UN FINAL FELIZ (Happy Endings)

Película estrenada entre 2005

Director: Don Roos. 2005. EE.UU. Color
Intérpretes: Tom Arnold, Jesse Bradford, Bobby Canavale, Steve Coogan. Lisa Kudrov, Maggie Gyllenhaal, Jason Ritteer, David Sutcliffe, Sara Clarke, Laura Dern

Muy prestigiado en Norteamérica por su aportación televisiva -especialmente como guionista-. Don Roos sólo ha realizado hasta la fecha tres películas para la gran pantalla. Su debut lo constituyó Lo opuesto al sexo (1998), en la que rebelaba una considerable dosis de observación de personajes, al margen de una notable capacidad como director de actores. Lamentablemente, Las cualidades de Roos tuvieron un traspiés en su siguiente película, sensiblero para un imposible Ben Afflek, que se suma a la amplia lista de mediocridades protagonizadas por una de las más mediocres “estrellas” de nuestro tiempo y a la que su laureada labor en la reciente Hollywoodland (2006, Allen Coulter) no debería enmendar su trayectoria lamentable.
Es por ello que sorprende el acierto y la incidencia en las cualidades que afloraron en su debut cinematográfico, que aparecen de forma notable en su último título hasta la fecha: Un final feliz (2005), que sólo ha logrado ser exhibida en España mediante su edición camuflada de comedieta en DVD bajo el título Un final feliz. Pese a esa injusta presencia casi clandestina, el filme de Roos emerge como su mejor obra hasta la fecha, configurándose como una estupenda y agridulce comedia coral. En sus imágenes, la definición de personajes resulta espléndida y la alternancia de comedia y drama está expuesta casi a la perfección. El guión, por su parte, es brillante y revela un profundo conocimiento y comprensión de la condición humana, revelando la personalidad y mirada de su realizador y guionista a la hora de aplicar unos métodos sin duda discutibles en otras propuestas menos elaboradas -el uso de la cámara al hombro, la alternancia de tiempos, la inserción de rótulos que nos avanzan información sobre personajes y situaciones, pero que en esta ocasión se revelan de una notable eficacia.
Estamos en la ciudad de Los Angeles, y en un lapsus de tiempo que oscila entre 1983 y la actualidad, en donde se desarrolla la mayor parte de la acción. En este entorno temporal se entrelazan una serie de personajes y situaciones, que confluyen en la búsqueda de la aceptación, el amor, la sinceridad, el borrar traumas del pasado o tender puentes seguros hacia el futuro. Entre ellos se encuentra una asesora de abortos, su hermanastro gay que sufre una crisis con su pareja, una joven que se entromete en la vida de un hombre acomodado y maduro y su hijo gay no reconocido, un joven impulsivo que desea realizar una película para recibir una beca del American Filme Institute… Toda una amalgama de situaciones, sentimientos, remordimientos y esperanzas, que indudablemente nos remiten a referentes tan magníficos como Magnolia (1999, Paul Thomas Anderson) o la previa Vidas cruzadas (1993, Robert Altman), pero que en esta ocasión adquieren unos tintes menos dramáticos y con tonalidades más agridulces, pero siempre con una mirada tierna, comprensiva y de reminiscencias renoirianas, a través de las cuales se destila un equilibrio entre la infelicidad y la esperanza de futuro, basada en la propia experiencia vital.

Y tal y como sucede con ese joven aspirante a cineasta -uno de los personajes de la función-, Don Roos disecciona el universo creado, básicamente tejido entre clases medias norteamericanas, en el que la alternancia de tiempos y situaciones y la inserción de irónicos rótulos que complementan la evolución de sus protagonistas, no revela distancia o altanería sobre estos. Incluso el recurso a una planificación por completo alejada a los cánones convencionales, en este caso no molesta, no resulta “epatante”, ya que siempre hay en ella una voluntad de sinceridad y compromiso con sus personajes, permitiendo que el método narrativo, basado en largas secuencias de toma única, revelen por lo general un cuidado formal y fundamentalmente, transmitan sinceridad y comprensión. Para ello, Roos destaca en uno de los rasgos en los que se muestra mayor dotación: la dirección de actores. En este elemento concreto, el “cast” de Un final feliz resulta sensacional, está espléndidamente elegido y los métodos empleados basados en la improvisación de sus actores, proporcionan unos resultados admirables de comunicación con el espectador -ciertamente resulta difícil destacar preferencias sobre cada uno de sus intérpretes.
Aunque lamentablemente no ha logrado el reconocimiento que merece, Un final feliz es un filme brillante, lleno de cariño y comprensión hacia sus personajes, que revela una hermosa capacidad de observación y llega a emocionar en esa tan recurrente como necesaria imaginaria conclusión. En la secuencia final, todos ellos se reúnen y comparten en un baile de celebración, esa fugaz felicidad del que reconoce su lugar en la vida y sabe afrontarla como tal. Incluso en la utilización del -por una vez-, elegante, permite que ese sentimiento de aparente alegría se desprenda del conjunto de seres que durante dos horas se han introducido en nuestras vidas. Una grata sorpresa, sin duda.


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