LEONES POR CORDEROS (Lions for Lambs)

Película estrenada entre 2007

Director: Robert Redford. 2007. EE.UU. Color
Intérpretes:
Robert Redford (Dr. Stephen Malley), Meryl Streep (Janine Roth), Tom Cruise (senador Jasper Irving), Michael Peña (Ernest), Andrew Garfield (Todd), Peter Berg (teniente coronel Falco), Derek Luke (Arian)

Leones por corderos cuenta la historia de varios individuos en distintas situaciones personales al finalizar la guerra de Afganistán: un político (Tom Cruise) intentando tejer una de las últimas “estrategias exhaustivas” alrededor de una periodista de una agencia de noticias (Meryl Streep); un catedrático idealista (Robert Redford) intentando convencer a uno de sus alumnos más prometedores (Andrew Garfield) de la necesidad de cambiar el curso de su vida; y dos hombres jóvenes (Derek Luke y Michael Peña), cuya necesidad de vivir una vida con cierto sentido les llevó a enrolarse en el ejército americano y en la guerra de Afganistán.

En el bosque-montaña de Acorralado (1982), John Rambo era perseguido por hordas de oficiales que no entendían la fiebre asesina del veterano de Vietnam ni sus traumas ocasionados por el derrumbe de unos valores que pierden su vigencia en la guerra y que, al regresar al hogar, tampoco encuentran a nadie para restituirlos. Lo que
Robert Redford hace con su pareja de soldados perdidos en una cima nevada de Afganistán es algo similar: los EE.UU. dan la espalda a los hombres sacrificados por su causa, porque les han adjudicado su papel de corderos mientras no ven, ni comprenden, sus espíritus de leones. Siempre la mirada clavada en el corto plazo, tanto las quejas como las esperanzas de estos militares de a pie carecen de importancia para un gobierno que aparca el pasado y el futuro lejano. Ni la reflexión ni la perspectiva supletoria entran en un mundo de poderes cuadriculados, armas constructivas que Redford rescata de la realidad renqueante post 11-S para aplicarla a su propio discurso, forzosamente parcial.
Sin embargo, el director y actor no sabe si tener más fe que pesimismo, si ser más patriótico o global. Termina escapándosele el equilibrio orgánico, apoyado en una tolerancia amable que no tensa el debate para impedir que estalle ninguna cuerda, ni para poner las cosas más fáciles al bando en el que sin duda él se posiciona. No por casualidad se ha reservado el papel de profesor universitario colmado de experiencia -recogida en las muestras fotográficas que adornan su despacho- y no el de senador republicano cargado de palabras prometedoras que tuvieron su origen en algún punto que desconocemos -también entrevisto en las imágenes y portadas que el personaje de Meryl Streep observa durante la ausencia del político, encarnado por
Tom Cruise-. Este enfrentamiento indirecto de la vejez y la juventud se torna en una apuesta obvia por el diálogo y el entendimiento que, como revela la propia metodología de la película, en primera instancia sería imposible. Redford y Cruise no coinciden en pantalla y exponen durante una hora sus argumentos opuestos: el primero cree en el respeto y la comprensión, aunque no exista acuerdo, mientras que el segundo enlaza ambos conceptos de tal forma que sin coincidencia de pareceres no hay compasión posible.
Es lícito, pues, matar a los enemigos, pues por dicha categoría dejan de ser personas. Es lícito sacrificar a los soldados, porque son instrumentos de condolencia, no gente concienciada -de ahí que entre los planos finales de la cinta se encadenen los monumentos conmemorativos con la Casa Blanca y los anónimos cementerios de caídos en combate, pues la política decide qué destacar y qué enterrar bajo lápida blanca-. Siguiendo esa estela de concatenación lógica y fatal, en el guión confluyen tres escenarios que se corresponden con otros tres niveles del conflicto: el ámbito académico, lo que atañe a la ciudadanía y su educación de cara al interior y el exterior del país, como discuten el profesor (Redford) y su alumno (Andrew Garfield). El ámbito político, representado en la entrevista que mantienen senador (Cruise) y periodista (Streep), al fin y al cabo miembro del cuarto poder, de la primera muleta de las necesidades gubernamentales que desean influir en el nivel anterior. Y, por último, el terreno militar, donde se derrotan las esperanzas de los dos primeros grupos, dotados de una dialéctica de la que carecen los soldados, como exponían los eternos silencios de El cazador (1978).

El acierto de Redford estriba en que, a pesar de su estilo convencional de rodaje, no menos eficaz, no prejuzga ninguna frase, acción o personaje en la narrativa ni en la correspondencia del plano/contraplano. Su conocimiento cinematográfico introduce el humor y la naturalidad de las que habría carecido un formato televisivo, aunque la contaminación de otros géneros se hace notar en el breve periplo de los dos soldados perdidos (Michael Peña y Derek Luke), vistos de esa forma borrosa y estratégica que pretende hacer más real la guerra según el modelo de las pantallas caseras e internáuticas. √âste es un problema de estética y de supuesta credibilidad concebida por los noticiarios que el director opone al carácter redentor y combativo de las historias paralelas. Aunque se desprende cierto maniqueísmo de esa intención fabulesca como método de enseñanza frente a un mundo depravado, no se produce una victoria de la primera sobre lo segundo, sino un pellizco a la comodidad y la dejadez, un intercambio de las promesas por el esfuerzo, una derrota salvada más por el honor de un ideal que por el amor ciego a la patria.
Pero, ¿cuál es ese ideal? Identificándose con los personajes “mejores” de la trama -pues los “malos”, el senador, lucen tan bien la piel muerta de león sobre la lana que no es tan legible su lado condenatorio-, es decir, con el alumno, la periodista y los soldados, el objetivo primordial es una toma de conciencia y una obligación de coherencia personal. Que exista valor o no para acometerlo es una duda a la que Redford no puede dar respuesta -caso de la periodista, que se traiciona, de los soldados, que se ennoblecen, o del alumno, que cierra a negro sin una idea definitiva-. Por supuesto que en esa disyuntiva no es sencillo tragarse todo el aire y, de cuando en cuando, al director se le escapan pequeños suspiros: tras la presentación del plan militar de ataque en la base, la tropa se levanta rígida y decidida mientras el alto mando inicia el movimiento contrario, asentarse con la mayor parsimonia y tranquilidad posibles. Hay un remordimiento, pero rumiado en la impasibilidad, en la separación de quien toma las decisiones y quienes las ejecutan. El apoyo de Redford es claro no sólo en ese cambio de plano, sino también en la ofensiva posterior al Black Hawk en la que se combinan borrosos planos de un interior caótico con otros exteriores que demuestran la debilidad del aparato en un medio congelado. El toque de gracia sucede durante esa parodia de telediario que, sin gran sutileza, demuestra la ineficacia del diálogo político frente a los deseos de cambio o el poder de un solo individuo para pensar distinto. ¿Será un punto de partida o el comienzo de otro ciclo repetitivo?

No en balde Tom Cruise, convincente gracias a su aire de enfermiza convicción, es una suerte de sucesor del ex galán Robert Redford -que prefiere no encarnar su versión avejentada de El candidato (1972)-, aunque esperemos que no se lance también a una carrera de realizador en la que pueda ejercitar propaganda ciencióloga camuflada. √âl es el cordero que manda a los leones al matadero, que los utiliza como cebo para una verborrea hueca. Y de algo así padece la película: para el norteamericano es tiempo de análisis, como en su momento lo fue sobre Vietnam, pero estos ejercicios no poseen más mérito que los pocos que se atrevieron a reflexionar sobre el problema, sobre Iraq y el miedo, justo con el estallido. Late cierta cobardía, cierto amilanamiento temprano que ahora quiere convertirse en voz de denuncia. Pronto o tarde, en realidad su afán de documento verosímil resta parte de su honestidad fílmica, de su atractivo formal y de una capacidad de abstracción que la haga intemporal. Pero, y como herencia de Alan J. Pakula, este lado derrotista de Todos los hombres del presidente (1976) enuncia que es hora de emplear las herramientas convencionales que rompan los mensajes de siempre.

Leones por corderos supone la séptima película dirigida por Robert Redford, entre cuya filmografía como director cabría destacar películas como El hombre susurraba a los caballos, Quiz show o Gente corriente.
En esta ocasión, el actor y director californiano cuenta en el reparto con Tom Cruise y Meryl Streep, además de él mismo, para contar tres historias interconectadas: un congresista que pretende conceder una exclusiva a una veterana periodista, un profesor de universidad que trata de recuperar a un alumno aventajado de su clase, y dos soldados americanos destinados en Afganistán, antiguos alumnos del profesor.
Como era de esperar, las producciones críticas en torno a los sempiternos conflictos en Oriente no se han hecho esperar. O sí. Así pues, en este final de año llegan a nuestras carteleras la, para un servidor, algo oportunista crítica de Brian De Palma
Redacted, la pretendidamente inocente y utópica Persépolis, esta
Leones por corderos y, ya en diciembre, La batalla de Haditha. Y, a falta tan sólo de visionar ésta última, puedo decir sin asomo de duda que la película de Robert Redford se erige, con diferencia, como la más inteligente, demoledora, elegante y sutil crítica del conflicto irakí realizada hasta el momento.
Y es que Robert Redford, de mano de su guionista, Matthew Michael Carnahan, demuestra una habilidad asombrosa para adentrarse en el epicentro mismo del conflicto sin necesidad de enarbolar bandera alguna: a través de unos duelos interpretativos dignos de estatuilla, Leones por corderos arremete contra política, prensa y sociedad por igual, dejando al descubierto una gris cromática de idealistas alegatos por parte de sus protagonistas, cuya propia ambig√ºedad defenestra el maniqueísmo imperante que parece haberse apoderado de la sociedad actual.
Así pues, Leones por corderos no señala con el dedo a un culpable, no nos presenta a cabezas de turco ni necesita servirse de la animalidad del ser humano para remover nuestras conciencias, pues retrata a la sociedad casi tan culpable como el propio brazo ejecutor, cómplice, consciente o no, de los males que esa misma sociedad denuncia. La película de Redford no puede dejar de obviar el hecho de que los dirigentes -en este caso norteamericanos, si bien podríamos trasladar los hechos a cualquier otro marco-, los políticos que supuestamente representan a la sociedad, han sido forjados por esa misma sociedad y son fruto de una política populista que encubre con un falso velo patriótico los verdaderos valores que mueven a todo conflicto.
Pero Leones por corderos no se queda simplemente allí: refleja la hipocresía de nuestra sociedad del bienestar, una sociedad en la que las noticias del frente son una triste anécdota a pie de página de una noticia sensacionalista, una sociedad en la que afroamericanos e inmigrantes, en muchas ocasiones acusados de ser una suerte de virus de nuestra sociedad, son la primera línea de un conflicto abanderado por el éxtasis patriótico, una sociedad que critica y se lamenta de unos políticos que parecen haber llegado al poder a través de un golpe de estado, cuando ha sido la propia sociedad la que los ha elegido.
Yendo a la película propiamente dicha, decir que Leones por corderos se divide en tres escenarios, tres frentes, tres diálogos: en el primero, el congresista interpretado por un sorprendente Tom Cruise trata de ganarse nuevamente la confianza de una magistral Meryl Streep, sin duda lo mejor de la película, que camina sobre el delgado filo que separa sus ideales de sus intereses; por otro lado, tenemos a un profesor de universidad, veterano del Vietnam, que trata de hacer reaccionar a un alumno brillante desengañado con la política. Y, por último, nos encontramos con el nexo de ambas historias, una pareja de antiguos alumnos que, tras presentarse voluntarios, son enviados a la misión secreta en Afganistán que el congresista pretende vender a la reportera.
Resumiendo: Leones por corderos es una película magnífica, con un ritmo trepidante y unos diálogos brillantes, enlazados entre sí con gran habilidad y secundados por puntuales imágenes de una fuerza poética extraordinaria, como el trayecto final en taxi de la reportera. Pero, sin duda alguna, el principal logro de la película es el especial énfasis que Robert Redford da al hecho de que no hay un único culpable ni para éste ni para ningún otro conflicto, pues la indiferencia, la desidia, la apatía y la indolencia nos hacen, en buena parte, cómplices de todo aquello por lo que nos quejamos, sin tratar de hacer nada al respecto.
Pero siempre hay esperanza, y ésta recae (necesariamente) en las nuevas generaciones.


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