Director: Matthew Bright. 2002. EE.UU. Color
Intérpretes: Michael Reilly Burke (Ted Bundy), Boti Ann Bliss (Lee), Alexa Jago (Betty), Tom Savini (Detective), Julianna McCarthy (Profesora), Jennifer Tisdale (Chica bonita), Marina Black (Kate), Steffani Brass (Julie), Tricia Dickson (Vincennes), Meadow Sisto (Welch), Deborah Offner (Beverly)

Basada en hechos reales. Ted Bundy era una sobrecogedora combinación entre “el guapo chico de al lado” y una perversión degenerada. A la vez que innegablemente guapo, encantador, inteligente y lleno de carisma, Bundy tenía un lado oscuro atormentado y motivado por retorcidas fantasías y una sexualidad necrófila. Un joven que obtuvo los favores de muchas mujeres, Bundy llevó sus fantasías al extremo cuando dejaba a sus novias para perseguir, amenazar y quitar la vida a inocentes mujeres que nada sospechaban. Esta es la historia de Ted Bundy, el asesino en serie más prolífico de América, que confesó haber matado a más de treinta y cinco mujeres entre 1974 y 1978 por todo EE.UU.

“Psico-killer” en busca de autor
Ted Bundy es el segundo fruto de la trilogía que sus productores pretenden llevar a cabo sobre famosos criminales americanos. La primera entrega, Ed Gein, se llevó hace un par de años del Festival de Sitges el premio a la Mejor Película y al Mejor Actor, a pesar de ser un filme sumamente discreto e incluso fallido, que más tarde pasaría sin pena ni gloria por las carteleras. Es muy probable que éste sea el destino que le aguarde a este nuevo episodio, que consigue eliminar los ya escasos aciertos de la cinta predecesora y quedar como un telefilme muy discreto, mera narración muerta de unos hechos sin la más mínima voz propia. Falta por ver si, visto lo visto, los productores se animarán a llevar a cabo el tercer film de la saga, de lo que de momento (afortunadamente) no hay noticia.
En el caso de Ted Bundy, de la mano de su director, Matthew Bright (conocido en nuestro país por las dos partes de Freeway [Sin salida]) y del actor Michael Reilly Burke (salido de los fangosos terrenos de las teleseries americanas), se nos muestra la trayectoria criminal de un personaje real que por su elevado número de crímenes sexuales dio nacimiento (al menos eso dice el filme) al término criminal “psicokiller”. Y eso es la película, una sucesión de crímenes que llevan a las distintas detenciones (se escapó dos veces de prisión) de su protagonista y a su posterior ejecución. En medio, algún apunte (limitadísimo) de carácter y de su problemática vida en pareja con la que fue su novia, que no supo nada de los crímenes hasta que lo detuvieron (y que podría haber sido uno de los puntos fuertes de esta cinta de haberle prestado más atención su guionista Stephen Johnston y su director), que poco aportan a la hora de dar luz al misterio de qué es lo que realmente se nos quiere contar. Todo se desarrolla con aburrida monotonía, lo que es una de las peores cosas que le puede suceder a una cinta escabrosa y sensacionalista como ésta.
Como en el caso de Ed Gein, la frialdad narrativa del filme y la búsqueda de no juzgar y de ser objetivo con el criminal que se retrata (algo evidentemente imposible), lleva a una serie de contradicciones en el tono de la obra, provocando una sensación de navegar sin rumbo y a la deriva durante todo su metraje. Si a la confusión que esto plantea en el espectador (que no da el buen resultado, supuestamente buscado, de identificarse al máximo con el criminal) se une que la realización del filme y su guión (crimen tras crimen sin nada nuevo bajo el sol) son bastante pobres, queda un trabajo que a duras penas logrará mantener atento al público hasta su conclusión y al que uno no le consigue encontrar (por mucho que lo intente) su razón de ser. No obstante, y a falta de que en un futuro lo emita Antena 3 en su franja del mediodía, aquí lo tienen ocupando pantalla en busca de un público que sólo podrá salir de él decepcionado y desconcertado.

No cabe duda que el cine norteamericano se ha mostrado siempre sensible ante la existencia de esos asesinos en serie que -además de aterrorizarlos- pusieron muchas veces en tela de juicio el modo de vida de su país. Es curioso constatar como esa aparente “mayor democracia del planeta”, permita florecer y albergar una serie de monstruos que en el fondo no están más que generados por una sociedad hipócrita, puritana y llena de prejuicios como la de Estados Unidos. Esa singular circunstancia ha sido tema recurrente a numerosos títulos brillantes, que han logrado horadar a través de sus imágenes en el lado oscuros del falso “gran sueño norteamericano”. Películas tan reconocidas como A sangre fría (1967, Richard Brooks) o tan poco conocidas como The Sniper (1952, Edward Dmytryk) no son más que ejemplos pertinentes dentro de una amplia galería de títulos que llega hasta los últimos años con numerosos exponentes que estoy convencido, cualquier espectador mínimamente avezado podría ampliar y completar.
Pues bien, a esa relación generada en la década de los años 90, hay que agregar Ted Bundy, curioso pero finalmente no demasiado distinguido intento de trasladar a la pantalla la trayectoria criminal de tan conocido asesino, que cometió sus múltiples crímenes durante las décadas de los setenta y ochenta, y finalmente fue ejecutado en la silla eléctrica. Oscilante en su ritmo, dubitativa en los rasgos visuales empleados y en la mirada efectuada, si algo hay que agradecer al filme de Bright -al menos, bajo mi punto de vista- e en el hecho de mostrar una andadura y unas acciones absolutamente atroces, sin recurrir para ello a efectismos visuales o, especialmente, al exhibicionismo “gore”. Sé que a este respecto hay opiniones contrapuestas, pero mi estómago prefiere en esta vertiente la máxima tourneriana del “sugerir antes que mostrar”. Por ello, hay que agradecer que las imágenes sean lo suficientemente terribles en su descripción de las atrocidades de Bundy, sin tener que asistir a una ensalada sanguinolienta de miembros amputados y descuartizamientos varios. En ocasiones, ese simple diálogo del perturbado asesino ante una cabeza ya casi momificada y ridículamente decorada con una peluca, o los momentos en que machaca a varias jóvenes antes de su captura final -y donde el protagonista es mostrado embadurnado de sangre-, son elementos suficientes para hacer sentir al espectador el horror que puede provocar un ser humano enfermo y perturbado por una infancia y un entorno familiar definido por sus irregularidades y probablemente por un contexto represivo. En este sentido, hay que decir que la película no resulta lo suficientemente precisa, y todas las referencias quedan como apuntes aislados en las actitudes del protagonista.
Bundy (una notable composición de Michael Reilly Burke, de las que condicionan e incluso acribillan una carrera cinematográfica) es un joven estudiante de derecho, joven, atractivo y atrayente. Entre sus aspiraciones no oculta el poder acceder a la política -es el clásico ejemplo de cachorro republicano de extracción humilde-. Pero bajo su perfecta apariencia se esconde un hombre enfermo, quizá traumatizado por una oscura tendencia familiar, y que alberga en su mente tendencias sexuales de carácter necrofílico. Para desarrollarlas, además de poseer una amante a la que tiene totalmente sometida, provocará una sucesión de horrendos crímenes, a los que acudirá para satisfacer sus instintos sexuales.
Uno de las grandes limitaciones de Ted Bundy estriba, bajo mi punto de vista, en esa ya señalada falta de pulso del realizador a la hora de encontrar el tono adecuado a la narración. Si bien la misma se caracteriza por una ambientación adecuada, lo cierto es que el tono de esta oscila entre una apariencia inicial a lo “tutti-frutti”, en algunos momentos incorpora los “tics” visuales del cine de los años 70, y durante aproximadamente su primera hora, adopta un aire de comedia negra e irónica que, a la postre, resulta su principal aliado. En cierto modo, me recordó bastante por sus rasgos a la precedente American Psycho (2000, Mary Harron), aunque oscilando en su tratamiento de la descripción puramente urbana del filme de la Harron, por un recorrido descrito a través de territorios marcadamente rurales y decantados a la denominada “América profunda”.
Lamentablemente, creo que esa inclinación se pierde en el último tramo de la película, sobre todo en esos minutos finales que no aportan nada a la narración, y abandonan cualquier matiz irónico para centrarse en los minutos finales del asesino antes de su ejecución. No hay en ellos una mirada crítica ante la pena de muerte, ni un cuestionamiento social de la presencia de la pena máxima. Esas limitaciones y, fundamentalmente, una plasmación visual pobre, contribuyen a que finalmente los elementos de interés que atesora el metraje previo, queden en el olvido ante una conclusión -la ejecución del condenado- que en ningún momento llega a asumir alcance revulsivo alguno, diluyéndose entre una enorme asepsia.
Pese a estas objeciones, resulta interesante retener algunos de los momentos más intensos de la película. Especialmente destacaría dos de ellos, que quizá no se incluyan entre los más aparentemente atroces. El primero de ellos es la forma que Bright tiene de describir la alienación de la sociedad norteamericana de la época -Bundy sale de casa de una de las víctimas llevándola a hombros totalmente envuelta en telas. Por su lado discurre un grupo de jóvenes que hace caso omiso a la visión-. El segundo sería el instante en que la ingenua novia de Ted descubre su naturaleza asesina. Cuando va a visitarlo a la prisión, este le alude por vez primera a su acusación de asesinato implorando piedad. Sin embargo, ella observa -y aquí el “ralentí” utilizado resulta pertinente-, en la sonrisa de este el matiz atroz de su personalidad, algo que hasta ahora no había percibido pese a los abusos sexuales a que había sido sometida.
Y del conjunto irregular de su metraje, y la sensación de no haber apurado a fondo sus posibilidades, lo atroz de sus momentos más terribles y los destellos de reflexión que solo quedan intuidos en algunos de sus momentos, Ted Bundy se revela finalmente como una propuesta interesante pero de cortos vuelos, desperdiciando su oportunidad para lograr un alcance revulsivo a nivel temático, e intenso y perturbador en lo cinematográfico. Concluyendo, una película tan atractiva a priori, como finalmente fallida.

Bundy nació con la sensación continua de rechazo por parte de su joven y madre que se quedó embarazada sin estar casada. Nació en 1946 y tuvo que soportar que su propia madre lo hiciese pasar por su hermano para disimular. Terminó criándose en casa de su abuelo, un maltratador, que pegaba a su abuela. Eran muy puritanos pero… nadie puede decir que aquello fuese bueno, pues eran maltratadores, algo que debería estar castigado.
Retraído, tímido, fue creciendo entre una tendencia al aislamiento y un terrible fervor por mutilar animales. Creció, se hizo un chico guapo, estudió Derecho y participó en campañas políticas.. Nada hacía sospechar que ya estaba harto de su incompatibilidad con el mundo y en 1974 cometió su primer asesinato.Washington: una mujer golpeada con una barra de hierro. Pasa un mes y mata a una chica en una habitación del campus universitario donde estudiaba ella (no limpia la sangre pero se lleva el cuerpo)
Este impresentable perseguía chicas, las atacaba preferiblemente en sus propias casas y en ocasiones las secuestraba, para después de asesinarlas sodomizarlas ya fuera con su pene o con un objeto. Además las mordía.
Mientras asesinaba chicas, salía con otras, y éstas sólo tenían palabras amables para con él: romántico era una de ellas. Con esta premisa se acercaba sin problema a las mujeres y comenzó a atacar a cualquier hora del día o de la noche.
Una de sus tácticas era la de hacer creer que tenía un brazo roto y pedir a alguna mujer que le ayudara a conducir su coche. Todas se fiaban de él. Como la mayoría de estos asesinos, cambió además de ciudad y recorrió Utah, Colorado y Florida asesinando y secuestrando mujeres.
El 16 de agosto de 1974 una mujer de Utah le identifica como el hombre que trató de secuestrarla y es condenado a cumplir una condena en una cárcel de Colorado, sin embargo se escapa y se pasa los dos siguiente meses buscando más víctimas. Entre ellas una cría de 12 años.
En Florida le vuelven a detener pero había conseguido seguidores que le apoyaban y encima era abogado. Por suerte un odontólogo forense aportó la prueba que le delataría para siempre: sus dientes coincidían con los bocados que daba a sus víctimas. Fue condenado al pasillo de la muerte por catorce homicidios en primer grado.
Bundy dijo haber asesinado a veinte mujeres aunque se le acusó de catorce. Las chicas que elegía solían tener cierto parecido físico a una ex novia de pelo oscuro y largo pero Bundy aseguró que cuando las mataba toda su ira iba contra su propia madre.
Se le hicieron muchos tests psiquiátricos que dieron como resultado una esquizofrenia. El 24 de enero de 1989 Bundy fue ejecutado en la silla eléctrica, y en las ciudades de Jacksonville y Tallhallassee (de dónde eran algunas de sus víctimas) los vecinos hicieron un gesto de repulsa contra el psicópata encendiendo velas y mecheros.
Era guapo, y caía bien. La gente le creía.
Hay que tener cuidado.