BABEL

Película estrenada entre 2006

Director: Alejandro González Iñárritu. 2006. EE.UU.-México. Color
Intérpretes: Brad Pitt (Richard), Cate Blanchett (Cate Blanchett), Adriana Barraza (Amelia), Gael García Bernal (Santiago), Elle Fanning (Debbie)

Una adolescente sordomuda japonesa necesitada de cariño tras la muerte de su madre; un matrimonio estadounidense que emprende un viaje por lo más recóndito de Marruecos con la esperanza de poner fin a una crisis de pareja; dos niños marroquíes que provocarán un conflicto diplomático por jugar con armas; y una niñera mexicana perdida en un desierto junto a los dos pequeños a los que cuida y quiere como propios. Rodadas además en diferentes formatos para dar mayor verosimilitud, estas historias poco parecen tener en común, pero el nombre de Babel no es azaroso: a todas une la falta de comunicación en un mundo globalizado, en el que la teoría del caos
y su efecto mariposa
se materializan en acontecimientos de tal magnitud que asusta.
En las lejanas arenas del desierto de Marruecos suena un disparo que desencadena una serie de acontecimientos fortuitos que servirá para conectar a una pareja estadounidense en su desesperada lucha por sobrevivir, con los dos chicos marroquíes responsables involuntarios del accidente, una niñera que cruza la frontera de México ilegalmente con dos niños estadounidenses y una adolescente japonesa sorda y rebelde sobre cuyo padre pesa una orden de busca y captura. A pesar de las enormes distancias y de las culturas tan antagónicas que los separan, estos cuatro grupos de personas comparten un destino de aislamiento y dolor.
Sólo bastarán unos pocos días para que se encuentren totalmente perdidos, perdidos en el desierto, perdidos para el mundo, perdidos para sí mismos, mientras avanzan hacia el borde del abismo de la confusión y el miedo al tiempo que se hunden en las profundidades de las relaciones y del amor.

Nota inicial: parece mentira que una película como Babel, que basa buena parte de su historia en la incomunicación por los diversos lenguajes del ser humano -no sólo sonoros: también el de los sordomudos-, se haya distribuido en España, mayoritariamente, doblada al español en casi todos los idiomas que se hablan en la cinta (y son muchos: inglés, español, árabe, japonés), perdiéndose así una notable cantidad de matices. Y no vale decir que el público español no gusta de subtítulos (lo que es cierto, lamentablemente), porque toda la parte del lenguaje de sordomudos bien que está subtitulada. En fin, lo habitual en los distribuidores, con su acostumbrado desprecio al espectador
En cuanto a Babel propiamente dicha, la tercera película del mexicano (de evidentes orígenes español/castellano -ese González – y español/vasco -ese Iñárritu-), tras las espléndidas Amores perros (2000) y 21 gramos (2003) confirma la entidad del cineasta, aunque también es cierto que baja un punto sobre el excelso nivel alcanzado en aquellas dos joyas. Como en sus anteriores empeños, Iñárritu cuenta aquí también varias historias que confluyen unas con otras, un cine de la intersección o de la interdependencia. En este caso, además, hay un evidente empeño en dotar a estas distintas líneas narrativas de un tono que recuerda, de alguna forma, ese efecto que antiguamente llamábamos dominó y que ahora se suele denominar mariposa (ya saben: “si una mariposa bate sus alas en Vietnam, puede provocar un terremoto en México”), aunque también podríamos hablar de carambolas de la vida, o de mero azar. El hecho es que la concatenación a partir de un suceso concreto (dos preadolescentes marroquíes, pastores y descerebrados, como corresponde a su edad, disparan por juego, y le aciertan, a un autocar de turistas) es inexorable: la vida relativamente cómoda de la nana mexicana de los niños del matrimonio herido devendrá en catastrófica; la vida de la familia de los preadolescentes magrebíes cambia de la noche a la mañana; la propia existencia del matrimonio yanqui en tierras rifeñas se convertirá en una especie de variante del clásico El cielo protector, de Paul Bowles, cuando el firmamento parece desprenderse sobre su vida muelle de riquitos gringos, aunque también, como los ricos, lloren.
El segmento más flojo, para mi particular punto de vista, es el que se desarrolla en Tokyo, con la adolescente sordomuda con graves problemas para relacionarse con los hombres, y no precisamente por falta de ganas, sino por complicaciones en la comunicación. En este caso el engarce con las otras tres líneas argumentales es casi inexistente, apenas un vínculo muy pillado por los pelos, el mero rifle cuyo uso desencadena la tragedia.
Incomunicación, tercer milenio: como un Antonioni hodierno, hispano y cosmopolita, Iñárritu habla de los problemas para comunicarnos con nuestros semejantes: pueden ser derivados de los distintos idiomas que hablamos en esta Babel de lenguas que es el mundo, o de los diversos lenguajes con que nos hemos dotado; pero también pueden deberse a la falta de sensibilidad para entender al otro, sabiendo que hay mundo más allá de nuestro ombligo.

A
pesar de poseer una corta carrera formada tan sólo por dos largometrajes y uno de los episodios que formaban parte de la película episódica 110901 acerca de los atentados de tan fatídico día, el cineasta Mexicano Alejandro González Iñárritu se ha erigido en uno de las autores más sólidos e interesantes del panorama cinematográfico actual. Por méritos propios, se ha forjado la etiqueta de autor comprometido y racional, capaz de diseccionar el alma humana para mostrar los rincones más oscuros, íntimos y personales de cualquier ser humano en cualquiera de sus títulos.
Como buen autor que se precie, Iñárritu sigue una estela concreta película tras película, que si bien añade complejidad a su obra con cada nueva entrega, no resta interés al trasfondo moral que desprenden sus imágenes, estableciendo un perfecto equilibrio entre contenido y continente. Gran amante de una puesta en escena dura, seca y directa, visualmente poética pero sin estridencias, capaz de saber introducir y utilizar dramáticamente todos los elementos cinematográficos de los que dispone, tal como el montaje, el sonido, y recursos de dirección como la utilización del fuera de campo o una cámara nerviosa que profundice en los personajes, su estilo, del mismo modo que cualquier buen cineasta, es fácilmente reconocible, sin que ello constituya una marca de fábrica acomodaticia en la que basar sus traslados en imágenes de las complejas historias que narra.
Y Babel, es un claro ejemplo de todo ello. Amparado en un guión de su habitual y muy interesante Guillermo Arriaga, Iñárritu vuelve a incidir en el alma humana como motor conector de varias historias que a priori no tienen nada que ver entre sí, pero que después establecerán una conexión directa afectando a todos y cada uno de los personajes que pueblan ese pequeño microcosmos. Un microcosmos que no es otra cosa que una versión reducida y simplificada de la humanidad en general. Iñárritu vuelve a desglosar las emociones humanas en una historia angustiante donde incide de nuevo (cambiando el argumento) en las cuestiones que tanto parecen obsesionarle película tras película.

La gran diferencia que marca Babel respecto a sus otros largometrajes, es sin duda la ambición que acompaña a ésta. Ambición en el sentido de pretender ir más allá al establecer paralelismos entre varias historias y sus respectivos personajes, que en esta ocasión suceden en cuatro continentes distintos, lo que provoca y aumenta el no entendimiento de la gente, ya que el director de Amores Perros se preocupa en dejar claro que el mensaje que pretende ofrecer no es otro que la falta de comprensión que existe hoy en día en el planeta. Ya sea en Marruecos, Japón o México, las similitudes y paralelismos son iguales, siendo las fronteras geográficas, meras excusas y distancias mínimas que se tornan absurdas ante los graves conflictos internos de las gentes que las pueblan.
Del mismo modo que en sus anteriores largometrajes, un pequeño incidente inductor sirve de punto de partida para establecer toda una serie de circunstancias que servirán como reacción en cadena para que las vidas de los personajes separados por miles de kilómetros, culturas y vidas diferentes, tengan un nexo común y acaben interconectadas. En esta ocasión, Iñárritu muestra una dirección mucho más madura y concisa, ayudándose y utilizando muy bien los diferentes espacios en los que se realiza la acción, cuyo estilo de vida y situaciones marca un cambio de estilo visual. Desde el predominio del rojo en Marruecos, hasta la tonalidad oscura de Japón, Iñárritu une a sus personajes con su habitual cámara nerviosa, cercana a los personajes, y montaje cortado, pero separándolos por el espacio en el que se encuentran. El cineasta se esfuerza en separar todas las historias cinematográficamente mediante la fotografía, montaje y tonalidad, para que sea el tono y la historia la que acabe uniendo a tan aparentemente diferentes culturas. Si bien la dirección está mucho más trabajada y realza mucho más las intenciones de Iñárritu, el guión es el gran fallo de la película.
Y no es que sea un mal guión, todo lo contrario, Arriaga consigue de nuevo crear unos personajes humanos, creíbles y acordes con la historia, pero acarrea un gran lastre. Y ese lastre no es otro que 21 Gramos. Quizás sea porque la película citada tocaba techo en cuanto a hondura y psicología de los personajes, o quizás sea porque 21 Gramos alcanzaba el grado de angustia necesaria para establecer un pico demasiado alto para superarlo. Quizás sea porque Babel recuerda demasiado a su predecesora para resistir la comparación. Sin duda alguna, si Babel hubiera precedido a 21 Gramos, sería una progresión dramática y de obra interna más lógica, pero viniendo tras ésta, Babel resalta como una buena película sí, con grandes momentos, pero que deja un sabor de boca amargo tras haber saboreado un plato exquisito en su anterior película y sobrevolar el fantasma de la comparación sobre esta cinta. Aún así, por suerte Babel es una película necesaria y una buena muestra de que por suerte siguen existiendo voces capaces de emocionar, y hablar seriamente y con rigor sobre temas demasiado reales, y de que el cine es capaz de entregarnos de vez en cuando obras que nos hacen no perder la esperanza en esto de las películas.
Notas de producción
La torre de Babel del rodaje de Babel
Babel: Nº 1. La Biblia habla de una famosa torre construida por los hombres
con el fin de alcanzar los cielos. Dios, enojado, la destruyó
y esparció a los seres humanos por todo el planeta,
separándoles y haciéndoles hablar diferentes lenguas.

Rodada en el transcurso de un año en tres continentes, protagonizada por un reparto multiling√ºe encabezado por Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García Bernal, K√≠¬¥ji Yakusho, Adriana Barraza y Rinko Kikuchi, además de actores no profesionales procedentes de Marruecos, México y Japón, la película ha acabado siendo, para todos los que han participado en ella, un viaje físico y psicológico muy parecido al que realizan los personajes.
El filme cuenta la historia de unas personas a la deriva por las barreras culturales y la imposición de las fronteras, pero el director y su equipo se enfrentaron a estos problemas meses antes de que empezara el rodaje.
Para el director Alejandro González Iñárritu, premiado por la Academia, hacer esta película ha sido el equivalente a un recorrido transformador. Según dice, ha sido el mayor reto fílmico al que ha tenido que enfrentarse y que ha cambiado a todos los que se han visto involucrados.
Babel cobró vida a partir de la necesidad moral de liberarme y hablar de cosas que me llenaban el corazón y la mente: el dolor que existe en el mundo, en lugares cercanos o distantes, simbolizado por el estudio de tragedias personales”.
“La realización de Babel ha sido en sí una especie de torre de Babel”, añade el director. “El rodaje no ha tenido nada que ver con lo que había hecho hasta ahora. En realidad, ha sido como rodar cuatro películas diferentes, intentando sumergirnos en cuatro culturas y no verlas desde un punto de vista foráneo. Para empezar, la logística ya era todo un reto, pero lo más difícil era la parte emocional e intelectual. Babel no solo era un viaje externo, sino interno. Nos ha transformado a todos sin excepción. La película también cambió porque me vi obligado a reescribir cada historia según la cultura y las circunstancias”. Como suele pasar en estos casos, el choque de puntos de vista diferentes tanto ideológicos como físicos acabaron por transformar no sólo la perspectiva del director, sino el proceso creativo en sí.
Alejandro González Iñárritu reconoce que la idea de rodar Babel es una causa directa de haber salido de su país natal y por su estado anímico actual. “Babel no contesta a la pregunta ¿De dónde soy? sino más bien a la de ¿Adónde voy?.
“Lo mejor de Babel fue que empecé rodando una película acerca de las diferencias que separan a los seres humanos, las barreras físicas y del idioma, pero en el camino me di cuenta de que estaba haciendo una película acerca de lo que nos une, el amor y el dolor. Es muy posible que lo que hace feliz a un marroquí y a un japonés sea muy diferente, pero lo que nos hace sentir mal es lo mismo para todos”, dice el director.
Al rodar una película que cruza fronteras, culturas, conflictos y las barreras internas que las personas interponen entre ellas, Alejandro González Iñárritu y su equipo tuvieron que abrirse camino entre un laberinto de idiomas, estilos de vida y personalidades diferentes.
“Durante el rodaje tuvimos problemas muy parecidos a los que están en la película; la comunicación no fue nada fácil”, explica el director. Babel depende de cientos de personas procedentes de diversos lugares del mundo. Por ejemplo, en el plató de Marruecos se hablaba árabe, bereber, francés, inglés, italiano y español. Incluso teníamos actores de la misma ciudad que no hablaban el mismo idioma; fue todo un reto conseguir que se entendieran”.
La película Babel, inspirada en la cacofonía de voces humanas que surgió de la torre bíblica, narra cuatro fascinantes historias que transcurren en puntos muy alejados del planeta, pero que de algún modo están unidos. Todo empieza a partir de un hecho trivial -un turista olvida un rifle de caza en Marruecos- que desencadenará una serie de interacciones personales y globales. Aunque vuelve a los temas de sus dos películas anteriores, 21 gramos y Amores perros, el destino y la interconexión, esta película va más lejos, es un lienzo mucho más grande desde el punto de vista emocional, intelectual y geográfico.

“La única razón por la que estas tres películas pueden considerarse una trilogía, aparte de tener una estructura parcialmente coincidente, es porque, al fin y al cabo, son historias de padres e hijos. Lo son `21 gramos¬¥ y `Amores perros¬¥. A pesar de que hay temas sociales y políticos implícitos en Babel, no deja de ser un cuarteto de historias muy intimistas”, dice Alejandro González Iñárritu.
Uno de los objetivos principales del director era evitar a toda costa retratar las diferentes culturas desde el punto de vista convencional de un extranjero, pues destruiría la intimidad que el espectador crease con los personajes multiculturales. Para conseguirlo, se sumergió en lo que él describe como “un proceso de observación y absorción”, quedándose largos periodos de tiempo en los países donde rodaría, observando las costumbres locales. Además recurrió a numerosos actores no profesionales que hicieron gala de una naturalidad sin igual además de aportar conocimientos únicos de las sutilezas culturales locales. A pesar de que muchos actores nunca habían visto una cámara de cine, el director dejó que reaccionaran a las situaciones dramáticas de la película de acuerdo con sus pautas culturales.
Esta forma de narrativa ayudó a romper las barreras que tan a menudo rodean a los personajes foráneos en las películas de Hollywood. Para el director, una de las mayores dificultades era representar honradamente el entorno cultural de cada personaje, además de mostrar el conmovedor e innegable humanismo de cada historia.
“Las auténticas fronteras, más que líneas físicas exteriores, están dentro de nosotros, son barreras del mundo de las ideas. Entendí que lo que nos hace felices como seres humanos puede ser muy diferente, pero lo que nos hace desgraciados y vulnerables, más allá de la cultura, la raza, el idioma o el nivel económico, es lo mismo para todos”, dice Alejandro González Iñárritu.
“Descubrí que la mayor tragedia humana es la incapacidad de amar y ser amados, la incapacidad de tocar y ser tocados por este sentimiento que sin embargo es la razón de ser de todos los seres humanos. Por eso Babel se transformó en una película acerca de lo que nos une, y no de lo que nos separa”.
La creación de Babel: el guión
El núcleo de Babel es un tema candente del siglo XXI, la comunicación. La película estudia la incómoda contradicción que representa vivir en un mundo donde la comunicación, gracias a las últimas tecnologías, es relativamente simple en el ámbito global, pero donde sus habitantes se sienten aislados y alejados los unos de los otros.

Esa fue la razón por la que Alejandro González Iñárritu escogió la palabra Babel para el título de la película, pensando en la torre de Babel del Génesis. Durante siglos, la ira de Yahvé y la consiguiente dispersión de una humanidad que ya no podía comunicarse, sirvió para explicar por qué no teníamos la misma cultura ni hablábamos la misma lengua. Para el director, también nos recuerda que seguimos divididos por barreras y malentendidos superficiales.
“Quería expresar con una palabra la idea general de la comunicación humana, sus ambiciones, su belleza y sus problemas”, dice el director, refiriéndose al título de Babel para la película. “Barajé muchos títulos, pero cuando se me ocurrió la historia del Génesis, vi que era la metáfora perfecta. Todos tenemos un idioma propio, pero creo que compartimos la misma espina dorsal espiritual”.
Alejándose de las condiciones de rodaje de sus dos anteriores películas, filmadas en países familiares y conocidos, el director era consciente de que Babel no sólo requería una mayor inmersión en un complicado viaje emocional e intelectual, sino también una forma de explorar otras culturas y modos de ver el mundo a través de una película mucho más compleja. Y, como suele pasar, el enfrentamiento de puntos de vista culturales tan diversos en el plano ideológico y físico acabaron por transformar su perspectiva personal y el mismo proceso creativo.
El director no quería relatar las historias de personajes nacidos y criados en los lugares retratados en la película desde el punto de vista de un extranjero. Para evitarlo, se sumergió en un proceso de “observación y absorción”. Además de observar cuidadosamente las costumbres cotidianas locales, decidió trabajar con actores locales no profesionales que le aportarían un mayor contacto con los detalles culturales. Para alcanzar su objetivo, dejó que estos actores noveles reaccionasen de forma natural ante situaciones que quizá no tenían el mismo significado en otro país. Muchos no habían visto una cámara de cine antes.

La idea de la película surgió incluso antes de rodar 21 gramos. Unieron sus fuerzas el aclamado guionista Guillermo Arriaga y el director para escribir la historia y concluir la trilogía que había empezado con Amores perros. “El talento de Arriaga es extraordinario. Ha sido un colaborador de gran importancia. Su estilo es profundo y poderoso; técnicamente, sabe manejar sus herramientas con precisión”, dice Alejandro González Iñárritu.
La primera historia trata de una pareja estadounidense que debe luchar por sobrevivir después de un trágico incidente durante unas vacaciones en Marruecos, país del que no entienden ni la cultura ni el idioma. La paradoja representada por la relación que une a los personajes interpretados por Cate Blanchett y Brad Pitt simboliza claramente una falta de comunicación más íntima. “Desde fuera puede pensarse que es una pareja que se pierde en el desierto, pero en realidad son dos seres que se han perdido y que vuelven a encontrarse en su soledad”, explica el director. “A mi modo de ver, Richard y Susan no forman una pareja que se encuentra y se pierde en el desierto; son dos personas que se han perdido el respeto y que van al desierto para reencontrarse. La clave está en el hecho de la pérdida de un hijo, y el dolor y el sentimiento de culpa que les invade a partir de esa desgracia”.
Mezclada con este drama matrimonial está la historia de dos niños marroquíes que involuntariamente ponen en peligro muchas vidas y dan pie a una serie de acontecimientos inimaginables para ellos. Su falta de comunicación es más habitual; se trata de una rivalidad que culmina en una decisión inocente aunque errónea. La historia de estos niños trata más bien de la desagregación de una familia musulmana de elevada espiritualidad, que de un niño perseguido por la policía. Para el padre de Yusef es quizá más importante que el niño espíe a su hermana cuando se desnuda a que haya disparado contra un autobús. Cuando los valores se derrumban, ya nada tiene sentido. Cuando un eslabón se rompe, la cadena no aguanta.

La tercera historia gira alrededor de una niñera mexicana que trabaja para una rica familia californiana y que también toma una decisión equivocada, la de cruzar la frontera ilegalmente con dos niños estadounidenses. Esta fábula resume la situación de miles de personas que intentan cruzar la frontera de Estados Unidos, la frustración de los emigrantes en el extranjero, la incapacidad de expresar su deseo de una vida mejor.
La última historia trata de un padre viudo que intenta conectar emocionalmente con su hija sorda en la inmensa urbe de Tokio. Este relato acerca de una adolescente que intenta suplir la falta de afecto por la sexualidad, expresa otra faceta del lenguaje, la física. Según Alejandro González Iñárritu: “La comunicación no sólo es lo que se dice o no se dice, también es lo que se evoca físicamente. En el caso de Chieko, la adolescente japonesa, no tiene madre, pero tampoco tiene palabras. Si no se tiene la opción de tocar o ser tocado por las palabras, el cuerpo se convierte en instrumento, arma o invitación”.
Cada una de las historias involucra a padres e hijos, tragedia y trascendencia, lo personal y lo global, y el irreprimible deseo de comunicación.
En opinión de Alejandro González Iñárritu, el lenguaje universal y visual del cine es un camino que permite a los artistas traspasar las fronteras y la falta de comunicación tal como lo explora en Babel. “Creo que los idiomas pueden ser como espejismos que nos engañan y confunden. Pueden hacer que desconfiemos de los otros. Y creo que no hay mejor herramienta para romper la barrera del idioma que la fuerza de la imagen y de la música. No es necesario traducir una imagen porque despierta emociones universales. El cine es un auténtico esperanto”, acaba diciendo.
El reparto de Babel
Para dar vida a los personajes de Babel, Alejandro González Iñárritu reclutó a un reparto muy diverso compuesto por auténticas estrellas y actores no profesionales que en muchos casos no tenían en común ni la experiencia ni el idioma. A pesar de todo, cada uno aportó algo único a la película. En opinión del director, un reparto semejante representaba un reto fantástico. “Una cosa es dirigir a actores en un idioma que no es el tuyo; otra cosa es dirigir a actores en un idioma que no conoces, pero también está dirigir a personas que no son actores en un idioma que no entiendes”, dice Alejandro González Iñárritu, que tuvo que enfrentarse a los tres casos durante el rodaje de Babel.

El casting empezó con la pareja estadounidense que aún no se ha repuesto de la pérdida de su hijo. Para interpretarlos, Alejandro González Iñárritu escogió a dos de los actores más solicitados de Hollywood, la taquillera estrella Brad Pitt y la oscarizada actriz Cate Blanchett.
Brad Pitt encarna a Richard Jones, un hombre profundamente dolido que se encuentra en medio de un terrible dilema muy lejos de su hogar. El director quería a “un icono del hombre americano” para el papel. Dice: “Me parecía importante ver a un estadounidense -como Brad- metido en un lío en un país islámico en el momento actual. Aunque el papel, a primera vista, no parecía el adecuado para un actor tan reconocible como Brad Pitt, es justamente lo que más me gustaba. Es un icono, pero siempre me ha parecido que tiene una presencia magnética que va mucho más allá de su popularidad. Nunca había interpretado un papel así y me entusiasmaba la idea -creo que a él también- de transformarle en un hombre de mediana edad en plena crisis. Estuvo asombroso y me dio todo lo que llevaba dentro”.
Para el papel de Susan, la mujer de Richard, Alejandro González Iñárritu sabía que necesitaba a una gran actriz. Cuando suena un disparo en medio de la nada y una bala rompe la ventana del autobús y penetra en el cuello de Susan, se queda en un semi-coma durante la mayor parte de la película. “Me pareció que sólo una actriz de la talla de Cate sería capaz de hacer algo interesante teniendo en cuenta que casi siempre está tumbada en el suelo”, dice el director. “Más aún, los espectadores deben querer a Susan, y Cate es una actriz capaz de conseguir que se identifiquen con ella. Su papel tiene muy pocos recursos físicos, casi todo depende de sus ojos y de su capacidad para comunicar su dolor. La gravedad de la situación estaba en sus manos, pero es una actriz que facilita mucho la vida del director”. Y añade: “Nos ha demostrado que no existen los papeles `pequeños¬¥. Es una princesa a cualquier nivel”.

Cate Blanchett reconoce que al leer el guión “se quedó atrapada por la visión de Alejandro”. Luego pensó en las dificultades que planteaba su personaje: “Cuando hablé con Alejandro, mi primera reacción fue decirle: `Es una historia increíble, ¿pero qué hago yo aquí?¬¥ Aunque no tardé en darme cuenta del enorme reto que representaba comunicar al público el abismo de malentendidos que había entre Richard y mi personaje disponiendo de tan poco diálogo y tiempo en la pantalla”.
La actriz comprendió que la confianza que tenía en el director le era de gran ayuda. “Alejandro ha puesto mucho de sí mismo en esta película”, explica. “Fue muy generoso a la hora de compartir sus experiencias y nos ayudó a Brad y a mí a construir una historia en la que apoyarnos. A menudo nos dirigía en voz alta durante toda la toma, como si fuera una película muda, añadiendo mayor efecto a la inactividad de Susan. Ya lo dijo Scorsese: `Hacer cine es saber dónde colocar la cámara¬¥, y Alejandro lo sabe instintivamente”.
También disfrutó mucho trabajando con Brad Pitt. “Brad es incansable. El pobre tuvo que llevarme en brazos por un camino de piedras en cuesta durante horas”.
La actriz llevó a su familia a Marruecos y lo pasó bien conociendo el país. “Fue un placer ver a mis hijos participar en la vida del pueblo. Claro que no fue fácil. Lo que se ve en la película está muy cerca de la realidad, diferentes idiomas, calor, polvo y lejos de todo”.
Los dos hermanos marroquíes, Yusef y Ahmed, también eran de suma importancia para esta primera historia. Su reto adolescente para saber cuál de los dos dispara más lejos tiene consecuencias inesperadas para ellos y para el pueblo. Un disparo de una Winchester del calibre 270 basta para convertirlos en fugitivos supuestamente involucrados en una conspiración terrorista.
Para interpretar a los dos chicos, Alejandro González Iñárritu decidió recurrir a dos adolescentes que no eran actores. “Trabajar con personas que no son actores es un reto, pero también aporta más realismo”, dice. “Cuando empezamos el casting, vi que los actores marroquíes no parecerían auténticos, tenían la piel demasiado suave, se cuidaban demasiado”.

Diecisiete días antes de comenzar a rodar en Marruecos, los únicos actores seguros eran Brad Pitt y Cate Blanchett. Desde los alminares de las mezquitas de pequeños pueblos en el Sahara, se anunció que tendrían lugar castings, y cientos de personas hicieron cola para participar. Alejandro González Iñárritu cree sinceramente que es la mejor decisión que pudo tomar. Así fue como encontró a Boubker Ait El Caíd y a Said Tarchini. Los escogió por sus fascinantes y expresivos rostros que destacaban entre la multitud. También así encontró a Mohamed Akhezam, un informático de 27 años, el hombre ideal para interpretar a Anwar, el desesperado guía de Richard y Susan.
Para Mohamed Akhezam, actor aficionado, la oportunidad de trabajar en una película internacional de esta envergadura es “mágica e increíble”. Dice que los dos famosos actores intentaron hacerle sentir cómodo a pesar de sus diferencias culturales. “Cuando vi a Brad y a Cate por primera vez, sabía que eran grandes estrellas y que sus vidas eran muy diferentes de la mía, pero también son personas muy llanas, muy simpáticas”, dice Mohamed Akhezam. “Son muy naturales. Brad es bondadoso, me hacía sentir bien. Cate es muy tranquila, muy profesional. Respeto su concentración. La oportunidad de trabajar con ellos solo ocurre una vez en la vida”.
Para la emotiva historia de la niñera, que transcurre en la frontera de Estados Unidos con México, Alejandro González Iñárritu empezó buscando a la actriz para interpretar a Amelia, una inmigrante ilegal que cruza la frontera para ir a la boda de su hija y a la que abandonan en medio del desierto de Sonora con dos niños estadounidenses. El director vio a cientos de actrices biling√ºes. Fue su mujer, María Eladia, quien le habló de Adriana Barraza, que ya había trabajado con el director en Amores Perros, en el papel de la madre de Octavio.
“Adriana nos mandó una cinta y casi me puse a llorar viéndola”, recuerda el director. “Sabe sacar ese amor incondicional de madre, de mujer dura que ha sufrido mucho”. Como millones de ciudadanos mexicanos en Estados Unidos, Amelia es invisible. “En su encarnación de estas personas olvidadas, Adriana Barraza aporta un nuevo significado a la palabra `encarnación¬¥. Ha sabido imprimir a cada movimiento de su cuerpo, de sus manos, a sus miradas, la ternura y complejidad necesarias para que su personaje no sea un estereotipo. Es sublime”.

Una parte importante de la historia depende de los niños que entran con ella en México. Mike, interpretado por el desconocido Nathan Gamble, y Debbie, interpretada por Elle Fanning, permiten a Alejandro González Iñárritu desvelar un lado hasta ahora invisible de México a través de su ingenua perspectiva. “La sociedad estadounidense tiene ciertos prejuicios contra México. Por eso quería enseñar el país a través de la mirada de los niños, donde prevalece el ambiente de inocencia y de continuo descubrimiento”, dice el director. “Lo que para un adulto puede parecer sucio, excéntrico y pobre, para un niño puede ser divertido, atractivo y diferente. Me interesaba explorar una nueva faceta de un territorio que suele retratarse negativamente en el cine, y pude hacerlo gracias a los niños”.
Para el papel de Santiago, el hermano de Amelia que se emborracha y les lleva al desierto, Alejandro González Iñárritu habló con Gael García Bernal, el actor al que descubrió para interpretar a Octavio en `Amores Perros¬¥ y que se ha convertido en una estrella internacional.
“Pensé en Gael desde que la historia me vino a la mente”, recuerda. “No podía acabar este tríptico sin él. Es uno de mis actores favoritos. Ha interpretado con gran sutileza la complicada naturaleza de Santiago, que simboliza la doble personalidad de un cierto tipo de mexicano que puede ser encantador, simpático y entusiasta, pero que cuando bebe, es irresponsable, rencoroso y se enoja por nada. También demuestra lo que sienten algunos de los mexicanos que cruzan la frontera cada día hacia la policía estadounidense. La inesperada ira de Santiago no se debe a esa noche ni a lo que ha bebido, sino a los años de humillación y de resentimiento”.

El personaje de Santiago intrigó a Gael García Bernal. “Cuando Alejandro empezó a hablarme de Babel, me pareció conocer al personaje”, dice el actor. “No me gusta aceptar papeles con los que no puedo identificarme, pero me llegan muchos guiones con personajes así, narcotraficantes, miembros de bandas. Me bastó con leer 15 páginas de esta historia para saber que era diferente”.
Posiblemente la más íntima de las cuatro historias que componen Babel sea la que transcurre en la caótica ciudad de Tokio. Habla de una adolescente solitaria y de su padre viudo que están misteriosamente unidos al destino de los demás personajes de la película.
Para el papel de Yasijuro, el padre frustrado que no consigue comunicarse con su hija después del suicidio de su madre, Alejandro González Iñárritu escogió a uno de los actores más famosos de Japón, K√≠¬¥ji Yashuko. Aunque no es un papel muy grande, el director sabía que quería a un actor capaz de dejar una fuerte impresión en un tiempo relativamente corto. “El padre sólo aparece en un par de escenas, pero necesitábamos a un actor con mucha presencia y peso para que el espectador se acordase de él aunque ya no estuviera en pantalla”, dice el director. Y añade que admira “la economía de movimientos” de K√≠¬¥ji Yashuko.
En cuanto a la hija, Chieko, la enojada adolescente sordomuda de insaciable curiosidad sexual, empezó a buscarla a partir de 2004. Era consciente de que no sería fácil encontrar la mezcla de descaro, deseo y dolor, sobre todo en una actriz sorda. Cuando se presentó Rinko Kikuchi, de 24 años, Alejandro González Iñárritu se quedó asombrado por su talento, pero le retuvo el hecho de que la actriz no fuera sorda. Siguió haciendo pruebas a cientos de actrices durante los siguientes nueve meses, pero siguió pensando en Rinko Kikuchi y decidió darle el papel. “Nadie se había acercado al espíritu, a la tristeza y al aislamiento que ella había sabido transmitir”.

Incluso antes de que obtuviera el papel, la actriz estaba tan decidida a trabajar en la película que empezó a tomar clases de lenguaje para sordos. “Fue una decisión valiente y sabia”, recuerda el director. “A veces, la magia y el arte de la interpretación depende de la transformación”.
Durante el rodaje de Babel, Alejandro González Iñárritu tuvo que enfrentarse a una dificultad añadida. “La dirección de actores siempre es difícil. Dirigir actores en un idioma que uno habla más o menos es muy difícil, como tuve ocasión de descubrir con 21 gramos, pero dirigir a personas que no son actores en un idioma desconocido es la idea más ridícula, estimulante y satisfactoria que he tenido hasta ahora”, dice.
Para vencer los obstáculos de la comunicación, Alejandro González Iñárritu tuvo la ayuda de tres mujeres a las que describe como “más que traductoras” que le permitieron “dirigir como si el idioma no fuera un problema”.
“En Marruecos, he contado con Hiam Abbass. Más que una traductora, es la persona que me ha ayudado a construir una unión emocional con los actores árabes. Sin ella, jamás habría podido conseguirlo”, reconoce el director. “Y lo mismo pasa con Mariko y Rieko en Japón. Mariko, nuestra traductora de lenguaje para sordos, me ha permitido comunicarme con los miembros sordomudos del reparto. Juntos hemos tendido un puente de comunicación. Rieko ha sido mi traductora de japonés y ha hecho posible que mi voz se oiga y comprenda lo que, dadas las circunstancias, no ha sido tarea fácil”. En opinión del director, se han trascendido las barreras culturales e idiomáticas llegando al corazón de la temática de la película.

El aspecto de Babel
La fuerza visceral y la expresividad de Babel no dependen sólo de las interpretaciones, sino también de la particular fluidez visual de la película. Basándose en un estilo totalmente diferente de sus anteriores películas, Alejandro González Iñárritu ha querido combinar un hiperrealismo frío con secuencias más poéticas y oníricas que sirven para encaminar al espectador hacia la vida interior de los personajes.

Para conseguirlo, el director ha contado con la ayuda de colaboradores de primer orden como el director de fotografía Rodrigo Prieto, la diseñadora de producción Brigitte Broch, el compositor Gustavo Santaolalla y el técnico de sonido Martín
Hernández, todos ellos miembros del equipo de Alejandro González Iñárritu desde el rodaje de Amores perros.
“Durante un año recorrimos el mundo como una tropa de circo. Ha sido un proceso creativo en el que todos hemos dado lo mejor. He disfrutado de los mejores momentos en y fuera del rodaje con mi equipo de colaboradores. Sin ellos habría sido imposible concebir un solo minuto de película”, dice el director.
El director de fotografía Rodrigo Prieto (“Brokeback Mountain/En terreno vedado”), un maestro de la narrativa visual, ha sido de suma importancia a la hora de forjar el distintivo aspecto de la película. En colaboración con Alejandro González Iñárritu, escogió diferentes estilos fotográficos para cada una de las cuatro historias que conforman Babel sin por eso perder la cohesión.
“Representamos los viajes emocionales de cada personaje mediante el uso de diferentes calidades de películas y formatos”, explica Rodrigo Prieto. “Conseguimos aumentar la sensación de estar en otro lugar geográfico y emocional incrementando sutilmente las diferencias entre la calidad de imagen de cada historia; me refiero a la textura de la película, la saturación de color y la nitidez de los fondos. Al final combinamos digitalmente los diferentes formatos de los objetivos que usamos en un negativo, al igual que las culturas y los idiomas se unen en una sola película”.

La diseñadora de producción Brigitte Broch, ganadora de un Oscar por Moulin Rouge, se ha enfrentado a un reto complicado al rodar en tres continentes, desde los desoladores desiertos de Marruecos y México, a la modernísima ciudad de Tokio, mientras intentaba cumplir con el objetivo del Director: los esfuerzos del departamento artístico deben ser invisibles.
“Esta película ha sido una de las experiencias más difíciles, pero también una de las más inolvidables y gratificantes”, dice Brigitte Broch. “Desde tener que trabajar en los paisajes más asombrosos de Marruecos a observar la curiosa mezcla de la sociedad de Tokio me ha permitido entender mejor a los seres humanos. Decidimos pintar la película de país en país variando los tonos de rojo. Usamos tonos naranja tierra para Marruecos, un rojo vivo y eléctrico para México y pasamos a un rojo violáceo más sutil para Japón”.
La estética de la película también se ha forjado en la sala de montaje, donde Alejandro González Iñárritu ha colaborado con el oscarizado montador Stephen Mirrione para enfrentarse a la tremenda tarea de unir las piezas de Babel.
“Me gusta trabajar con Alejandro porque es implacable”, dice Stephen Mirrione. “No se queda satisfecho a menos que cada fotograma de la película haga sentir algo al espectador. En una película como Babel, significa que hay que fijarse microscópicamente en cada detalle de cada escena. Se rodaron más de 2.500 enfoques diferentes, ofreciéndonos una enorme selección de imágenes y sonidos. Hay unos 4.000 cortes en toda la película. Al igual que cuando se monta un mosaico a partir de diminutas teselas, no vi claramente lo que habíamos hecho hasta que me aleje un poco. Pero sigo descubriendo detalles, conexiones y nuevos significados en cada pase”.

Otro colaborador habitual del director se encargó de dar el emotivo toque final a la película. Nos referimos a Gustavo Santaolalla, compositor de la partitura ganadora de un Oscar de Brokeback Mountain/En terreno vedado. “ Babel es la tercera película en la que trabajo con Alejandro. En Amores perros y 21 gramos desarrollamos un lenguaje musical muy particular que nos ayuda a conectar con la profunda esencia visceral, humana y emocional de sus películas”, dice el compositor. “Para Babel hubo que encontrar un instrumento que uniera a todos los personajes y decorados, que mantuviera una identidad, pero que no sonara a la música de un documental de National Geographic. Encontré esta voz en un instrumento sin trastes, el `oud¬¥, el antepasado de la guitarra española, que suena un poco como el `koto¬¥ japonés. Este sonido, combinado con otros instrumentos, es la textura sonora de Babel“.
También se unieron al proyecto los productores Jon Kilik (“Alejandro Magno”, “Malcolm X”, “Pena de muerte”) y Steve Golin (“!Olvídate de mí!” y “Cómo ser John Malkovich”). “Ha sido maravilloso poder contar con la familia que estuvo conmigo en mis dos últimas películas, pero también ha sido fantástico trabajar con dos nuevos amigos y socios, Jon Kilik y Steve Golin. Ha sido un rodaje duro, pero su energía, experiencia y apoyo han sido absolutamente indispensables para este proyecto”, reconoce Alejandro González Iñárritu.
Desde el punto de vista de un productor, Babel planteaba numerosos problemas, pero el mayor era salvaguardar la integridad creativa de la película. “ Babel ha sido la producción más difícil y gratificante de mi vida”, dice Jon Kilik. “Desiertos lejanos, fronteras plagadas de policías, y una de las ciudades más pobladas del planeta no facilitan el trabajo de producción. Pero estoy muy orgulloso de la honestidad que desprenden las imágenes que retratan la vida en Marruecos, México y Japón”.
Steve Golin es de la misma opinión: “Nunca había trabajado con Alejandro, pero la experiencia de Babel no sólo ha sido memorable, no se parece en nada a ninguna otra película en la que haya participado”. Y añade: “Cada día tenía la oportunidad de observar métodos de rodaje dentro de un marco internacional, un auténtico reto e inspiración para un productor. Vencer las barreras idiomáticas para poder trabajar juntos ha hecho de este viaje algo realmente único”.
Los tres continentes de Babel
Curiosamente, cada uno de los decorados ha jugado un papel en la vida de Alejandro González Iñárritu. Hizo un viaje a Marruecos a los 17 años que cambió su vida. En el momento que descubrió los desiertos de brillo trémulo y las reposadas montañas, decidió que algún día rodaría una película en ese país. En esta época de terrorismo y miedo, el decorado cobró mayor relevancia en una historia de mala comunicación y razones equivocadas.

Los viajes que había realizado previamente a Japón también le convencieron de que algún día debía regresar con una cámara. En 2003, durante la promoción de 21 gramos, visitó Hakone, una montaña famosa por sus aguas termales. Allí vio a un anciano cuidar de una adolescente japonesa deficiente mental con amor y dignidad. La imagen se le quedó grabada y despertó la idea de contar la historia de dos personas aisladas en el bullicioso Japón. Durante este mismo viaje no dejó de ver a personas sordomudas, plantando definitivamente la semilla de la historia.
Y, finalmente, su propio traslado de México D.F. a EE.UU. también influyó en la historia. El director tenía muy claro que una de las historias debía transcurrir en la peligrosa frontera que separa México de EE.UU.. “Yo también soy un emigrante, y he obtenido una perspectiva más clara de mi país, de mi gente y de mí mismo. Ahora también entiendo lo que siente un ciudadano de tercera viviendo en el primer mundo y la complejidad de lo que esto implica”.
El rodaje de Babel empezó en Marruecos en mayo de 2005 y siguió en México y Tokio. Pero estuvieran donde estuvieran, Alejandro González Iñárritu intentó aportar la misma sensibilidad. “Queríamos fundirnos en cada una de estas culturas”, dice. “Queríamos ir más allá de la visión blanca y negra del extranjero o del turista”.
En Marruecos hubo que encontrar un decorado que hiciera las veces del pueblo de Tazarine, un pequeño enclave situado en el desierto del sur. El director sabía lo que buscaba: un pueblo tradicional con una plaza central con mezquita, una vegetación casi inexistente y una carretera lo bastante ancha para un autobús (además de los vehículos de producción).
Radiando desde Ouarzazate, el nuevo centro cinematográfico de Marruecos, Alejandro González Iñárritu encontró el pueblo bereber de Taguenzalt. El diminuto pueblo se erige en las rocosas gargantas del valle del Draa. Sus antiguas casas de adobe (ksurs) se abren a patios interiores. En las azoteas, las mujeres tiñen la lana en enormes calderas de agua hirviendo, usando henna, azafrán y otros tintes tradicionales para tejer las apreciadas alfombras bereberes. Cada noche, el feroz viento sahariano pinta el cielo de naranja con la puesta de sol.
“Me gustó el pueblo porque era simple y muy real”, dice el director. “La gente de Taguenzalt es muy amable, muy espiritual, realmente espirituales. Me sentí seguro entre ellos”.


Los habitantes de Taguenzalt hacen remontar sus primeros antepasados bereberes a más de 3.000 años. Subsisten mayormente del pastoreo, el cultivo de higos, dátiles, y de la venta de sus famosas alfombras y bolsos. El pueblo está tan anclado en la tradición que la electricidad llegó poco antes de que empezara el rodaje. Hasta ahora, los televisores funcionaban con baterías. Aun así, nadie reconoció a los actores, ni siquiera a Brad Pitt, pero todo el pueblo participó con entusiasmo, con más de 200 personas como extras.
A pesar de la amabilidad y hospitalidad de la gente, rodar en Marruecos puede llegar a ser desalentador. La temperatura alcanza regularmente los 37 grados y las tormentas de arena llegan casi todas las tardes. Pero la incomodidad añade mayor realismo a Babel. “El calor era brutal e incómodo, pero de eso va la historia. No hablamos ya de interpretación de método, sino de ejecución de método”, dice Alejandro González Iñárritu, riendo.
Después de Marruecos, el equipo se fue a Tijuana, México, y volvió a encontrar un desierto polvoriento y caluroso con un pequeño pueblo perdido. La aldea norteña de El Carrizo se transformó en “Los Lobos”, el hogar de Amelia. También se rodaron secuencias clave en la frontera, sobre todo en el lado mexicano, desde donde se ve la inmensa valla, las cámaras de vigilancia, los potentes focos y la atmósfera de fortaleza que despide. Un equipo reducido se adentró en el duro y desolado desierto de Sonora para rodar las escenas en las que Amelia y los niños luchan por sobrevivir después del desastre.
“Hubo que ingresar a cinco personas durante el rodaje en el desierto de Sonora, Amelia casi sufre una insolación. No fue nada fácil”, explica Alejandro González Iñárritu.
Por fin llegaron a Tokio. Pero aunque es el único decorado urbano de toda la película, también planteaba grandes problemas. “Tokio fue una experiencia maravillosa y complicada”, dice Alejandro González Iñárritu. “Las cosas avanzan lentamente, no hay comisiones cinematográficas para echar una mano. No conceden permisos de rodaje, se trata de escapar antes de que llegue la policía. Hace falta valor y pensar un poco como la guerrilla, improvisar, ser rápidos”.
Cada fase de la realización de Babel refleja la situación de los personajes, aportando mayor profundidad a la película. “Cada día tuve que adaptar el guión dependiendo de mi inmersión en cada cultura”, dice el director. “Pero dejaré que el público decida si la película moldea la realidad o si es al contrario”.


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