LA DALIA NEGRA (The Back Dahlia)

Película estrenada entre 2006

Director: Brian De Palma. 2006. Alemania-E.E.UU. Color

Intérpretes:
Josh Hartnett (Bucky Bleichert), Scarlett Johansson (Kay Lake), Aaron Eckhart (Lee Blanchard), Hilary Swank (Madeleine Linscott), Mia Kirshner (Elizabeth Short/La Dalia Negra), Mike Starr (Russ Millard), Fiona Shaw (Ramona Linscott), Patrick Fischler (Ellis Loew), James Otis (Dolph Bleichert), John Kavangh (Emmett Linscott), Anthony Russell (Morrie)


La Dalia Negra teje una historia de obsesión, amor, corrupción, avaricia y depravación alrededor de la verdadera historia del brutal asesinato de una actriz novata que conmocionó y fascinó a Estados Unidos en 1947 y que aún permanece sin resolver. Dos detectives ex boxeadores -Lee Blanchard (Aaron Eckhart) y Bucky Bleichert (Josh Hartnett)- son los encargados de investigar la muerte de la ambiciosa Betty Ann Short (Mia Kirshner), actriz de pelí­culas de serie B conocida como La Dalia Negra, en un ataque tan espeluznante que se prohibió la publicación de las imágenes del asesinato. Mientras la creciente preocupación de Blanchard por la investigación pone en peligro su relación con Kay (Scarlett Johansson), su compañero Bleichert se siente atraí­do por la enigmática Madeleine Linscott (Hilary Swank), perteneciente a una de las familias más destacadas de la ciudad y que por casualidad tiene un ví­nculo sospechoso con la ví­ctima.


El exceso y la vacuidad del filme

La Dalia Negra es una desacertada adaptación de la novela de Ellroy que muestra al peor Brian De Pama, más preocupado de su exhibicionismo visual que de una confusa trama carente de sentido.

Insurrecto y dinamitador, tan irregular como genial, el realizador nacido en Newark, ha compuesto una de las filmografí­as más extrañamente apasionantes del cine contemporáneo. Congénere de cineastas tan influyentes como Scorsese, Spielberg, Bogdanovich o Coppola, Brian De Palma representa la capacidad de riesgo que siempre ha caracterizado a aquellos cineastas buscadores de nuevos caminos fí­lmicos en correlación con una evolución personal y creativa insobornable. De Palma es también un creador acostumbrado a extremos antagónicos, actitud que le ha convertido, en uno de esos directores admirado y odiado a partes iguales, acreditando que con su cine no se admiten términos medios.

Uno de los géneros que más ha visitado el polémico director ha sido el cine negro, pero hasta ahora nunca en su variante más clásica, aunque tampoco exenta del inconfundible universo del hampa poblado de gánsteres donde los contraventores de la sociedad transgreden el orden legal, con personajes subordinados a las tensiones de un entorno corrupto en el que no falta la hermosa “femme fatale”, atractiva y seductora, que juega peligrosamente en el lí­mite de la turbiedad. La Dalia Negra, basada en la novela de James Ellroy (adaptado con habilidad en L.A. Confidential por Curtis Hanson) era, en principio, la lógica evolución de un cineasta que tiene en cintas como Vestida para matar,
Doble cuerpo, Fascinación, Impacto, Scarface, Los Intocables de Elliot Ness, Carlito’s Way, Snake Eyes y Femme Fatale, obras que, directa e indirectamente, ya aludí­an a la vertiente genérica del cine negro, desde una perspectiva manierista y muy personal, circunscribiendo sus bases a un campo privativo y reconocible en el realizador, a sus obsesiones fí­lmicas más conocidas; la modernidad, la extrema visualidad de cuidado esteticismo, la técnica efectista y su propensión temática el vouyerismo, el sexo, la polí­tica y la dualidad humana.


Dentro del cine negro, De Palma ha propulsado su conocida vertiente de manipulador, pues se trata sin duda de un virtuoso del espí­ritu rupturista y provocador, perceptible en muchos de sus filmes, donde invoca al tan ‘hitchcockiano’ recurso del “McGuffin” para introducir sus ostensibles iconos en la forma y el contenido, mezclando tendencias argumentales y estilos cinematográficos que generan esa diversidad de opiniones que siempre le han acompañado. Sin embargo, La Dalia Negra parece aspirar a ser la gran obra dentro del género en el cine de De Palma. Lo tení­a todo para provocar encendidas discusiones acerca de su triunvirato formal y estético para adaptar una de las novelas negras más apasionantes de los últimos años creadas por Ellroy, la historia de dos detectives encargados de investigar un doble caso, el de un asesino rural, afincado en la ciudad como peligroso homicida y la muerte de la ambiciosa Betty Ann Short, actriz de pelí­culas de serie B conocida como Dalia Negra y cuyo cuerpo propio fue encontrado diseccionado por la mitad, exangüe, sin órganos y abandonado en un descampado de Norton Avenue.

Sin embargo, a pesar de que Brian De Palma, apela a la materia clásica, aludiendo a una perspectiva cinéfila y violentista que pretende (sin conseguirlo) convertir los elementos clásicos en innovadora disposición, se ve truncada por la falta de coherencia del material argumental con el que Josh Friedman ha trenzado un guión laxo de interés para potenciar sus carencias con la artificiosidad de un producto onaní­stico del director de El fantasma del Paraí­so, que ha abordado su más ambiciosa propuesta con una extraña esterilización de la intensidad narrativa de las novelas de Ellroy.


De Palma sabe contextualizar la ciudad de Los Ángeles de los años 40, de policí­as corruptos, combates de boxeo amañados, sangrientas reyertas policiales e insociables detectives en un mundo asediado de ambición y traiciones, habitado por personajes turbios y contradictorios, obsesivos y obsesionados por los fantasmas del pasado. Gracias al portentoso diseño de producción de Dante Ferretti, minuciosa recreación del ambiente, escenarios y vestuario de la época y a la excepcional fotografí­a de Vilmos Zsigmond, fiel a los clásicos de luces y sombras, imbuida de un goticismo cercano de la visión expresionista la pelí­cula cuenta con la gran virtud de ser un hermoso retablo de un momento histórico concreto. Pero De Palma parece más preocupado en su exhibicionismo visual, en subrayar algunas escenas pletóricas de violencia, donde la exageración es consciente (aunque sin perder el realismo contextual y su estilizada realización), pero que termina por desatender el universo temático de Ellroy. Una actitud que acentúa la falta de ortodoxia de todo el filme.

La Dalia Negra es un pretencioso y recargado homenaje a los arquetipos y lugares comunes del cine negro que alberga en su interior todos los tópicos detectivescos y “femmes fatales”, violencia y suspense, investigación criminal y obsesiones de todo tipo. Un costoso producto sin alma, una historia “pulp” de subtramas retorcidas que caminan vagamente sin rumbo definido, perjudicada con elementos anecdóticos, en la que los personajes se convierten en meras marionetas, distanciados del público e incluso molestos en sus pensamientos e inquietudes con la utilización de “offs”, mediante pelí­culas confiscadas o en confesiones furtivas en un oscuro motel.

En su radiografí­a de esa (reiterada en su filmografí­a) sociedad avariciosa y arrogante, motivada por el éxito y el dinero, donde el poder se simboliza como algo amenazante y violento para un individuo inmerso en un orbe corrupta, De Palma deja a un lado su habitual sentido del delirio con el que plasma su morbosa noción de espectáculo, brindando, eso sí­, algunas gotas de genial alarde en puntuales secuencias, con ese estilo pomposo, de ceremonia operí­stica que ha caracterizado al cineasta; como la presentación de la familia Sprague, la vendetta que tiene lugar en un prostí­bulo a plena luz del dí­a que arranca con los gritos silenciados de Elizabeth Short o ese crucial asesinato dentro de la trama que mezcla expresionismo, escaleras, vouyerismo, belleza arquitectónica y una caí­da en “ralentí­” a una fuente que se tiñe de rojo. Son las únicas fracciones de interés que prevalecen en la voluntad narrativa de llevar al espectador con consistencia hacia el tópico fí­lmico y cinéfilo (donde no faltan alusiones al Hollywood clásico con menciones a Sennett, O. Selznick, Paul Leni, Duryea o Alan Ladd y Veronica Lake).


La Dalia Negra es una amalgama de situaciones desconcertantes y mal hilvanadas, una orgí­a de excesos que se configura como un decepcionante cinta ‘noir’, incapaz de transmitir cualquier motivación en el espectador con su absurda densidad narrativa, carente de simetrí­a e impropia de un cineasta que parece haber olvidado su inquietud por reinventar perspectivas conceptuales y estudiar formas y estilos, en una pelí­cula que desperdicia el amplio catálogo de posibilidades de la retórica fí­lmica y subtramas de poderoso interés, como ese triángulo amoroso desaprovechado en los apagados matices emocionales del filme, de las obsesiones necrófilas y sexuales, de ambivalencia moral, del entorno sórdido y brutal que rodea la acción y que se precipita hacia un “flashback” final que resuelve torpemente (bordeando el ridí­culo) todos los enigmas y misterios de un filme que quiere ser muchas cosas; una enfática revisitación al cine negro, un resbaladizo relato de obsesiones y fantasmas, de ambición y muerte, de incursión directa a un género con voluntad de trascendencia, pero que, pese a todo, no acaba siendo ninguna de ellas. Demasiado lustre para tan poco fundamento y esencia.

A todo ello se añaden las superficiales interpretaciones de un “casting” descentrado que no logra transmitir en ningún momento la zozobra psí­quica que padecen sus personajes. Así­, ni un limitado Josh Hartnett cumple como aturdido detective atrapado en la trama policial de dos mujeres que representan la antagónica presencia del ángel y demonio tradicional en el género, ni Aaron Eckhart define su desbaratado rol de enloquecido policí­a trastornado por el caso de la Dalia, ni Scarlet Johansson, con sus hieráticas poses plagiarias de Lana Turner, consigue resultar creí­ble en su recreación de doméstica y doliente “barbie” y ni siquiera secundarios como Mia Kirshner logran transmitir cualquier tipo de emoción con su apática recreación de Short. Sólo Hilary Swank, voluntariosa y desbordante de talento, parece dibujar con tino a la “femme fatale” cí­nica y manipuladora de la función.

Una pelí­cula, esta adaptación de la novela de Ellroy, que no funciona al esperado nivel de suspense en el escenario policial o en el dramático, en el que prevalecen algunos de sus puntos débiles, de subrayada soflama éticodiscursiva, para acabar en una estética construcción de un universo agresivo y clásico, donde no se transmite bajo ningún concepto la determinación de una innegable actitud del cineasta por la persistente repetición de clichés. De Palma se acerca a los equí­vocos vicios y equivocadas tentativas genéricas de Misión a Marte (2000) antes que la paradigmática exacerbación de sus propias teorí­as, enturbiando su reconocido narcisismo de estilo, olvidando incluso, su exhibición más cí­nica del autoplagio.


Sorprende que con el thriller “neonoir” totalmente implantado en la cartelera tras una ardua batalla con los clásicos policí­acos, Hollywood eche la vista atrás para recuperar el género negro original. Pelí­culas como Hollywoodland, The Good German o The Good Shepherd, parecen dispuestas a volver a poner de moda los sombreros de fieltro, las mujeres fatales y los oscuros misterios. La Dalia Negra reúne todos estos ingredientes del clasicismo detectivesco, añadiendo además otros componentes extraí­dos directamente de la madurez criminal de estos tiempos. A los ya citados factores, se le añade en la pelí­cula la corrupción moral, la obsesión, la brutalidad y las siniestras desviaciones sexuales de individuos aparentemente intachables. Una rica base argumental, que sirve al legendario De Palma para recuperar su perdido pulso tras la cámara, dotando a cada imagen de la habitual fuerza visual que define su cine. La triste Dalia (excelente Mia Kirshner), atrapada eternamente en un mundo en blanco y negro, la amenazadora sombra tras Eckhart (que acarrea lastimosamente durante todo el metraje su papel), las apariciones de una fatal Hilary Swank (de nuevo perfecta en este cambio de registro) o la alegórica conclusión de “Fuego” y “Hielo”, son tan sólo una demostración de que lo mejor de De Palma está de vuelta. Lamentablemente, el exceso de teatralidad en la escena final, digna de la peor tragedia de opereta, echa por tierra todos los esfuerzos anteriores para limitar a La Dalia Negra a tan sólo un atractivo ejercicio de estilo. Y para demostrar una vez más, que la fama no sólo cuesta. También mata.


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