LAS MUÑECAS RUSAS (Les poupées russes)

Director: Cédric Klapisch. 2005. Francia-G.B. Color

Intérpretes: Roman Duris, Kelly Reilly, Audrey Tautou, Cécile De France


Roman Duris ha vuelto. Cinco años después de Una casa de locos nos lo volvemos a encontrar, ahora con treinta años. Su sueño de la infancia se ha hecho realidad: es todo un escritor, pero sigue estando un poco perdido. No es fácil ganarse la vida escribiendo y para colmo tiene problemas con el banco. También le resulta difícil encontrar a una mujer y por ahora va de flor en flor. Los trabajos que va consiguiendo son de periodista, escritor de historias de miedo, guionista de telenovelas y series mediocres para la televisión. Hace lo que puede, pero está hecho un verdadero lío… Dividido entre su ex novia, su madre, sus ligues pasajeros y su compañera lesbiana (Cécile de France), Xavier apenas tiene tiempo para dedicarse a su actual trabajo que consiste en crear y escribir una sencilla historia de amor… Para más complicaciones, debe cuidar al hijo de su ex novia y a su abuelo materno. Además, debido a la globalización, puede perder su trabajo si no viaja a Londres y después a San Petersburgo. Pero paradójicamente, serán estos viajes los que pondrán orden a su trabajo, a su vida sentimental y a su carrera como escritor.


De forma considerablemente retrasada –como me suele suceder con el cine de los últimos tiempos–, un día descubrí casi casualmente una película en la que se aunaba una considerable frescura, un notable sentido del humor puesto al servicio de unos personajes y una temática poco habitual, para la que además se aplicaban unos modos narrativos quizá en otras manos peligrosos, pero que en esta ocasión proporcionaban una extraña vitalidad. Me estoy refiriendo a Una casa de locos (2002. Cédric Klapisch), con la que además se trasladaba a la pantalla la trayectoria vital de una serie de jóvenes personajes representantes de una generación vinculada al intercambio de experiencias culturales en diferentes países –en aquella ocasión, la historia se centraba en un grupo de alumnos de Erasmus que se daban cita durante un curso en Barcelona–.

La película conoció un notable éxito, lo que estimo influyó para que tres años después su realizador y guionista se planteara una continuidad en esos personajes que tanta complicidad habían logrado entre buena parte del público, y al mismo tiempo plasmar una historia que en sí misma solo tuviera relación con la precedente, en la medida que se retomaban sus personajes. Uno de los principales logros de Las muñecas rusas, estriba, a mi juicio, en haber logrado una propuesta que sabe mantener la continuidad de los personajes presentados en aquella función –especialmente representado en Xavier (Romain Duris), también protagonista en aquella ocasión–, pero lograr en esta continuidad una historia completamente autónoma, pero que al mismo tiempo resulta complementaria con respecto al título precedente. Al margen de parecerme un título que llega a superar el notable nivel de Una casa de locos (2002, Cédric Klapisch), este tiene personalidad propia, sustituyendo la vitalidad de su referente por la expresión de un estado de cierto desencanto. Una sensación que tiene su principal foco de interés en las neuras internas de su protagonista, pero que se extiende igualmente al conjunto de unos personajes que, por más que hayan asumido un determinado estatus social o creativo, no han logrado en la llegada de su treintena, alcanzar su anhelo vital.


Esa sensación de relativa frustración existencial, de inseguridad, y de búsqueda de un anhelo de perfección en la expresión de los sentimientos –en este caso concreto en la búsqueda de la mujer ideal–, es el que definirá a Xavier, que en esta nueva presencia cinematográfica ha logrado una débil estabilidad profesional como escritor, actuando como “negro” en editoriales que preparan memorias de celebridades que no tienen ni idea de la escritura, o como guionista en tópicos “culebrones” que intenta inútilmente dignificar con giros en su desarrollo literario. Xavier es el vivo ejemplo de un joven con talento que ha sabido explotar sus cualidades, y que al mismo tiempo está lleno de inseguridad en su expresión vital. Como un auténtico demiurgo, intenta sublimar a través de su escritura literaria, aquello que no puede alcanzar en su vida cotidiana. De hecho, la película se desarrolla todo en un largo y extraño “flash–back” que se inicia cuando este describe literariamente desde dentro del aseo de un vagón de tren, ese estado emocional que se ha ido produciendo en él durante el último año. Es a partir de ahí, donde se desarrolla una propuesta indudablemente menos divertida que el referente de Una casa de locos, pero que no por ello y por la presencia de tintes incluso sombríos en algunos momentos, jamás deja de presentar apuntes irónico y notablemente divertidos –esa presencia imaginaria de Xavier desdoblado como flautista, cuando con su torpe expresión engaña a su banquera o a sus editores, la divertida secuencia en la que presenta a su abuelo su falsa novia, la descripción tan hilarante como patética de la boda que se desarrolla en San Petersburgo…. Lo cierto es que las imágenes de Las muñecas rusas por un lado demuestran que una serie de licencias narrativas y un modo de filmación suelto y desprejuiciado no siempre ha de ser sinónimo de un resultado inútil, que el sutil retome de comedia turística puede ser ejemplar –en esta ocasión los marcos de París, Londres (en pocos planos el realizador sabe expresar la sensación del visitante foráneo a la capital británica) o San Petersburgo–, puede estar ligado a las necesidades de la película y no suponer un corsé para la misma, o que una mezcla de comedia agridulce, de reflexión sobre el poder terapéutico de la creación literaria –o artística–, o la propia demostración de que esa globalidad a la que todos nos abocamos con cierto temor, puede confluir en una nueva forma de entender la amistad y las fronteras. Son todos ellos elementos que avalan el talento de Klapisch, pero encima de todos ellos a mi juicio destaca la capacidad de observación de personajes y situaciones, y la sensibilidad y el cariño con que estos están tratados, la libertad narrativa que les proporciona y el conocimiento y pudor que ante las relaciones humanas, demuestra conocer y, sobre todo, trasladar a la pantalla.


En este sentido, se pueden destacar momentos magníficos, que revelan una voluntad de cierta originalidad a la hora de plasmar esa expresión del amor y el sentimiento. Para ello es obligado destacar el instante en que, paseando por un parque londinense, Xavier declara su amor a Wendy (Kelly Reilly), simplemente dándole un beso y evitando esos clichés que él mismo quiere desterrar de sus guiones. Pero dentro de esta misma relación –que resulta la más importante de la película–, se sitúa la extraordinaria escena de la despedida de Wendy en la estación de San Petersburgo, ya que Xavier viaja a Moscú –secretamente para estar con la modelo a la que está redactando sus memorias–. Wendy intuye el motivo de este viaje y le dirige unas emocionadas palabras revelándole que de él lo que más le gustan son sus defectos e imperfecciones. En un plano que adquiere una cálida iluminación fotográfica, cuando Wendy se marcha llorando, Xavier subrayará en “off” que cualquiera después de sus palabras hubiera saludo corriendo, pero él era así de estático y dudoso. Momentos como este revelan a un intuitivo analista de los temores, las dudas y el dolor que puede provocar una relación sentimental mal enfocada o destinada a una persona inadecuada. Eso es lo que atenaza a Xavier, en cuya composición el joven Romain Duris ofrece una labor ciertamente magnífica. Un trabajo que –como varios otros desarrollados en estos años–, le faculta a ser considerado uno de los grandes intérpretes jóvenes del cine galo. Junto a él, Kelly Reilly compone con una gran sensibilidad a Wendy, que poco a poco irá conociendo –inicialmente por motivos laborales–, a un joven del que le atraen especialmente su propia inseguridad y sus defectos.


En definitiva, habiendo una autonomía total a la hora de desarrollar una historia que retoma los personajes ya utilizados cinco años antes, creo que con este díptico se puede describir la evolución de los jóvenes europeos, el cambio de mentalidad en el intercambio de culturas –no se puede dejar de subrayar las oportunas pinceladas que revelan las escaseces que tienen los vecinos de la ciudad–. El mensaje final sería ¡Hay que vivir! Y ello conlleva apostar, no pensar demasiado, y saber valorar también que cualquier relación tendrá un inicio lleno alicientes, pero que indudablemente pasado un cierto tiempo evolucionará por una convivencia cariñosa y estable. Estupenda película esta Las muñecas rusas, inteligente, incisiva, de contornos internacionales y, sobre todo, una propuesta que sabe transmitir el estado sufriente del que no tiene aún claro su futuro a todos los órdenes. Ojala dentro de unos años, se produjera una continuidad que devendría en trilogía. Sería una oportunidad de oro para seguir analizando con estos personajes, las problemáticas que van implicándoles y aportando una vez más ese grado de cariño y delicadeza ante unos seres de ficción que –gracias a la labor de todos ellos–, han quedado en nuestra memoria.

Tags:

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)