Director: Danny Boyle. 2008. EE.UU. Color
Intérpretes: Mickey Rourke (Randy Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood (Stephanie Robinson), Mark Margolis (Lenny), Todd Barry (Wayne), Ernest Miller (“El Ayatollah”), Judah Friedlander (Scott)

Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) es un luchador profesional de wrestling, ya retirado que, tras haber sido una estrella en la década de los ochenta, trata de continuar su carrera en el circuito independiente, combatiendo en cuadriláteros de tercera categoría. Cuando se da cuenta de que los brutales golpes que ha recibido a lo largo de su carrera le empiezan a pasar factura, Randy decide poner un poco de orden en su vida; intenta acercarse a la hija que abandonó, Stephanie (Evan Rachel Wood), a la vez que trata de superar su soledad con el amor hacia Cassidy, una streaper (Marisa Tomei).

Con cuatro películas en diez años, Darren Aronofsky
parece haber preparado a conciencia el último round, al que llega tan robusto como Randy ‘El Carnero’ Mickey Rourke) después de las cabriolas con polémica “Pi. Fe en el caos” (1998), “Réquiem por un sueño” (2000) y “La fuente de la vida” (2006), portador de esa extraña sabiduría que a veces ofrece la conjugación de actor, personaje y armazón estético en un único milagro. Tal vez a El luchador (The wrestler) , recibida más que calurosamente por su radicalismo disímil de las obras previas del cineasta, parezca quedarle un poco holgada dicha categoría, impresión que en todo caso se debería a la desnudez extrema de una narración que responde a los actos de su protagonista como un perfecto y pulido espejo. Pero tras esa sencillez estructural que siempre ha estado presente en las cintas de Aronofsky, oculta tras jugarretas de montaje, despierta un complejo y apasionado retrato del ídolo de barro que tanto honra a una galería de personajes rotos de puños para dentro.

El éxito de la propuesta va parejo a la producción de “The fighter”, con la que el director recupera la figura del boxeador irlandés Micky Ward, encarnado por Mark Wahlberg, y después de que la pasada temporada David Mamet reviviese las artes marciales con notable pulso dramático en “Cinturón rojo” (2008). Aronofsky apuesta por la construcción grupal, dando la importancia suficiente a las secundarias Evan Rachel Wood, en la piel de la hija de Randy, y Marisa Tomei, la quebradiza y entrañable bailarina Pam ‘Cassidy’, amén de la caterva de compañeros de wrestling que imprimen una cálida atmósfera de camaradería opuesta a los dolorosos fingimientos en el cuadrilátero. En el epicentro, Mickey Rourke luce sus carnes poderosas y molidas con una generosidad pocas veces vista en un intérprete de su talla, y la energía y honestidad con que se ofrece a sí mismo ante la cámara hacen pensar en un Montgomery Clift nervudo y en todos los misfits que murieron dentro del cine.

El objetivo pegado al hombro de Randy “El Carnero” y su colosal despunte dentro de una puesta en escena que elogia la cutrez de un físico y una vida demacrados, no dejan lugar a duda de las intenciones de Aronofsky, quien muestra al hombre sin los subrayados de, por ejemplo, un Clint Eastwood, y destacando en escenas mudas de reveladora soledad, como la sesión de firmas para los fans o la rutina de un trabajo tras el mostrador de una carnicería. Compasiva pero realista, “El luchador (The wrestler)” se guarda de canonizar demonios y de redundar el relato con inútiles lágrimas, y se cierra, sutil y potente, como un moratón de recuerdo marcado sin mala leche.