Director: Kevin Macdonald. 2006. G.B. Color
Intérpretes: Forest Whitaker (Idi Amin), James McAvoy (Nicholas Garrigan), Kerry Washington (Kay Amin), Gillian Anderson (Sarah Merrit), Simon McBurney (Nigel Stone)
Por una increíble pirueta del destino, un médico escocés (James McAvoy) destacado en misión médica en Uganda queda irreversiblemente enredado con uno de los personajes más bárbaros del mundo: Idi Amin (Forest Whitaker). Impresionado por la descarada actitud del doctor Garrigan en un momento de crisis, el recientemente autonombrado presidente de Uganda, Amin, le elige como médico personal y como su confidente más íntimo. Aunque Garrigan se siente al principio halagado y fascinado por su nuevo puesto, no tardan en abrírsele los ojos al salvajismo de Amin y a su propia complicidad en él. El horror y la traición persiguen a Garrigan cuando intenta enmendar sus errores y huir con vida de Uganda.

Kevin Macdonald está al frente de la realización, lo que promete cierto grado de verismo dada su experiencia como director de documentales, que de hecho le llevó a ganar un Oscar en 1999 por su documental sobre los asesinatos en los Juegos Olímpicos de Munich Un día de Septiembre.
La película parte de la llegada del médico Nicholas Garrigan (James McAvory) a Uganda para ejercer su profesión en una nación que lo necesita. Uno de sus primeros encargos le lleva a ocuparse de la salud del nuevo gobernador del país, Idi Amin (Forest Whitaker), que ha chocado contra una vaca con su Masserati. Tras ello, Garrigan pasará a ser el médico de Ida Amin, y por tanto uno de los hombres de confianza del dictador. Así, el filme pasa a narrarnos las atrocidades del dictador desde un punto de vista muy próximo a las fiestas que se permite el gobernante. Y también muy cercano a los secuestros, los asesinatos y el miedo que infunde entre sus gobernados.
Es así como nos acercamos a esta dictadura ugandesa y a una de las figuras que resulta ser uno de los máximo representante la crueldad y corrupción de las dictaduras africanas emergidas tras la descolonización. Kevin Macdonald nos propone el retrato de este hombre, que instauró en Uganda la dictadura del terror, un hombre emitía por televisión las ejecuciones de sus detractores, que en cinco meses tras llegar al poder había acabado con la mitad del ejército que no le era afín. Un hombre que mutiló el cuerpo de una de sus esposas, que extorsionaba a las viudas de sus sediciosos asesinados para obtener dinero a cambio del cadáver de sus maridos; un genocida cuya máxima benevolencia era ofrecer una muerte rápida a sus presos -en lugar de una lenta tortura a manos de otro preso… Esta abyecta figura es la que nos presenta El último rey de Escocia.

Basada en la premiada novela de Giles Foden del mismo título, El último rey de sobre la base de un guión de Peter Morgan y Jeremy Brock. Rodada en Gran Bretaña y Uganda con el apoyo de la población ugandesa, el muy poco visto mundo de la Uganda de Idi Amin ha sido plasmado por un equipo en el que figuran el director de fotografía Anthony Dod Mantle, el diseñador de producción Mike Carlin, el premiado montador de cine independiente británico Justine Wrighty el diseñador de vestuario Michael O’Connor.
¿Cómo reaccionarías frente al seductor influjo del poder? ¿Te plegarías a él u olvidarías tu propio código moral para lograrlo? ¿Qué pasa si alguien empieza con buenas intenciones y termina convirtiéndose en un animal sediento de sangre? √âstas son las preguntas que plantea el fascinante “thriller” El último rey de Escocia, el cual lleva a los espectadores a un viaje adrenalínico e impactante al mundo de uno de los líderes más aterradores y cautivadores de todos los tiempos: Idi Amin, famoso por su electrizante magnetismo, pese a que su brutal régimen causó medio millón de muertos en su propio país.
La película también supone la primera cinta dramática del oscarizado documentalista Kevin Macdonald. Cuando Macdonald leyó la premiada novela de Giles Foden, inspirada en hechos reales, “El último rey de Escocia”, pensó de inmediato que tenía toda la enorme tensión de una historia real de terror y supervivencia, junto con la perspicacia humana y la riqueza textural de un thriller de ficción.
“La vi como una historia clásica sobre un hombre joven que empieza buscando aventuras, vive más aventuras de las que había previsto y, en el proceso, descubre quién es en realidad”, explica Macdonald. “En cierto modo, podría ser una historia sobre cualquier líder tiránico que hubiera en el mundo; pero también la encontré convincente porque nadie ha hecho nunca realmente una película como ésta sobre África”.
Macdonald continúa: “Siempre me han atraído los proyectos que llevan a los espectadores a nuevos lugares, que les descubren un mundo que no les resulta familiar, y espero que, aunque nunca hayas oído hablar de Idi Amin, El último rey de Escocia te haga pensar: “Vaya, ahora veo las cosas de otra forma”.
Hay pocos nombres en la historia tan reconocibles como Idi Amin. Figura, junto a Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot y Sadam Hussein, entre otros, en el ranking de dictadores que aparentemente no han conocido límites humanos. Pero Amin es también un caso único; un antiguo boxeador y soldado que surgió literalmente de la nada, sedujo a un país con su vibrante orgullo y personalidad y que para muchos parecía ser la gran esperanza de convertir una Uganda recién independizada en una nación verdaderamente africana. Cuando llegó al poder en 1971 mediante un golpe de estado contra el corrupto y procomunista Milton Obote, Amin encontró el apoyo generalizado de los medios de comunicación y en todo el globo -el Ministerio de Asuntos Exteriores Británico le describió de forma optimista como “un tipo espléndido y un gran jugador de fútbol”-, hasta que empezó a verse que estaba asesinando a sus enemigos sin piedad y gobernando de acuerdo con sus propios estrafalarios gustos, sus “visiones” místicas y sus miedos paranoicos.
La peligrosa naturaleza de Amin emergió cuando empezó a abrazar un nacionalismo extremista, expulsando del país a 50.000 asiáticos, instigando la guerra contra sus países vecinos, ofreciendo ayuda en el secuestro de un Airbus de la compañía aérea Air France por miembros de la Organización para la Liberación de Palestina y creando las condiciones que condujeron a la muerte y desaparición de cientos de miles de ugandeses. Exilados de Uganda contaban historias que revolvían el estómago; de tortura, de crueldad e incluso rumores de canibalismo en las más altas instancias del gobierno.
Pese a todo ello, incluso todavía hay gente hoy en día en Uganda que habla con reverencia de Amin. Kevin Macdonald señala: “Una de las cosas más sorprendentes que hemos descubierto en Uganda es que hay un montón de gente que todavía muestra un gran respeto hacia Amín. La gente en Occidente no entiende que alguien que ha usado la violencia tan indiscriminadamente tenga una imagen tan “positiva”. Lo que quizás sea más atractivo y peligroso de Idi Amin es lo voluble que podía resultar. Era alguien que comenzó con fantásticas intenciones, pero al que le mató su carácter. La gente pensaba al principio que era afectuoso y divertido. Pensaban que este hombre no podía matar ni a una mosca. Creo que todas esas contradicciones son fascinantes”.
Era obvio que se iba a requerir a un actor de enorme talento para reflejar todas las inmensas paradojas de Amin, dentro de los límites de un “thriller” lleno de tensión. Los productores de El último rey de Escocia siempre habían tenido a un nombre en mente para la tarea: el de Forest Whitaker, el cual no es sólo considerado uno de los actores cinematográficos de mayor talento, sino que además guarda un sorprendente parecido con Amin. Con papeles en películas que van desde la epopeya del jazz Bird (1988, Clint Eastwood), al oscarizado largometraje de Neil Jordan Juego de lágrimas (1992), pasando por Ghost Dog, El Camino del Samurái (1999, Jim Jarmusch), Forest Whitaker se ha labrado la reputación de encarnar los papeles más diversos y exigentes con gran personalidad.
Para El último rey de Escocia, Whitaker fue capaz de evocar la doble personalidad de Amin -su atractivo y su poder de intimidación- con tanta autenticidad que muchos de los que estuvieron en el set de rodaje lo encontraron absolutamente escalofriante. “La interpretación de Forest fue extraordinaria”, dice Charles Steel. “Ha captado tanto la grandeza del personaje como su peligro. Hay un tremendo realismo y alcance en su interpretación”.
Whitaker llegó al proyecto con la imagen habitual que se tiene de Amin, la de un bufón y un asesino, pero pronto su perspectiva fue mucho más profunda. “Al principio, tenía sólo imágenes muy tenebrosas de este hombre” -admite-. “Le veía como un gran y colérico maníaco. Pero cuando leí la novela e investigué más a fondo, empecé a verlo de otro modo. Cuando ves viejas imágenes, te das cuenta de que Idi Amin era también un hombre extraordinariamente encantador. El reto para mí como actor era interpretar un personaje realmente complejo, no sólo una imagen estereotipada”.
Al indagar en la historia de Amin, Whitaker llegó a la conclusión de que era un hombre que deseaba ser un visionario, pero que fue víctima de sus propias desilusiones.
Se suponía que iba a ser una fantástica aventura en un país lejano, pero cuando un inocente y joven doctor llega a Uganda en los años setenta -esperando divertirse, tomar el sol y echar una mano ayudando- se ve inmerso en un sorprendente viaje al reino más oscuro de la tierra: el corazón humano. √âsta es la historia de El último rey de Escocia, un poderoso thriller que recrea en pantalla el mundo en Uganda bajo el yugo del loco dictador Idi Amin. Mezclando hábilmente hechos reales y ficción, y siendo alarmantemente actual en el mundo de nuestros días, la película ofrece una interpretación magistral de Forest Whitaker en el papel de Amín y muestra dos inolvidables retratos: el del carismático y psicópata gobernante que destrozó su país, y el de un testigo de la historia que finalmente encuentra el coraje para mantenerse firme frente a tanta brutalidad.
Estrenada casi a la par que Diamantes de sangre esta El último rey de Escocia salta de Sierra Leona a Uganda y le saca en términos generales unas cuantas cabezas al primero. Si bien el filme tampoco llega a calar todo lo que podría esperarse porque depende también muchísimo de esquemas derivados del merchandising hollywoodiense. Es decir a lo largo del filme vemos como algo que comienza casi en tonos de comedia salta a un violento tramo final, que a pesar de todo tal vez sea lo mejor del filme en términos cinematográficos y de impacto emocional. Pero vuelve a aparecer la sensación de que la meca del cine no trata a ras de suelo a África porque hay que vender la moto a los productores. Es en cambio un filme bien realizado una vez aceptas su estilo realizado por el escocés Kevin Macdonald que cambia totalmente de tercio respecto a su filme anterior. Es también otra de esas películas destinadas a recordarse por una interpretación, en este caso el afortunado es Forest Whitaker que se está dando la ronda de premios por todos lados. Su interpretación es indudablemente lo mejor del film. Los que no conozcamos la historia verdadera no podemos juzgar niveles de veracidad pero tampoco hace mucha falta para ver que el tratamiento es un handicap para la perdurabilidad en la memoria de esta película correcta, en algunas escenas muy impactante y en otras trivial.
Durante la década de los años 70, el dictador Idi Amin Dada ordenó el genocidio de cientos de miles de habitantes en Uganda -el total es discutido, pero varía entre 300.000 y 500.000 víctimas-, lo cual fue parte de una larga lista de atrocidades que eventualmente se revelaron ante el asombro del mundo. Por eso encontré bastante extraño que el director Kevin Macdonald decidiera contar una historia tangencial a Amin, desde el ficticio punto de vista de su médico personal.
El último rey de Escocia -Idi Amin se autootorgó múltiples títulos y grados militares, desde “Conquistador del Imperio Británico” hasta “Rey de Escocia”- se centra en Nicholas Garrigan (James McAvoy), idealista médico británico que trabaja en una clínica caritativa en Uganda, hasta que el azar le pone en contacto con Idi Amin. El dictador, impresionado por el talento de Garrigan -o simplemente porque es escocés-, lo nombra su médico personal… y así comienza una extraña relación en la que Garrigan es testigo inmediato de las manías y paranoias de Amin, mientras a su alrededor el país se desmorona.
No quisiera cuestionar la decisión artística de contar esta particular historia, sobre todo considerando que la película es bastante buena e incluye notables actuaciones. Pero, francamente, no es muy relevante ni muy ilustrativa de esa etapa histórica ni del genocidio en Uganda. Ubicar un triángulo amoroso en mitad de ese agitado período parece trivial y hasta irrespetuoso, considerando que hay cientos de miles de vidas en juego… mientras el médico se preocupa por su propia supervivencia al lado del inestable dictador. En fin, esta es meramente una apreciación personal. Como digo, la cinta es de cualquier forma interesante y los guionistas encuentran un buen balance ético y moral en el protagonista arrastrado por una situación sin fácil salida: su ambición lo invita a tomar un puesto atractivo, pero las consecuencias podrían ser mucho más graves de lo que parecía.
Forest Whitaker merece indudablemente el aplauso que ha recibido por su feroz interpretación de Idi Amin, pero ojalá eso no desvirtúe el trabajo de James McAvoy como el confundido Dr. Nicholas Garrigan. Este joven actor -quizás más conocido como el fauno en Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario- tiene un igualmente difícil papel, en el que debe mantener al público de su lado aun cuando toma decisiones poco favorables. David Oyelowo es también notable como el Dr. Junju, predecesor de Garrigan, y Gillian Anderson tiene un corto pero lucidor papel como la doctora inglesa a cargo de la clínica en la que el protagonista trabaja al principio del largometraje.

El director Kevin Macdonald -también escocés, por cierto- cuenta esta historia mezclando realidad y ficción (como el libro en el que se basa la película) de forma dramáticamente eficiente, lo cual resulta muy apropiado, en vista de su trabajo previo como director de documentales. Además, podemos notar su talento para orquestar escenas de gran impacto, ya sea por su contenido -como el recorrido por los cuartos de tortura de Amin- o por su estilo narrativo -como una persecución en automóvil por las polvorientas calles de Kampala-. Desde luego, el uso de localizaciones reales en Uganda incrementa considerablemente el atractivo de la propuesta al aportar una atmósfera genuina y perturbadora.
Supongo que El último rey de Escocia no busca ser una lección de historia sobre el genocidio en Uganda, sino un testimonio del peligroso atractivo del poder y de carismáticos líderes motivados por la megalomanía y no por el bien de su comunidad. Como tal, resulta un interesante “thriller” político con una veta de realidad que lo hace más impactante. Pero no puedo dejar de pensar lo que hubiera logrado el director si hubiera decidido llevar a la pantalla una historia más fidedigna que no sólo se centrara en personajes periféricos de la dictadura de Idi Amin. Con todo,
merece una definitiva recomendación, no sólo por su nebulosa intención, sino por las excelentes actuaciones que ofrece y por la solidez narrativa de su director.

Cuando aún tenemos reciente un producto en el fondo tan autocomplaciente y decididamente hollywoodiense (tómese este adjetivo en su mal sentido, que también lo tiene bueno) como “Diamante de sangre“, llega a nuestras pantallas la segunda película que ha entrado en la competencia por los Oscar¬Æ posando su mirada en la realidad africana. Y aquí sí que no hay componendas, ni cataplasmas, ni nada que suavice la inmersión en el horror, porque juega la carta más arriesgada, la de compartir el viaje del ficticio y rec