Director: Takashi Shimizu. 2006. EE.UU. Color
Intérpretes: Sarah Michelle Gellar, Amber Tamblyn, Arielle Kebbel, Teresa Palmer, Jennifer Beals

Secuela de El grito. Karen Davis es una joven norteamericana atrapada por la maldición de una terrorífica casa en pleno corazón de Tokio. Su hermana Aubrey viajará a Tokio para buscar a Karen y tendrá también que enfrentarse a los fantasmas de Kayuko y Toshio, que vienen desde el más allá para vengarse de los vivos. Sarah Michelle Gellar vuelve a encarnar a Karen Davis, una joven norteamericana atrapada por la maldición de una terrorífica casa en pleno corazón de Tokio. Pero no serán las únicas que se enfrentarán a la maldición.
Hay que ver con Takashi Shimizu. Cómo se las gasta. Puede que sea el director oriental más cómodo de la historia, porque lo suyo no tiene nombre, ya que, ¿Quién es capaz de hacer seis veces la misma película? Seis veces! Hay que tener merito para ello y que la industria siga confiando en ti. Eso sí, entre maldición y Toshios a rodado pequeñas joyas como “Seres extraños” de la cual ofrecía muchas novedades respecto al cine de terror oriental, el cual los amantes de este género tan prolífico esperábamos en este segundo chillido.
La premisa de El Grito 2 es sencilla: miedo enlatado, con el noble propósito de ofrecernos la película de terror con más sustos por minuto que he podido recordar. Jóvenes orientales y occidentales de viaje casual por Japón se ven envueltos una vez más (recordemos: por sexta vez) en una espiral de sustos, gritos y fantasmas de Loreal de extensiones psicópatas. Repiten roles algunos personajes de la anterior entrega, y aparecen nuevos, que como siempre en estos casos, su papel en el mundo es lo de menos. Porque, ¿A quién le importa el futuro de los protagonistas? A nadie. Van a morir… lo importante es que Toshio y Kayako aparezcan pronto con sus gritos guturales y maullidos para asustar al personal y de paso hacernos pasar un rato la mar de divertido. Shimizu es consciente de ello y nos regala un recital de sobresaltos sin parangón, superiores incluso a la anterior entrega, eso sí, en cantidad que no calidad, ya que no hay momentos como el de la cama, por citar un ejemplo. Y de paso demuestra que para meter miedo, los japoneses son únicos.
Respecto a la versión original, es decir La maldición 2 hay que felicitar al director por haberla hecho diferente, al menos argumentalmente está más conectada a su predecesora lo que hace que el seguimiento del “guión” sea más llevadero, aunque sea una vuelta de tuerca de todo lo visto en el cine asiático.
En resumen, no hay que esperar nada nuevo en este nuevo grito, más que como siempre, sustos, sobresaltos, fantasmas y puro entretenimiento. Y por supuesto, pelo. Mucho pelo.

El mal que vino de Japón
Que al actual cine fantástico producido en Estados Unidos comienzan a fallarle las ideas, es algo sobradamente comprobado. A las inevitables secuelas propiciadas por los títulos más exitosos se une una imparable avalancha de filmes que toman como referente piezas realizadas en los años setenta, así como una adopción directa, nada disimulada de los resortes manejados por el cine de terror asiático. Resortes, dicho sea de paso, que ya comienzan a mostrar signos graves de agotamiento (no hay más que ver la muy mediocre The Host para corroborar lo dicho). La admisión se ha realizado de manera repentina, sin progresión, utilizando con ello la más contundente visión comercial a la hora de explotar el impacto popular de este tipo de películas. Y de ello, no cabe duda, es buena muestra el díptico de “remakes” de La maldición auspiciados, para su traslación a Estados Unidos, por la figura de Sam Raimi pero dirigidos por el creador de la saga original, Takashi Shimizu.
Esta especie de dualidad conceptual en las facciones de producción y dirección hacen ver, en el fondo, la exacta dimensión del proyecto. Por un lado, mantener el prisma formal (e, incluso, rítmico) de las piezas originales contando con la visión de su mismo director. Por otro, controlar los elementos divergentes con las maneras cinematográficas norteamericanas visto, sin embargo, desde la vertiente más pegada al género por parte de un cineasta como Raimi. El resultado, por tanto, acaba por explicitar todo lo que en las cintas japonesas se sobreentendía o se dejaba a la imaginación del espectador, convirtiéndose en una suerte de “manual de usuario” para entender dichos filmes con la particularidad de haber sido concebido por su autor.
Ahora bien, ello no quiere decir que, tanto El grito como esta secuela remake, El grito 2, no sean producciones funcionales. Nos encontramos ante un sistema de producción diseñado al milímetro para lograr un corpus visual que siga por los derroteros de los films asiáticos, pero bajo el estricto procedimiento hollywoodiense. Y ello se consigue. Ante un guión que simplifica los vericuetos argumentales (y hace desaparecer las intenciones temáticas), creado ex profeso para los espíritus perezosos, para un espectador medio que no quiera saber nada de elementos minimalistas. Y ello, nuevamente, se vuelve a conseguir. En definitiva, estamos ante una película concebida sin el menor tipo de ínfulas artísticas. Una obra que conoce muy bien su condición comercial, que la asume sin problemas y se presenta al espectador desacomplejada. Intentando cumplir la única función que justifica su realización: el entretenimiento.
Es cierto que El grito 2 no posee imaginación, ni tampoco ningún elemento que, a priori, pueda ser destacado en sí mismo o en relación a las demás obras coetáneas de tinte fantástico. Empero, paradójicamente, éste es uno de los factores que se deben señalar a la hora de tratar el film: el hecho de que, pese a su condición de remake, de no diferenciarse en exceso de otras películas de corte similar y a una evidente falta de originalidad en sus planteamientos fílmicos, sea una pieza que cumpla su cometido, que garantice un entretenimiento sano y efectivo. Algo que puede ser achacable a quien contemple el género de terror de una manera incondicional o, incluso, a quien únicamente exija noventa minutos lúdicos cuando pisa una sala oscura.
El grito 2 es una producción imbuida por la influencia del espectador potencial. De cualquier adolescente que, con las palomitas en una mano y el móvil en la otra, quiera que le den un par de buenos sustos. Si se observa desde esta perspectiva (en el fondo, la única posible) El grito 2 es una cinta más que respetable.

Takashi Shimizu
debería ir pensando en cambiar un poco de aires, puesto que a estas alturas resulta increíble que no tenga pereza alguna en rodar los remakes hollywoodienses de una saga que él mismo inició con “JuOn” hace poco más de un lustro y que, por increíble que parezca, es muy probable que dentro de poco conozca una nueva entrega en tierras niponas. Sin embargo, tengo la impresión de que el público se está cansando de un género que pretendía mostrarnos un terror más psicológico que sanguinolento, y buena prueba de ello es la pésima recepción que han tenido en los Estados Unidos Dark water (La huella), Pulse (Conexión) o incluso El grito 2, que ni siquiera ha alcanzado los cuarenta millones de dólares en dicho mercado (la primera entrega recaudó unos sorprendentes ciento diez).
En esta ocasión, la película se centra en Aubrey Davis, la hermana de la protagonista de El grito. Así, la madre de ambas le dice a su hija que viaje hasta Japón para buscar a Karen, quien se encuentra internada en un hospital a causa de los estragos que están haciendo en su mente las dichosas apariciones de turno. Sin embargo, ahora se añaden nuevos personajes al relato, en concreto unas estudiantes y una familia que, faltaría más, también sufrirán las consecuencias de una temible maldición.
El filme se inicia de la peor manera posible, pues se intenta imitar el prólogo de su predecesora con una muerte impactante (en el caso que nos ocupa, un asesinato). Pero el asunto no termina ahí, puesto que luego tenemos que soportar un pasaje de lo más común, topándonos con unas jóvenes, dos muy espabiladas y otra más timorata, que se adentran en la casa encantada que tan malos ratos le hizo pasar a Karen, y ello a pesar de que conocen lo que aconteció en aquel lugar (por supuesto, no es difícil adivinar que ellas también soportarán la ira de los espectros).
El grito 2
recupera de forma desacertada el esquema de algunas de las cintas japonesas en las que se basa, desarrollándose tres historias que confluyen en un ridículo y abierto final que deja al espectador insatisfecho e incluso enojado. La cuestión no es que nos hallemos en presencia de una propuesta aburrida o mediocre, pues ciertamente semejantes calificativos resultarían un tanto exagerados para describir a esta obra (y ello a pesar de que está repleta de tópicos y de que algunos de sus diálogos son paupérrimos); no, el problema se encuentra en que el espectador ya está hastiado de este tipo de largometrajes, de tal modo que no resulta difícil adivinar en qué momento aparecerá un fantasma dispuesto a sobresaltarnos.

Es más, los sustos no son tal, pues a veces hasta provocan risa (de hecho, en determinados instantes uno tiene que esforzarse para darse cuenta de que no está viendo “Scary movie 4“, tal y como acontece en la escena en la que el “revoltoso” Toshio aparece debajo de un pupitre). La sensación de desasosiego es muy inferior a la que se conseguía en su antecesora, tanto desde un punto visual como sonoro (de hecho, la atmosférica aunque manida música de Christopher Young tiene un mayor protagonismo). Respecto a las actuaciones, los fans de
Sarah Michelle Gellar, que los hay, estarán un tanto decepcionados al comprobar que apenas la podemos ver unos cuantos minutos en la pantalla. Del resto del reparto únicamente resaltaría la labor de Matthew Knight, el niño que da vida a Jake y que consigue reflejar en su rostro el miedo que atenaza a su personaje.