Director: Sofia Coppola. 2006. Francia-EE.UU. Color
Intérpretes: Kirsten Dunst (María Antonieta), Jason Schwartzman (Luis XVI), Rip Torn (Luis XV), Judy Davis (condesa de Noailles), Asia Argento (madame Du Barry), Marianne Faithfull (emperatriz María Teresa), Danny Huston (Joseph), Molly Shannon (tía Victoria), Steve Coogan (conde Mercy D’Argenteau), Rose Byrne (duquesa de Polignac)
Prometida al rey Luis XVI (Jason Schwartzman), la ingenua María Antonieta (Kirsten Dunst) es arrojada a la edad de 14 años a la opulenta corte francesa, plagada de conspiraciones y escándalos. Sola, sin guía y desorientada en un mundo peligroso, la joven María Antonieta se rebela contra la aislada atmósfera de Versalles y, en el proceso, se convierte en la reina más incomprendida de Francia. La joven princesa, cuya fatídica vida se convierte en mito y leyenda. La historia comienza cuando una María Antonieta de 14 años es alejada de su familia y de sus amigos en Viena, despojada de todas sus posesiones y abandonada en el mundo sofisticado y decadente de Versalles, la magnífica corte real cerca de París. María Antonieta es un simple peón en un matrimonio concertado para solidificar la armonía entre dos naciones…

Tras la muy difícil acogida que buena parte de los medios le dispensaron en su première mundial durante el pasado Festival de Cannes, esperábamos ver en María Antonieta (2006) una obra transgresora que finalmente no ha sido, aunque es normal que la crítica francesa arremetiera frontalmente contra el filme de Sofia Coppola como si de una cuchillada prometida se tratase, al conocer que la hija mimada de Francis Ford Coppola pretendía atreverse a revisitar el pasado histórico de Francia a través de uno de sus personajes más icónicos. Este hecho no hace más que deslegitimar a ese sector de la crítica que gusta rasgar más allá de la mera recepción artística -que viene a ser igual que aquellos que machacaron a La Pasión de Cristo (2004,
Mel Gibson) simplemente porque Mel Gibson es un católico ortodoxo y ultraconservador-, y que al mismo tiempo realza el descaro de una jovencita engreída y malcriada en su afán por seguir llamando la atención. Pero lo que sí está claro es que más allá de vituperios y escarnios colectivos sobre la figura personal de Sofia Coppola, María Antonieta, aún plegada a ciertas concesiones, es una obra muy personal, fruto de una mirada única y difícilmente equiparable a cualquier otra, algo que se agradece mucho en la actualidad, sobre todo tratándose de un género tan codificado como el cine histórico. Es decir, que no estamos frente a Romeo y Julieta de William Shakespeare (1996,
Baz Luhrmann) ni mucho menos Lancelot du Lac (1974, Robert Bresson), pero sí ante un largometraje con no pocos extraordinarios detalles, aunque tampoco esté exento de sinuosas trampas.


En María Antonieta, Sofía Coppola traslada el grueso “corpus” de Las vírgenes suicidas (1999) a la Francia de finales del s. XVIII, un imaginario estético y conceptual ya asentado desde su debut y más relacionado con su primer trabajo que con Lost In Translation (2003). En un mismo espacio conviven por tanto, la opulencia de la realeza, la pomposa escenografía y el recargado vestuario, junto con las estancias vaporosas, el espíritu “indie”
y un tanto melindroso de las reuniones de adolescentes, y la liviandad de sus mismos cuerpos, encorsetados en un mundo de leyes y servilismos que sin embargo terminan aceptando porque así está estipulado -aunque, si tanto se quejan de esto, poco hacen por rebelarse ante ello. Este choque dialéctico le sirve a Coppola para realizar una doble exposición: por un lado, para la joven cineasta la adolescencia (femenina, mayoritariamente) se sustenta sobre una base transhistórica y continuista; básicamente no existen diferencias entre este período vital para las jóvenes que vivieron en la Francia del s. XVIII que para esas norteamericanas que acuden al instituto en pleno s. XXI: sus preocupaciones son las mismas -al menos para la clase acomodada/aristocrática, el target de la realizadora-, solo que mientras ahora se exige un esfuerzo intelectual por terminar una carrera y buscar un trabajo que de mucho dinero, en el pretérito las obligaciones se concentraban en casarse y tener una rápida descendencia. Todo lo demás permanece casi inalterable: los bailes de máscaras sustituyen a las raves y a las discotecas, las drogas varían en su constitución que no en su uso, los cuchicheos y rumores prejuiciosos persisten de forman sibilina, los valientes caballeros ocupan el lugar como amantes de los quaterbacks del equipo de fútbol americano, el entusiasmo ante la bisutería, el peinado y la zapatería excepto -las Converse (sic)-, la evasión como estrategia frente al universo de los adultos, etc. Coppola no entiende de “efectos cohorte” o generacionales: si las adolescentes (repetimos, burguesas) de ambas épocas respondieran el mismo test o cuestionario los resultados apenas variarían; un punto de vista tan debatible como respetable.
Por otro lado, esa miscelánea de texturas le permite también ir construyendo una figura histórica de manera un tanto anacrónica, y por tanto, desplazada. Las dificultades que sufre María Antonieta (Kirsten Dunst) para adaptarse en un ambiente hostil que nunca está conforme con su presencia -primero por su origen no francés, segundo porque parece incapaz de satisfacer a su marido, y por último porque no consigue darle un hijo- es análoga al sentimiento de extrañeza del público que se enfrenta a una obra que no pretende establecer la enésima construcción rigurosa de un período histórico, sino que quiere romper (no totalmente) con las limitaciones de sus códigos. La desconexión de la soberana ante el universo que la rodea (¿ante el mundo adulto?) se palpa en la elección de los encuadres y de su composición que utiliza Coppola, más rígidos, fríos y geométricos cuando ésta se encuentra incómoda o atrapada, y que sin embargo se transforman en cálidos y suaves acompañamientos cuando, ahora sí, María Antonieta se libera de sus mínimas obligaciones para ejercer como adolescente desinhibida y vital, como sucede durante su bucólica estancia en la casa de campo, o cuando comparte fiestas y divertimentos con sus acompañantes de edad. Este brutal distanciamiento, esta creación de un microcosmos profundamente artificioso se extiende también a su faceta como representante social, a su desinterés casi ingenuo por la plebe, a la cual inteligentemente Coppola esquiva salvo en los últimos minutos de metraje, cuando ésta se personifica ante la reina reclamando su cabeza. Es éste el único momento en que las necesidades del pueblo llano se entrecruzan con un universo ya en decadencia, y que la neoyorquina subraya con un halo tenebrista. Al fin y al cabo, cuando a la María Antonieta de Sofia Coppola se le comentaba que sus considerables gastos harían inevitable la entrega de donaciones al pueblo, ella estaba más preocupada por escoger los setos que fueran a juego con el resto del decorado natural. Su frivolidad solo puede ser explicada por su inmadurez y desconocimiento del puesto que ocupa, una visión nada extraña ni incongruente para una niña que se casó con catorce años y que a los diecinueve fue nombrada reina.

Si bien el sustrato reflexivo del filme no deja de ser bastante controvertido, en particular porque las semejanzas entre María Antonieta y la propia Sofia Coppola pueden llegar a ser tan indiscutibles que se podría pensar que la realizadora exculpa moralmente a la soberana por el derrumbe de una nación cuando ésta, por mucho que se recalque su inconsciencia y bisoñez, formaba parte de aquel mundo, éste es un terreno demasiado pantanoso sobre el que aventurarse puede convertirse en un viaje sin retorno. En cambio, ateniéndonos simplemente a lo cinematográfico -si acaso es posible desligarlo de lo ideológico-, es necesario elogiar a Sofia Coppola porque ante todo ella es una gran directora de cine, con un dominio cada vez más firme de su lenguaje y de la puesta en escena. Coppola manifiesta una confianza absoluta en la imagen, y en una época donde la imagen ha sido ya tan vulnerada pero paradójicamente sigue siendo subexplotada por un importante número de cineastas, uno de los mayores halagos que un artista puede recibir es que parece estar dotado con el don de contar una historia solo mediante fotogramas, sin necesidad de subrayarlos o acompañarlos con diálogos. En este sentido Coppola es capaz de concederle al filme el tono que cree más idóneo en cada momento, en cada secuencia: desde el espíritu contemplativo en su retiro campestre, la estructura repetida de acciones de María Antonieta en su vida de palacio que deviene en sempiterna rutina, o el ocaso final de su modo de vida, narrado mediante bruscos cortes en negro, por momentos desgarradores -y que incluye una grandiosa elipsis dentro de plano-, hechos que no hacen más que dejar constancia de la inequívoca fuerza visual del largometraje. Incluso los momentos musicales ochenteros , menos cuantiosos y exagerados de lo que se preveía, tienen una función liberadora tanto para su protagonista como para el film, ya que rompen con las convenciones más tipificadas del género y al mismo tiempo se erigen como constatación del estado mental de los propios personajes. Coppola, por lo tanto, no es sólo una realizadora influenciada por la publicidad ni que se dedique simplemente a componer planos pop, su talento es superior.

Parece obvio que, aparte de reacciones encontradas y posicionamientos más o menos extremos, María Antonieta será fuente de múltiples análisis y lecturas desde los más heterogéneos puntos de vista, quizá demasiados para lo que pretendía la realizadora norteamericana. Es evidente que desde aquí no buscamos limitar el estudio de una película, ya que ésta, como obra de arte que es (que debería ser) debe trascender las pretensiones de su autor para posicionarse en la historia y adquirir un carácter polisémico que la libere de acotaciones normalizadas. Sin embargo, hay en María Antonieta algunos detalles que desvelan su ligereza, o al menos una cierta falta de coherencia hacia aquello que aparentemente se desea contar. Para empezar, el hecho de filmar en Versalles ya se manifiesta como algo injustificado porque, ¿acaso la construcción de un universo tan artificioso e irreal no es incompatible con el rodaje en escenarios naturales? ¿No será esto un mero capricho por rodar en el interior del lujoso palacio? Es innegable que Sofia Coppola no posee la lucidez de Eric Rohmer, ni María Antonieta puede compararse por ejemplo a La inglesa y el duque (L’anglaise et le duc, Eric Rohmer, 2001) en su trabajo con los decorados. Además, el hecho de que todos los actores hablen en inglés -con la clara diferenciación del inglés con acento británico para los constreñidos adultos y el norteamericano para los jovenzuelos- contrasta con el gratuito uso de locuciones en francés, cuya única explicación radica en que suena “cool” . Son tics verdaderamente molestos, porque de algún modo nos obligan a pensar que, por encima de interpretaciones de alto calado, María Antonieta no deja de ser un bonito juguete para su directora, del mismo modo que la función de reina lo es para su protagonista. Quizás porque mientras muchos siguen luchando por un mísero presupuesto para sacar adelante su proyecto, jugándose su futuro en una indescifrable recepción de la taquilla, Sofia Coppola sigue comiendo deliciosos pasteles cortesía de American Zoetrope. Y eso es algo que da mucha tranquilidad.

La crítica en la actualidad supongo que se encarga con demasiada frecuencia de ensalzar prematuramente a jóvenes autores que tan solo acaban de comenzar su andadura cinematográfica, que puede que tengan buenas ideas y talento para plasmarlas, pero que todavía tienen que dar mucho de sí para demostrar su valía. Necesitamos crear mitos contemporáneos, himnos generacionales que sirvan como estandarte a la hora de definir la sensibilidad de nuestro tiempo. No sé si se trata de una cuestión generacional o una necesidad de tomar distancia y crear nuestro propio panteón de figuras flamantemente descubiertas y que han llegado a conseguir que a su alrededor gire todo nuestro sistema referencial. Pero lo que sí es cierto es que muchos de estos recién llegados se encuentran realizando el mejor cine del momento, o por lo menos el más valiente o el que se atreve a desafiar los patrones genéricos para promover una regeneración de las estructuras anquilosadas. ¿Qué hay de malo en que se les otorgue el sitio que merecen dentro de la construcción de un nuevo mapa de la cinefilia moderna? ¿Es apresurado entronizar a Apichatpong Weerasethakul como un director fundamental? Sólo el tiempo nos dará o nos quitará la razón, pero por el momento, resulta interesante la manera en la que muchos nuevos autores intentan adaptar sus miradas a las tensiones que pueblan el presente en el que nos movemos.
Sofía Coppola es joven, mujer, inteligente e hija de Francis Ford Coppola. Suficiente como para que sea odiada por muchos, para que su trabajo sea mirado con lupa y para que en ocasiones se hable más de ella misma que de sus propias películas. Si a eso le añadimos que también es “moderna” y pertenece a esa nómina de directores que siempre parecen querer estar dando la última palabra en tendencias cinematográficas. Sofía Coppola, Michel Gondry, Wes Anderson, son directores con unas coordenadas estéticas muy definidas que no admiten consideraciones intermedias, o entras dentro de sus imaginarios personales o su cine puede irremediablemente resultarte cargante y pedante. Sin embargo, también es cierto que son de los pocos que llevan una carrera bastante coherente y son fieles a los parámetros que imponen sus respectivos estilos. En este sentido, Sofia Coppola sigue demostrando al margen de cualquier consideración de carácter externo, que es capaz de continuar articulando su particular universo artístico, y que éste se demuestra rico, vivo y en continuo proceso de expansión creativa.
Maria Antonieta es una buena muestra de ello. Una película en la que se mezcla la valentía, el desafío y la travesura en un intento de llevar un poco más lejos todo lo ensayado hasta el momento quizás para ponerlo a prueba, para tensionarlo de forma casi suicida y comprobar cuáles son sus propios límites expresivos.
La directora se acerca a los moldes del cine histórico para abordarlo desde una perspectiva posmoderna. Pero, ¿realmente es Maria Antonieta una película tan transgresora como parece? En realidad el filme nace del choque entre dos visiones, la clásica (representada a través del todo al andamiaje y el aparato escénico así como por una cierta tendencia, sobre todo en el primer tercio del film, a dotar a la secuencia de una cadencia que evoca al cine de ambientación tradicional), y la impostura de vanguardia (a través de una cámara inquieta y juguetona que rompe con el academicismo al verse liberada de ataduras para poder ensayar a su antojo con el movimiento y el ritmo en el interior del plano). En ese sentido Maria Antonieta es un collage de estilos que muta a cada momento dependiendo de las necesidades de cada una de las escenas, sin que haya nada que chirríe o desentone dentro de un conjunto que a pesar de ser tremendamente ecléctico termina resultando inesperadamente equilibrado.

Así, durante la primera parte del filme en la que se necesita mostrar el aburrimiento de la joven reina en la corte de Versalles, la directora opta por encadenados secuenciales que se repiten una y otra vez para marcar los lapsos temporales y dar así una la sensación de monotonía y de período de tiempo estancado en el que nada cambia y todo sigue igual día tras día. Tanto es así que el hastío que embarga a la protagonista incluso traspasa a la pantalla para instalarse en el espectador, que espera paciente a que la película tome algo de brío y supere la aparente parálisis argumental en la que se haya sumida.
En el momento en el que María Antonieta asume su papel y comienza a divertirse de verdad disfrutando del lujo y de las comodidades de su cargo, el ritmo hasta el momento opaco, se llena de vida, aparecen las fiestas, y con ellas las canciones de aliento pop y las estructuras narrativas contadas a través de composiciones a modo de videoclip o de anuncio publicitario.
De todos modos es inútil intentar ajustar a unos moldes predefinidos la estructura formal sobre la que se sostiene el tejido constitutivo de Maria Antonieta, ya que nos encontramos ante un ejercicio de libertad creativa en el que el caos se convierte en el único eje vertebral posible, tanto en el plano de la imagen como en el del contenido. Nos encontramos ante una película caprichosa, que adquiere su razón de ser en la fragmentación narrativa, en la suma de pequeños bloques casi de carácter independiente que pugnan entre sí en la conformación de un hilo conductor que parece diluirse a cada momento y que adquiere sentido cuando se desvincula del conjunto y se aprecia de manera aislada.
Maria Antonieta da vueltas y más vueltas alrededor de su núcleo centrífugo, se pierde, se reconduce, se difumina, se vuelve a encontrar, su naturaleza es errática y saltarina y cada una de sus estampas podría adquirir entidad propia desafiando toda lógica argumental e imponiendo la inventiva visual por encima de todo a través de atmósferas plásticas y rítmicas que sirven para poner en imágenes ideas sueltas y aparentemente deslavazadas, algunas de ellas sin continuidad narrativa. El filme encuentra en estas pequeñas unidades de significado su razón de ser, conduciendo a que su continuidad lineal sea profundamente anticlimática. El filme respira de manera entrecortada, en algunas ocasiones parece asfixiarse, en otras prácticamente pierde el pulso, aunque en la mayoría de las ocasiones consigue recobrar el aliento y termina recuperando su pulsión cinética.
No, Maria Antonieta no es un filme perfecto, incluso puede llegar a resultar incómodo, aunque supongo que es precisamente eso lo que lo hace especial. Si le quitamos los colores pastel, la ambientación recargada, el detallismo de cada uno de los objetos de atrezzo, la decoración, el vestuario, los exabruptos secuenciales, la desbordante mixtura genérica, ¿qué nos queda? El mismo sentimiento de búsqueda desesperada de la identidad en el seno de un entorno hostil que latía en el seno de Las Vírgenes Suicidas y Lost In Translation. Por eso quizás, los mejores momentos del filme son aquellos en los que la cámara reposa en el rostro de Maria Antonieta quedándose ésta a solas consigo misma (en el balcón de palacio, en la bañera, en su alcoba cuando recibe las cartas que la unen a su madre) siendo entonces cuando todas las caretas desaparecen y la joven toma conciencia de su delicado papel dentro de la Corte, de las intrigas y recelos que se establecen a su alrededor, de que su vida se encuentra inevitablemente vacía y de que en realidad está sola. La frivolidad se convierte en un refugio de su propia inconsciencia, ésa que la mantiene encerrada y aparentemente a salvo en su propia burbuja de irrealidad. La desconexión con el mundo que la rodea es total, al igual que ocurría con los otros personajes femeninos que habitaban los anteriores filme de Sofia Copolla. Seres encerrados en pequeños microcosmos, a veces a la fuerza, otras por incapacidad de abrirse a su entorno, o porque no tienen más remedio y deben resignarse a desempeñar el papel que les ha tocado. Tres caras de una misma moneda, las hermanas Lisbon de Las vírgenes suicidas, la Charlotte de Lost In Translation y la Maria Antonieta de este filme. Insatisfechas, inmaduras, desorientadas, prisioneras de su destino.
La Corte de Versalles se convierte en esa cárcel en la que Maria Antonieta se encuentra cautiva sin tener ningún tipo de contacto con el exterior. Quizás ese es uno de los mejores y más valientes hallazgos del film, contar la historia desde una única perspectiva, sin que ningún hecho