura de semejantes bombones de papeles, alcanzando momentos de intensidad dramática tan notables y sobrios que a uno no le resta sino agradecer que ninguno de los roles principales haya caído en las espasmódicas manos de un Brad Pitt, por poner un ejemplo, sino en las de unos sorprendentes Jake Gyllenhaal y Heath Ledger, a cuyo cargo corre la labor de soportar gran parte del peso de la película sobre los hombros de dos personajes difíciles y matizados, cuidadosamente desnudos de todo tipo de concesiones. Pero a su vez, también Anne Hathaway y Michelle Williams hacen verdaderas composiciones de sus papeles de esposas “de pega”, sabiendo sacar el máximo provecho de las miradas y los silencios escalonados para subrayar todo lo que el guión no expresa con palabras.
Sin duda, lo que más sorprende en esta cinta (y lo que, bajo el punto de vista de quien esto firma, más se debería valorar) es el exquisito tacto con que se plantea y desarrolla la historia, la sobriedad extrema que destila en todo momento. Desde los primeros acordes de la banda sonora de Gustavo Santaolalla, delicados y extraordinariamente concisos, perfecto contrapunto a la marea de sentimientos que la película nos va a deparar, hasta las reveladoras escenas finales, planificadas bajo una sencillez exacerbada, la mano de Ang Lee firma cada plano con un respeto y una sensibilidad ciertamente inauditos en el cine comercial que nos suele llegar desde Hollywood. En efecto, resulta casi imposible salir indiferente de este auténtico viaje al fondo de la soledad compartida. Doloroso y terapéutico por partes desiguales, viaje que es no sólo a ese paraíso terrenal en que se convierte la montaña Brokeback, metáfora sin fisuras del único momento de autenticidad en la vida de los protagonistas, sino viaje también a los horrores de una conciencia colectiva despótica y ciega. Quizás sea cierto que algo de universal hay en esta historia… pero no más que de gay pueda haber en Los puentes de Madison (1995, Clint Eastwood).
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