Director: Michael Bay. 2005. EE.UU. Color
Intérpretes: Ewan McGregor (Lincoln EcoSeis/Tom Lincoln), Scarlett Johansson (Jordan
DeltaDos/Sarah Jordan), Djimon Hounsou (Albert Laurent), Sean Bean (Merrick), Steve Buscemi (McCord), Michael Clarke Duncan (Starkweather), Ethan Phillips (Jones EcoTres), Brian Stepanek (Gandu AlfaTres), Siobhan Flynn (Lima AlfaUno), Max Baker (Carnes)

Lincoln EcoSeis (Ewan McGregor) y Jordan DeltaDos (Scarlett Johansson) se encuentran entre los cientos de residentes de un complejo cerrado a mediados del siglo XXI. Al igual que todos los habitantes de este entorno cuidadosamente controlado, todo en sus vidas cotidianas está controlado, aparentemente por su propio bien. La única salida -y la esperanza que todos comparten- es ser elegido para ir a La isla, el último rincón sin contaminar del mundo tras un desastre ecológico que, según se dice, se cobró las vidas de todos los habitantes del planetaexcepto las de ellos. Lincoln, que últimamente se ve acosado por pesadillas inexplicables, está inquieto y se cuestiona cada vez más las restricciones que le han impuesto a su vida. Pero la verdad le coge desprevenido cuando su creciente curiosidad le lleva al terrible descubrimiento de que todo sobre su existencia es mentira, que la isla es un cruel engañoy que él, Jordan, y todos a los que conocen son más valiosos muertos que vivos. Sin tiempo que perder, Lincoln y Jordan emprenden una arriesgada huida a un mundo exterior que nunca han conocido. Una vez que están en el exterior y lejos de la indiscreta mirada del instituto, la inocente amistad que compartieron comienza a convertirse en algo más profundo. Pero con las fuerzas del complejo persiguiéndoles de forma implacable, Lincoln y Jordan tienen una misión primordial: vivir.

El subterfugio de la denominación “director de cine”, pululan por el Hollywood de los últimos años, pocos hay que me provoquen mayor rechazo que Michael Bay. Autor de tres engendros tan aborrecibles como La roca (1996 ), Armageddon (1998) y Pearl Harbor (2001) Michael Bay supone para mí la antítesis de lo que debe ofrecer un realizador a través de sus películas. El abuso de los planos sin venir a cuento, el montaje corto, la música machacona, personajes maniqueos y de una pieza o la ausencia de control en el metraje. Con este fabricante de artefactos visuales, nos adentramos en el paraíso de lo ampuloso, lo gratuito e inverosímil cinematográficamente hablando, hasta llegar a unos extremos realmente delirantes que solo pueden hacerme pensar que realmente dentro de sus tendencias, hay un autoconvencimiento de que realmente dirige cine de una forma original y creativa.
En medio de unos referentes realmente irritantes, la existencia de La Isla (2005) puede parecer que representa una cierta mejora en la filmografía de Michael Bay, y creo que al menos en su conjunto se distancia algo de los engendros antes señalados, pero¡qué película más desaprovechada nos ofrece!
Con un metraje excesivo, que brindauna primera mitad de relativo interés, mientras que en la segunda se inclina sin recato en las peores simas de gratuidad y efectismo cinematográfico, tan deudoras del director norteamericano.
Nos situamos en el año 2019, en el interior de unas amplias instalaciones que se señalan como el único lugar de la tierra a salvo de una contaminación a gran escala. Se trata de unas dependencias totalmente modernizadas, en las que viven centenares de cómodos ciudadanos que visten de blanco, poseen todos los adelantos a su alcance, y observan unas perennes normas de educación y urbanidad. Todo parece feliz. Sin embargo, muy pronto advertiremos que se trata de un microuniverso vigilado mediante las formas más insospechadas y avanzadas, en una sospecha que será progresivamente creciente en uno de sus aparentemente cómodos habitantes. Se trata del joven Lincoln (Ewan McGregor), que en principio a través de pesadillas y posteriormente con indicios más reales, intuirá que algo se esconde bajo una aparentemente idílica apariencia de la que no se muestra la verdad. El hallazgo casual de un insecto volador le dará la pista de la existencia de un mundo exterior, y la terrible realidad que se esconde tras esos tan deseados viajes de los ciudadanos “descontaminados”, a una hipotética isla que se oferta como el último paraíso del planeta. A partir de esos indicios, acometerá su huida con una muchacha llamada Jordan (Scarlett Johanson), otra de las habitantes de dichas instalaciones, y con la que había trabado amistad. El resto de la película será la exasperante descripción de la mencionada huida, las persecuciones que viven, el descubrimiento de su naturaleza no humana y el desenmascaramiento de las actividades ilegales que sobrellevan los responsables de una siniestra organización amparada por los deseos de prolongar la vida de clientes millonarios.

Al señalar anteriormente que La Isla es una propuesta desaprovechada, lo hago porque en esa ya señalada y aproximada primera mitad, logra describir un universo y entorno futurista, bastante familiar en numerosas propuestas del cine y la literatura de ciencia-ficción, y al menos logrando una planificación algo más contenida que en sus “tics” visuales más exasperantes y característicos. En este largo fragmento -que no está exento de efectismos (la pesadilla de los títulos de crédito) e insuficiencias, destacan detalles interesantes como esos rótulos que parecen controlar cualquier movimiento o expresión de la intimidad de los habitantes de las instalaciones subterráneas, y al menos deja entrever una crítica a los excesos de nuestra civilización de consumo y aparente bienestar , por otro lado nada novedosa en propuestas mucho más veteranas y contundentes en el género.
Pero lo cierto es que detrás de estos detalles y elementos inicialmente prometedores. La película no esconde más que una operación comercial -que se saldó en EE.UU. con un notable batacazo de taquilla.
Finalmente, del conjunto de La Isla -en la que McGregor recrea en el personaje de Tom Arnold (el multimillonario que ha encargado a su clon para sobrevivir una cirrosis), el tono chulesco que definía su personaje en la comedia Abajo el amor (2003, Peyton Reed), cabe retener dos instantes realmente impactantes. El primero es el descubrimiento que comprueban los dos protagonistas, de que la tan deseada isla no es más que un gigantesco holograma. El segundo se trata de un apunte de guión; la manera con la que Jordan descubre que Tom Arnold está engañándolos de su aparente intención de ayudarles.

El director de La roca (1996), Armageddon (1998) o Pearl Harbor (2001), nos ofrece una superproducción de acción y aventuras situadas en el ya cercano año 2019, en torno a la clonación humana y a la industria que la rodea. Para ello cuenta en el reparto con Scarlett Johansson y Ewan McGregor, dos de los actores de mayor tirón en estos momentos. Francotirador y oportunista, por tanto, en el tema y en el casting, concebido como auténtico producto comercial para un público adolescente y amante de la ciencia ficción, de las persecuciones sin tregua y de cierto romanticismo fácil y dulzón.
Una catástrofe ha diezmado la Tierra y sólo unos pocos supervivientes han logrado salvarse de la contaminación. Se recuperan en una especie de refugio fortaleza, mientras que mantienen la esperanza de ser enviados a la Isla, único lugar del exterior que ha permanecido a salvo y al que acceden los “elegidos” en un sorteo semanal. Uno de sus moradores del complejo, Lincoln Eco-Seis, ha comenzado a padecer pesadillas que le generan inquietantes preguntas, a la vez que se ha ido enamorando de la joven Jordan Delta-Dos. Cuando ésta es seleccionada para el viaje definitivo, la sospecha se convierte en huida y ésta en persecución, y pronto todo se descubre como un gran montaje construido según los intereses de algunos.
Michael Bay se sirve de una historia sugerente y de una puesta en escena futurista para criticar la manipulación genética y la clonación, y sobre todo al negocio montado en torno a ellas, igual que sucede con la guerra. El análisis sociológico de un mundo hedonista que aspira a la prolongación de la vida a cualquier precio, obsesionado con la belleza o la salud hasta límites insospechados, queda al descubierto con una trama en que se cuestiona la falsedad de una realidad deshumanizada por la soberbia y la ambición: los poderosos y una ciencia desprovista de valores éticos parecen haber conducido a la Humanidad a una auténtica y verdadera contaminación, en que los sentimientos o el pasado se reducen a meros implantes de memoria, en que la vida ha dejado de ser respetada en sí misma para convertirse en un producto utilizado como una “póliza de seguros” y que en ocasiones “sale defectuoso” o en una mera “pieza de recambio” encargada por un “patrocinador”, y donde se ha generado un nuevo tipo de esclavitud. Publicidad virtual llena de apariencia y falsedad para manipular a la sociedad, cámaras de gas y experimentación genética que recuerdan al holocausto nazi, y señuelos de una vida sin término que esconden la verdad de unos negocios sin escrúpulos ni límites.

Junto a lo anterior, Bay echa mano de elementos muy presentes en películas anteriores: el miedo como recurso para mantener el control sobre una población atemorizada estaba ya presente en El bosque (2004, M. Night Shyamalan) mientras que la alternativa de una vida segura y feliz, pero nada auténtica nos recuerda a El show de Truman (1998, Peter Weir), o las relaciones entre la criatura y el científico que juega a ser Dios nos transportan a Blade Runner (1982, Ridley Scott). Estéticamente, de esta última también toma sus ambientes degradados para la trastienda del complejo, junto a una lluvia cargada de contenido metafórico o los grandes rascacielos del futuro, mientras que las referencias al mar y a la barca tienen su correlato en Truman, o los decorados estilizados e impersonales son actualizaciones de 2001: Una odisea del espacio (1968, Stanley Kubrick) o de la más reciente Minority Report (2002, Steven Spielberg). El “mix” efectuado por el director es, sin embargo, digno de elogio, pues construye la historia con dinamismo y logra mantener un cierto ritmo, además de introducir trepidantes persecuciones bien rodadas -algo repetitivas aunque deslumbrantes- y sin abusar de los efectos digitales.
Con todo, La isla responde a las expectativas de una buena superproducción de cine americano, que no se preocupa de grandes disquisiciones antropológicas sobre la clonación, pero que deja al descubierto la gran mentira montada sobre su aplicación terapéutica, donde la soberbia científica y la ambición económica se dan la mano olvidándose del verdadero protagonista de la historia: el hombre.