Director: David Cronenberg. 2007. G.B.-Canadá-EE.UU.
Intérpretes:
Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan)

El misterioso y carismático Nikolai Luzhin (Viggo Mortensen), nacido en Rusia, es el chófer de una de las familias más importantes del crimen organizado de Europa Oriental. La familia pertenece a la hermandad mafiosa Vory V Zakone. Encabezada por Semyon (Armin Mueller-Stahl), el encantador dueño de un caro restaurante ruso que esconde una naturaleza brutal y fría detrás de su sonrisa, la suerte de la familia se tambalea por culpa de Kirill (Vincent Cassel), su alocado hijo, que hace más caso a Nikolai que a su propio padre. Pero la cautelosa vida de Nikolai cambia de golpe cuando conoce a Anna Khitrova (Naomi Watts), una comadrona que trabaja en un hospital en el norte de Londres. Anna está muy afectada por la situación en la que se encontraba una adolescente que muere dando a luz, y decide buscar a la familia de la chica basándose en el diario que la chica dejó escrito en ruso. Helen (Sinéad Cusack), la madre de Anna, no la desalienta en su empeño, pero su irascible tío Stepan (Jerzy Skolimowski), que también nació en Rusia, le dice, con mucha razón, que se ande con cuidado. Al escarbar en el diario, Anna desencadena involuntariamente la ira de los Vory. Nikolai no tarda en verse atrapado entre su lealtad por Semyon y el amor que siente por Anna. La familia le presiona, pero, ¿en quién debe confiar? Varias vidas, la suya incluida, dependen de una cadena construida a partir de asesinatos y engaños. La venganza se cierne sobre la familia.


David Cronenberg se ha convertido, por méritos propios, en uno de los pilares básicos del fantástico de las últimas tres décadas. A lo largo de este tiempo, ha configurado una filmografía genial, única y diferente, basada en conceptos incómodos y complicados relativos a la mutación, el cambio y la degradación física y moral y los misterios de la esencia misma del ser humano. Justo a esta temática recurrente, emergen de su mano ideas como la Nueva Carne, que tanto han influido en la carrera de cineastas contemporáneos o recién llegados, fascinados por el talento creador de un director que ha sabido ganarse, también, a la crítica internacional, sobre todo con sus más recientes trabajos. Su última película, Una historia de violencia (2005), que adaptaba de forma magistral la novela gráfica de John Wagner y Vince Locke, mostraba un Cronenberg maduro, que firmaba una obra sobria y hermosa, y que abría un nuevo camino dentro de su catálogo de horrores, abandonando un tanto la explícita visceralidad de trabajos anteriores para penetrar en la oscuridad de un protagonista, Viggo Mortensen, que escondía secretos mucho más que inconfesables.
Promesas del Este tiene mucho que ver con su predecesora. En esta ocasión, la presentación del personaje central, un nuevamente genial Mortensen, mantiene oculto su oscuro pasado, pero a diferencia del Tom Stall que interpretó con anterioridad, Nikolai esconde a nuestros ojos su presente y, probablemente, su futuro, de suerte que el espectador no puede sino sentir la inquietud de no saber nunca qué va a pasar, cómo va a reaccionar ni cuáles son sus verdaderas motivaciones, la naturaleza de quien lo único que sabemos es que es más, mucho más, que un simple chófer al servicio de un mafioso ruso. De hecho, estamos ante una historia en la que todos y cada uno de los participantes tratan, con mayor o menor acierto, de aplacar los sentimientos que albergan en su interior, en un intento de salvaguardar lo poco puro que queda en sus vidas. Es el caso de Anna (Naomi Watts), cuya vida se partió por la mitad con la pérdida de su hija, y que ve en la pequeña Christine la posibilidad de lograr salvar algo hermoso en un entorno de dolor y degradación. Por su parte, Kirill (Vincent Cassel) lucha contra los demonios que rigen su comportamiento, aunque sin demasiado ahínco, dejándose llevar por el psicópata que vive dentro de él, nacido de alguien mimado, inseguro y con un excesivo e inmerecido poder. √âstas son las tres patas sobre las que se asienta la narración, tres personas para quienes las promesas del Este que dan título a la película han caído en saco roto. Porque, de una manera u otra, todos pierden al final de la obra, con independencia de que consigan o no sus objetivos.


El realizador nos lleva, con una mirada limpia, sobria y objetiva, por una urbe diferente, alejado de la visión a la que podamos estar acostumbrados. Conocemos el Londres de los inmigrantes, una ciudad multicultural -más que recomendable es el visionado en versión original- en la que conviven modos de vida diferentes, en una especie de sistema de castas donde el respeto a los distintos rangos de esta sociedad oculta es premisa fundamental para sobrevivir. Es un mundo de gente poderosa, un universo oscuro, serio y violento, en el que las relaciones de familia son el nexo fundamental que mantiene estable el castillo desde el que dominan el tráfico de armas, personas o drogas. Y no hay glamour impregnando el ambiente. El gélido guión de Steve Knight mantiene las distancias con los personajes, los presenta como son, fríos y distantes, indiferentes a lo que sucede fuera de sus círculos. A diferencia del amplio catálogo cinematográfico de temática mafiosa, lo cool acaba en la refinada vestimenta de los personajes; el famoso respeto siciliano no forma parte de los integrantes de esta caterva, nacida en circunstancias mucho más complejas y desoladoras, en la fría Siberia staliniana. Todo son traiciones, envidias y recelos, un entorno de extrema violencia deshumanizada y brutal, donde el ascenso en el escalafón se refleja en los tatuajes que cada miembro luce con orgullo. La crudeza general encuentra un marco fantástico en la partitura del habitual de Cronenberg, Howard Shore, que supera con creces su trabajo en Una historia de violencia, en la que presentaba un enfoque musical demasiado influenciado aún por el descomunal éxito de su labor en la trilogía del anillo. Aquí los acordes entre alegres y melancólicos de las melodías de los Urales conviven con la fuerza y el dramatismo de pasajes sinfónicos tremendamente poderosos y liricos al tiempo.

Una de las grandes virtudes del director a la hora de presentar sus proyectos es la elección del reparto. En esta ocasión, la responsabilidad central recae sobre un soberbio Viggo Mortensen, cuya figura impecable queda grabada en la memoria del espectador gracias a una interpretación literalmente integral y coherente, que sabe hallar el equilibrio perfecto entre los momentos más calmados y los de máxima tensión, desenvolviéndose con firmeza tanto a la hora de mostrar la humanidad de su personaje como en los instantes de violencia radical y desatada. A su lado, Cassel disfruta del histrionismo de Kirill, cuyos rasgos se mimetizan a la perfección en su rostro afilado y la visceralidad de su mirada. Naomi Watts -quizá lo peor del conjunto, haciendo que la platea añore a Maria Bello-, Sinéad Cusack y el mítico realizador polaco Jerzy Skolimowski somos nosotros mismos, gente corriente envuelta en una situación atípica e incomprensible, pero que requiere de coraje y valor para defender lo que creemos que es justo. Y por encima de todos, Semyon, reflejado en el solemne porte del Armin Mueller-Stahl
más inquietante que se recuerda desde La caja de música (1989, Costa-Gavras), un padre capaz de mantenerse sin dudar al frente de sus dos familias cuya mirada acerada oculta un abismo inextricable.
Con todo lo anterior, el conjunto resulta otra soberbia muestra de un director que crece continuamente con su trabajo, una máquina que atrapa desde la primera hasta la última secuencia, avanzando lenta y armónicamente para deleite de quienes se sienten a contemplar esta historia sobre personas que siempre han vivido, y lo seguirán haciendo, bajo los estandartes caducos de las falsas promesas.

Trata la historia de Anna Ivanova, una comadrona que tiene que ayudar a una chica llamada Tatiana que llega al hospital en estado crítico. El bebé sobrevive, pero no ella, y a través de su diario Anna comienza una investigación que le lleva al seno de una familia mafiosa rusa, donde conoce a Kirill, el hijo del padre, y a Nicolai, el misterioso conductor de la familia… o tal vez algo más.
Los actores están escogidos realmente bien. El protagonismo femenino recae sobre Naomi Watts que, aunque en ocasiones parezca continuar viendo el video de la señal, tiene la fuerza necesaria para llevar una historia así de dura.
Sobre Vincent Cassel, sólo diré que borda el papel, sobre todo en las escenas en las que hace de borracho y en la brillante escena final.
Y Viggo Mortensen… en una palabra, increíble. Desde el primer momento en el que se le ve, con la gabardina y las gafas de Sol, su figura rezuma misterio y va cogiendo fuerza y protagonismo hasta la escena clímax y su evolución como para el personaje de Naomi Watts.
Avisar, eso sí, que esta película es mucho más violenta que su anterior Un historia de violencia (2005) todo un par de escenas con una dureza máxima y bastante sangre.
Sobre su lentitud, que es algo que siempre está latente en las películas de Cronenberg, decir que en esta película apenas se nota, tal vez también debido a su corta duración (algo más de hora y media)
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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La escena que abre la película demuestra claramente la dureza de la misma. Una conversación en una barbería que termina con el degollamiento del cliente con una navaja de afeitar y que se ve con toda la claridad posible. Hay otro degollamiento de camino a un partido del Chelsea, en un cementerio, que también es bastante crudo.
La pelea en los baños públicos, con Viggo Mortensen en todo su esplendor (es decir, desnudo) y donde la cámara juega tan bien que sus genitales apenas se ven y se quedan para la imaginación de los espectadores. El culo, sin embargo, sale todo lo que quiere y más.
Preciosa la escena final, cuando Nicolai y Anna convencen a Kirill para que no arroje a Christine al agua. Un momento estupendo (hablando sobre la actuación) de Vincent Cassel, y además con muchísima tensión.
Una película recia, dura, interesante, con un protagonista magnético.