INFILTRADOS (The Departed)

Película estrenada entre 2006

Director: Martin Scorsese. 2006. EE.UU. Color
Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Billy Costigan), Matt Damon (Colin Sullivan), Jack Nicholson (Frank Costello), Mark Wahlberg (Sargento Dignam), Martin Sheen (capitán Queenan), Vera Farmiga (Madolyn), Alec Baldwin (capitán Ellerby), Anthony Anderson (Brown), KevinCorrigan (Sean), James Badge Dale (Barrigan)

El Departamento de Policía de Massachussets se ve envuelto en una guerra campal para derrotar a la mayor banda de crimen organizado de la ciudad. La estrategia es terminar con el reinado del poderoso jefe de la mafia Frank Costello (Jack Nicholson) desde dentro. A un joven novato, Billy Costigan (Leonardo DiCaprio), criado en el sur de Boston, se le encarga infiltrarse en la mafia dirigida por Costello. Mientras Billy intenta ganarse la confianza de Costello, otro joven policía que también ha surgido de las calles del sur, Colin Sullivan (Matt Damon), sube rápidamente de categoría dentro de la policía del Estado. Colin, que se ha ganado un buen puesto en la unidad de Investigaciones Especiales, forma parte de un grupo de oficiales de élite cuya misión es acabar con Costello. Pero lo que sus superiores no saben es que Colin trabaja para Costello, y le mantiene un paso por delante de la policía. Cada uno acaba totalmente consumido por su doble vida. Pero cuando los gánsteres y la policía se dan cuenta de que hay un topo entre ellos, Billy y Colin se encuentran en peligro constante de que les cojan y queden expuestos al enemigo, y cada uno debe darse prisa en desvelar la identidad del otro para salvarse a sí mismo.


La historia de Infiltrados es la de dos policías jugando a delincuentes o la de dos delincuentes jugando a policías, como se prefiera. Martin Scorsese ha firmado una cinta que se mueve entre aguas turbulentas, donde se describen con detalle los mecanismos internos de las mafias y donde nada es lo que parece. Un reparto de muchos quilates con Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson,
Mark Wahlberg o Alec Baldwin en sus papeles principales contribuye a dar esplendor a esta cinta de ritmo vertiginoso, directamente inspirada en Internal Affairs, un “thriller” policiaco de 2002 procedente de Hong Kong.
Infiltrados es el
“juego del ratón y el gato”, la búsqueda entre sí de dos individuos que se han integrado en el equipo contrario. Los protagonistas de esta peculiar partida que se desarrolla en las calles de Boston son Billy Costigan (DiCaprio), un joven policía novato infiltrado en la banda del poderoso jefe de la mafia irlandesa Frank Costello, y Colin Sullivan (Matt Damon), un policía encargado de acabar con esta banda mafiosa desde el Departamento de Policía de Massachussets, pero que en realidad trabaja para Costello.
Dobles vidas, falsas apariencias, buenos que no lo son pero lo parecen y malos que no lo son tanto, vidas paralelas que acaban colisionando… Una película que se mueve constantemente en la delgada línea que separa el bien y el mal y que nos devuelve al mejor Scorsese.

En Pandillas de New York Scorsese nos lo dejó muy claro: América es un lugar vil y contradictorio que se averg√ºenza de sus propias raíces, disfrazándolas de western. Tal vez como un anticipado canto de cisne, esa película recogía todas las aspiraciones artísticas y meditativas del director, condenado a seguir facturando extensos productos sin apoyo de crítica y público. Infiltrados podría ser una continuación de Pandillas de Nueva York a partir del famoso plano con las Torres Gemelas que encierra una nueva urbe, un nuevo país, igual de corrupto y deshonroso que el dejado atrás.
De nuevo con los irlandeses como protagonistas, Scorsese cambia el emplazamiento hacia la elegante Boston, una ciudad que, sin embargo, se edifica y se recorre en coche como cualquier mal barrio neoyorquino. Aunque en ningún momento se menciona el antiguo esplendor social bostoniano, no hace falta para remarcar los vicios en que han caído los protagonistas de Infiltrados, un compendio de todo lo que viene inquietando a este director desde hace años: la sujeción a unos principios, la deshonestidad, los falsos héroes y sus gestas sin recompensa, la separación radical entre la imagen externa y los verdaderos impulsos. El realizador toma de aquí y de allá elementos perdurables en su filmografía, en especial de Uno de los nuestros, con el obvio arranque de un Colin Sullivan niño que es embaucado por el gánster del barrio, Frank Costello (Jack Nicholson), y de Taxi driver, en esa elegía al nihilismo que es el último tramo de Infiltrados. Regida por el tema central de los inadaptados que intentan amoldarse a un lugar en el que estorban, la película se resiente a veces del mismo problema. Por momentos, parece que Scorsese pretende adaptar el material de Infernal affairs a su propia mirada más que adaptarse él a elementos nuevos y ajenos, y en ese proceso se le acaban viendo el plumero y la escoba. A Infiltrados no le falta el sello de su autor -el ritmo frenético, los rasgos existenciales más arriba señalados, el humor negro y los secundarios de lujo-, pero le sobran kilómetros de miramientos, de inquietud por el “qué dirán”, de estudio de thrillers modernos frente a lo que podría haber sido un desarrollo único y fresco.


El vaivén entre los dos agentes infiltrados, Billy Costigan (Leonardo DiCaprio) y Colin Sullivan (Matt Damon), proporciona las dosis de suspense suficientes para que las dos horas y media de metraje no se estiren demasiado -y aunque sobren evidentes subtramas, como la que relaciona a los dos topos con la psicóloga policial-, incluso a partir de materiales tan sugerentes como el silencio a través de la línea telefónica o la persecución por las calles después del cine porno. Secuencias necesarias, por otro lado, para compensar las habituales verborreas de los personajes de Scorsese, si bien en esta ocasión su fauna humana respira para la historia y apenas responde a la originalidad de los trazos del director. El más interesante de todos, Billy Costigan, interpretado sin fisuras por DiCaprio, un buen actor ninguneado por su cara adolescente, es eclipsado continuamente por el más plano y aburrido inspector Sullivan, en gran parte culpa del inefable Damon, y entre los dos se yergue un Jack Nicholson contenido, pero muy suyo al mismo tiempo. Un triángulo inestable rodeado de mafiosos y policías sin chicha, a excepción del malcarado sargento de Mark Wahlberg, y que invocan continuamente la duda de en qué lugar del planeta se ha escondido Joe Pesci y en qué momento se decidirá Scorsese a rescatarlo. Infiltrados resulta en su desarrollo demasiado juvenil para el director, y con eso no pretendo llamarle viejo. El material de referencia, el original hongkonés, propiciaba un filme crepuscular, una odisea mucho más negra que el juego de móviles, misiones y soplos que Infiltrados plantea como una teleserie de acción del montón, carente en su mayor parte del riesgo visual que siempre ha caracterizado a Scorsese. Un problema que intenta enmendar en su último tramo, cuando por fin nos ofrece su reflejo sincero y sus verdaderas -y sangrientas, y pesimistas, y maestras- pretensiones. Hasta ese punto, el camino ha sido veloz y entretenido, favorecido por una cuidada banda sonora. Pero el auténtico dulce que se paladea al término de la película se deshace sin un envoltorio que pueda retenerlo más que por un rato de entretenimiento de calidad.
Si Infiltrados llevase la firma de cualquier debutante, hablaríamos de una ópera prima sorprendente; irregular, pero con pulso. Si en el hueco del director va Scorsese entonces decimos que no le hace justicia. Una hipocresía, sin lugar a dudas, pero que en verdad demuestra el excesivo sometimiento del genio a la industria y a los “noes” de los Oscar. Sigue siendo un material de primer orden, de resoluciones ejemplares -véase el paralelismo de montaje entre los dos protagonistas y cómo el contraste de sus situaciones define sus psiques y adelanta sus destinos-, un thriller clásico notable entre las pretendidas valentías visuales que nos llegan en el mismo género. Pero a pesar de sus aciertos y de su efectividad como conjunto, Infiltrados y Scorsese son dos partes indisolubles. El uno y el otro, como dice la canción de Pink Floyd que acompaña a una de las escenas, se entumecen confortablemente. Y eso es un peligro para cuando la exigencia te apunte con una pistola, añado yo.
Scorsese -filnalmente- consiguió su Oscar al mejor director.


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