LAS HORAS DEL VERANO (L´heure d´été)

Película estrenada entre 2008

Director: Olivier Assayas. 2008. Francia. Color

Intérpretes:
Juliette Binoche (Adrienne), Charles Berling (Frédéric), Jérémie Renier (Jérémie), Edith Scob (Hélí¨ne), Dominique Reymond (Lisa), Valerie Bonneton (Angela), Isabelle Sadoyan (Eloise), Kyle Eastwood (James), Alice de Lencquesaing (Sylvie), Emile Berling (Pierre), Jean-Baptiste Malartre (Michel Waldemar)


Los caminos de tres hermanos en la cuarentena chocan cuando su madre, encargada de gestionar la excepcional colección de arte del siglo XIX que perteneció a su tí­o, muere de forma repentina. Los tres se verán obligados a entenderse y a limar sus diferencias. Adrienne, una diseñadora con éxito en Nueva York; Frédéric, un economista y profesor universitario en Parí­s; y Jérémie (Jérémie Renier), un dinámico hombre de negocios asentado en China, deberán enfrentarse al fin de su niñez, memorias compartidas, sus orí­genes y su particular visión del futuro.


En la novela “El último puritano”, George Santayana nos dice, por boca de su protagonista, que pretender dotar de entidad moral a las cosas materiales es caer en la superstición. Olivier Assayas quiere mostrar con esta cinta que es posible que una casa y sus objetos tengan alma.

Lo triste o lo feliz es que esa alma se sitúa en las personas que la habitan, que los usan.

Como en la saga juvenil de J. K. Rowling, los individuos pueden fragmentar su alma y repartirla en diferentes objetos, lugares o incluso en otros seres vivos.

A pesar del tí­tulo, tan veraniego, Assayas acierta con la sombra más que con la luz: la escalinata, Hélí¨ne subiendo, el arco vegetal oscurecido; el cuarto, que acoge en la penumbra a Frédéric; la visita de los tasadores a la casa, deshabitada y umbrí­a.
En la pelí­cula Toy story 2 (1999) los juguetes se debaten entre la inmortalidad vací­a del museo y la mortalidad con aventura de la infancia.


Los recuerdos se constituyen en vivencia presente del pasado. Los objetos y lugares funcionan como interruptor. Conjuran sólo aquello que ya está en nosotros mismos. Al fallecer, fallecen en nosotros. Quién sabe si perduran, intactos, en otras redes neuronales.

(El resto de la crí­tica puede contar partes de la pelí­cula)
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La pelí­cula se abre y se cierra con dos escenas simétricas, alegres y fallidas: el juego infantil, con esa búsqueda del tesoro, tan medida y falsa; la fiesta adolescente, de puro cartón piedra, con un paseo final entre las flores y unas cerezas que saben a recurso manido y facilón. No son Las fresas salvajes de Ingmar Bergman, desde luego.


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