SYRIANA
Director: Stephen Gaghan. 2005. EE.UU. Color
Inérpretes: George Clooney (Bob Barnes), Matt Damon (Bryan Woodman), Jeffrey Wright (Bennett Holiday), Chris Cooper (Jimmy Pope), Christopher Plummer (Dean Whiting), Amanda Peet (Julie Woodman), Tim Blake Nelson (Danny Dalton), Alexander Siddig (Príncipe Nasir AlSubaai), Max Minghella (Robby Barnes), William Hurt (Stan)

Con un reparto de estrellas pero un título extraño, Syriana llega a las pantallas estadounidenses con una trama política que levanta polémica más allá de Hollywood. George Clooney y Matt Damon protagonizan esta cinta que significa el debut como director de Stephen Gaghan, guionista de Traffic. Sobre su título, el término esconde toda su trama, palabra utilizada en los círculos políticos de Washington para designar la hipotética reestructuración de los países del Oriente Medio. Se trata de un detalle más de los que Gaghan indagó para dar el mayor realismo a una trama centrada en las maquinaciones de la industria petrolera, la lucha contra el terrorismo y la política estadounidense en la zona. Un cóctel que aderezó con su lectura del libro “See No Evil”, las memorias del ex agente de la CIA Robert Baer en Oriente Medio entre 1976 y 1997. Como subraya la revista “Time”, Gaghan se embarcó así en un épico viaje de investigación en el que preguntó a un ex agente de la CIA, a traficantes de armas y a jeques árabes todo tipo de preguntas. “Después volcó sus respuestas en este filme de suspenso, Syriana”, resume la publicación. El filme es una nueva muestra del giro político que intenta dar Hollywood tras años de alimentar su cartelera con filmes escapistas. Tan sólo unos meses antes el protagonista de “Syriana” dirigió su propia salva política contra aquellos que amenazan la libertad de expresión como actor y director de “Good Night and Good Luck”. La cinta está centrada en el principio del fin de la “caza de brujas” que favoreció en la década de los 50 la delación contra los comunistas o simpatizantes a instancias del senador Joseph McCarthy. La temática fue recibida con numerosas analogías con la política estadounidense actual, paralelismos que Clooney nunca evitó.

Syriana se desarrolla en el marco de
intrigas y corrupción de la industria mundial del petróleo. Desde los poderosos intermediarios de Washington a los trabajadores de los yacimientos petrolíferos del Golfo Pérsico, las múltiples tramas de la película se entrelazan para arrojar luz sobre las consecuencias humanas de la cruel búsqueda de poder y riquezas. La historia transcurre en un país petrolero del Golfo, donde el joven y reformista príncipe Nasir (Alexander Siddig) busca dar un giro a las viejas relaciones comerciales con los Estados Unidos. Nasir, el aparente heredero al trono, acaba de garantizar los derechos de perforación de gas natural –que han pertenecido durante mucho tiempo a Connex, un gigante de la energía en Texas– a una empresa china. Esta transacción supone un duro golpe para Connex y los intereses americanos en la región. Killen, una compañía petrolera menor de Texas, propiedad de Jimmy Pope (Chris Cooper), acaba de obtener los derechos de perforación en los codiciados yacimientos de Kazajstán. Esto hace que Killen resulte muy atractiva para Connex, que necesita ahora nuevos territorios para mantener su capacidad de producción. Cuando las dos compañías se fusionan, el trato pendiente atrae la atención del departamento de Justicia, y Sloan Whiting, un poderoso bufete de abogados de Washington, es llamado a investigar. Bob Barnes (George Clooney) es un veterano agente de la CIA, que se aproxima al final de una larga y honorable trayectoria pero le prometen un ascenso tras una última misión secreta: asesinar al príncipe Nasir. Pero cuando uno de sus contactos le abandona y el intento de asesinato fracasa estrepitosamente, la CIA convierte a Bob en su chivo expiatorio. Dean Whiting (Christopher Plummer), director de Sloan Whiting y uno de los hombres más poderosos de todo Washington, intenta deshacer el trato de Nasir con los chinos. Él sabe que el hermano de Nasir, el joven e inexperto príncipe Meshal (Akbar Kurtha), mostrará una disposición más favorable a los intereses comerciales norteamericanos. En el otro extremo de la escala salarial del país de Nasir, se hallan los trabajadores inmigrantes de los campos de energía, cuyas vidas se ven afectadas de manera drástica por las políticas de la familia real y los caprichos de la industria. Jeques y trabajadores, inspectores del gobierno y espías internacionales, ricos y pobres, famosos e infames: cada uno representa un pequeño papel en el vasto y complejo sistema que propulsa la industria, y, sin embargo, ninguno de ellos es consciente de la auténtica magnitud del explosivo impacto que tendrán sus vidas en el mundo.

El abanico se abre de manera funcional y efectiva como buena cinta de acción. Somos testigos de diversas líneas argumentales que van, vienen y se entrelazan. Desde la perspectiva de un agente de la CIA (Clooney sorprendente) convertido en soldado obedeciendo a ciegas las misiones más sucias, las cuales poco a poco lo harán dudar sobre su propia ética, un experto en el negocio alrededor del oro negro (Damon) quien a causa de una tragedia personal se convertirá en un arribista e insaciable asesor de los poderes concesivos de los monarcas de tierras árabes, un abogado conciliador (Wright) que encontrará su oportunidad de ascender a riesgo de vender su alma a los grandes consorcios petroleros, hasta un joven obrero árabe desempleado que poco a poco se volverá al fundamentalismo.
Tratando así de abarcar hasta lo último, la estrategia cerebral de Gaghan comienza a buscar la manera de traducirla en una narración cautivante sin querer ponerse ostentosa ni demasiado original. Por el contrario le interesa ser lo más limpia posible ya que la sola complejidad del entramado se supone suficiente. Siguiendo las lecciones de Soderbergh, Michael Mann y sus respectivos maestros, el director Gaghan hace de su película de investigación toda una declaración en contra de los manejos de la explotación petrolífera, al menos a la manera de cómo se ha desarrollado hasta ahora (como lo hacía Traffic alrededor del combate contra las drogas). Así se suceden los momentos de acción y los de las transacciones y negociados (estos últimos que caen a veces en lo excesivamente explicativo o más bien obvio) para configurarnos todo este monstruo devorador de conciencias y voluntades. Los protagonistas casi sin darse cuenta han vendido sus individualidades a la causa “patriótica” de mantenerse como la mayor potencia a costa de cualquier cosa. La política convierte en pobres a los habitantes de las tierras más ricas y en estorbos a los más decididos o pensantes representantes de sus súbditos de las tierras del oriente.
El pobre agente Bob, el oportunista Bennett y el ingenuo Bryan se darán cuenta que sólo son peones parados en un tablero de ajedrez de límites más allá de la vista. Apenas si los ideales se traducen y recompensan con frustración (como la del príncipe Nassir). La narración efectiva aun con toda la densidad de la que no escapa (por su difícil y titánica intención) nos hace interesarnos por sus criaturas, más allá de los grandes temas que los mueven. Eso es tal vez lo único que deja a Syriana algo corta respecto a otros apasionantes exponentes del género. Esa claudicación final de los personajes se encuentra lejos de la ambigüedad que hubiera requerido una visión tan pretendidamente compleja (con excepción del personaje de Clooney).

Demasiado lejana e inalcanzable
Personas e historias que se entrecruzaban. Dos países, México y Estados Unidos, como escenario de batalla. El poder, la corrupción. La droga. de Steven Soderbergh, con guión ganador del Oscar de Stephen Gaghan, se caracterizaba por la crudeza y el vértigo narrativo para explorar e inmiscuirse en los negociados y personajes de alcances ilimitados que forman parte del turbulento mundo del tráfico de estupefacientes. En Syriana se pueden observar algunos cambios de posiciones: Soderbergh pasa a ser productor ejecutivo, y Gaghan, además de guionista, es el director. No obstante, básicamente la receta es la misma, por supuesto que con distintos ingredientes. En esta ocasión, la idea pasa por mostrar la ferocidad de las distintas luchas e intereses que se ponen en juego para poder asegurarse el dominio del negocio más preciado y millonario de la actualidad: el petróleo.
La estructura del relato, como en Traffic, se divide en varias historias protagonizadas por distintos personajes, filmadas en varios lugares del mundo con actores que se escuchan hablar en lenguajes de distintas geografías. Esto de por sí ya habla de un despliegue de producción impresionante. En general, el tono con que se cuenta la película está abocado a la permanente búsqueda de impacto. Desde el modo en que se utiliza la cámara, hasta el trabajo que se realiza con el montaje para agilizar el ritmo narrativo, sumado al permanente desfile de personajes y de historias que se superponen, la cinta no ofrece respiro. El mundo es caos. La lucha por el control del petróleo es tan caótica como el mundo: corrupción, negocios, luchas de poder la definen. En este sentido, la apuesta estética y narrativa de Syriana también es caos. Cada sucesión de imágenes está compuesta por un permanente bombardeo de información, de datos, de personajes misteriosos, de espías, de políticos, y de giros argumentales.
El incesante vértigo de la trama, por una parte, si bien puede ser un recurso válido para representar el desconcierto y la tensión que surgen como consecuencia del tema desarrollado, por otra, no permite generar vínculos estrechos con el espectador. En varios pasajes, Syriana se torna inalcanzable, se hace demasiado lejana. Más que invitar a la reflexión, pareciera proponerle al público el desafío de “alcánzame si puedes”. Teniendo en cuenta que el tema que se explora forma parte de una problemática actual muy delicada, tal vez no hubieran estado de más algunos momentos menos abrumadores, no tan repletos de información, construidos para que el espectador pueda explicitarse a sí mismo sus inquietudes, hacerse preguntas, y poder así reinsertarse de mejor manera a la dinámica que propone el relato.
Al igual de lo que sucede con Traffic, la atmósfera que caracteriza a Syriana es envolvente, y alcanza algunos picos de intensidad estremecedores. Las imágenes están construidas de manera tal que irradian una fuerza asombrosa; tal es así que infunden la sensación de que así es como las cosas suceden. Si bien se sabe que se trata de una ficción, muchas situaciones, conversaciones y negociados protagonizados por personajes de las altas esferas políticas tienen un nivel de verosimilitud tan poderoso que cualquier desprevenido podría confundirlos con un registro del mundo real. En este sentido, tanto los estudios e investigaciones sobre las distintas peripecias e intereses que forman parte del juego del petróleo lucen por su solidez y profundidad.
También resulta de vital importancia el aporte de calidad que brinda el elenco. Grandes actores, en roles más y menos protagónicos, forman parte del proyecto: George Clooney, Matt Damon, Chris Cooper, Jeffrey Wright, William Hurt. Pese a todo esto, quizás el contribuyente de mayor peso en esta idea de ficción documentalizante presente en Syriana tiene que ver con las elecciones visuales y narrativas en la composición del tono predominante del filme: siempre se escogen imágenes simples, opacas, como crudas, no hay adornos ni agregados estetizantes en las mismas (salvo la banda de sonido, utilizada con mayor protagonismo en los últimos tramos), incluso la gran parte de ellas está filmada en exteriores, lo que acrecienta la sensación de veracidad que transmiten. Además, casi no se utiliza el recurso de la ironía; el lenguaje es conciso, llano.
Llega un momento en que las historias que se entrecruzaban encuentran un eje en común. Que los personajes se encuentran. Pero el mundo no deja nunca de ser caos. Y el conflicto por el petróleo continuará generando continuos conflictos.
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