Director: Lasse Hallström. 2005. EE.UU. Color
Intérpretes: Robert Redford (Einar Gilkyson), Jennifer Lopez (Jean Gilkyson), Morgan Freeman (Mitch Bradley), Josh Lucas (Crane Curtis), Damian Lewis (Gary), Camryn Manheim (Nina), Becca Gardner (Griff Gilkyson)

Una vida por delante” es una historia de perdón, de perdonarse a sí mismo y a los demás. Se centra en la confluencia de las vidas de dos grupos de personas: Einar Gilkyson (Robert Redford) y su ayudante y mejor amigo, Mitch Bradley (Morgan Freeman), que llevan viviendo y trabajando juntos cuarenta años en el rancho de Einer en el noroeste de Wyoming, y Jean Gilkyson (Jennifer Lopez), la nuera de Einer, y su hija de once años, Griff (Becca Gardner), que huyen de los malos tratos del novio actual de Jean, Gary (Damian Lewis).

Hace ya tiempo que el sueco Lasse Hallstr√∂m (Las normas de la Casa de la Sidra, Chocolat) se ha instalado en la gran industria del cine americano, y su última película da muestra de ello. Una nueva historia en torno a la culpa, con un pasado trágico que sepultó el presente de sus protagonistas, y un futuro que pasa por el perdón. Desde el inicio, se percibe el tono melodramático y sensiblero que busca la complacencia del espectador poco exigente, conducido hábilmente por un buen cuentista y donde las interpretaciones salvan a la cinta del fracaso.
Hace tiempo, un accidente de coche acabó con la vida de un joven recién casado. Dejó una viuda embarazada, a quien la culpa ha arrastrado por la vida y empujado a hombres poco recomendables; ahora, acompañada por su hija, ha decidido abandonar al actual, harta de los malos tratos recibidos. El accidente también dejó a un padre, vaquero de profesión, que no ha dejado de acusar al mundo de sus desgracias de manera agria y desabrida, por momentos entregado al alcohol y en otros sumido en remordimientos por haber fallado a su amigo. Tras doce años, los caminos de ambos vuelven a cruzarse en una segunda oportunidad para curar viejas heridas y dar cauce a sus sentimientos.
Queda claro con este breve bosquejo que la historia discurre por caminos muy transitados en el cine, sin lugar para sorpresas y sin grandes profundidades existenciales. El guión se estructura de manera clásica, con un desenlace previsible y una evolución de los personajes algo tópica, sólo sostenida por unos magníficos actores que ya nada tienen que demostrar. Tanto Robert Redford como Morgan Freeman aportan toda la hondura moral y la sutilidad de caracteres a unos seres que han sufrido más de un zarpazo de la vida, con el oso agresor sirviendo de símil, algo muy europeo, y también la jovencita Becca Gardner cumple con un papel sencillo, pero bien resuelto; más dudas ofrece la interpretación de Jennifer Lopez, que no acaba de transmitir unos dramas que sólo incorpora superficialmente.
Además, las tramas secundarias no se integran bien en el cuerpo central de la historia, y únicamente se justifican por exigencias coyunturales -el tema del maltrato, o del simbolismo buscando los ataques del oso-. Por otra parte, es incuestionable la perfección técnica alcanzada: buena fotografía, cuidadas composiciones y música que acompaña sin subrayar en exceso a las imágenes. También hay que destacar, aparte de la buena dirección de actores, una puesta en escena esmerada y preciosista que recuerda a las anteriores películas de Hallstr√∂m.
El resultado es una película entretenida y vistosa, positiva y agradable, de mirada contemplativa que recoge unos bellos exteriores y unos interiores atormentados que buscan la luz. Aunque abundan los tópicos, queda bien reflejada la distinta actitud ante la muerte: reacciones similares en un Einar que se ha enterrado en vida, y una Jean que no hace sino huir y quedarse con cualquiera que la acepta “porque no cree merecerse más”; y frente a ellos, el sufrido Mitch, postrado desde el ataque del oso pero sereno y con buen humor, o una adolescente que empieza a decidir por su cuenta, ambos convencidos de la necesidad del perdón y de darse una nueva oportunidad.
Con todo, una historia de redención personal con sabor a western contemporáneo. Una película realizada por un sueco alejado de la estética pero no de la temática nórdica, que ha asumido los modos narrativos del cine americano, y que pretende captar la atención de un público ávido de entretenimiento y buenos sentimientos.

Para aquellos que habían olvidado quien es Robert Redford, aquí tienen una gran muestra, gran muestra de sapiencia interpretativa de, como, con unos tantos rasgos, dar el cariz adecuado a un personaje, sea cual sea. Aquí, nos transporta a la vida de un hombre, quemado por el pasado, pero con esos tintes de ironía y lucidez que nos hacen vislumbrar la vida que aún queda en su interior, de rasgos marcados y mirada serena, andares descansados, pero pisada firme. Una de esas personas, que con un leve gesto o unas pocas palabras alegrarían a cualquiera, pero que, cuando intuye necesariedad, daría lo que fuese por proteger a los suyos. Y Redford, que ya lleva años y años vagando por el mundo cinematográfico, le da las notas adecuadas, con una mirada consumida, pero de gran profundidad, la soberbia interpretación a la que pocos sabrían llegar.
Además, le acompaña un Freeman no menos inspirado, la nota contrapuesta a la amargura ocasional de su compañero, de tintes más cálidos, un tipo que conquista desde el primer momento, al que el intérprete afroamericano ofrece el tono idóneo para cada momento.
Tampoco está nada mal Jennifer Lopez, y eso ya es decir bastante, algo más guapa que de costumbre y, aunque le falte carácter a su actuación, no lo hace del todo mal. Aprobado, se podría decir. Al otro lado, la jovencísima Becca Gardner si se gana la admiración del respetable, rebosando simpatía y mucho respeto.
Para aquellos que habían olvidado lo que es sentir, aquí tienen una muestra, sobre lo que es sentir la crudeza y la ternura de la vida, sobre los momentos formidables que posee a veces y sobre las piedras que hay que ir sorteando a través del camino.
Todo ello lo acicala de modo convincente Hallstr√∂m en su filme, que ya necesitaba un nuevo empujoncito, puesto que desde la excelente Las normas de la casa de la sidra no me había convencido en absoluto con sus demás proyectos, ni la desaprovechada Atando cabos, ni la pretendidamente mágica Chocolat. Y eso que este tipo tiene madera, sabe cuando imponer un ritmo mayor, o que escenas deben ser más sosegadas, también domina a la perfección la fotografía, mostrando y, casi sugiriendo, cuando se requiere, y logrando un buen trabajo, sin necesidad de postales exacerban tés.
Por cierto, mención especial a la secuencia del oso y al momento final, ambos impresionantes. Qué grande la honda mirada de Freeman y que curiosa finalización, la de los gatitos. Ambos impecables.