Director: Alexandre Aja. 2006. EE.UU. Color
Intérpretes:
Emilie de Ravin, Ezra Buzzington, Aaron Stanford, Kathleen Quinlan, Ted Levine, Vinessa Shaw, Dan Byrd, Tom Bower, Billy Drago

Una familia americana que realiza un viaje a lo largo del país tiene un accidente en el desierto de Nuevo México. Allí serán capturados por una extraña familia de deformes.



La familia que mata unida, permanece unida
Seguro que esta nueva versión de Las Colinas Tienen Ojos habrá traído a la memoria de Wes Craven muchos recuerdos del año 1977. Cuando con tan sólo 230.000 dólares, el apoyo de Peter Locke como productor y un guión firmado por él consiguió rodar una de las películas más representativas del subgénero del canibalismo que llegó a prohibirse en algunos países. Con influencias de Freaks (1932) y de La Matanza de Texas (1974) y clasificada por algunos como terror-sucio, el impacto que produjo esta historia de “clase B” sobre una tribu caníbal permitió que el director comenzara a hacerse un hueco en la industria del cine.
Tras La Matanza de Texas (2004) se desató la fiebre del remake por clásicos de los años 70 y 80 apareciendo nuevas versiones de La Niebla, Terror en Amityville, La Profecía... muchas de estas arropadas ahora por grandes estudios. De ahí que la Fox recibiera con los brazos abiertos este proyecto de Alexandre Aja y Wes Craven después de que surgieran ciertas diferencias entre estos y Dimension Films en torno al presupuesto del remake. Problema que supuso el punto final a una serie de conflictos que habían hecho perder a Wes el control de Cursed y del remake Pulse.
Alejándose del tan trillado y clásico inicio impactante, sus responsables apuestan por un comienzo suave acompañado de una explicación para situarnos. Pese a tratarse de la clásica familia estadounidense, los personajes están muy bien trazados gracias a que los primeros cuarenta minutos son bien aprovechados para introducir a los sufridores protagonistas. El director de Alta Tensión no se limita a presentarlos simplemente como presas, sino que refleja las relaciones entre todos ellos. A la vez, va mostrando con sutiles signos a los mutantes, la malvada familia caníbal. Una astuta estrategia de Aja con la finalidad de despistar al espectador y del mismo modo elevar el nivel de suspense hasta el límite para adentrarnos después en una odisea sin respiro.
A los excesos sangrientos tan característicos en las “road movies” hay que sumarles también los momentos emotivos. El ataque a la familia todavía unida es de esos que ponen los pelos de punta. Los efectos especiales sensacionales, igual que la labor de maquillaje de Greg Nicotero y Howard Berger, que han trabajado en multitud de cintas terroríficas superándose en cada nuevo trabajo. Tampoco pasa desapercibida la banda sonora de Tomadandy que ambienta perfectamente situaciones de suspense, tensión y emoción. Sensaciones que experimentareis gracias a Papá Júpiter y sus secuaces.
Bienvenidos a un espectáculo brutal y escalofriante.

Todo empieza con el viaje de campo de una familia típicamente disfuncional. Es el aniversario de boda del detective “Big Bob” Carter y de su dicharachera mujer Ethel (Kathleen Quinlan); y para celebrarlo, Bob (Ted Levine) pide a su gran familia que cruce California con ellos, esperando que las alegrías que les depare la carretera puedan ayudar a recomponer sus deterioradas relaciones. Nadie se siente particularmente feliz con la idea. En medio del viaje, Big Bob decide tomar un desvío.
De repente, la familia Carter se encuentra en una desolada franja de desierto, donde no parece haber un ser vivo en mil millas a la redonda. Cuando se produce un pequeño e inesperado problema en el vehículo, se ven inmersos en graves dificultades, lejos de cualquier ayuda que les pueda llegar, con un implacablemente caluroso sol del desierto cayendo de forma inmisericorde sobre sus cabezas. Pero mientras luchan por sobrevivir en este letal desierto, emerge una amenaza aún más grande. Ahora los Carter se dan cuenta de que quizás no estén tan solos como pensaban en un principio.
El director sabe acosar la mente del espectador de una manera agobiante, combina por igual el horror físico como el psíquico.
Que Alexandre Aja, haya dedicado un tiempo precioso a intentar describir un poco a cada uno de los personajes, sin entrar enseguida en el gore más puro.
El momento más espectacular es el ataque a la furgoneta. De una crueldad bestial, aterroriza por inesperado, por una brutalidad escénica que era lo que uno espera en un filme así.
Aunque también hay muchos minutos que es más de lo mismo. Uno puede llegar a desesperarse con el inicio del filme.
Es que no hay ni una sola reacción de los personajes que sorprendan. Actúan como uno espera que actúen, o digámoslo de otra manera más acertada, como uno ha visto mil veces que actúan en las diferentes películas del mismo género.
Puede opinarse que no es más que un “refrito”, nada disimulado, de elementos de La matanza de Texas.
Pero el impactante destino del cabeza de familia. Imagen que queda varios días en la retina.
Salvo alguna pequeña aportación al género, en forma de violencia desmedida y angustiosa hasta decir basta, no veo ningún factor más que desequilibre la balanza a su favor, en relación a la primera versión de Wes Craven en 1977.

Otra “adaptación” en nuestra cartelera. Pero al menos, a diferencia de muchos otros se trata de una película desconocida para el gran público, una de las primeras obras del afamado Wes Craven, que también tuvo en su día una secuela.
Una familia está de viaje vacacional con el remolque a cuestas y tratando llegar a California y de paso atravesando el desierto de Nuevo México, un lugar en el que en su día se realizaron cantidad de pruebas nucleares y donde vivían algunos mineros. Lo que no saben es que en ese lugar aún hay habitantes, los descendientes mutantes de aquellos mineros, que se alimentan de incautos viajeros, como nuestra familia.
Premisa sencilla y efectiva que Alexandre Aja, director francés famoso por su debut Alta Tensión, ha sabido explotar perfectamente. Teniendo en cuenta que esta clase de historias no dan para mucho, es muy meritorio que el resultado sea una película intensa en todo momento, visualmente potente sin cargar las tintas en efectitos de montaje y que tiene unas interpretaciones más que decentes para una película cuyo principal potencial no es desde luego el trabajo de los actores, sino la casquería, los sustos y el ambiente sucio y viciado que se respira en todo momento
La película se asemeja en buena medida el estilo sucio muñonero de recientes producciones como el remake de La Matanza de Texas, Los renegados del Diablo y similares producciones en las que el olor a putrefacción, sudor y chochamen no nos llega porque en el cine no hay olor (bueno, depende del compañero de butaca). Lo bueno que tiene es que tampoco se ceba en intentar dar un susto gordo en cada instante, sino más bien en crear tensión y mal rollo, que es mucho más efectivo a la hora de mantener la película.
También se agradece el que los protagonistas no sean simple carnaza para los deformes atacantes, una vez pasado el shock inicial se pondrán manos a la obra para salir vivos como sea, como ponerse en modo Terminator si es necesario.
Como he dicho el trabajo de los actores es más que decente. A pesar de no ser la trama principal somos perfectamente conscientes de los roles que juegan cada uno de ellos dentro de la familia, de las tensiones o afectos que hay entre ellos, etc. Todo parte también de un excelente casting de rostros conocidos pero no especialmente famosos donde la actriz que más suena es Emilie de Ravin por su participación en Perdidos. Junto a ella un desconocido Aaron Stanford, que daba vida a Pyro en X-Men 2 y 3, y que es sin duda el que se lleva la palma en la peli. El joven Dan Byrd también destaca en un papel que no es el del típico adolescente tocapelotas. Vinessa Shaw y dos veteranos de peso como Ted Levine y Kathleen Quinlan terminan de dar forma al excelente plantel familiar.
No es una película que vaya a renovar el género ni va a pasar a la historia, pero desde luego es una muy digna producción de género, realizada con muy buen pulso y que merece la pena ver.


El rostro del terror
El cine de terror se encuentra en un estupendo momento. Un nuevo grupo de directores se está encargando de renovar las bases estéticas del género, aportando nuevas perspectivas y radicalizando sus planteamientos. Todos ellos parecen beber de las mismas fuentes, y filtran su concepción estilística a través del cine de los setenta, capturando su espíritu y su forma: seca, áspera, brutal, sin concesiones, que sabe a sudor, polvo y sangre y huele a pesadilla infernal de la que no se puede escapar. Los enclaves o patrones utilizados están claros, y sumergen sus raíces en los imaginarios de Tobe Hooper, George A. Romero, John Carpenter, o Wes Craven.
A partir de este sustrato basal a modo de magma referencial ha surgido una generación que apuesta por la fuerza de un terror que había perdido intensidad tras la repetición de esquemas que proporcionaban las películas de adolescentes atacados por psicópatas enloquecidos. Ahora ya no hay parodia a lo Scream, ni vueltas de tuerca efectistas estilo Sé lo que hicisteis el último verano, sino dolor, sufrimiento, brutalidad gore y muchas dosis de mal rollo. Ellos son Eli Roth (Cabin Feber, Hostel), Lucky McKee (May), Rob Zombie (La casa de los 1000 cadáveres, Los renegados del diablo), Neil Marshall (Dog Soldiers, The Descent), Victor Salva (Jeepers Creepers, I y II), Marcus Nispel (La matanza de Texas 2003) y Alexandre Aja.
Todos son alumnos aventajados, niños prodigio en el arte de producir horrores sin límites, pero el caso de Alexandre Aja es significativo por contar con tan sólo 28 años de edad y ya haber dirigido dos piezas de culto del cine de principios de siglo: Alta tensión y Las colinas tienen ojos, filme que nos ocupa y que revisiona de manera portentosa el clásico de Wes Craven de 1977.
En los últimos tiempos han sido muchos los remakes que se han perpetrado de manera indecente. Sólo tenemos que echar un vistazo a la cartelera para comprobar la innecesariedad de un filme como La profecía, de John Moore. En los próximos meses llegará a nuestras pantallas otro flagrante engendro: la versión americana en clave adolescente de la obra maestra de Kiyoshi Kurosawa, Kairo (Pulse). Sin embargo, hay que separar el grano de la paja. No todas las revisiones son necesariamente indeseables. Ahí está el caso de la fantástica Matanza de Texas que hizo Marcus Nispel o esta Las colinas tienen ojos de Alexandre Aja. Es más, me atrevo a decir sin ninguna duda, que nos encontramos ante un filme que supera a su original. En realidad se trata de una reformulación del mismo, de forma que no se traiciona ni olvida ninguno de los atributos de la película original, sino que se añaden algunas jugosas modificaciones y sugerencias de cosecha propia. Estamos ante una reconfiguración personal en toda regla. Se nota que hay respeto hacia la obra, admiración e incluso idolatría, y por eso Alexandre Aja no traiciona en ningún momento su espíritu; todo lo contrario, lo enriquece. De esta forma, esta nueva versión de Las colinas tienen ojos se encuentra más perfilada, y su tratamiento es más consecuente con los mecanismos de la acción. De todas formas ambos filmes se complementan a la perfección, ya que algunos datos que se aportan en uno, se omiten en el otro y viceversa, de manera que resulta de lo más gratificante descubrir las nuevas variantes y sorpresas que se esconden bajo el dispositivo diseñado por Aja.
El primero y más significativo consiste en dotar de una razón de ser a los seres terroríficos que pueblan el desierto de Nuevo México. Si en la obra de Craven la explicación estaba basada en una antigua leyenda irlandesa acerca de una familia de caníbales que se escondían en una mina, aquí se reviste con una contundente crítica a la política militar de los EE.UU. que, a través de las pruebas nucleares que llevaron a cabo en esa zona, provocaron en sus habitantes una serie de deformidades físicas y mentales irreversibles. √âse es el secreto que esconden las colinas, seres monstruosos, devoradores de carne humana víctimas de la incompetencia y la negligencia del propio gobierno de la nación, y que están dispuestos, en la medida de sus posibilidades, a tomarse la revancha haciendo todo el mal posible dentro de su campo de acción.
Ya se sabe: en una película de terror, cuando te desvías de la ruta correcta, nada bueno puede pasar a tu alrededor. Los perjudicados siempre son los mismos, un grupo de jovencitos con las hormonas dislocadas o la típica familia american white trash.
Un matrimonio que celebra sus bodas de plata con sus hijos es la carnaza perfecta para que se desate la locura. Republicanos, católicos, adictos a las armas, patriotas… lo tienen todo para triunfar entre la familia de caníbales capitaneada por Papá Júpiter.
Desde el comienzo, Aja da muestras de su virtuosismo como director, y crea una atmósfera espesa, turbia, en la que late el desasosiego y un clima de progresiva violencia se va acumulando subrepticiamente. Es una cuestión de enfoque. Basta con posicionar la cámara de la manera adecuada para tensionar un plano. Parece una cosa muy fácil de hacer y que debería estar estipulada en todo buen filme de género que se precie, pero desgraciadamente pocas veces se consigue. Alexandre Aja demuestra una particular destreza a la hora de planificar cada una de las secuencias, desde la conversación familiar más intrascendente a los momentos de máxima exaltación de la violencia. Al igual que ya hiciera en Haute tension, el director goza recreándose en los detalles, en los pequeños elementos que adornan cada uno de los encuadres para crear un poso de turbación. Sin embargo su puesta en escena no resulta en ningún momento aparatosa o efectista, sino de una sobriedad y una elegancia inusual dentro de un filme tendente a la casquería. Incluso me atrevería a decir que de muchos de los encuadres pueden incluso extraerse delicadas gotas de poesía.
Lo que sí es un hecho probado es la fuerza arrolladora de sus imágenes. Nadie puede escapar al implacable ritmo secuencial que imprime Aja, a la contundencia expresiva de su maquinaria visual, a la sagacidad con la que traza el mecanismo narrativo poniendo a su disposición de manera ajustada y precisa cada uno de los recursos fílmicos que tiene a su alcance para conseguir una depuración estilística sin precedentes dentro del cine de terror actual.
Ahora, eso sí: no nos ahorra ni un solo detalle escabroso. Tan sólo recuerdo un aliviador fuera de campo en el momento en el que el perro Beast se abalanza contra uno de los miembros de la familia de los horrores. La angustia es por tanto constante, no hay instantes de respiro en esta desatada lucha sangrienta por la supervivencia.
Finalmente la civilización pierde su batalla, y el hombre debe animalizarse y sacar sus más bajos instintos asesinos si quiere salvar su pellejo y el de aquéllos a los que ama. En la contienda de la vida todas las armas son posibles, uñas, dientes… pero la más eficaz es la inteligencia. Y Las colinas tienen ojos la derrocha a raudales.
*: En la película de Aja, la tribu de dementes se encuentra menos perfilada que en la realizada por Craven, sin duda de manera deliberada. Lo único que echo en falta es una mayor utilización del patriarca que encarna Billy Drago. No porque nos interese lo más mínimo el personaje en sí, sino por el propio Billy Drago, reivindicado en los últimos tiempos como un actor de culto. Sólo hace falta ver la nueva pesadilla de Takashi Miike, Imprint, para que nos demos cuenta de por qué merece ocupar el nuevo trono de la psicotronía casposa.