Director: Lars von Trier. 2006. Dinamarca. Color
Intérpretes: Peter Gantzler, Iben Hjejle, Jens Albinus, Sofie Gr√≠¬§bol, Mia Lyhne, Casper Christensen
El dueño de una empresa de tecnología quiere venderla. El único problema es que cuando fundó la empresa, se inventó a un presidente ficticio detrás del que podía resguardarse cada vez que era necesario tomar decisiones incómodas. Cuando los potenciales compradores insisten en hablar directamente con el presidente, no le queda más remedio que contratar a un actor en paro para hacer de “presidente”. El actor no tarda en descubrir que es un peón en un juego que pone a prueba su (inexistente) talla moral.
Definitivamente el ego de Lars von Trier ya sólo puede compararse al de Godard. La única diferencia es que el danés es capaz de reírse de sí mismo.
El jefe de todo esto es una comedia bastante ácida sobre las relaciones laborales. Pero eso es una excusa. En realidad, se rie de los actores, los directores, el cine Dogma, la manipulación emocional (temas bastante presentes en toda su filmografía), las relaciones entre daneses e islandeses… Todo ello contado por un Lars von Trier bastante cómodo en su papel de Dios, controlando, narrando y comentando todo desde su grua.
Por supuesto que las ganas de jugar no se quedan sólo en el guión. Siguiendo su costumbre de intentar retorcer el cine al máximo, Trier rueda la película “ayudado” de un ordenador que elige una secuencia aleatoria de encuadres. Curiosamente el resultado es una cámara bastante más invisible que cuando la lleva al hombro, y un montaje sincopado (con constantes saltos de encuadre y constantes cortes), por otro lado no demasiado distinto del que ya hemos visto a gente como Godard o Woody Allen (o por supuesto, Jorgen Leith en el primer segmento de esa gamberrada titulada Cinco Condiciones).
Así que con los 50 recién cumplidos y una filmografía ya extensa a sus espaldas, Lars von Trier sigue con ánimo juguetón. Y por muchos años.
La innovación: virtud o defecto
Comedia endiablada que se ríe hasta de sí misma. Desde el comienzo ya observamos que esto es un mundo aparte, estamos avisados.
La mejor baza que utiliza es el diálogo, un diálogo hábil, ligero y directo incluido en un guión ingenioso aunque con algunas pequeñas lagunillas y altibajos. Pero si hay algo que me ha llamado la atención es la supremacía con que el señor Trier toma las riendas de la película, en todo rato somos conscientes de que somos sus marionetas. Nos habla, nos mima, se ríe de nosotros, se disculpa, nos mueve, nos silencia, nos cuestiona, nos hace reír… Sin duda es el jefe de “todo esto”, y hace lo que quiere, y eso a veces nos gusta y a veces no. Reconozco haberme reído a grandes ratos… pero también que la innovación en cuanto al montaje (saltos de eje, des encuadres, fallos de record, planos cortados y montados sin continuidad…. todo hecho aposta, como una comedia paralela a la escrita en el guión), sí, me parece muy original y al principio choca… luego lo piensas y admiras su atrevimiento y te ríes… luego piensas que cansa y entorpece en la historia que se cuenta.
Y aquí mi pregunta: ¿Innovar es sinónimo de acertar? Muchos admiran eso, algo original y atrevido… pero si esa originalidad perjudica a lo que se cuenta… ¿o acaso forma parte de lo que se cuenta? La verdad no lo sé, pero a mí me ha resultado a veces original y curiosa, a ratos pesados y cargantes. Te distrae de sus diálogos ingeniosos que son su mejor arma, por ello creo que este experimento no ha sido del todo acertado.
En cualquier caso la película entretiene, hace reír y es una apuesta innovadora, con sus defectos pero con sus virtudes también. Lars von Trier juega con nosotros porque sabe jugar muy bien a este juego.