LA PROFECÍA (The Omen)

Película estrenada entre 2006

Director: John Moore. 2006. EE.UU. Color

Intérpretes: Predrag Bjelac (Sacerdote Observador del Vaticano), Carlo Sabatini (Cardenal Fabretti), Bohmil Svarc (Pope), Liev Schreiber (Robert Thorn), Baby Zokova, Baby Morvas, Baby Muller, Baby Litera (Damien – Nuevo nacimiento), Julie Stiles (Katherine Torn), Tomas Wooler (Damien 2 años), Seamus Davey Fitzpatrick (Damien Thorn)


 

Muchos creen que la profecí­a del Libro de la Revelación, también conocido como Apocalipsis, plantea el mapa de un terrible futuro o presenta fragmentos de la historia que se han hecho realidad en nuestra época. Las señales, proclaman, están a nuestro alrededor en forma de ataques terroristas, fenómenos meteorológicos extremos la lista continúa. El pasaje apunta en concreto a la llegada del Anticristo, que está marcado con la secuencia numérica “666″: la marca de la Bestia. El Anticristo recibirá su poder directamente de Satán para crear un fraudulento reino en la tierra, señalando el comienzo del Armagedón Robert Thorn (Liev Schreiber) ignora por completo estas oscuras profecí­as. Thorn, un diplomático americano de alto rango, tiene otras cosas en mente. Su mujer, Kathryn (Julia Stiles), ha sufrido un penoso alumbramiento y todaví­a no sabe que su hijo recién nacido ha muerto. La noticia, con toda seguridad, la va a dejar desolada. El sacerdote del hospital, el Padre Spiletto, se presenta a Thorn con otro niño que ha nacido esa misma noche y cuya madre ha fallecido en el parto. El cura apremia a Thorn para que acepte al chico como si fuera suyo; Kathryn nunca sabrá la verdad, y su hijo, al que pondrán por nombre Damien, crecerá como si fuera de ellos. Kathryn acepta al hijo como propio, volcándose en él como cualquier madre; Thorn, parece ser, ha tomado la decisión correcta. Pero ciertos acontecimientos, que aparentemente giran en torno a Damien (Seamus Davey Fitzpatrick), el cual ahora ya cuenta con cinco años de edad, son profundamente perturbadores. Los angustiantes incidentes se multiplican, lo que indica que algo malo, tremendamente malo, pasa con Damien. Pero no es sino después cuando Thorn comprende la verdad: Damien no es un chico normal y corriente; es el durante mucho tiempo anunciado Anticristo. Ahora, Thorn debe hacer un último sacrificio para evitar el inenarrable terror que aguarda al mundo. La profecí­a está clara, los signos no dejan lugar a dudas: ha llegado la hora del Armagedón.



No nos engañemos: a pesar de gozar de la etiqueta “Séptimo Arte”, la industria cinematográfica actúa bajo las mismas premisas que el resto de abastecedores de mercado del mundo. Dejando al margen a reducidos grupos de cineastas que pueden permitirse el lujo, normalmente por su lograda reputación, de crear arte bebiendo de la propia inspiración y no bajo las exigencias del despotismo de producción, el resto cargan con el rol de trabajadores o profesionales del cine, ejecutando los planes de negocio de las grandes productoras. El resultado es de sobras conocido: un producto adecuado a la consecución de tales objetivos; eso de la inspiración artí­stica es, por regla general, secundario.

En 1976, David Seltzer (guionista) concibió una espeluznante historia para el público de entonces: un presagio (y no una profecí­a, tal y como se ha traducido en nuestro paí­s) anunciarí­a la llegada del Anticristo, el nacimiento del hijo del mismí­simo Satanás. El resultado fue La profecí­a, un filme que entrarí­a con facilidad entre las cincuenta mejores pelí­culas de terror de todos los tiempos. Quizá ésa es la razón por la que los propietarios de sus derechos decidieron volver a filmar, montar y, en general, dedicarse a todos los quehaceres que requiere hacer una pelí­cula, a excepción, claro está, de escribirla: eso ya estaba hecho. Vieron con buenos ojos que el sexto dí­a del sexto mes, pero esta vez de treinta años después, los guiones de Seltzer llegaran al espectador actual con la ¿nueva? La profecí­a, casi tal cual habí­an sido mostrados en la versión original. Ello nos lleva a las inevitables preguntas: ¿Era necesario un refrito de una cinta que cuenta con apenas treinta años de edad y que no necesita la aplicación de técnicas modernas para embellecerla? ¿No podí­a haberse usado el talento creativo de Seltzer para engendrar una nueva historia, en vez de ponerlo al servicio, una vez más, de las directrices del negocio? 



Siempre bajo la más que evidente orden de producción de mantenerse tan fiel al original como fuera posible, John Moore (director) ha conseguido un metraje decente, fruto de emular a su homólogo Richard Donner en el planteamiento general y de improvisar no más que unos pocos planos por su propia cuenta. Cabe destacar el buen hacer de su elenco, en especial a Liev Schreiber, Julia Stiles y una inquietante Mia Farrow en los papeles de padres adoptivos y niñera de Damien, el anunciado hijo del Diablo, respectivamente. De Schreiber y Stiles deberí­a decirse además que encarnan con eficacia personajes principales a los que no nos tienen ni mucho menos acostumbrados, generando una inesperada pero bienvenida credibilidad en una actuación sentida, profunda y equilibrada en el desarrollo.

Sin embargo, el punto fuerte de La profecí­a (tanto en la original como en la presente versión) es un ví­nculo aterrador que se crea entre el espectador y la pantalla, y que le transfiere una atmósfera tensa, casi apocalí­ptica, que le hace percibir el mal incluso donde no parece haberlo; no en vano, ello hace posible su clasificación como pelí­cula de terror. La audiencia partí­cipe de la versión de los años setenta recordará con cierto temor esta caracterí­stica sensación, menos conseguida en el presente remake, pero de todos modos perceptible por el espectador casual.



Con poco que reprocharle a su más bien sencilla trama, a excepción de que los autores hayan puesto al dí­a los presagios que anuncian la llegada del Anticristo de forma grotesca y a modo de casi bochornoso documental, La profecí­a no ha cambiado prácticamente en nada. Así­ pues, decepcionará a aquellos que esperaban poder jugar a las diferencias con la original y dejará indiferentes a todos los que ya pagaron por verla en 1976. Su nuevo público, en cambio, tiene una perspectiva un tanto mejor: quitará el sueño a la mayorí­a de los que no estén preparados para lo que van a ver, y salvará a los amantes del género de tener que soportar una de esas ridí­culas producciones de hoy con asesinos malos y monstruos gratuitos, por cierto, mal llamadas “pelí­culas de terror”.


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