Director: Matteo Garrone. 2008. Italia. Color
Intérpretes: Toni Servillo (Franco), Gianfelice Imparato (don Ciro), Maria Nazionale (Maria), Salvatore Cantalupo (Pasquale), Gigio Morra (Iavarone), Salvatore Abruzzese (Totó), Marco Macor (Marco), Ciro Petrone (Ciro), Carmine Paternoster (Roberto), Zhang Ronghua (Xian), Simone Sacchettino (Simone)

Poder, dinero y sangre: estos son los valores a los que los residentes de la provincia de Nápoles y Caserta tienen que enfrentarse cada día. Casi nunca tienen la posibilidad de elegir, y casi siempre están obligados a obedecer las reglas del “sistema” de la Camorra. Sólo unos pocos afortunados pueden llegar a pensar en llevar una vida normal.

El joven escritor Roberto Saviano es autor de un gran éxito literario en el que no hace sino contar la verdad de una organización mafiosa, la Camorra napolitana, singularmente violenta y perversa, a través de uno de los clanes, ubicado en los barrios de Scampia y Caserta. El éxito del libro y la difusión internacional de la película, con premio del Jurado en el último Festival de Cannes, le han supuesto a Saviano una amenaza de muerte anunciada, pues los camorristas planean ponerle una bomba a su paso por la autopista junto a sus cinco escoltas antes de Navidad. Un capo le ha amenazado desde la cárcel con el argumento de que le difama en el libro; seis premios Nobel se han solidarizado y han pedido al Estado italiano un esfuerzo en la protección del escritor.
Saviano es consciente de que se ha escrito y filmado mucho sobre las familias mafiosas, de ahí que trate de aportar un nuevo punto de vista que no inventa nada, sino que se limita a contar con pulcritud realista lo que ve: “La gente está harta de la ficción en torno al crimen organizado” declara el escritor, quien elimina cualquier glamour de los tipos mafiosos con estas escalofriantes palabras: “No hablamos de delincuencia común, hablamos de una organización poderosísima. El día que cayeron las Torres Gemelas, mientras el mundo miraba aterrado la televisión, dos jefes hablaron por teléfono para correr a invertir. Para ellos no había muertos, sólo quedaba libre un terreno en el centro de Nueva York”. El cineasta Mateo Garrone, autor de cinco largometrajes desconocidos en nuestro país, sintoniza perfectamente con el escritor -que también participa en la elaboración del guión- en la voluntad documental y testimonial de su trabajo.
Los once capítulos del libro son reducidos a cinco historias entrelazadas que dan cuenta de diversos estilos y prácticas mafiosas: la guerra entre bandas en un barrio que la policía no se atreve a pisar; el ambiente de unos bloques deteriorados donde se vende droga a espuertas y donde Toto, un preadolescente, hace recados para las amas de casa; un modisto a sueldo de un mafioso para elaborar alta costura a precio de saldo que también trabaja para un taller regentado por chinos; Ciro, un recaudador de la Camorra que cae en desgracia; dos jóvenes que juegan a hacerse los machitos, encuentran unas armas y acaban asesinados porque, para la Camorra, no les resulta funcional que haya demasiados tirosEn conjunto, un mosaico donde mediante diversos tipos humanos y en breves acciones se condensa con eficacia el mundo completo de la criminalidad mafiosa.
Garrone apuesta por un lenguaje directo y realista; la cámara en mano tiende al plano secuencia y sólo corta la toma cuando no puede seguir contando con comodidad, lo que otorga talante documental al relato. La fotografía “sucia” abunda en ese talante, al igual que el dialecto napolitano y la prosodia de los personajes, de una autenticidad extraordinaria. El sonido prácticamente prescinde de la música para buscar la inserción del espectador en la ficción. También destilan veracidad los descampados y canteras abandonadas y, sobre todo, los laberínticos bloques de viviendas, con patios y pasillos interiores donde se trapichea con facilidad. El montaje va alternando las historias y la fragmentación no es muy feliz en el primer tramo de la película, lo que despista al espectador, que ha de hacer cierto esfuerzo para saber de qué va aquello. No obstante, más que deficiencia, hay que señalar que esa narración entrecortada, con secuencias carentes de clausura, constituye hoy un estilo de hacer cine, muy propio de las “historias entrelazadas”.

Gomorra huye de los mafiosos de ficción, de cualquier fascinación por el mundo del crimen organizado o los seductores capi, y del entretenimiento con historias de violencia desmedida o intrigas emocionantes
y, en la antítesis de El Padrino y el cine de Martin Scorsese, hace un retrato realista en el que los mafiosos son tipos mediocres, sebosos y desgraciados, desprovistos de cualquier atractivo personal. Hay diverso grado de criminalidad y aparece el camorrista curtido que no tiene pudor en asesinar a sangre fría y hasta le parece demasiado fácil cargarse en una playa desértica a un par de jovenzuelos (“¿Y esto es todo?” exclama decepcionado tras hacerlo) o el mafioso jubilado a quien no le llega la pensión, pero también el preadolescente, prácticamente un niño, que facilita el asesinato a bocajarro de un ama de casa llamando a la puerta. Y también los inocentes y quienes se encuentran en tierra de nadie en un ámbito social de horrible podredumbre.
El negocio mafioso ya no se limita a la tradicional prostitución o al tráfico de drogas, sino que abarca nuevos y más peligrosos terrenos. El espectador ha de estar informado por la prensa de las terribles consecuencias medioambientales que el tratamiento de basuras en manos de empresas camorristas ha tenido en la región de Nápoles; aquí se testimonia cómo esas empresas son capaces de deshacerse de las basuras contaminando y, como subraya un rótulo al final, teniendo como consecuencia un aumento de un 20 % de los casos de cáncer en la zona. No es que uno esperase de esa gente algún atisbo de conciencia ecológica, pero resulta cruel comprobar cómo se negocia con la salud de toda la población. Los talleres de costura clandestinos o en condiciones laborales de manifiesta explotación, capaces de poner en el mercado ropa de última moda en un tiempo récord, subrayan los mecanismos de lavado de dinero de las organizaciones criminales. En ese mundo de podredumbre moral y gatillo fácil resulta difícil sobrevivir sin caer en la delación o el colaboracionismo; incluso los jóvenes sucumben a la tentación del dinero fácil y a la fascinación por las armas de simbólico poder. Es el asesinato de estos dos, en la secuencia conclusiva del relato desprovista de todo glamour, con sucios y obesos matones vestidos con hortera ropa deportiva, y la excavadora llevándose los cuerpos como auténticos escombros humanos -o la patética secuencia de negociación de porcentajes en la habitación con el viejo capo ahogándose y moribundo- lo que da a Gomorra su insobornable dimensión moral e imprescindible valor documental
Retrato insobornablede imprescindible valor documental sobre la Camorra italiana.