Director: John Patrick Shanley, 2008. EE.UU. Color
Intérpretes: Meryl Streep (Hermana Aloysius Beauvier), Philip Seymour Hoffman (Padre Brendan Flynn), Amy Adams (Hermana James), Viola Davis (Sra. Miller), Alice Drummond (Hermana Verónica), Joseph Foster (Donald Miller)

Un vibrante y carismático sacerdote, el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) está tratando de cambiar las estrictas normas del colegio, que durante años han sido fieramente salvaguardadas por la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep), una directora con mano de hierro que cree firmemente en el poder de la disciplina. Vientos de cambio político están barriendo la comunidad, y de hecho el colegio ha aceptado a su primer alumno negro, Donal Millar. Pero cuando la hermana James (Amy Adams), una pobre inocente, le comenta a la hermana Aloysius sus sospechas de que el padre Flynn presta “demasiada atención” a Donald, la superiora comienza una cruzada personal para sacar a la luz la verdad y expulsar a Flynn del colegio por abusar del alumno. Sin una sola prueba aparte de su convicción moral, la hermana Aloysius comienza una batalla con el padre Flynn, que amenaza con desgarrar la comunidad con consecuencias irrevocables. Basada en una obra ganadora del Premio Pulitzter y de un Premio Toni en su adaptación teatral.
.
Por segunda vez John Patrick Shanley se ha puesto detrás de la cámara para dirigir una obra teatral suya, éxito de crítica y público en Broadway. Antes, en el lejano 1990, hizo lo mismo con Joe
contra el volcán. No suele dar buen resultado que el autor de teatro asuma el papel del guionista y del director. Este caso confirma la regla.
La adaptación a la pantalla deja mucho que desear. La duda sigue pivotando sobre los diálogos y el reparto y muy poco en la imagen y la narrativa estrictamente fílmica. Más aún, las escasas escapadas al exterior podrían haberse obviado sin merma alguna para el interés del filme. Valga, como ejemplo, la innecesaria salida de la directora del colegio para acompañar a la madre de un alumno con la cual está conversando. No es sólo poco plausible en un personaje como el de la Hermana Aloysius, sino que además le resta concentración y dramatismo al “diálogo de sordos” que mantienen ambas.
Este tipo de recursos para “airear” el espacio único del teatro casi nunca resultan y, en este filme, que además es claustrofóbico (nunca mejor dicho) y gira en torno a una neurosis (o tal vez psicosis) obsesiva, se compadece mal con el argumento que pide a gritos reducirse al pequeño mundo del centro educativo, donde reina ferozmente la odiosa directora.
La acción se sitúa lejos en tiempo, en el año 1964, en una escuela parroquial católica, regentada por monjas, en el Bronx neoyorquino. La superiora, viuda de guerra, que ingresó en religión tras perder al marido, es una dictadora implacable, que reina sobre la comunidad educativa y que aspira también a hacerlo sobre la parroquial. Ve en el sacerdote un potencial enemigo y está dispuesta a creer cualquier cosa con tal de arruinar su relativo prestigio entre los feligreses, padres y alumnos del centro.
Así que, cuando la bienintencionada, pero ingenua, Hermana James creer adivinar que el Padre Flynn puede estar propasándose con uno de los monaguillos, en concreto, el primer chico negro que estudia en el centro, la directora inicia una serie de movimientos que tienen por objeto terminar con el Padre Flynn y forzar, cuando menos, su marcha de la parroquia y la escuela. Las sospechas se convierten en indicios y las conjeturas en certezas. Dispuestas ambas religiosas a expulsar a la supuesta manzana podrida -la una, con evidente mala intención; la otra, con ingenuidad culpable-, terminan por lograr su propósito.
Nunca llegamos a tener la seguridad de que el sacerdote sea inocente, pero poco importa, porque este caso nada tiene que ver con las recientes denuncias de pederastia y abusos sexuales por parte de clérigos, sino con ¬´el beneficio de la duda¬ª que la protagonista no está dispuesto a conceder al acusado. Pero, en realidad, tampoco estamos ante un film sobre un inocente injustamente condenado, sino ante la descripción de una neurosis obsesiva, acentuada por el catolicismo tradicional y la estricta vida religiosa que lleva la hermana Aloysius (no debe ser casual que las dos monjas lleven nombres varoniles: Luis y Jaime).
La interpretación bizqueante, gesticulante, llena de tics, de Meryl Streep acentúan los rasgos patológicos del personaje. Estos “tour de forcé” actorales, estas sobre actuaciones “expresivas” me resultan pesadas, porque al subrayar los signos de trastorno psicológico restan credibilidad y fuerza al conflicto y lo reducen casi a un caso clínico. Encuentro del todo sorprendente las nominaciones a los Oscars para los cuatro actores (Streep y Hoffman para intérprete principal, Adams y Davis como actrices de reparto) y para el guión adaptado de este filme. Lo cual me reafirma en el escaso aprecio que tengo por los gustos de los académicos americanos en asunto de galardones.
Y poco más cabe decir de este filme, que se ve con interés si uno es capaz de admirar los excesos interpretativos de este reparto de divos a la búsqueda de refrendo para su condición de estrellas. Tarea a la que se entregan con ahínco, pero que a mí me dejan frío como un témpano. Ah, lo de la caza de brujas parece un pretexto, lo mismo que esa mala costumbre de condenar basándose en prejuicios y figuraciones.
La duda tiene un guión preciso e implacable, poderosas interpretaciones y una relevancia atemporal. La cinta obliga a pensar desde el primer plano, y ya no paras (si uno quiere, claro).