CUESTIÓN DE HONOR (Pride and Glory)

Película estrenada entre 2008

Director:
Intérpretes: Colin Farrell (Jimmy Eagan), Edward Norton (Ray Tierney), Jon Voight (Francis Tierney, padre), Noah Emmerich (Francis Tierney, hijo), Jennifer Ehle (Abby Tierney), Lake Bell (Megan Egan)

Cambio absoluto de registro del cineasta Gavin O’Connor, que ha coescrito el guión en el que también ha colaborado Joe Carnahan (Narc). A pesar de la calidad de la cinta, ha tardado mucho en estrenarse por razones curiosas. Ha llegado a los cines un año después de la fecha inicialmente prevista, porque la distribuidora se echó atrás alegando que tendría menos éxito porque iba a competir en las carteleras con otros trabajos de Edward Norton
(El increíble Hulk) y Colin Farrell
(Escondidos en Brujas). El director ha realizado declaraciones criticando duramente esta decisión. Ray Tierney, agente de la policía de Nueva York, acepta a regañadientes un encargo de su padre, un alto cargo del departamento. Deberá resolver la muerte de cuatro compañeros del cuerpo, abatidos a tiros cuando iban a detener a unos narcotraficantes. Ray no le puede decir que no a su padre, porque los agentes eran conocidos suyos, estaban a las órdenes de su propio hermano (también agente), y servían junto a Jimmy Egan, que es el marido de su hermana. Pero cuando Ray empieza a investigar, descubre que alguien del departamento informó a los sospechosos de que iban a ser detenidos, por oscuros intereses en el negocio de la venta de drogas. El asunto parece que salpica a su hermano y a su cuñado…Estamos ante un violento film, que describe el lado oscuro de la ley y la corrupción policial, en una línea que se parece al mundo nebuloso del novelista James Ellroy (L.A. Confidential), pero en la época actual. También recuerda a cintas sobre este tema como Serpico, pero con una trama mucho más descarnada, que no escatima detalles turbios. En este sentido cabe mencionar una brutal secuencia con un menor, que si bien no muestra nada -sólo sugiere- no dejará indiferente ni al espectador más insensible, en la línea de la secuencia más dura de American History X, también con Edward Norton.

La divisa de la policía de Nueva York es “Honor y gloria” (Pride and Glory, como indica el título original). Su buena o mala fama afecta a la familia Tierney, vinculada al “cuerpo” durante varias generaciones. El conflicto estalla cuando uno de sus más jóvenes miembros, Ray Tierney, por presiones de su mismo padre, alto mando de la guardia metropolitana, se ve obligado a abandonar el tranquilo Departamento de Desaparecidos para encargarse de detener al asesino de cuatro colegas de Narcóticos que estaban a las órdenes de su hermano Francis.
Cuestión de honor es, pues, como cualquiera puede adivinar, la enésima cinta sobre corrupción policial. En esta ocasión no se trata tan sólo de los sobornos que acepta un grupo de policías neoyorquinos de los traficantes de droga a los que debería perseguir, ni de la violencia inhumana con que también esos agentes del orden se cobran la ¬´protección¬ª de algunos tenderos, ni siquiera de los métodos heterodoxos con que ejercen su profesión arrancando confesiones u falseando pruebas, sino de la honra de la institución a la que pertenecen. El axioma es simple: el buen nombre de la Policía ha de quedar siempre a salvo y, en el peor de los casos, es mejor buscar un chivo expiatorio que culpar a la institución. Aunque haya que mentir, cerrar los ojos o dejar impunes a los corruptos o ineptos.

El conflicto ético se desarrolla en el seno de una familia en apariencia sólidamente fundada en una serie de valores que, en realidad, son sólo parte de la “imagen” que se quiere presentar de la misma. Pero para mantener semejantes ficciones (la policía y la familia son sacrosantas) hay que quebrantar esas mismas normas de cuyo cumplimiento alardean.
El guión de Cuestión de honor procura escaparse del estereotipo dotando a cada personaje de un cierto desarrollo y progresión dentro de la trama. Sólo lo consigue en algunos casos (la esposa cancerosa de Francis, la ex mujer de Ray). En otros, como en el personaje de Jimmy, cae decididamente en el tópico, tanto en la justificación de su conducta (familia numerosa, bajo sueldo oficial) como en la extrema violencia que utiliza en contraste con su afable y cariñosa actitud en el hogar. Lo mismo cabe decir del ¬´patriarca del clan¬ª, encarnado por un Jon Voigt sin ningún carisma, estólido y acartonado.
La trama, con todo, está bien contada y el filme se sigue con interés, aunque no haya sorpresas y el asunto, finalmente, se resuelva por derroteros totalmente previsibles. Gavin O’Connor muestra buenas maneras y resuelve algunas situaciones con pulso notable. No todas, porque la inicial, con cámara en mano, no es precisamente un dechado de realización. Pero hay apuntes, detalles, algunos fogonazos que, de haber tenido continuidad, hubiera situado este film en un nivel superior. Tal vez debería creer más en su propio estilo y no tratar de imitar algunos un tanto desfasados ya. Me refiero al Tarantino de Pulp Fiction al que de alguna manera se rinde homenaje en la escena del bebé y la plancha candente.
El filme cuenta con un conjunto de actores de primera fila, con el citado Norton en el papel más difícil, pues su personaje se enfrenta a un duro dilema moral al debatirse entre la lealtad a su familia y la ética profesional. No desentona un actor en línea ascendente desde hace algunos títulos, Colin Farrell, al que se le da tan bien el rol de ‘poli malo’ que llega a hacerse bastante odioso.
Al final, cuando se encienden las luces, uno lamenta haber visto tan sólo una película de género, cuando a ratos parecía que el filme iba a volar más alto.


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