Director: Zack Snyder. 2006. EE.UU. B/N y Color
Intérpretes: Gerard Butler (Leónidas), Lena Headey (reina Gorgo), Dominic West (Theron), David Wenham (Dilios), Vincent Regan (capitán), Michael Fassbender (Stelios), Tom Wisdom (Astinos), Andrew Pleavin (Daxos), Andrew Tiernan (Ephialtes), Rodrigo Santoro (Jerjes), Giovani Cimmino (Pleistarchos), Kelly Craig (oráculo), Eli Snyder (Leónidas 7/8 años), Tyler Max Neitzel (Leónidas 15 años)

Basada en la épica novela gráfica de Frank Miller y Lynn Varley, 300 narra la antigua batalla de las Termópilas, en la que el rey Leónidas (Gerard Butler), al frente de 300 espartanos, luchó a muerte contra el emperador Jerjes (Rodrigo Santoro) y su gran ejército persa. Haciendo frente a insuperables adversidades, el valor y sacrificio de estos hombres, inspiraron a toda Grecia para unirse contra el enemigo persa, fundando los cimientos para la democracia.



Tim Connolly




Lena Eadley


Vincent Regan, Gerard Butler, Peter Mensah, Lena Headey



Gerard Butler







Vincent Regan, Tom Wisdom, Gerard Butler



Michael Fassbender, Tyrone Benskin
Hace un par de años, el novicio director Zack Snyder tuvo la nada envidiable tarea de realizar el “remake” de “Zombi”, una de las más venerables y aclamadas cintas de terror de los años 70. Para sorpresa de muchos (incluyéndome), el resultado fue bastante bueno, ciertamente no tan profundo y significativo como la original, pero sin duda energético, muy bien filmado y muy entretenido.Ahora, la adaptación fílmica de la épica novela gráfica 300, de Frank Miller, llega con expectativas similarmente altas gracias al elevado estándar que estableció la cinta Frank Miller’s Sin City: Ciudad del Pecado, también adaptada de una obra de Miller. Sin embargo, así como el director Robert Rodriguez decidió seguir al pie de la letra lo establecido en los paneles del cómic, en el presente caso, por el contrario, Zack Snyder ha decidido añadir material de su cosecha a 300. Y el resultado es bastante variable.
300 narra en términos líricos y arquetípicos la famosa batalla de las Termópilas, en la que 300 espartanos (y algunos cientos de soldados de distintas ciudades) se enfrentaron a una fuerza invasora persa cuyo número varía según los historiadores, pero no baja de 200.000. Sin embargo, 300
no busca ceñirse a la realidad
histórica, sino que estira la credibilidad y el dramatismo en aras de celebrar el espíritu combativo, el valor y el talento estratégico de un pueblo de guerreros. En otras palabras, cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia.
La cinta comienza con una descripción de la educación del guerrero, desde la infancia hasta la adolescencia, lo cual funciona muy bien para establecer la plausibilidad de enfrentar 300 soldados contra una fuerza de cientos de miles. Eventualmente encontramos al rey Leónidas (Gerard Butler) de Esparta enfrentando las amenazas de un emisario del Imperio Persa, que ofrece clemencia a cambio de tributo y sumisión. Desde luego, eso no cae muy bien al rey, quien procede a aniquilar al emisario, tácitamente declarando la guerra a Persia. Entonces, con ayuda de la reina Gorgo (Lena Headey), y en contra de los deseos de los ancianos sacerdotes que guían a la ciudad, Leónidas decide seleccionar a 300 de sus mejores hombres para luchar contra el ejército persa, eligiendo muy bien el campo de batalla para tener mejor oportunidad de abatir las fuerzas del rey-dios Jerjes (Rodrigo Santoro).
En muchos aspectos, el guión de Zack Snyder, Kurt Johnstad y Michael B. Gordon rellena los huecos de la novela gráfica, cuyo estilo narrativo (casi exclusivamente páginas dobles con dibujos de épica escala y majestuosa actitud) sacrificó el desarrollo de los personajes y la complejidad de la narrativa a cambio de riqueza visual. Ahora, con la película, podemos apreciar mejor la relación entre el rey Leónidas y su esposa, la sutil dinámica entre los soldados y las motivaciones de Jerjes. Pero, por el lado negativo, Snyder y sus co-escritores también inflan innecesariamente la historia, como ocurre en el particular caso de una subtrama que incluye un posible golpe de estado en Esparta, con el rey ausente. Quizás sean escenas pasables por sí mismas, pero rompen el implacable ritmo de la batalla y extienden innecesariamente la duración del filme, que no puede evitar sentirse algo cansado en algunos momentos.

Afortunadamente, las elaboradas secuencias de acción compensan las fallas, mostrando asombrosas imágenes, nunca realistas pero siempre espectaculares por su envergadura, creatividad o por la atención puesta en los detalles. Y, claro, por su violencia. No obstante, aunque hay abundante sangre digital en 300, rara vez tienen impacto emocional los constantes empalamientos, decapitaciones y sablazos. Tanto en la batalla como en las partes “lentas” de la película, las emociones permanecen ausentes o enmudecidas. Quizás haya un par de escenas un poco más emotivas (como la despedida entre Leónidas y su esposa), pero el resto de la historia es curiosamente estéril y trivial.
En una obra más seria o solemne eso sería una importante tara… pero en un cómic filmado que sólo desea encontrar momentos épicos y memorables para ofrecer imágenes heroicas y sobre-diseñadas, es perfectamente natural y hasta provechoso el poder disfrutar del espectáculo visual sin grandes malabares narrativos. Si la historia y las emociones respaldaran con igual celo las imágenes, Zack Snyder tendría en sus manos un largometraje extraordinario… pero al moderar su ambición consiguió tan sólo una película muy entretenida y muy atractiva, pero de nulo significado. Aun así, lo pasé muy bien.

La película 300 está basada en el cómic homónimo de Frank Milller, cuya obra anterior, Sin City, que ya había sido adaptada por Robert Rodríguez (y él mismo), tiene muchas similitudes con la presente cinta; ambas intentan imitar el aspecto de los cómics y el particular estilo gráfico de Miller. Así, hay que decir que, como imitación, 300 es perfecta, pero como película es un bodrio.
El guión, escrito por el propio director Zack Snyder junto a Kurt Johnstad y Michael Gordon, es pésimo, lleno de tópicos, saturado de sucesos banales y cuyas escenas se suceden una tras otra sin coherencia. Todo acontece de forma aleatoria y por capricho de los guionistas, en lugar de dejar fluir las situaciones de forma natural. Así mismo, la intriga palaciega, que no existe en el cómic, es de lo más explotada y convencional, creada para otorgar más metraje al film, y que además parece un intento de ser políticamente correcto, dando más papel a una mujer, aunque no se ajuste a la trama.

La dirección de Snyder es inexistente, más preocupado por imitar escenas y viñetas del tebeo, que estilísticamente pueden parecer bonitas, pero que en los resultados se muestran carentes de ritmo y emoción, siendo meras ilustraciones de una historia que se dibuja (en movimiento) en lugar de ser narrada. Por tanto, el realizador de Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 2004) interesante remake de la segunda película sobre zombies de Romero, Zombi (Dawn of the Dead, 1978), no intenta en ningún momento dotar de coherencia a lo narrado, sólo le preocupa erigir secuencias impactantes para epatar al público y demostrar lo bueno que es rodando escenas de acción, así a una batalla espectacular la continúa otra igual, insertando de vez en cuando las incidencias en Esparta, en una pretensión de contar una historia, pero lo que en realidad consigue es fragmentar el poco ritmo del visionado. Por tanto, lo que el espectador ve es un sinfín de escenas de cabezas y miembros amputados, rinocerontes desbocados, seres deformes más propios de una producción de la Troma, luchas y explosiones; vamos, entretenimiento puro y duro, pese al infantil intento de bruñirlo por una pátina de arte al modo en que lo entiende el más convencional público americano
El cómic de Frank Miller es bastante escueto en diálogos, pero lo que sucede en la película es una sobresaturación de frases rimbombantes y supuestamente profundas, declamadas como si de una adaptación shakesperiana por parte de Laurence Olivier se tratara, muchas de ellas extirpadas del propio tebeo, pero que en boca de los actores queda artificioso y pueril, con frases como: “!Espartanos! Desayunad bien, porque esta noche cenaremos en el infierno” como ejemplo de ello.
Hablar del trabajo de los actores es un poco difícil, ya que en unos momentos parecen estar estupendos y en otros muy estáticos, como si no quisieran moverse para que los retoques infográficos no fallasen, si bien la sobreactuación alcanza por momentos a Gerard Butler (Leónidas) o Rodrigo Santoro (un Jerjes que es casi un plagio del Ra de StarGate, la película).
300 podría haber sido una buena película de aventuras épicas si se hubiese contado con un buen director y no se pretendiese hacer un calco literal, sin personalidad, del cómic. Un filme con menos ínfulas y más sentido de la diversión hubiese sido perfecto. Eso también nos conduce al cándido (pero sibilino a un tiempo) mensaje político de la cinta, donde se nos muestra a los espartanos como guerreros viriles y aguerridos y al enemigo como pervertidos lujuriosos que se vuelcan a todo tipo de perversiones, enemigo que en ocasiones es mostrado como verdaderos monstruos. También se puede percibir una clara alusión a lo acaecido con la guerra de Irak. Los espartanos deben luchar contra los persas para defender la libertad, su modo de vida y la de todos los europeos (citándose literalmente a Europa cuando ésta aún no existía)… En fin, un mensaje que sonrojaría a más de uno… Una película poco recomendable para aquellos que piensan que el cine es algo más que una sarta de batallitas y músculos sudorosos, gritos aleccionadores y estética facilona.

No estamos ante cine; esto es otra cosa. ¿Cómo aplicar unos innecesarios criterios cuando se separan brutalmente la imagen y el contenido? ¿Cómo abarcar en una mirada de 180¬∫ todo el trayecto recorrido desde finales del s. XIX hasta este momento, que de manera abrupta zarandea la Historia? Tampoco basta la simplista categorización del espectáculo porque sí, del argumento sin segundos ni terceros visos. Ni es válido sacar trescientos pies al gato y elevar ilusionismos volátiles. Si espartanos y persas se enfrentan a muerte en una batalla de consabida desigualdad, otras dos centurias -perdónenme el término romano, pero es que la cinefilia tiene mucho más de invasora que de revolucionaria cultural- se tiran las lanzas a los ojos: quienes repudian sólo por el lejano olor cualquier producto asociado a las palabras videojuego, cómic, novela gráfica, y quienes los acogen en sus brazos sin nunca cuestionárselos. Tan peligroso es un esnobismo como el otro, tan empapada del deseo de la sangre del otro está una mirada como la otra. Al fin y al cabo, esto es la guerra.
Las contradicciones en la naturaleza del análisis de 300 alcanzan unas cotas altísimas. Que los viejos pergaminos ya no nos sirvan para abordar un episodio clásico y tengamos todavía que esperar a que se formule un lenguaje aún desconocido y embrionario. Y, sin embargo, la propia película se debate entre la facilidad de continuar dónde estamos y el riesgo de lanzarse hacia delante. Puede decirse que la poesía salvaje que desprende el filme se encuentra perdida en un mundo de intereses a los que no se adecua. La sucesión de medidos -excesivamente medidos- planos responde a un fin dramático, pero no sigue ninguna estela narrativa. Es la muerte del clasicismo, de los sentimientos para dar paso a las emociones, del recorte de las ideas por el escaso hueco que ocupan los ideales. Por otra parte, un panegírico ya anunciado en anteriores objetos de culto para el amante de un errado postmodernismo, aunque en esta ocasión la fuerza de las imágenes termine usurpando el trono.
Bajo un nubarrón de flechas que oculta el sol, los espartanos se ríen. Y van dirigidas a ellos. En esta socarronería castrense no se oculta el discurso de desprecio interracial que algunos se han extraído de la manga, sino una dolorosa transposición del espíritu de la película: el acuse de cobardía por la utilización de medios distantes, lejanos y fríos se extiende a la propia armadura de la historia, rodada en no menos frías pantallas azules. ¿Es un chiste de Zack Snyder? En todo caso, se trata de una conmovedora toma de conciencia, por encima de los resultados inestables que alcanza la cinta. El razonamiento que trenza a los 300 se vuelve más metonímico si cabe porque su situación es la misma que la del director, atrapado sin remordimientos a la fidelidad de las viñetas. ¿Puede existir libertad en esas condiciones, puede alumbrarse una obra auténticamente novedosa junto al mantenimiento del punto de vista de Frank Miller? Otro paso más que Frank Miller’s Sin City: Ciudad del Pecado (2005), sonriente cual Jessica Alba coreografiada, desde el momento en que dentro de esos encuadres-calco palpita una duda. Y las contradicciones siguen extendiéndose: el delicado equilibrio de una épica que puede despertar tanto exacerbadas sensaciones risibles como bellas acerca de algo despreciable. El propio público, al que se ha rebajado hasta el punto de venderle con aromas míticos una Historia que ya no traga, empieza a cansarse de los recursos que solicitaba con ímpetu. De ahí la furia de los historiadores que no se dan cuenta de que este relato se circunscribe en unas coordenadas heroicas y populares, no académicas, y el carcajeo del espectador medio saturado por una galería de monstruos más feos que el jabalí de Erimanto.

Los espartanos se definen como hijos de Heracles, si bien las pruebas que van a superar en el paso de las Termópilas tienen jueces más duros que los dioses olímpicos. Un ataque elitista que va mal encaminado, pues los fallos de 300 no provienen de donde apuntan sus dedos acusadores, a saber: la violencia, no mayor que en una de Tarantino ni en el debut del propio Snyder; ahora se llama violencia a cualquier cosa explícita, obviando con reglas hipócritas terrorismos igual de duros ejercidos desde el cine. La estética videoclipera, a veces tan cargante como un anuncio de perfume -el éxtasis del Oráculo-, pero que se renueva mediante complejos
“guerras de flechas”
combinados con “zooms” y desaceleraciones. Y, por supuesto, la lectura política, tan ingenua como inevitable desde que cualquier espectador puede cuestionarse el presente cuando se pone ante sus ojos el pasado. Una Grecia en absoluto fiel o fidedigna a las enciclopedias, pero que tampoco persigue actualizar conflictos actuales para inyectar moralinas de rápido caducado. Si hay alguna coincidencia -o muchas- se debe al repetitivo esquema que ha regido las acciones humanas: el escepticismo ante la religión en medio de los avatares -el dios persa es un rey que sangra, los dioses helénicos regalan espectáculos futboleros a su masa ferviente-; la lucha por la construcción de un mundo que será recordado por sus ruinas, veneradas en montes y museos; y el choque cultural, representado en el propio enclave de las Termópilas, un estrecho desfiladero con el que Occidente pretendía ahogar la penetración oriental -y no falta la parodia de un mundo persa libidinoso que sólo atrae la deformidad del bando contrario-.
Con ese material, acompañado de tanta ambig√ºedad, de tantas miradas como espectadores, es muy fácil que surjan lecturas de todo tipo, fascistas, homófobas y homosexuales, seguramente todas con su punto de razón. Pero en cualquier caso la verdadera herida se abre en el sentido artístico de 300. Al margen de la novela gráfica, sumida en el respeto -pueden encontrarse hasta los más ínfimos detalles, como el Leónidas que muerde una manzana, también con hercúlea predestinación-, la película escarcea por la hipérbole, las muertes exageradas, los ejércitos imposibles, la política del “más difícil todavía”, sin que los ojos se topen con algo decididamente nuevo. Incluso el imaginario de Gladiador (2000) se repite en los lemas de honor -esa hermosa palabra olvidada- y los trigales de connotaciones fúnebres, el símbolo griego de una extensión sin horizontes, como la eternidad y la muerte. Las palabras que explicitan todo esto -sin contar la poderosa voz en “off” de David Wenham- recaen en unos diálogos endebles, resultado de una cinta no concebida para el desarrollo tradicionalista en el que terminan sumiéndose sus tramas secundarias.