Director: André Téchiné. 2007. Francia. Color
Intérpretes: Michel Blanc, Emmanuelle Béart, Sami Bouajila, Julie Depardieu, Johan Libéreau, Constance Dollé, Lorenzo Balducci, Alain Cauchi

París, verano de 1984. Manu llega a París, donde comparte una habitación barata con su hermana Julie en un barrio periférico, con prostitutas como vecinas. Su primer encuentro en París es de noche, en un parque al borde del Sena, con Adrien, un adinerado doctor cincuentón que le abre los ojos a Manu a una forma de vida diferente. En una salida en lancha, Adrien le presenta a Manu a Sarah y Mehdi, una joven pareja que acaba de tener a su primer hijo. Un romance no planeado y el principio de la epidemia de SIDA, vista por los medios de comunicación y la imaginación colectiva como una plaga moderna vergonzosa, alteran la ordenada tranquilidad de sus destinos individuales. Cada uno se convierte en protagonista y testigo de una tragedia contemporánea, en la que aquellos que no mueren pueden resurgir más fuertes, pero nunca sin sufrir daños.
El mundo Téchiné queda plasmado en estos “Testigos”. Personajes imposibles, situaciones inverosímiles y luz a raudales de exteriores muy bien fotografiados. Pero Téchiné olvidó algo en esta nueva película. Dejó en casa la tensión que también supo retratar en otros guiones. Sin descuidar los matices de todos sus personajes, que intenta siempre dotarlos de todo el registro posible, sean principales o secundarios hasta el punto que no sabrías diferenciar que personaje es lo uno o lo otro en la historia, Téchiné plasma una historia algo insulsa, con falta de ritmo y algo tediosa. El director, intenta normalizar situaciones excepcionales y consigue que no se obtenga nada de emoción. La frialdad de Béart contagia todo el metraje. Es decir, de una historia a la que Almodóvar hubiera sacado un dramón, Téchiné lo fabrica como algo tan normal que no consigue levantar emociones. Y digo yo que ni lo uno ni lo otro.




Los Testigos tiene todos los mimbres para convertirse en una película testimonio de un tiempo y de una generación. Testimonio del escalofrío, el dolor y la angustia de toda una generación de homosexuales que ve cómo de un día para otro una enfermedad desconocida que tiene algo de plaga bíblica arranca de cuajo no sólo sus vidas, sino sus formas de vida. Los encuentros furtivos en los parques, las fiestas alegres y desinhibidas, el sexo sin los prejuicios atávicos de la moral, la alegría de vivir, todo ahora se ve amenazado por el fantasma del contagio, y probablemente también por el fantasma de la culpa, la culpa de la homosexualidad, la homosexualidad como un castigo.
Desde luego el filme me ha transmitido el tormento que debió pasar la comunidad gay a mediados de los ochenta, un tormento que era doble, por una parte el enorme sufrimiento físico de una enfermedad tan misteriosa como mortal, y por otra el estigma de la exclusión social que acarreaba el padecerla.
La película, narrada a través de cuatro personajes muy bien desarrollados, en cuyo centro se encuentra Manu, un adonis que enamora básicamente por su belleza de ángel sexuado, nos cuenta la historia de unos seres sufrientes para quienes realidad y deseo casi nunca son una misma cosa. Téchiné tiene una sensibilidad especial para contar la dosis adicional de amargura que conlleva el amor homosexual, un amor que no se atreve a decir su nombre, un amor muchas veces oculto en un mundo macho, heterocéntrico y brutal. En esta ocasión el dolor adicional viene en forma de enfermedad física, una espina más en un camino lleno de espinas.
A Los Testigos sólo le podría achacar algunos problemas de ritmo, sobre todo hacia el final del metraje, que tal vez se alargue un poco. Por lo demás me parece una película excelente, un testimonio del sufrimiento de toda una generación.