Director: Fernando León de Aranoa. 2005. España. Color
Intérpretes: Candela Peña (Caye), Micaela Nevárez (Zulema), Mariana Cordero (Pilar), Llum Barrera (Gloria), Violeta Pérez (Caren), Mónica Van Campen (Ángela), Flora Álvarez (Rosa), María Ballesteros (Blanca), Alejandra Lorente (Mamen), Luis Callejo (Manuel)

√âsta es la historia de dos mujeres, de dos putas, de dos princesas. Una de ellas se llama Caye (Candela Peña), tiene casi treinta años, el flequillo de peluquería y un atractivo discutible, de barrio. Zulema (Micaela Nevárez) es una princesa desterrada, dulce y oscura, que vive a diario el exilio forzoso de la desesperación. Cuando se conocen están en lugares diferentes, casi enfrentados: son muchas las chicas aquí que ven con recelo la llegada de inmigrantes a la prostitución. Caye y Zulema no tardan en comprender que, aunque a cierta distancia, las dos caminan por la misma cuerda floja. De su complicidad nace esta historia.

En la carrera de Fernando León se pueden distinguir dos etapas diferenciadas, o más bien un punto de inflexión importante, ocurrido en torno al año 1998. Hasta entonces, el cineasta madrileño se había ganado la vida con trabajos de encargo, principalmente guiones para comedias intrascendentes. El productor Elías Querejeta, recuperando momentáneamente sus dotes como cazatalentos, le financió su opera prima, Familia (1996), una más que interesante actualización del cine metafórico que en los años 70 directores como Saura, Chávarri o Borau rodaran para la misma factoría. A pesar de ser la obra más críptica, más estimulante y más rica de su director, los trabajos posteriores de Fernando León la convierten en una isla en su filmografía y dejan claro que se trataba de un encargo más del gusto de Querejeta que del suyo propio.
Barrio (1998), Los lunes al sol (2001) y la recién estrenada Princesas parecen cortadas por un mismo patrón: comparten el gusto por personajes de clase obrera al borde de la marginalidad, y una estructura muy similar a la de los clásicos del neorrealismo italiano. No existe una auténtica trama argumental, sino una sucesión de episodios que no intentan encadenar acontecimientos sino describir los estados de ánimo de unos personajes centrales que se ven como símbolos de un estamento social.

La principal evolución que supone su última obra en el cine del director es una mayor depuración o minimalismo. Si en Barrio el título deja claro que el auténtico protagonista de la película es el entorno, y si en Los lunes al sol la ría de Vigo suponía un punto de referencia importante para la historia, en Princesas no llegamos a saber dónde transcurre la acción. La cámara se centra en las dos protagonistas, tanto que, en una escena del filme, una de ellas vaga desorientada por una ciudad que no se muestra; el encuadre capta poco más que su rostro en primer plano mientras ella pasa de una calle a otra. León lleva así a cabo una virtuosa síntesis entre el neorrealismo italiano y una desnudez casi bressoniana, con personajes de los que solo conocemos el presente; no sabemos cómo entró esta chica en la prostitución ni cuánto tiempo lleva ejerciéndola; de su pasado y su familia vemos sólo unas pinceladas. No importan los hechos que rodean la vida de las prostitutas, solo sus sueños y sus sentimientos.
Y esta curiosa simbiosis entre lo personal y lo social constituye también el punto más discutible del cine de Fernando León. La prostituta de Princesas, así como el parado de Los lunes al sol o los chicos conflictivos de Barrio, a diferencia de los personajes del neorrealismo, son pasivos: aunque, dentro de sus pocas oportunidades, podrían mejorar su situación si lo intentaran, el consumismo los coloca en la indolencia y la ensoñación inútiles; no quieren cambiar las cosas, sus únicos sueños son alcanzar los objetos de consumo impuestos por el capitalismo. Y la narración tan subjetiva y en primera persona de León se identifica demasiado con los personajes y es también demasiado complaciente con ellos, como si lo deseable fuera que la prostituta se operara el pecho y encontrara un príncipe azul, en lugar de que despertara de su modorra y empezara a poner orden en su vida; el filme trata igual a la chica inmigrante, que no ha tenido oportunidad de hacer otra cosa que prostituirse, y a la española, que sí la ha tenido. La posible crítica a una sociedad materialista y vacía queda desdibujada al predominar el sentimentalismo y una camaradería hacia el marginal un poco trasnochada y mal entendida.
A ello se suma además un didactismo cada vez más evidente: primero la película sobre adolescentes, luego la película sobre parados, ahora la película sobre prostitutas¿Para la próxima qué toca? ¿Jubilados, inmigrantes tal vez? El resultado es que el indudable talento de Fernando León, evidentemente uno de los principales directores, jóvenes o veteranos, del cine español, puede empezar a verse seriamente constreñido si sigue explotando una fórmula que evidentemente funciona bien pero que empieza a resultar cada vez más previsible y trillada. León puede elegir entre otear nuevos horizontes o acomodarse en su puesto de cineasta predilecto de la burguesía progre. Cuando un director que hace cine social y presuntamente comprometido es tan aplaudido y recibe tantos goyas de una forma tan rápida, algo está fallando.

Era ciertamente difícil mantener el sortilegio de tres películas tan especiales como las que componían la pequeña y formidable filmografía de Fernando León de Aranoa hasta el momento. La soledad del fingido simbolismo familiar en una ilusoria composición de realidad y ficción en Familia; tres adolescentes de un suburbio madrileño que pasan el tiempo aceptando su incierto futuro en medio del fárrago veraniego en Barrio; y, sobre todo, esa gran película acerca de seres humanos desplazados que se levantan cada día con el duro objetivo de la supervivencia en un mundo sin trabajo de Los lunes al sol, ponían muy alto el listón cinematográfico de un director que parecía dominar un terreno muy comprometido como es el drama urbano, el realismo social aderezado con un toque de humor característico e inconfundible.

Pero todo se ha frustrado con Princesas. Sus anteriores obras han supuesto un efímero oasis personal dentro del actual cine español que últimamente opta por disfrazar la triste realidad de sus productos para dedicarse a denunciar la piratería. León de Aranoa, desprovisto de la magia y astucia de sus anteriores cintas, vuelve a incidir en el lado oscuro de los más desfavorecidos que perviven en una sociedad acostumbrada a aislar lo incómodo, esta vez narrando la rutinaria vida de una joven llamada Caye en su tortuoso pero aceptado ejercicio de la prostitución de bajo saldo, en una cotidianidad que se ve alterada por el fortuito encuentro con una compañera de profesión, la inmigrante dominicana Zulema, que conllevará a compartir todo tipo de experiencias y fraguará entre ellas una amistad basada en la amarga vivencia de su profesión y en la sucesión de confidencias existenciales.

A pesar de que la propuesta pueda parecer atractiva y sugerente teniendo en cuenta la sensibilidad realista de su director, Princesas no es más que un fraude argumental e intencional del que se desprenden situaciones que procuran adoptar un tono documental contiguo al “cinéma verité”, pero que al pasar por el filtro costumbrista y a veces cómico de Aranoa se fragmenta en simples situaciones dibujadas desde el más sonrojante tópico. El tema de la prostitución no es más que una excusa, un telón de fondo para remitir a los peores defectos de las películas anteriores del cineasta madrileño. Saturada de excesos literarios, de rimbombantes y ornamentales diálogos que pretenden una inalcanzada trascendencia, Princesas adquiere un prototípico tono desmedido, subrayado e innecesario que, una y otra vez, acaba cayendo en un conformismo complaciente que asume sin retraimiento una descarada superficialidad con la que se refleja un tema tan duro como el que se está tratando. A Fernando León la prostitución y sus verdaderas y metafóricas “princesas” no le interesan más que como fácil recurso para narrar una historia viciada de arquetipos imaginarios, que viven en un entorno articulado en un dramatismo moralizante creado a partir de situaciones sin sentido, de personajes mal dibujados y de una impertinente búsqueda de la complicidad del espectador que incluye algún guiño cómico o situaciones efectistas. Un menoscabo que ha estado presente en esa perspectiva de León de reflejar de forma edulcorada y eficaz los problemas situados en ese hipotético ideal de realismo con el que el director pretende jugar con el espectador.
Sólo así es posible que Fernando León pretenda filtrar una hermosa historia de amistad entre dos putas que poco tienen en común con la motivación en la disyuntiva laboral de la realidad. Mientras que Zulema acapara el prototipo de inmigrante que se prostituye para enviar dinero a su hijo pequeño y soporta el abuso de cuantos se cruzan en su camino, Caye, en uno de los personajes más pretenciosos que ha dado el cine español en sus últimos años, se dedica a la profesión más antigua del mundo simplemente porque quiere operarse las tetas y no quiere acabar de la misma manera que su simplista familia. En ese ambiente de irrealidad impostada, de absurdo, en todo caso, Princesas despliega todo tipo de sentimientos impuestos y pomposos, imposibles de aceptar en un submundo como el que se nos muestra en pantalla, aceptando todo tipo de concesiones en un mundo de sueños incumplidos como el que se pretende enseñar. No es lógico, así, que una persona que no sabe quién es Bill Gates y tenga la cabeza llena de pájaros, sea capaz de recitar una perorata reflexiva y filosóficamente existencial acerca de Dios, de la vida y de las aspiraciones humanas con una ilustrada erudición injustificada.
Princesas no es una buena película. No tiene grandes momentos, ni un texto lúcido, ni siquiera creíble. Cae torpemente en la reiteración de diálogos, en la innecesaria utilización de recursos ya vistos en su cine, como esa soledad alienada de algún personaje, en este caso la madre de Caye, que se inventa un admirador secreto para paliar así la muerte de su marido. Como en su momento lo fueron el abuelo de su corto Sirenas, Paco Algora en Barrio, dando vida al padre desligado del mundo real por la drogadicción de hijo, o el Amador interpretado por Celso Bugallo en Los lunes al sol, abandonado por su mujer pero fingiendo un inexistente viaje temporal. Además, Fernando León insiste en una habitual comicidad de momentos de brillantez dialoguista, enfocados a aquellos en los que Caye comparte sobre el oficio en una peluquería (refugio de humor y de distensión narrativa), con diálogos que procuran la sonrisa y la confabulación con el público, recurriendo a un personaje drogadicto como foco humorístico (Miss Metadona) y acabando por caer en lo grotesco con secuencias de pobre vigor argumental (como la clase de sexología que imparte Zulema, los continuos desencuentros de Caye con su “Príncipe Azul” o el ignominioso paseo en limusina gracias a una inaceptable y veterana prostituta de lujo ministerial).

Pese a las logradas interpretaciones de Candela Peña (que además tiene una polémica secuencia de falsa felación con un pene de goma supuestamente real) y Micaela Nevárez (que comienza hablando como Antonia San Juan para ir dando enjundia al único personaje salvable de todo el filme), no existe un enfoque racional de la problemática que se trata, no hay sustancia ni aparición del lóbrego, duro y despiadado mundo de la prostitución, sólo un barniz de embellecido embozo que ni siquiera es capaz de disimular las composturas de una película fallida en todos sus conceptos, que acaba incluso con la impudicia de desacertar con el maniqueísmo de su final e impactante epílogo. Incluso en el plano formal, Fernando León recurre a una inquieta y molesta cámara en mano que provoca un constante mareo visual, en su corrompida finalidad de llegar al universo realista de sólidos preceptores del género como Mike Leigh o Ken Loach. Princesas, que ha sido una de las grandes decepciones del último cine español, termina perdiéndose en la apatía sin rumbo, por un mar de desventuradas soluciones y planteamientos de infortunado simplismo.