EL BUEN NOMBRE (The namesake)

Película estrenada entre 2007

Director: Mira Nair. 2007. India/EE.UU. Color
Intérpretes: Kal Penn (Gogol), Tabu (Ashima Ganguli), Irfan Khan (Ashoke Ganguli), Jacinda Barrett (Maxine), Zuleika Robinson (Moushimi)

El filme se narra la historia de la familia Ganguli, cuyo traslado desde Calcuta a Nueva York evoca un perpetuo equilibrio para incorporarse a un nuevo mundo sin olvidar el viejo. Aunque los padres, Ashoke y Ashima, añoran a la familia y la cultura que les rodeaba en la India, se muestran muy orgullosos de las oportunidades que sus sacrificios han brindado a sus hijos. Paradójicamente, su hijo Gogol se siente desgarrado por la búsqueda de su propia y singular identidad sin perder su legado. Basado en la exitosa novela de Jhumpa Lahiri.

En muchas culturas, la cuestión del nombre es de capital importancia, al referirse a la identidad profunda de la persona o encerrar su misión y sentido de la vida. En su última película, Mira Nair (La boda del monzón) recoge la crónica de una familia bengalí emigrada a Nueva York para hablarnos de la problemática convivencia de culturas tan dispares, del difícil equilibrio entre los valores de la tradición y la modernidad, y también de las relaciones entre padres e hijos o de la propia madurez del individuo en la búsqueda de su lugar en el mundo. Lo hace aprovechando la historia de Gogol, el primogénito de Ashoke y Ashima Ganguli, que se debate entre usar el nombre de nacimiento o el americano, según sus circunstancias vitales o el entorno en el que va creciendo, hasta que descubra el verdadero motivo por el que su padre eligió el del conocido escritor ruso.

Mira Nair se muestra interesada en recorrer con aliento conciliador el puente intercultural e intergeneracional, en rescatar lo mejor de cada cual en una armonía social y familiar. Es la mirada nostálgica de una mujer formada a caballo entre el moderno mundo occidental y la cultura de su India natal, la de alguien abierta al cambio y lo foráneo pero que no quiere renunciar a las raíces y a la propia historia. Este punto de vista autobiográfico es trasladado al matrimonio Ganguli, con una sensibilidad que le permite permanecer con Ashima ligada a su amada Calcuta a través de la música tradicional hindú, y a la vez viajar por el mundo siguiendo el consejo recibido por Ashoke en su accidentado viaje ferroviario. De manera simbólica, la historia podría sintetizarse en esa bella imagen de Ashima calzándose los curiosos zapatos “occidentales” de su futuro esposo, cuando la familia Ganguli está concertando el matrimonio: un signo muy gráfico de lo que supone la integración cultural y la unión familiar antes de recorrer juntos el camino arduo y misterioso que entonces se les abre.

Quizá los mejores momentos del filme sean esas escenas iniciales en la India y la llegada del joven matrimonio a su nuevo hogar, a las afueras de Nueva York. El desconcierto y la perplejidad de Ashima en una ciudad fría y desangelada, tan distinta a la conocida por ella hasta entonces, con mayores comodidades materiales pero con la dolorosa sensación de haber roto con su mundo. Los rostros e interpretaciones de Tabu y de Irfan Khan en esos primeros instantes, con una fotografía de luces blancas que parecen matar el colorido y vitalismo de la ciudad del Ganges, arrancan escenas de una profunda y melancólica hondura humana, y dejan paso a un recorrido contemplativo de lo viejo a lo nuevo, de una particular odisea no exenta de desgarros y pérdidas.
La narrativa es convencional y avanza haciendo crecer la familia hasta centrarse en el conflicto de Gogol. En torno a él, articula la existencia de dos generaciones, una que precisa adaptarse a su nuevo hábitat y otra que necesitará rescatar su natural idiosincrasia. En este periplo familiar, los mejores y más placenteros momentos quedan reservados, con una emoción contenida y silenciosa, para unos padres que se van enamorando profundamente tras su pactada boda, a la vez que se transforman en el país de acogida que lo es también de oportunidades; que ven distanciarse a los hijos y desgajarse también del tronco primigenio, atraídos por las modas y los modos americanos, desorientados en su fragilidad cultural. Esa preocupación les empuja a emprender un viaje “de vuelta a casa”, nada menos que al Taj Mahal…, pero entonces la cámara se identificará más con la mirada curiosa del turista que con la de una familia que busca recuperar su tradición.
Afortunadamente, el objetivo de la cámara abandona esas aventuras sentimentales para enfocar otro lirismo más profundo y conmovedor, que termina por dar una perspectiva a una vida de búsqueda y a otra de renuncia (no en vano, la dedicatoria final de Mira Nair va dirigida “a nuestros padres, que nos lo dieron todo”).


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