TRUMAN CAPOTE (Capote)

Película estrenada entre 2005

Director: Bennett Miller. 2005. EE.UU. Color
Intérpretes: Philip Seymour Hoffman (Truman Capote), Catherine Keener (Nelle Harper Lee), Clifton Collins Jr. (Perry Smith), Chris Cooper (Alvin Dewey), Bruce Greenwood (Jack Dunphy), Bob Balaban (William Shawn), Amy Ryan (Marie Dewey), Mark Pellegrino (Dick Hickock), Allie Mickelson (Laura Kinney), Marshall Bell (Alcaide Marshall Krutch)

En noviembre de 1959, Truman Capote (Philip Seymour Hoffman), el autor de “Desayuno en Tiffany’s” y un icono de lo que pronto se va a conocer como la jet set, lee un artículo en The New York Times. Relata los asesinatos de los cuatro miembros de una conocida familia granjera, los Clutter, en Holcomb, Kansas. Historias similares aparecen en los periódicos casi a diario, pero esta vez algo llama la atención de Capote. Es una oportunidad, según él, de demostrar una teoría que siempre ha sostenido: en las manos del escritor adecuado, la no ficción puede resultar tan apasionante como la ficción. ¿Qué impacto han tenido los asesinatos en ese pequeño pueblo en las llanuras azotadas por el viento? Argumentando que para su propósito era irrelevante el hecho de que cogieran a los asesinos, convence a la revista The New Yorker de que lo mande para cubrir la noticia y se va a Kansas. Aunque su voz aniñada, su amaneramiento y su peculiar forma de vestir al principio despiertan la hostilidad de una zona del país que sigue considerándose parte del viejo Oeste, Capote rápidamente se gana la confianza de los lugareños, principalmente la de Alvin Dewey (Chris Cooper), el agente de la Oficina de Investigación de Kansas, que dirige la operación de captura de los asesinos. Tras detener en Las Vegas a los asesinos -Perry Smith (Clifton Collins Jr.) y Dick Hickock (Mark Pellegrino)- los llevan a Kansas, donde son juzgados, declarados culpables y condenados a la pena de muerte. Capote va a verlos a la cárcel. Conforme empieza a conocerlos, se da cuenta de que lo que había creído que iba a ser un artículo para una revista se ha convertido en un libro, un libro que podría estar a la altura de las grandes obras de la literatura moderna. El tema es tan profundo como cualquier otro que haya podido tratarse en la literatura norteamericana. Se trata nada más y nada menos que del choque de dos Norteaméricas: el país seguro y protegido que los Clutter conocían y el país amoral y desarraigado en el que vivían los asesinos.

Por encima de sus intrínsecas cualidades, creo que Capote (2005, Bennett Miller) se erige como una clara propuesta del moderno cine de “qualité”. Un “mini género” que por lo general y cuando ofrece un resultado más o menos apetecible, y está plagado de un buen reparto de estrellas, logra un gran predicamento entre la crítica norteamericana, y posteriormente su equivalente repercusión en las quinielas de los premios Oscar de los últimos años. Del mismo modo, otro de sus rasgos es el de servir de plataforma a realizadores más o menos debutantes o que realizan una de sus primeras obras, tras lo cual si el producto sale bien, tienen asegurada su continuidad laboral en la industria ¿Y qué línea siguen este tipo de películas? Pues sobre todo la habilidad de narrar buenas historias que nos relaten episodios, variables o facetas poco conocidas de conocidos personajes de la cultura occidental -especialmente si son ingleses o norteamericanos
Como sucede en buena parte de los exponentes de este tipo de subgénero, afortunadamente se huye del atisbo del “biopic”, para centrarse en el desarrollo concreto de un episodio que sirva para revelar facetas ocultas del personaje rememorado. Así sucede en esta película en la que se deja de lado -aunque se apuntan con pinceladas adecuadas, facetas conocidas del personaje como su alcance exhibicionista, su extravagante personalidad exterior o la descripción del ambiente neoyorkino en el que se solía desenvolver.
Unido a estas características, Truman Capote plantea y propone la difícil circunstancia de la utilización que el escritor hizo del convicto para favorecer sus intereses creativos, ayudándolo inicialmente en la búsqueda de abogados, no siendo sincero posteriormenteen sus intenciones de utilizar la relación con él, y finalmente abandonándolo a su suerte a nivel legal. Todo ello está plasmado de forma brillantísima por el guión del apreciable actor que ha sido Dan Futtermann, en su debut en la faceta, en lo que supone una de las piedras angulares de esta propuesta, basándose en algunos de los capítulos de la biografía escrita por Gerald Clarke.
Pese a la ventaja de partir de una base más que sólida, lo cierto es que Bennett Miller aborda con destreza su debut en el largometraje de ficción. Con una realización basada en el alcance descriptivo y mesurado de sus planos generales, destaca en su cuidada planificación en formato panorámico, sirviendo con acierto el juego de actores -me gustaría resaltar el brillo que muestran Catherine Keener y Bob Balaban en sus ocasionales intervenciones, y contando además con una magnífica fotografía, definitoria del período en que se sitúa la acción.
Sin embargo, en algunos momentos se advierten algunas debilidades de realización -esa innecesaria recurrencia a visualizar “flashes” del horrible crimen cuando Smith finalmente lo rememora ante el protagonista-, pero al mismotiempo revela secuenciasy momentos decididamente insólitos, como el instante en que Capote visita los féretros de los asesinados nada más llegar a la localidad del crimen, levantando la tapa de estos para poder acercarse más a la esencia de los asesinados. Un momento extraño dentro de una propuesta interesante, representativa de unos modos de producción “de prestigio” habitual en nuestros días, pero no por ello despreciables, ya que basan la fórmula de su acierto en el tratamiento de inteligentes materiales de base.

Las relaciones entre realidad y ficción siempre han estado en el epicentro del buen cine, como también la complejidad de los flujos y reflujos que se establecen entre lo vivido y el imaginario del literato/cineasta: un auténtico misterio en el que las fronteras se desvanecen y donde resulta difícil separar lo racional de lo emocional. Es lo que se ha propuesto mostrar el debutante en el largometraje de ficción Bennett Miller en su retrato del escritor Truman Capote, con una película muy galardonada y que aspiraba a varios Oscar. Para adentrarse en el mundo interior de Capote, tan complejo y contradictorio, el director se acerca al momento en que encontró la inspiración de su libro “A sangre fría”, a partir del asesinato de los cuatro miembros de la familia Clutter en un pueblo de Kansas, con la detención, juicio y ejecución en la horca de los dos asesinos. Pero la historia del crimen y proceso apenas tiene interés para Miller, que desde el inicio se siente atraído por la figura del carismático escritor: le sucede como a todos aquellos que le rodean en reuniones y charlas, donde Capote se convierte en centro de gracias y conversaciones, en sujeto que reclama la admiración y el afecto de sus oyentes. El director experimenta esa misma fascinación, y se siente cautivado por este cínico y deslumbrante genio: utiliza la cámara para observar, escrutar y mostrar al espectador la complejidad de una mente singular, de una hipersensibilidad enfermiza y de una personalidad egocéntrica. Es una mirada introspectiva que en ningún momento recurre a la voz en “off”, que se apoya en el poder visual de la imagen para captar cada uno de sus gestos, modulaciones de voz y aires de suficiencia: su presencia en cada plano es abrumadora, y acierta al despreciar el desarrollo de cualquier subtrama que pudiese distraer al espectador: es cierto que hubiera sido interesante conocer las relaciones entre Capote y su amiga escritora Harper Lee, su infancia y primeros pasos, sus dramas con la bebida y las drogas, lo mismo que sus incursiones en el mundo del cine, pero todo ello hubiera supuesto una perspectiva narrativa más “exterior” y convencional de su vida, en detrimento de la mayor riqueza psicológica del personaje.
Una infancia difícil y traumática, una inusual inteligencia, y una vanidad y narcisismo desmesurados ofrecían los mejores ingredientes para dejar constancia hasta qué punto la realidad puede perturbar la estabilidad interior de un espíritu sensible, cómo la auténtica creación literaria necesita nutrirse de la vida hasta confundirse con ella, y cómo ésta busca válvulas de escape que sirvan de bálsamo existencial. Capote,plenamente identificado con la soledad y sufrimiento de uno de los asesino -Perry-, espera su confesión para terminar el libro y calmar su ansia de reconocimiento público, y por eso se angustia y provoca el juego de suspensiones de la ejecución o permite su fatídico desenlace: necesita y sufre por la muerte de este “amigo de circunstancias” porque ve en él su propia realidad, pero a la vez ama tan egoístamente su novela que necesita un punto y final; el resultado es la esquizofrenia y un conflicto de conciencia llevados con ambig√ºedad por Miller/Hoffman hasta el espectador, que tampoco sabrá si se ha aprovechado del reo o si hizo lo posible por salvarlo; en este calvario, sólo la autora de Matar a un ruiseñor aporta luz a tanta confusión interior, a la vez que demuestra comprensión y cabal conocimiento de la complejidad de su amigo.

Pero el buen guión y la magnífica dirección de actores no hubieran bastado para sostener esta historia. Se precisaba una interpretación como la de Philip Seymour Hoffman, esforzadamente comedida y con el punto preciso de dramatismo: no era nada fácil el papel de un personaje tan paradójico y controvertido, tan lleno de recovecos eintenciones torcidas,tan perseguido por la cámara durante las más de dos horas de metraje. Su amaneramiento y una voz tan afectada no eran fácilmente trasladables a la pantalla sin caer en lo patético o histriónico; el doblaje no ayuda, pero el espectador pronto se siente atrapado por la riqueza del personaje, y también hubiera sido fácil hacer de su homosexualidad una batalla social o política, algo tan frecuente últimamente. Sin embargo, Seymour Hoffman logra una interpretación formidable, y la película nunca se deja arrastrar por ideología alguna, lo que supone una honestidad en su planteamiento y desarrollo que engrandece al escritor, al actor y al director.
Por su parte, la dureza y seducción trasmitidos por Seymour Hoffman tienen adecuada réplica en una contenida y expresiva Catherine Keener en el papel de Harper Lee, también candidata al Oscar por su interpretación.
Una música imperceptible pero eficaz, un montaje dinámico y sin pérdidas de ritmo y una puesta en escena brillante sirven para dar consistencia a este drama sincero en torno al creador de la novela de no ficción, de aquella que se inspiraba en la realidad inmediata y también en la que el mismo escritor escondía en lo más profundo de su alma herida desde su tierna infancia.


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