LA ESTRELLA AUSENTE (La stella che non c’è)
Director: Gianni Ameliio. 2006. Italia-Francia-Suiza. Color
Intérpretes:
Sergio Castellito (Vincenzo Buonavolontà), Tai Ling (Liu Hua), Angelo Costabile (operario), Hiu Sun Ha (Chong), Wang Biao (comisario de policía), Catherine Sing (secretaria), Enrico Vaniagiani (jefe de la fundición), Roberto Rossi (jefe de la fundición), Huang Qianhao (joven proxeneta), Tang Xianbi (abuela)

Vincenzo es un antiguo ingeniero italiano de altos hornos cuya fundición ha pasado a manos de una empresa china. Vincenzo está muy preocupado porque les han vendido una máquina defectuosa que en su día causó la muerte de un trabajador. Ahora que han descubierto la forma de repararla, Vincenzo toma un vuelo para subsanar el problema. Al llegar a China se siente un extraño en una tierra extraña. Su camino se cruza con el de Liu Hua, una joven intérprete. Juntos emprenderán una odisea por China para llegar a la fábrica y reparar la máquina.

En la historia del cine hay bastantes filmes centrados en personajes que realizan un viaje como modo de redención, como forma de encontrarse a sí mismos o como manera de solucionar sus problemas vengan de donde vengan. Pero no recuerdo otra película (lo que no quiere decir que no la haya por supuesto) en la que el guión guarde un absoluto mutismo de las circunstancias personales del personaje que huye en la búsqueda de una solución. No se llega a conocer las motivaciones de Vincenzo, lo que de entrada (más bien de salida) puede desconcertar pero acaba revelándose un acierto increíble. Tiene su excusa para ir a China, su “McGuffin” pero una vez más eso es lo de menos. Amelio solo otorga de nuevo y como ya hacía en su también espléndido filme anterior Le chiavi di casa un llanto salvador a su protagonista en el tramo final, señal incontestable de que algo en su interior ha cambiado. El filme consigue mostrar un mosaico fascinante de personas en plena simbiosis con el entorno en el que les ha tocado vivir, consigue que nos sintamos perdidos en alguna parte de uno de los países más grandes y chocantes del mundo como modo tal vez de despojarse de los nudos espaciales y centrarnos en nosotros mismos, como hace Vincenzo. Buscando una buena acción en la otra parte del mundo para hacernos sentir bien, en comunión con la sociedad universal, con todo lo que nos rodea. Amelio no da su brazo a torcer, es un realizador impenitente, un autor en toda regla que tal vez no reciba todo el reconocimiento que se merece, pero que hace las películas que quiere y a algunos nos lleva en sus viajes de auténtico y hermoso cine.

La Estrella Ausente narra en principio como un ingeniero italiano de altos hornos está muy preocupado porque su fundición ha vendido una máquina defectuosa y peligrosa a una empresa China. Cuando descubre la forma de repararla, se desplaza hasta allí para intentar subsanar el problema. En su camino se cruza con una joven intérprete, con la que emprende una odisea para llegar a la fábrica y reparar la máquina.
Un argumento sencillo y atípico que, como era de esperar, Gianni Amelio utiliza como base para hablar a la vez de otros temas, mucho más profundos. Sería una pena ponerme ahora a desvelarlos, sobretodo porque resulta más satisfactorio descubrirlos durante la película, pero también porque la historia principal se puede disfrutar igual, sin sacar más conclusiones a parte, en el caso de que la veáis en un día de esos en los que no apetece pensar demasiado.
Este factor es lo que más me ha sorprendido del film. En esta ocasión el director ha hecho un producto de interés para todos los públicos, no limitándose a mostrar situaciones cotidianas o dramáticas que aunque pueden lograr transmitir más fácilmente un mensaje o unas intenciones, en ocasiones ya aburren por ser más de lo mismo.
El personaje que interpreta Castellito intenta llenar el vacío de su vida ayudando a otros, su nombre Vincenzo Buonavolontà (Buena voluntad) es una clara indicación de ello, pero sus intenciones nos sumergen en un maravilloso viaje a China, donde podemos deleitarnos con ojos de turista de sus paisajes, su alimentación, sus costumbres y en algunos casos contemplar su rostro menos amable, que también tiene mucho que decir en la película.
La luminosa fotografía de Luca Bigazzi contribuye a hacer fascinante este exótico entorno que camina junto a los protagonistas como si de un compañero más de reparto se tratara.
La trama entretiene y se mantiene por sí sola, por eso es un auténtico lujo que dentro de esta historia original y bien formada Amelio haya sabido conmover y a la vez revelar emociones y pensamientos
que al igual que en el resto de su filmografía invitan a la reflexión posterior, como mínimo.
Castellito está grande, tremendo, impresionante (y pensar que finalmente la Copa Volpi que le correspondía, se la dieron a Ben Affleck), pero Tai Ling consigue darle la réplica perfectamente, interpretando un personaje muy especial, repleto de matices.
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