MUNICH

Película estrenada entre 2005

Director: Steven Spielberg. 2005. EE.UU. Color

Intérpretes: Eric Bana (Avner), Daniel Craig (Steve), Ciarán Hinds (Carl), Mathieu Kassovitz (Robert), Hanns Zischler (Hans), Geoffrey Rush (Ephraim), Ayelet Zurer (Daphna), Omar Metwally (Ali), Ami Weinberg (General Zamir), Michael Lonsdale (Papa), Valeria Bruni Tedeschi (Sylvie), Yvan Attal (Tony), Lynn Cohen (Golda Meir)


En setiembre de 1972, un atentado terrorista sin precedentes fue retransmitido en directo para 900 millones de telespectadores, augurando el comienzo de un nuevo mundo marcado por una violencia impredecible. Ocurrió durante la segunda semana de los Juegos Olí­mpicos de verano que se celebraban en Munich. Un grupo extremista palestino conocido como Septiembre Negro entró en la Ciudad Olí­mpica, mató a dos miembros del equipo olí­mpico israelí­ y se hizo con nueve rehenes. El tenso enfrentamiento y la trágica matanza productos del secuestro fueron retransmitidos en directo en todo el mundo y acabó 21 horas más tarde.


Con los acontecimientos de Munich, el mundo conoció por primera vez el terror en directo, pero poco se supo de las consecuencias del atentado. El protagonista de la historia es un joven agente secreto israelí­, Avner (Eric Bana). Uno de sus superiores en el Mosad, llamado Ephraim (Geoffrey Rush), habla con Avner, que sigue dolido y furioso por el salvaje atentado, para proponerle una misión sin precedentes en la historia de Israel. Le pide que abandone a su esposa embarazada, que olvide su identidad y desaparezca de la faz de la tierra para cazar y matar a los once hombres acusados por los servicios secretos israelí­es de haber planeado la matanza de Munich. A pesar de su juventud y de su falta de experiencia, Avner no tarda en convertirse en el lí­der de un equipo de cuatro miembros (además de él) tan diferentes como hábiles: Steve (Daniel Craig), un surafricano temerario y duro es el conductor; Hans (Hanns Zischler), un judí­o alemán experto en falsificar documentos; Robert (Mathieu Kassovitz), un fabricante belga de juguetes reconvertido a fabricante de explosivos; y Carl (Ciarán Hinds), un hombre silencioso y metódico que se encarga de “limpiar” cuando los demás se van. Desde Ginebra, Frankfurt, Roma, Parí­s, Chipre, Londres hasta Beirut, Avner y su equipo viajan de incógnito, buscando a cada uno de los objetivos incluidos en una lista secreta, asesinándolos uno a uno mediante complicados complots. Obligados a trabajar fuera de la ley, siempre de un lado a otro, sin hogar ni familia, la única conexión con otros seres humanos son los demás miembros del equipo. Pero incluso esta relación se resquebraja cuando empiezan a discutir por preguntas que se hacen cada vez más presentes: “¿A quién matamos exactamente? ¿Es posible justificarlo? ¿Detendrá esto el terror?”. Atrapados entre el deseo de justicia y las crecientes dudas, la misión empieza a corroer las almas de Avner y de su equipo, al mismo tiempo que se hacen conscientes de que cuanto más tiempo dure la caza, más probabilidades habrá de convertirse en presas.

El protagonista de la historia es un joven agente secreto israelí­, Avner (Eric Bana). Uno de sus superiores en el Mosad, llamado Ephraim (Geoffrey Rush), habla con Avner, que sigue dolido y furioso por el salvaje atentado, para proponerle una misión sin precedentes en la historia de Israel. Le pide que abandone a su esposa embarazada, que olvide su identidad y desaparezca de la faz de la tierra para cazar y matar a los once hombres acusados por los servicios secretos israelí­es de haber planeado la matanza de Munich. A pesar de su juventud y de su falta de experiencia, Avner no tarda en convertirse en el lí­der de un equipo de cuatro miembros (además de él) tan diferentes como hábiles: Steve (Daniel Craig), un surafricano temerario y duro es el conductor; Hans (Hanns Zischler), un judí­o alemán experto en falsificar documentos; Robert (Mathieu Kassovitz), un fabricante belga de juguetes reconvertido a fabricante de explosivos; y Carl (Ciarán Hings), un hombre silencioso y metódico que se encarga de “limpiar” cuando los demás se van. Desde Ginebra, Frankfurt, Roma, Parí­s, Chipre, Londres hasta Beirut, Avner y su equipo viajan de incógnito, buscando a cada uno de los objetivos incluidos en una lista secreta, asesinándolos uno a uno mediante complicados complots. Obligados a trabajar fuera de la ley, siempre de un lado a otro, sin hogar ni familia, la única conexión con otros seres humanos son los demás miembros del equipo. Pero incluso esta relación se resquebraja cuando los cuatro empiezan a discutir por preguntas que se hacen cada vez más presentes:”¿A quién matamos exactamente? ¿Es posible justificarlo? ¿Detendrá esto el terror?” Atrapados entre el deseo de justicia y las crecientes dudas, la misión empieza a corroer las almas de Avner y de su equipo, al mismo tiempo que se hacen conscientes de que cuanto más tiempo dure la caza, más probabilidades habrá de convertirse en presas.

Hace unos dí­as y en una tertulia con un conocido en la que comentábamos la incalificable ofensiva bélica de Israel contra Lí­bano, surgí­a la separación del rechazo de la polí­tica del paí­s hebreo con cualquier actitud antisemita. En ella puse como ejemplo el peso y respeto que me merecí­a la implicación cultural que ofrecí­a el influyente mundo judí­o norteamericano -escasamente simpatizante por cierto de las doctrinas neoconservadoras de los acólitos de Bush, que se están erigiendo abiertamente como los máximos veladores del sionismo-, me respondió ¿Y qué hace gente como Spielberg para protestar sobre esta incesante barbarie? Lo cierto es que en esa pregunta llevaba implí­cito el desconocimiento de la existencia de Munich (2005. Steven Spielberg), que aunque parte del relato de unos hechos acontecidos en 1972, es evidente que no deja de tener su razón de ser a modo de visión personal como judí­o que es. Todo ello, sin impedirle reflexionar con amargura ante ese “la violencia solo engendra violencia”, que se erige como auténtico lema de sus imágenes teñidas de tintes trágicos y despojadas fotograma a fotograma de la base de la lógica que deberí­a imperar en el comportamiento y la ética del ser humano. 

Por encima de todas estas consideraciones, Munich emerge como una muestra más de la madurez y el vigor cinematográfico desplegado en el cine del realizador norteamericano en los últimos años -con la relativa excepción de la reciente y decepcionante La guerra de los mundos (2005) – un tí­tulo por otro lado, a cuyo nivel jamás podrán llegar tantos “genios” bendecidos por el cine en los últimos años-. Personalmente considero el filme que comentamos una de sus mejores obras y, más allá del atrevimiento que puede resultar en nuestros dí­as plantear una propuesta de estas caracterí­sticas, una visión ciertamente pesimista sobre la propia condición humana. Lo hace retomando la estética que se recuerda de aquellos “thrillers” que proliferaron en el cine norteamericano en la década de los setenta -de entre los que siempre destacaré El último testigo (1974, Alan J. Pakula)-. El paso del tiempo y el propio devenir del mundo, sabidurí­a cinematográfica y por otro sus rasgos sean bastante más sombrí­os que los modelos barajados tres décadas antes -todos sabemos que en los últimos años, la realidad ha superado cualquier ficción en su vertiente más pesimista.

Munich se basa en el libro de George Jones, reconstruyendo las andanzas del comando oficioso que formó el gobierno de Israel para eliminar al grupo de palestinos que asesinó a doce atletas de su paí­s en las olimpiadas de Munich de 1972.

Una tragedia que conmovió al mundo, pero que finalmente puede que sólo fuera un salto cualitativo en medio de un cúmulo de agresiones que se prolonga, enquistado, hasta nuestros dí­as, emborronando el panorama de la tan deseada como aparentemente no buscada distensión mundial, como una mancha vergonzante en la polí­tica internacional de las últimas décadas. Y si con esta pelí­cula, Steven Spielberg se ha mostrado honesto y nihilista, abandonando de nuevo esa sensiblerí­a que definí­a su cine en sus primeros años de andadura -aunque ecos de ella se presentan en todas sus pelí­culas; en esta a través de la innecesaria reiteración ralentizada de imágenes de la matanza, que ya han estado eficazmente mostradas en los minutos iniciales-, lo más importante es confirmar la admirable forma narrativa que muestras en sus fotogramas, ofreciendo una lección soberana de cine a la hora de trazar una pelí­cula en la que la acción no impida la presencia de poderosos matices psicológicos -y para ello, no hay más que compararla con las taquilleras y pretenciosas entregas del agente Jason Bourse-. 

Spielberg alcanza por un lado una asombrosa ambientación en las distintas ciudades conocidas por las que discurre la acción en la década de los setenta -Londres, Roma, Beirut-, logrando que el espectador se acerque a unos emplazamientos y lugares que ni están embellecidos ni pecan de una excesiva inclinación de los responsables artí­sticos. A tono con ello, la fotografí­a de Janusz Kaminski se remite a la utilizada en los “thrillers” polí­ticos ya apuntados surgidos en los años en que se desarrolla el filme, destacando por su tono sombrí­o y una caracterí­stica suciedad visual propia de las producciones de aquellos años 70. Por otra parte, uno de los elementos que inciden en la credibilidad del relato reside en el hecho de haber renunciado a un reparto estelar. En su oposición, se propone un “cast” ausente de rostros muy conocidos, que en su conjunto responden -sin excepción- de forma excelente. Entre otras muchas de sus virtudes, Munich serí­a merecedora de un reconocimiento colectivo de interpretación. 

Pero a la hora de enumerar sus obvias excelencias hay que destacar fundamentalmente el encontramos con una pelí­cula que aúna el retrato y el documento con la amenidad, la capacidad de reflexión con el virtuosismo cinematográfico. Pocos directores como Spielberg pueden desarrollar tal sabidurí­a a la hora de planificar, de extraer tal efectividad en los encuadres, los movimientos de cámara o la disposición de los actores dentro del contenido del plano. Desde el reconocible homenaje al Hitchcock de Topaz (1969) -el asesinato en Roma con un picado que recuerda al inolvidable efecto de Juanita de Córdoba en el filme del realizador británico-, y que en esta ocasión finaliza con un inolvidable plano en el que la sangre de la violencia devora el blanco de la inocencia, Spielberg compone una auténtica sinfoní­a definida en un progresivo nihilismo, que quizá no resulte novedosa en su planteamiento, pero que indudablemente se revela casi necesaria en los tiempos que vivimos, servida además con la innegable pericia del realizador. Todo ello en un relato que se inicia con la propia crónica verista de los asesinatos que dan la referencia a la pelí­cula, que en su primera mitad va mostrando los métodos de trabajo que acometen en sus crí­menes el grupo que encabeza Avner (un fantástico Eric Bana), y que en un momento determinado adquirirá la conciencia de tener que convivir en un submundo lleno de informadores y terroristas de otras siglas que no dudan cuando les conviene, en utilizar a aquellos con los que en apariencia han colaborado. Es un mundo de ví­ctimas y verdugos donde las tornas se pueden volver lanzas al más mí­nimo descuido, y en el que sus ejecutores paulatinamente se van convirtiendo en auténticas máquinas de matar, por más que en algunos momentos confesionales, demuestren su lucidez al advertir que no son más que unos simples peones destinados a cumplir aquello que han dispuesto los estados a los que sirven de forma ilegí­tima. En una palabra, la trastienda del poder. 


Una notable pelí­cula Munich -por más que en el conjunto de sus apasionantes dos horas y media albergue alguna debilidad-, que era previsible que no lograra un respaldo masivo de un público quizá no muy proclive a la reflexión sobre temas incómodos y que a todos nos afectan, pero que indudablemente se erige como uno de los mejores “thrillers” de los últimos años. 


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