Charles Laughton

Película estrenada entre Actores

(Scarborough, Yorkshire, England, 1 julio 1899 – Hollywood,

15 diciembre 1962)

Actor y director de cine y teatro nacido en el Reino Unido y nacionalizado ciudadano estadounidense en 1950 .

Es más conocido por el público de hoy en día como el director de La noche del cazador (1955), pero Charles Laughton fue también un actor grande entre los grandes, tanto en el teatro como en el cine. Billy Wilder dijo de él que era el mejor actor con quien nunca había trabajado… de hecho, añadía Wilder con entusiasmo, en su opinión, Laughton era “el más grande de todos los actores”.

Laughton era conocido por su intensa implicación en el trabajo, que él consideraba, más que una profesión, un arte creativo a la altura de las creaciones musicales, pictóricas o literarias. James Mason, comentando la revolución en el arte de la actuación que supuso la irrupción de Laughton, le definió como “un actor del método sin sus tonterías”, aunque el mismo Laughton dijo respecto a la escuela de Actors Studio “un actor del Método te ofrece una fotografía: yo prefiero hacer una pintura al óleo”

Para el público anglosajón, Charles Laughton constituye una leyenda y una de las más altas cimas en el arte de interpretar. En su época se le conoció como “el emperador de los actores”, pero su categoría era muy superior a la de cualquier apodo y sus recursos eran más sólidos que los que podían exigir cualquier papel. Su grandeza es hoy indiscutible. Su recuerdo, imborrable. A lo largo de tres décadas reinó en una serie de papeles inmensos que sólo un genio podía llevar a buen puerto. Fuera cual fuera su cometido, él siempre brillaba por encima del reparto y ofrecía las mejores escenas del filme. Era de esa casta que llena películas vacías y las hace reventar de talento.

Su carrera es asombrosa: más de cincuenta personajes cinematográficos, muchos de ellos identificados para siempre con él, un Oscar y dos candidaturas -desde luego pudo haber tenido más-. ¿Quién no le recuerda como senador Sempronio en Espartaco? (1960, Stanley Kubrick). Al mismo tiempo, desarrolló una prestigiosa carrera teatral.

La noche del cazador (1955)

Dirigió para el cine una única película, la obra maestra: La noche del cazador (1955), cosechó críticas arrebatadas y de paso se labró la fama de ser el mejor actor inglés del siglo XX, un título que sólo Laurence Olivier le podría disputar en justicia.

Y todo esto lo consiguió sin la apostura de los ídolos de masas. De hecho, su físico no parecía ser un don del cielo. Era bajo, gordo y feo, pero Laughton supo explotar con inteligencia su humanidad desbordante y su rostro de perro bulldog pendenciero para convertirlos en triunfo, poniéndolos al servicio de personajes tan retorcidos e inquietantes como su aspecto. En cuanto a su técnica, resultó siempre irreprochable. Charles llevaba a la perfección cada detalle, cada matiz, perfilando la construcción del personaje sin que quedase el menor cabo suelto. A veces cuando el papel era poco agradecido o la película poco importante, tendía a hacer el histrión, llevando frívolamente al personaje hasta su extremo más ridículo; pero al público, que parecía saborear el festín tanto como él, no le solía importar. Su gran momento de popularidad se centra en los años 30. Estuvo extraordinario como el monarca homicida de La vida privada de Enrique VIII (1933, Alexander Korda), que le valió un Oscar y el pasaporte definitivo para Hollywood.

Laughton aportó la repulsión necesaria al papel del sádico capitán Blig en Rebelión a bordo (1935, Frank Lloyd). Compuso un espléndido retrato del atormentado inspector Javert de Los miserables (1935). Y fue un irremplazable Quasimodo en Esmeralda la zíngara (1939, William Dieterle). Y no olvidemos otros gentiles caballeros como el Nerón de El signo de la cruz (1932, Cecil B. DeMille) o el tiránico padre de Elizabeth Barrett en Las vírgenes de Wimpole Street (1934, Sidney Franklin).

Con Maureen O’Hara en Esmeralda la zíngara (1939)

Pero este récord de personajes siniestros y de tortuosa psicología, cuyo rasgo principal suele ser la ambig√ºedad moral a medio camino entre el sadismo y la bondad, no ha de hacer pensar en un encasillamiento por parte de Laughton. Cuando se dedicó a probar suerte en la comedia, estuvo maravilloso, y su papel de Ruggles en Nobleza obliga (1935, Leo McCarey) constituye una de las cimas más altas del género.

Protagonizó una de las mejores biografías jamás rodadas: Rembrandt (1936, Alexander Korda). En la década de los años 40 su carrera ya no se caracterizaría ya por grandes superproducciones supeditadas a su nombre y talento, sino por actuaciones magistrales en papeles de carácter. Ni que decir tiene que estas actuaciones eran lo mejor de las películas como El proceso Paradine (1947, Alfred Hitchcock) o El reloj asesino (1948, John Farrow).

Los años 50 fueron poco fructíferos para el gran actor, quien, como era de esperar estuvo magnífico en los pocos títulos de calidad en que se dejó ver. Así, brilló por encima del prestigioso reparto de La reina virgen (1953 George Sidney) al rehacer su antiguo personaje de Enrique VIII. Realizó una prodigiosa interpretación en una magnífica comedia de escaso éxito: El déspota (1954, David Lean). Dio esplendor a las escenas políticas de Espartaco (1960, Stanley Kubrick) y, en fin, resumió toda la gloria de su carrera en Testigo de cargo (1957, Billy Wilder), ofreciendo al espectador las mejores escenas del filme como el abogado enfermo al cuidado de una irritante enfermera -su extraordinaria esposa Elsa Manchester-.

Testigo de cargo (1957, Billy Wilder)

De todos modos, aunque no hubiese aparecido en ninguna película reseñable, la década ya hubiese sido notable por su única y prodigiosa incursión al otro lado de la cámara, como director excepcional de uno de los títulos más insólitos de la historia del cine: La noche del cazador (1955).

Con cincuenta títulos a sus espaldas, Laughton se despidió del cine el mismo año de su muerte interpretando a un maquiavélico senador en Tempestad sobre Washington (1962, Otto Preminger).

En sus memorias, su viuda, Elsa Lanchester reveló algunas indiscreciones suculentas. Una de ellas es que el actor tuvo notorios escarceos homosexuales. Otra, que durante toda su vida se sintió acomplejado por su físico y que durante años desesperó de la posibilidad de abrirse camino en el cine.


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