28 SEMANAS DESPUÉS (28 weeks later)

Película estrenada entre 2007

Director: Juan Carlos Fresnadillo. 2007. G.B. Color
Intérpretes: Robert Carlyle (Don), Rose Byrne (Scarlet), Jeremy Renner (Doyle), Harold Perrineau (Flynn), Catherine McCormack (Alice), Imogen Poots (Tammy), Idris Elba (general Stone), Mackintosh Muggleton (Andy)

Seis meses después de que el virus asolara Gran Bretaña, el ejército de los Estados Unidos declara que la guerra contra la infección ha sido ganada y que la reconstrucción del país puede dar comienzo. Con el regreso de una primera oleada de refugiados se produce la reunión de una familia que se vio separada por los terribles acontecimientos que se produjeron, pero uno de sus miembros porta, sin ser él consciente, un terrible secreto…


Juan Carlos Fresnadillo cree en el género; Danny Boyle, no (quizá la pregunta sería, más bien, si cree en alguno de los que toca, al contrario del versátil Winterbottom). √âsa es la principal conclusión a la que se puede llegar al comparar 28 días después con su secuela, 28 semanas después. Y, junto a ella, una duda: ¿cómo es posible, cuando las quejas sobre el potencial del cine español son continuas, que un talento como el de Juan Carlos Fresnadillo haya tenido, después de seis años de ostracismo y tras la estimulante aunque imperfecta Intacto, que terminar trabajando fuera de nuestras fronteras para demostrar de lo que es capaz?
Porque Fresnadillo ha entendido que en el género zombi (visto que últimamente, y encuadradas bajo ese epígrafe, nos están llegando algunas de las propuestas más estimulantes del cine comercial anglosajón, me niego a llamarlo “subgénero”) apenas queda nada por inventar cuando hablamos de contar una historia que, en el fondo, no es más que otra vuelta de tuerca al apocalipsis; lo que importa es el “cómo”, la articulación de un discurso que, además, trascienda la mera narración para adentrarse en las inevitables metáforas de nuestro tiempo que se esconden tras la mayor de todas: la de que el enemigo que te quiere devorar pudo ser antes tu padre, tu madre, tu esposa, tu marido, tu hijo… tu ser más cercano.
¿O no nos dice nada ese reducto londinense en el que cada centímetro cuadrado está vigilado por cámaras, en el que todo está bajo una perfecta jurisdicción militar, en forma de intervención de la “comunidad internacional”, y en la que ante el menor riesgo debe procederse a la aniquilación de todo ser vivo del único lugar declarado libre de infección de toda la isla? ¿En el que la necesidad de no correr ningún riesgo inmediato es capaz de destruir la única posibilidad de encontrar una verdadera solución a largo plazo contra el virus que amenaza con erradicar la vida humana del planeta?
Pero ahí no termina la lectura subyacente de una película que, como hiciera Amanecer de los muertos, de Zack Snyder, y desde luego mucho más que la anterior de Boyle, inserta totalmente el género en la modernidad: ¿qué decir del hecho de que, en realidad, la catástrofe se desencadene por un fallido acto de amor, por la colisión entre los rasgos de humanidad con los de unos personajes que se mueven entre el frío de las directrices y los protocolos? Si la cinta nos muestra que tanto el camino de la inhumanidad como el del sentimiento, o mejor dicho, la fusión de ambos, llevan hacia el mismo y terrible final, ¿qué esperanza puede quedar?

Ninguna. Y ese pesimismo contundente recorre una película, en el fondo, deprimente, a la que le interesa más adoptar la forma de una elegía, en la que los planos sostenidos de un Londres que parece una gran tumba perduran más en la memoria que los epilépticos segmentos de los ataques, en los que la brutalidad de lo que sucede se sugiere más que se muestra, aunque los amantes del género no se quejarán del puñado de escenas, extremadamente sangrientas, que jalonan la cinta. Sin embargo, este crítico confiesa que se sintió muchísimo más aterrado por la escena del ataque a la masa de civiles encerrados en el sótano a oscuras, moviéndose desesperadamente sin saber qué pasa, comprimiéndose en busca de una salida mientras los infectados se van multiplicando entre ellos, que la mucho más explícita (y soberbiamente filmada, todo hay que decirlo) del helicóptero.
Una gran metáfora: como todas las grandes películas del género. Eso es lo que nos ha regalado Fresnadillo. Y ojalá que vengan más. Y, ¿quién sabe? Quizás hasta puede hacer la siguiente en España y todo.

Cuando el director Danny Boyle incursionó en el cine de terror con la película 28 días después, su reinvención de los clásicos zombis resultó una muy agradable sorpresa, pues tomó los fundamentos de ese cansado tema y les dio un giro semirrealista que aportó nueva vida (!ja!) al género, pero sin perder el trasfondo alegórico que, a fin de cuentas, es lo que siempre ha distinguido las mejores obras de ese estilo (sobra decir que me refiero a las de George A. Romero). Y ahora nos llega la consabida secuela, la cual, como su título original sugiere, nos muestra el estado en que se encuentra Gran Bretaña siete meses después de la epidemia de “ira” el extraño virus que convirtió a una gran parte de la población en violentos monstruos humanos sedientos de sangre.
Al principio del largometraje conocemos a Don (Robert Carlyle), sobreviviente de la epidemia original en la que perdió a su esposa Alice (Catherine McCormack). Ahora, meses después, Don sufre aún remordimiento por no haberla salvado, pero su vida mejora cuando finalmente se reúne con su hija adolescente Tammy (Imogen Poots) y el pequeño Andy (Mackintosh Muggleton). Los niños estuvieron en un refugio francés durante los peores momentos de la epidemia y ahora, gracias a que los infectados murieron eventualmente de hambre, el ejército de los Estados Unidos organiza el regreso de los ciudadanos a Gran Bretaña, al mismo tiempo que aseguran el exterminio total de los infectados. Pero, como siempre ocurre, hay un fallo imprevisto en el plan del ejército…
El director español Juan Carlos Fresnadillo se encarga de extender la visión apocalíptica establecida por Danny Boyle y Alex Garland en la cinta original, y su interpretación resulta aún más oscura y fatalista, enfatizando el tema de la humanidad como depredadora de sí misma. La primera película sugería que la amenaza no siempre era el monstruo, sino el hombre mismo, y la secuela confirma sin duda tal noción, presentando a los infectados casi como un inconveniente adicional al peligro real: la milicia y su ciega devoción a órdenes cuestionables y dirigentes amorales. Dejando atrás toda alegoría y metáfora, Fresnadillo (junto con su equipo de guionistas) ofrece un comentario social válido, pero demasiado obvio, transformando el humanista horror de la primera obra en un hueco espectáculo de acción, con abundantes escenas de excelente tensión y suspense que de algún modo se quedan cortas, a pesar de su feroz violencia.
En ese aspecto, 28 semanas después resulta satisfactoria y muy entretenida; la sangre corre libremente y hay un par de secuencias que deleitarán a los fanáticos del cine gore (especialmente la que muestra el creativo uso de un helicóptero). Sin embargo, el guión tiene frecuentes fallas e inconsistencias que restan impacto y traicionan su pobre ambición. A partir de su primera revelación sorpresiva, la trama empieza a flaquear, mostrando cada vez más problemas de lógica y sentido común. Y aunque la motivación de los personajes sea siempre clara y comprensible, hay momentos donde su errático comportamiento muestra la desesperación de los guionistas por llegar a un punto específico, pero sin saber cómo lograrlo creíblemente. Quizás esto no sea un defecto importante para algunas personas, pero tomando en cuenta lo bien que empezó la película, es más notorio su colapso conforme avanza la trama, dejando atrás el drama humano para centrarse en el mero espectáculo.
El elenco trata de apoyar esos cambios de tono, pero lamentablemente los mejores personajes son los que menos presencia tienen. Como ostensibles protagonistas, los jóvenes Imogen Poots y Mackintosh Muggleton carecen del peso dramático necesario para sostener hora y media de película. Rose Byrne (como una tenaz doctora) y Jeremy Renner (como un soldado compasivo) resultan más interesantes y carismáticos, aunque su tiempo en pantalla sea relativamente breve.
Si 28 semanas después fuera más genérica y mediocre, sería fácil descartarla como una mercenaria estrategia para ganar dinero a costa de la notable cinta original. Pero su gran número de aciertos, su excelente atmósfera y la dinámica dirección de Juan Carlos Fresnadillo la validan como legítima (aunque innecesaria) secuela… y, a la vez, hacen más notorios los problemas que presenta. No obstante, a pesar del irregular guión, los blandos protagonistas y el exceso de trucos de cámara que, francamente, no hacían falta para generar suspense, creo que merece una modesta recomendación como una funcional continuación de esta interesante historia. En la actual epidemia de secuelas, “remakes” y viles copias, eso ya es un esperanzador diagnóstico.

Está claro que el problema del cine español no es la falta de talento. Falla algo en la estructura, en la distribución, en la cesárea, en el encerado, en yo qué sé. Algo falla porque es indudable que estamos cansados de estar cansados de ver películas cansadas, viejas desde que nacen, muertas desde que llegan al mundo. Con alzheimer prematuro, con senilidad precoz. Con todas esas cosas que nos hace huir de las salas ante el ataque de los muertos vivientes del cine patrio.
Pues de talento y vivos infectados de muerte versa la segunda película del canario Juan Carlos Fresnadillo, una sádica carrera de fondo donde el final siempre es otra salida disfrazada de meta volante. Una pesimista revisitación de tópicos terrenales que subvierte cualquier atisbo de armonía dentro de un mundo deshumanizado por el miedo al miedo y el poder fáctico de lo económico. Un canto contra la familia tradicional.
Por eso esta película comienza rompiendo con todo (con lo tradicional, lo mesurado, lo controlable y lo obligado). Lo primero con el discurso de su muy mediocre antecesora, aquel compendio casi militarista que el director de La playa tuvo a bien endilgarnos. Aquí la libertad duradera y la justicia poética son detonantes de la catástrofe convirtiéndose en potente metáfora del día a día del imperio y sus exterminadoras medidas preventivas. Lo segundo con la lógica narrativa que Boyle había impuesto desde la linealidad apocada y chata de un desarrollo de interés decreciente y hallazgos extintos. Fresnadillo lo sabe y nos coge de la mano y nos intenta contagiar y eso mola cuando vas al cine y quieres pasar más miedo que verg√ºenza. La tercera ruptura es con los axiomas ineludibles del héroe y sus circunstancias morales, modales y de las otras. La reacción del personaje de Carlyle en la primera secuencia es lo más real que se ha visto en años en el cine de terror por humanidad, honestidad y determinación. La cuarta va ligada a la tercera y es la ruptura con las convenciones del cine comercial de ámbito familiar que nos retrotrae a la primera (ruptura y película) y a su final: una familia se formaba para construir nuevamente el mundo. Aquí la unión familiar es la causa de la destrucción de nuestro planeta.
El epílogo escalofriante (aunque ni la mitad que el de la magistral Amanecer de los muertos del ahora polémico Snyder) deja bien a las claras que después vendrán meses, años o lo que sea. Esperemos que Fresnadillo no tarde más de un lustro en volver a rodar.


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