WOLF CREEK

Película estrenada entre 2005

Director: Greg McLean. 2005. Australia. Color
Intérpretes: John Jarratt (Mick Taylor), Cassandra Magrath (Liz Hunter), Kestie Morassi (Kristy Earl), Nathan Phillips (Ben Mitchell), Peter Alchin (Policía), Andy McPhee (Bazza)

Tres jóvenes Kristy Earl (Kestie Morassi), Ben Mitchell (Nathan Phillips) y Liz Hunter (Cassandra Magrath) son tres jóvenes excursionistas que se adentran en el Parque Nacional de Wolf Creek en Australia. Los problemas empiezan cuando su automóvil no arranca. Mientras buscan ayuda, se cruzan con Mick Taylor (John Jarratt), un agradable habitante de la zona que les promete reparar su coche. Los jóvenes acceden a acompañarle a su campamento, sin saber que su viaje se convertirá en una encrucijada mortal.
Así, y por mucho que se escude en la circunstancia de estar basada en una serie de casos reales, Wolf Creek no deja de ser una nueva y poco imaginativa visita al tópico “jóvenes turistas de ciudad sufren una avería en la carretera y se convierten en víctimas inocentes de los perturbados lugareños”, quienes harán algo más que estafarlos.
Qué duda cabe de que el moderno cine de terror lleva décadas exprimiendo este subgénero desde que en los años 70 títulos como La matanza de Texas o
Las colinas tienen ojos, sentaran sus bases, pudiendo encontrar las más recientes y variadas muestras de esta tradición en cintas como La casa de los 1.000 cadáveres, sin contar los propios “remakes” oficiales de aquellos clásicos. Y si bien esta modesta producción australiana puede presumir de tener entre sus filas a un villano cuanto menos pintoresco, que recupera cierta figura de la cultura popular autóctona.

Consciente de tal “handicap”, su director y guionista, el debutante Greg McLean, trató de superar el escaso alcance de su premisa imprimiéndole un mayor grado de realismo a través de una narración naturalista y reposada que, por un lado, pone énfasis en la construcción de los personajes y, por otro, acentúa el componente emocional en las escenas más cruentas. El problema es que su síntesis de “cine de autor” con las obligadas pautas del género derivó en un desarrollo tan descompensado que Wolf Creek se convierte en una experiencia algo frustrante y, sobre todo, bastante tediosa durante gran parte de su metraje. Expresado de un modo más gráfico, ésta es una de esas películas que demoran la prometida “recompensa” con una introducción dilatada de forma innecesaria, y cuando por fin decide meterse en faena, la cosa es prácticamente un visto y no visto, dejándonos con la sensación añadida de que la espera quizás no valía tanto la pena.
En efecto, McLean extiende la presentación de los protagonistas, más bien simpáticos, hasta la primera hora de la cinta, recreándose en las trivialidades e imprevistos de su viaje, con la clara intención de que el espectador se implique con su destino: que acaba odiándolos.
Adicionalmente se le puede reprochar a Greg McLean que, pese a su válido intento por aportar credibilidad a los acontecimientos, Wolf Creek no escapa del todo de algunas decisiones que desafían el sentido común.
La realización, por su parte, opera en el mismo sentido de verosimilitud, adoptando un estilo contemplativo cercano al documental y una factura tirando a espartana que harían retorcerse de placer a Lars Von Trier, pues no en vano McLean asegura haberse inspirado en el movimiento “Dogma 95″ para rodar su largometraje.
Afortunadamente, ritmo y atmósfera remontan considerablemente con la aparición del asesino, a quien John Jarratt le da unos aires populares a la par que inquietantes que lo hubieran conducido a entregar un malvado memorable de haber estado rodeado por unas circunstancias más predispuestas para el recuerdo; pero para entonces sólo queda media hora por delante y el asunto todavía está por desencadenarse.
No obstante, si la película posee alguna virtud destacable se encuentra en cómo concibe la tensión, desmarcándose de la socorrida rutina de sobresaltos, y más particularmente en su efectivo planteamiento de las escenas de tortura, las cuales no apelan tanto al estómago como a los sentimientos de la audiencia. Moderando el flujo de sangre hasta lo esencial y sin necesidad de caer en una exhibición de carnicería, Wolf Creek consigue mayor impacto e intensidad que las obras del llamado “porno-gore” como Hostel al apoyarse más en el efecto psicológico, esto es, en el tormento que provoca en las víctimas, que en el producto físico de las agresiones que sufren. Esta crueldad emocional, unida al tono hiperrealista y a las convincentes actuaciones, hace que estos momentos se vuelvan especialmente perturbadores y hasta incómodos. Además, hay que elogiar que su apuesta por la gravedad se mantenga inquebrantable hasta el final, donde aniquila cualquier concesión al optimismo.

Realmente no puedo decir que Wolf Creek me resultara muy satisfactoria. Es probable que el enfoque fuera bueno en teoría, pero su puesta en práctica redujo los mejores momentos a islotes en medio de un mar de mediocridad. Perjudicada por lo trillado, previsible y vacío de su propuesta, y con el lastre adicional que significa una primera parte que se prolonga en exceso hasta límites tan improductivos como cansinos, Wolf Creek puede recibir cierta disculpa por la autenticidad que desprende su puesta en escena, por su abordaje más sobrio y maduro del terror, y por la sádica carga dramática que reserva para su desenlace, aunque para llegar a él haya que sortear demasiados tiempos muertos. Finalmente se queda en un bienintencionado y curioso experimento, no del todo fallido, pero dominado por un profundo desequilibrio. No se trata, en cualquier caso, de un producto imprescindible o siquiera relevante, si bien los coleccionistas del género sabrán valorar sus aciertos en mayor medida. De todas formas, McLean ha demostrado buen instinto e iniciativa. Ahora sólo falta que se conjuguen con un guión más interesante y que pula sus errores para llegar a mejor puerto.


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