Gary Cooper

Película estrenada entre Actores



(Helena, Montana, 7 mayo 1901 – Beverly Hills, Los Angeles, 13 mayo 1961)

El último gran secreto de Gary Cooper lo reveló, sin querer, James Stewart, su amigo del alma. Fue el 17 de abril de 1961, durante la ceremonia de entrega de los Oscar. A Stewart se le quebró la voz al recoger la estatuilla honorífica concedida al ausente Coop -como le apodaban los íntimos- por el conjunto de su carrera -tenía dos más-. Sus lágrimas le delataron y una pregunta recorrió el auditorio: “¿Cómo está Coop de enfermo?”. Su indiscreción anunció al mundo el fin de un vaquero cansado.
Horas después llegó al hogar de los Cooper un telegrama del Palacio de Buckingham, quizá el primero de ese tipo que un monarca británico enviaba a una estrella de Hollywood, aunque hay que aclarar que Gary era medio inglés. La reina Isabel II, en persona, se interesaba por su salud. El presidente Kennedy prefirió telefonear y hasta hizo reír al debilitado actor, que apuraba sus últimos días de vida consumido por el cáncer. Murió el 13 de mayo, seis días después de cumplir 60 años.
Rodó más de 100 películas de todos los géneros. Incluso comedias, con los maestros Ernst Lubitsch -Una mujer para dos-, Frank Capra -El secreto de vivir- y Howard Hawks -Bola de fuego-. Vistió, también, uniformes exóticos: el kepi de la legión extranjera -Beau Geste-, el de oficial colonial -Tres lanceros bengalíes- y la casaca roja de los monties -Policía Montada del Canadá-. Sin embargo, dentro y fuera de la pantalla, nunca dejó de ser un simple vaquero.
No le gustaba la vida social, las ciudades, bailar, leer ni escribir. En cambio, adoraba las armas -era muy conservador- y los automóviles, cosas ambas que coleccionaba. Fue hombre de pocas palabras, cuyas diversiones preferidas -aparte de las mujeres-, eran pescar y cazar, incluidos safaris en África. Dos actividades que le hicieron íntimo del escritor Ernest Hemingway, al que visitaba con frecuencia en Cuba. No podía ser de otro modo en alguien que había crecido en los espacios abiertos del Oeste.
Frank James Cooper -su nombre auténtico, hasta que se lo cambió legamente en 1933- vino al mundo en Helena, población no muy conocida fuera de EEUU, a pesar de haber nacido allí también la actriz Myrna Loy -4 años menor que él- y de ser la capital de Montana. En este Estado se juntan las grandes praderas con las Montañas Rocosas, está Little Bighorn -donde los indios acabaron con Custer y el Séptimo de Caballería-, y se forjó mucho del mito del salvaje Oeste.
Sus padres, Charles -que llegó a ser juez del Tribunal Supremo de Montana- y Alice, ingleses emigrados a América en busca de fortuna, se conocieron en Helena, se casaron y se nacionalizaron estadounidenses. El parto de su primer hijo, Arthur, en 1895, fue tan malo que los médicos le recomendaron a Alice que no volviera a quedarse embarazada, pero ella deseaba tanto una niña, ya que sentía que el hijo mayor era del padre, que volvió a intentarlo, aun a riesgo de su vida. La desilusión que sufrió al tener otro varón fue tremenda.
Esta circunstancia provocó un hecho insólito. Toda la ropita que sus padres tenían preparada era de niña, así que en sus primeros años Gary Cooper, símbolo de la masculinidad americana, se vistió de chica. Más aún, su madre no le dejaba ir con chavales, para que no se ensuciara, y estaba siempre con las niñas. De mayor, reconoció que jugaba con ellas a las muñecas, aunque puntualizó que nunca tuvo una propia.
Esta experiencia infantil conecta con dos detalles de su vida posterior: los rumores sobre su supuesta bisexualidad y su habilidad para tratar con las mujeres. Se casó una sola vez -un matrimonio en el que los contrayentes excluyeron decirse eso de “obedecer”-, pero tuvo cientos, quizá miles de amantes. No sólo entre las estrellas con las que trabajó y las mujeres de mundo que trató, sino también con secretarias, peluqueras, modistas de los estudios y cualquier falda a tiro.
“Todas las mujeres que le conocieron se enamoraron de él”, reconoció Ingrid Bergman, con la que vivió un romance tan intenso al filmar La exótica, su segunda película juntos, que la Warner retrasó su estreno -eran otros tiempos-, ante el temor de que un doble divorcio de sus estrellas hundiera el filme. La comedida Helen Hayes, gran dama del teatro americano que protagonizó con él Adiós a las armas, confesó que habría abandonado a su esposo si Coop se lo hubiera pedido.
El director Stuart Heisler, que le conocía desde sus comienzos y trabajó con él en El caballero del Oeste y Dallas, ciudad fronteriza, lo explicó en términos menos poéticos: “Coop fue el mayor follador que ha existido. Se atropellaban por llevárselo a la cama. No podía dejar de joder. Las mujeres no se lo permitían. Iban a acostarse con él a su camerino portátil. Me imagino que se debía a que gozaba de la reputación de tener un polvo maravilloso”.
Su pericia amatoria y sus habilidades hípicas, dos prácticas que aparecen no pocas veces relacionadas en el lenguaje popular, fueron sus grandes bazas para entrar en el cine. De chaval, estudió en Inglaterra pero la I Guerra Mundial le obligó a regresar. Ya en Helena, tuvo un accidente de coche y se lesionó una cadera, mal del que jamás se curó y que provocaba su modo tan especial de andar. Como terapia, le mandaron que montara a caballo.
Siguió las órdenes del médico a rajatabla y, aprovechando la falta de mano de obra impuesta por la guerra, se empleó como vaquero en el rancho familiar. Allí aprendió los gajes del oficio que luego representó tantas veces en la pantalla. Adquirió una destreza poco común con los caballos y entabló buena amistad con sus compañeros de trabajo. Hombres curtidos con los que salía a divertirse los días de paga. Durante una de esas juergas, perdió la virginidad con una prostituta.
Con todo, aquel era un tipo de vida demasiado duro para él y se buscó nuevos horizontes. Su objetivo era forjarse un futuro como dibujante y caricaturista. No tuvo mucha suerte en su empeño y acabó recalando en Hollywood. Según unos, para abrirse camino en la prensa, según otros, para probar suerte en el cine. La razón da igual. Le fue muy mal hasta que tuvo un encuentro providencial con unos vaqueros, viejos amigos, que le buscaron su primer trabajo como especialista a caballo.
Era un oficio arriesgado pero tan bueno para empezar como cualquier otro. La diferencia es que a él se le daba mejor que a la mayoría de sus colegas. Le pasaba lo mismo con las mujeres, que jugaron un papel esencial en su ascensión al estrellato. La primera, la representante Nan Collins, le convenció para que invirtiera sus pocos ahorros en filmarse su propia prueba, con la que promocionarse. Le cambió, además, el nombre de Frank James por el del pueblo en el que había nacido ella, Gary, que sonaba mejor. Su primer papel de cierta importancia, en el filme Flor del desierto, se lo consiguió una de sus tantas novias, la secretaria del productor Samuel Goldwyn. El empujón a la fama se lo dio la deslenguada y desinhibida Clara Bow, la Madonna de los años 20, que impuso la presencia de Coop en sus filmes cuando aún no era conocido. Ha habido estrellas más brillantes que Bow pero pocas han logrado imprimir una imagen de marca a su nombre como hizo ella, que será siempre la chica It.
It, una palabra inglesa que significa “ello”, fue un término acuñado en los locos años veinte para referirse a ese encanto sexual que hace irresistibles a algunas personas y que Bow inmortalizó en su película de igual título. La actriz, con bien ganada fama de ninfómana -llegó a acostarse con todos los jugadores de un equipo de rugby, entre los que estaba el aún desconocido John Wayne- se encaprichó de Coop a primera vista. Le pasaba a diario pero esa vez se llevó una grata sorpresa.
Se conocieron en una fiesta y nada más verle se lo llevó a su mansión de Beverly Hills donde pasaron la noche. No hubo quejas ni tuvo que coger el coche por la mañana en busca de más hombres con los que satisfacer sus necesidades, como solía hacer con otros. Muy al contrario, Clara, a la que le gustaba experimentar y contarlo todo, confió a sus amigas que Coop tenía un “polvazo” y “podía funcionar toda la noche y seguir aún por la mañana”. El galán jamás soñó mejor recomendación.
La prensa acusaba a Gary Cooper de ser un gigoló que buscaba publicidad con sus romances y que se labraba una carrera gracias a las mujeres. No se equivocaban. Coop ni siquiera era fiel a sus amantes y alternaba a Clara y vaya usted a saber a cuantas más, con las no menos escandalosas Evelyn Brent -hoy olvidada- y Lupe Vélez, futura esposa de Johnny Weissmuller, Tarzán, a la que no en vano apodaban “la gata salvaje” y “la mexicana explosiva” por su gran vitalidad.
La sangre fría de Coop durante sus ruidosas peleas sacaba de quicio a Lupe, todo nervio, que más de una vez reaccionó golpeándole, lo que dejaba en su cara huellas inequívocas de violencia que había que disimular con maquillaje al rodar. La temperamental latina, que acabó suicidándose, salía a la calle con una navaja y guardaba en casa una pistola, con la que un día, que reventaba de celos, le pegó un tiro al actor, que se iba en tren, en un intento de alejarse temporalmente de ella.
En el caso de Grace Kelly -futura princesa de Mónaco, tras superar con éxito una prueba de virginidad-, fue ella la que le acosó, rodando Solo ante el peligro. “Era muy guapa,” comentó Coop. “A los hombres podía parecerles fría como un pez, pero sólo hasta que se bajaba las bragas”. La insaciable bisexual Tallulah Bankhead, que dejó el teatro por el cine, contaba: “Me ofrecieron todo ese dinero y yo pensé, `me voy a Hollywood para follarme a ese divino Gary Cooper’”. Entre sus otras muchas amantes estuvieron Carole Lombard, Merle Oberon, Marlene Dietrich y un sonado romance con la rica heredera Dorothy Taylor, condesa di Frasso, mientras su marido miraba a otro lado. Coop conoció a la aristócrata consorte en Roma, mientras él trataba de superar una depresión. Ella no sólo le ayudó, sino que le enseñó a vestir y pulió sus maneras toscas. Recibió un vaquero y devolvió a Hollywood un caballero.
En la vida del actor también hubo rumores de relaciones homosexuales. Hay que recordar que de Clark Gable se decía que se abrió paso en la pantalla como chapero en su juventud, que Cary Grant vivió una temporada equívoca con Randolph Scott y que Tyrone Power y Errol Flynn eran notorios bisexuales. Gary Cooper también tuvo una amistad ambigua con el actor Anderson Lawler, con el que compartió casa y cuya compañía provocaba los celos y la incredulidad de Clara Bow y de Lupe Vélez.
Sólo una mujer logró llevarlo al altar, Veronica Balfe, en arte Sandra Shaw, a la que los amigos llamaban “Rocky”. Era hija de multimillonario, hijastra del responsable de la Bolsa de Nueva York y católica, mientras que él era episcopaliano -aunque se convirtió antes de morir-. Se casaron en 1933, su relación fue siempre muy abierta y, aunque estuvieron al borde del divorcio, su unión sólo acabó al fallecer él. A ello colaboró María, hija del matrimonio y la pasión de su padre.
El dato más relevante del trato de Coop con las mujeres es que estuviera con ellas años o minutos, todas le adoraron. Ninguna se sintió utilizada. Patricia Neal es un buen ejemplo. Se enamoraron en El manantial y su amor fue tan intenso que le llevó al borde del divorcio, al quedarse ella embarazada. Al final, abortó. “Llevó 30 años llorando por aquel niño. Si pudiera rehacer una sola cosa de mi vida, habría tenido aquel bebé”, escribió la gran actriz en sus memorias. No obstante, cuando se refiere a Cooper sigue hablando de él con amor.
Su agitada vida sentimental le dejó tiempo -aunque era famoso por dormirse en los platós-, para demostrar sus dotes como actor y fue, durante años, uno de los más populares del mundo. Sus compatriotas vieron reflejados en la mirada franca de sus ojos y en su espíritu inocente la esencia de los valores americanos. El suyo fue el éxito del hombre corriente metido, a su pesar, a tareas de héroe. El tipo de personaje por el que ganó sendos Oscar, por Sargento York y Solo ante el peligro. Al final resultó que sus detractores tenían razón: “Lo mejor de Gary Cooper está en sus películas”. Jugó con ventaja, porque jamás interpretó a un malvado.
Gary Cooper, el eterno cowboy
Era poco expresivo. Para actuar, le bastaban su apariencia desmadejada y cierto aire indolente, la sonrisa habitual y unos pocos gestos como plegar los labios o apretar los dientes. Nada más. Se limitó a ser él mismo durante toda su carrera.
Por espacio de 35 años se paseó calladamente por los sets de filmación, ganando amigos, y sin dar importancia alguna a su trabajo. Sin ufanarse jamás de sus aciertos y triunfos, dueño de un hermetismo que no fue nunca desdén sino pudor de quien cree que hay que huir de la altivez, vanidad o arrogancia.
Gary Cooper (1901-1961) era un hombre sencillo, consciente de sus limitaciones, y como tal conseguía aparecer en la pantalla. Su rusticidad, su silueta alargada y movimientos cortos, pero imponentes, le hicieron imprescindible. Primero, para papeles de vaquero noble y generoso. Y luego, cuando los años pasaron, para los de sheriff justiciero.
Como estrella y como prototipo, se fraguó gradualmente a través de sus filmes iniciales importantes. Pero su consagración se debió al austríaco Josef von Sternberg, quien lo pone junto a Marlene Dietrich en Marruecos, y tranforma al eterno cowboy, más o menos patente, en el hombre sin patria de la Legión extranjera.
Monarca de la contención, cuando se repasa su obra sorprende la parquedad de medios con que consiguió llenar de interés tantos y tantos personajes como interpretó, pues además de los consabidos vaqueros, en su filmografía aparecen militares, deportistas, aventureros, marinos, exploradores, médicos y muchos otros.
Claro, no debe olvidarse que Cooper fue una idealización de la realidad típica de su país. Y desde ella, como ha sucedido con otros intérpretes, la sublimación del hombre de un nivel medio en el mundo.
Es decir, una metamorfosis en la que siempre está presente esa duplicidad del cowboy, el hombre del Oeste, que pasa a ciudadano de chaleco y frac, y por extensión a cualquier otro personaje, actual o de época, civil o militar, galán romántico o Don Juan casi a pesar suyo.
Por eso, porque todos sus personajes tienen una última traducción al mismo héroe, este campeón es, a su vez, un definitivo traslado al propio Cooper. Quien no pertenecía a ese tipo de actor capaz de transformarse por completo en las figuras más diversas, como el olvidado Paul Muni, que hoy era Pasteur, mañana Zola y después Juárez.
En otras palabras, traducía los personajes a su propia personalidad. Siempre todos era él, que es decir un prototipo humano que es, a su vez, el arquetipo del hombre del momento para las secretas e inconscientes vivencias de los espectadores a nivel mundial.
Con respecto a los dos premios Oscar que le fueron concedidos por la Academia, el primero, en 1941, por El sargento York, y el otro, en 1953, por A la hora señalada, acaso valga la pena hacer unas reflexiones.
En 1940, menos de un año antes del ataque japonés a Pearl Harbor, el productor Jesse Lasky logra convencer al sargento Alvin York, héroe de la I Guerra Mundial, de llevar su vida a la pantalla.
Al aceptar, el veterano militar plantea las siguientes condiciones:
1) Supervisar personalmente la producción para evitar cualquier posible inexactitud histórica; 2) Ninguna diosa del sexo podía hacer el papel de su esposa (se escogió a Joan Leslie); y 3) El protagonista debía ser el actor Gary Cooper.
Dirigido por el maestro Howard Hawks, el filme obtuvo un enorme éxito de taquilla, fue nominado al premio Oscar en siete categorías y obtuvo dos distinciones: mejor actuación (Gary Cooper) y mejor edición (William Holmes)..
Años después, Hawks declararía a Peter Bogdanovich: “Lo más curioso es que la película provocó una desgracia: Cooper ganó el premio de la Academia, cosa que no esperábamos en absoluto”.
Lo relacionado con el otro premio llega más lejos. La noche del 19 de marzo de 1953, Cooper se encontraba en México, descansando de un día agotador de rodaje, en un bello hotel edificado sobre unas ruinas de la época de Hernán Cortés.
Le acompañaban, en una mesa, el realizador argentino Hugo Fregonese (quien relataría mucho después lo que el famoso cowboy le dijo aquella noche), y los actores Anthony Quinn y Ward Bond, quienes intervenían también en la cinta Viento salvaje.
Era ya de madrugada cuando a Cooper lo llamó por teléfono su agente artístico para darle la noticia de que había ganado el Oscar de actuación por A la hora señalada.
Después de hablar unas pocas palabras, el astro regresó apaciblemente a la mesa que ocupaba, se sentó, y luego de servirse un trago, dijo en voz baja, casi en confidencia, al realizador gaucho. “Te das cuenta, Hugo, yo, tan mal actor, ganando otro Oscar”.
Cooper, sencillamente, no lo podía creer.
Entrevista
VAQUERO, CATóLICO Y MUY MACHISTA


√âxito. “Ningún intérprete alcanza la fama sólo por su talento. A los actores los moldean fuerzas ajenas a ellos. Deberían recordarlo y al menos un par de veces a la semana hincarse de rodillas y agradecerle a la Providencia haberlos elevado por encima de los ranchos, los mostradores de mercería y los pupitres de contable”.
Esposa. “Mi mujer ideal es una que se quede en casa construyendo un hogar para su marido. Cuando Veronica Balfe y yo nos casemos, espero que ella abandone su carrera en el cine”.
Productores. “No soy el más apropiado para ese empleo. Creo que requiere tener el dinero de Midas, el talento de Aristóteles, la fortaleza de Hércules y la paciencia de Job. Unas exigencias exageradas”.
Ocio. “Trabajar nunca ha matado a nadie si se tiene el sentido común de relajarse. Lo aprendí en mis comienzos en Hollywood. Cazar, pescar o viajar son pasatiempos maravillosos. Los he practicado todos y por eso siento que he llevado una vida plena”.
Imagen. “Desde hace 35 años mantengo mi peso y medidas. No he variado nada”.
Oficio. “Cuando leo que soy un chaval con dotes innatas que nunca ha dado clases de interpretación me pregunto qué me han dado esas ras sin fin que he pasado con Ronald Colman, Henry King, Cecil B. DeMille, Charles Laughton, Claudette Colbert, Marlene Dietrich… y la lista sigue. Si eso no fueron lecciones dirigidas por los profesionales más competentes, entonces no sé lo que es una clase”.
Religión. “Tener fe, ser católico, ha cambiado mucho las cosas para mí. Descubres que todo no tiene por qué ir ligado a la religión pero el saber que está ahí, con sus reglas y su gran cúmulo de experiencia, te proporciona seguridad interior. En cualquier creencia se encuentran unos cuantos maniáticos que llegan a fanáticos, pero se puede vivir la fe sin extremismos”.
Mujeres. “Las chicas tienen casi todo lo que los hombres y algo más: son bonitas”.
Imagen. . “Cuando dicen que me interpreto a mí mismo, no saben lo difícil que es ser como yo”. .
El público. “El éxito es más fácil para un recién llegado. La estrella consagrada está siempre en el punto de mira. El público le exige que esté bien siempre y si no,¡ojo!”.
Cine. “El trabajo por obligación nunca me atrajo y quizá sea la razón por la que he acabado en el cine. El trabajo más duro que hice fue en el rancho de mi padre”.
Amor. “Cuando era más joven sólo pensaba en ser más importante, conseguir mejores papeles y conocer a mujeres hermosas y atractivas. La vida me ha dado muchas cosas buenas, quizá demasiadas. Fama, éxito, dinero y, claro, amor. Mucho amor”.
Lectura. “En toda mi vida no habré leído ni seis libros”.
“Lo que el viento se llevó”. “(Rhett Butler) Fue uno de los mejores papeles que se han ofrecido en Hollywood, que surge de la pantalla como un caballero. Dije no porque no me veía tan elegante y después de ver a Clark Gable interpretarlo, me he convencido de que tenía razón”.
Gary Cooper y el macartismo
Gary Cooper avanza con paso lento y seguro por la calle que lo conducirá al precario triunfo en el tiroteo final y a su renuncia al puesto de sheriff de un pueblo de cobardes. De la misma manera, el autor del guión de High Noon, el escritor Carl Foreman, se encontró, al final de la calle, con el pistolero y senador McCarthy y su presidente Richard Nixon. Este temible citatorio estuvo a punto de cancelar el proyecto de filmación de uno de los western fundamentales de la historia del cine. Zinnemann, Gary Cooper, Katy Jurado y Grace Kelly, la recién casada cuáquera, apoyaron en secreto a Foreman y High Noon se cumplió. H.A.T. nos cuenta estas aventuras con cherifes y pistoleros del Oeste o del senado imperial.

En abril de 1951 el escritor Carl Foreman estaba preparando el libreto de una película que se llamaría High Noon, cuando recibió un citatorio del Comité parlamentario sobre actividades antiamericanas. Debía presentarse en junio para declarar sobre sus presumibles contactos con el Partido Comunista. La audiencia fue después diferida a septiembre, lo que le dio tiempo para terminar su libreto y diseñar una estrategia política. Aunque Foreman no era entonces comunista, se negó a declarar si lo había sido en una fecha anterior, porque eso le habría obligado a mencionar los nombres de otros comunistas de su conocimiento. En septiembre no quiso contestar a esa pregunta y el resultado fue que Foreman ingresó de inmediato a la Lista Negra de la época, lo que le condujo a su exilio y a una nueva carrera en Inglaterra.
Otro resultado fue subrayar en High Noon la alegoría del tema, que pasó a ser una metáfora de su problema personal. En el argumento, el sheriff de la pequeña aldea, que está a punto de retirarse (Gary Cooper) recibe la noticia de que ochenta minutos después llegará en el tren un criminal a quien capturó hace cinco años y que ahora regresa buscando venganza. Esa mañana el sheriff se ha casado con una chica cuáquera (Grace Kelly) y se ha visto rodeado por el cariño de los personajes importantes de la aldea. Pero cuando recibe la amenaza y pide ayuda, todos ellos le dan la espalda. Se fuga el juez que condenó a aquel criminal (Otto Kruger), se esconde el amigo cobarde (Harry Morgan), se niega a colaborar el ayudante despechado que habría querido el puesto de sheriff (Lloyd Bridges). Hasta el amigo que parece más sensato (Thomas Mitchell) sólo propone que el sheriff también se vaya cuanto antes, para no poner en peligro a los pobladores. En una entrevista tras otra, el sheriff descubre su soledad, hasta que se resuelve a enfrentar la amenaza, sin ayuda alguna, en el tiroteo final. Triunfa en esa batalla, pero finalmente arroja al suelo la insignia de sheriff, como desprecio a un pueblo que no lo quiso ayudar. (En 1972, Clint Eastwood arrojaba al suelo su insignia de policía, al final de Dirty Harry.)
Foreman estaba descubriendo en sí mismo una soledad similar a la que dibujaba en el sheriff. Desde el comienzo de las investigaciones parlamentarias en Hollywood (1947) ya sospechaba que también él caería entre los cineastas interrogados. Trasladaba esa sospecha cuando escribió en 1948 los primeros bocetos del tema, luego modificados y ampliados. En abril de 1951 la citación del Comité ratificaba esa idea. El ensayista Rudy Behlmer, que años después entrevistó a Foreman, cuenta la confirmación: “Mientras él escribía el libreto, comenzó a sentir que la vida reflejaba al arte y éste a la vida. Buena parte de lo que había en el libreto era comparable a lo que le ocurría en persona. Algunos amigos lo dejaron de lado o daban vuelta la cara si lo encontraban en la calle.”
LA CONSECUENCIA

La citación oficial a Foreman puso en riesgo la existencia misma de High Noon, cuyo trabajo estaba muy adelantado. Pero no se interrumpió el rodaje. Con la aprobación del director Fred Zinnemann, de Gary Cooper y de todo el elenco, Foreman completó su tarea como coproductor, vigilando libreto, montaje y música. Sin embargo, la citación política alcanzó para que se disolviera su sociedad con el productor Stanley Kramer. Vendió su parte, supo que no podría seguir trabajando en Hollywood, viajó a Inglaterra y comenzó de nuevo su carrera, primero con seudónimo. La película quedó a cargo de Kramer. Se estrenó, fue ponderada por la coincidencia entre los tiempos de la acción y de la exhibición (ochenta y cinco minutos), fue elogiada por su ritmo y su cuota de suspenso. Algunos objetaron a la dispareja pareja central (Cooper de cincuenta años, Kelly de veintidós), y el director Howard Hawks objetó el tema, porque no le pareció verosímil un sheriff que pide ayuda para cumplir su deber. En la ceremonia del Oscar, la película tuvo siete candidaturas que derivaron en cuatro premios, por música, canción, montaje y actuación de Gary Cooper.
Poco después del estreno, el profesor Howard A. Burton publicó un interesante ensayo sobre High Noon. Había encontrado el antecedente del tema en una obra medieval y anónima, llamada Everyman, fechada hacia 1500 y calificada de morality play, es decir, una pieza teatral con moraleja. El texto tiene novecientas líneas y cuenta cómo el Hombre Común es citado por Dios para enfrentar a la Muerte. El protagonista pide ayuda al Saber, a la Belleza, a Cinco Sentidos, a Buenas Obras, a la Discreción, a los Ingenios. Todos dicen querer ayudarle, pero todos terminan por abandonarle, con lo cual el protagonista enfrenta solo a la Muerte. En su artículo, el profesor Burton ve los paralelos entre la pieza medieval y la película, primero por el asunto y después por la similitud entre los personajes de una y otra obra. Ve algo más, porque una de las primeras líneas de la pieza teatral dice: “I will not forsake, thee…” (no te abandonaré) y la canción que se escucha desde el comienzo de la película, cantada por Tex Ritter y reiterada en el fondo musical, dice exactamente esas palabras (“Do not forsake me, oh my darlin”). Fue compuesta para el filme por Dimitri Tiomkin y Ned Washington, que con ella lograron su Oscar. La observación del profesor Burton, que parece muy documentada, no fue recogida por numerosos críticos e historiadores que se ocuparon de High Noon. Pero la película dejó su marca singular en la historia del cine del Oeste. Medio siglo después, una nueva versión de High Noon fue rodada en Canadá, con Tom Skerritt y María Conchita Alonso. Resultó más larga, más complicada y más conversada que la versión original, pero no deforma el asunto y luce una buena dirección por Rod Hardy. Fue exhibida en televisión por cable como Venganza a mediodía.
UNA CARRERA

Foreman se acercó al cine en 1941, con tareas menores como libretista, pero se entusiasmó con el oficio cuando trabajó junto a Frank Capra en documentales de guerra (Know Your Enemy, Japan, 1945). En la posguerra inició su sociedad con Stanley Kramer, quien en la época fue un adelantado de la llamada “producción independiente”. Mucho después, en una entrevista realizada en Inglaterra (1958), Foreman señaló que su tema preferido junto a Kramer había sido la oposición entre un individuo y la sociedad cercana. Ese individuo pudo ser el boxeador Kirk Douglas (en Champion, de Mark Robson), el soldado negro James Edwards en un pelotón de camaradas blancos (Home to the Brave, también de Robson), el inválido Marlon Brando en un hospital de heridos de guerra (The Men, de Fred Zinnemann), y hasta el narigón José Ferrer en el clásico Cyrano de Bergerac, de Michael Gordon). Tras esos precedentes de 1948-1950, la descripción es válida también para High Noon, donde la oposición entre individuo y ambiente aparece cargada con una mayor crítica social en años de Listas Negras y del senador McCarthy.
El exilio trajo problemas a Foreman, comenzando por un divorcio, luego por trabajos con seudónimo y aún después con su nombre borrado de los créditos de El puente sobre el río Kwai (1957). En 1958 consiguió salir de las Listas Negras y figuró oficialmente como libretista y productor en el cine inglés, con La llave, Los cañones de Navarone, Los vencedores (también director), El joven Winston.
VIEJAS CUENTAS

La separación de Foreman y Kramer ocurrió en 1952. El primero falleció en 1984 y el segundo en 2001. Un cable de Hollywood (17 de abril de 2002) notifica ahora la curiosa reactivación de aquel conflicto. Un documental de Lionel Chetwynd, titulado Darkness at High Noon (Oscuridad al mediodía) recorre la carrera de Foreman e invoca una carta suya, fechada en 1952, donde se habría quejado de Kramer, quien se quedó con los créditos y beneficios de High Noon en desmedro de su autor y coproductor. Esto provocó a su vez la protesta de Karen Kramer, viuda de Stanley, alegando que Chetwynd está reescribiendo la historia, que Foreman no había sido sincero con su socio y que Kramer siempre procuró proteger a las víctimas de las Listas Negras, por lo cual es incorrecto que se le adjudiquen posturas reaccionarias.
Medio siglo después de los hechos, con mucha gente fallecida en el medio, sería tan difícil como inútil establecer la verdad. Igual que el Oscar a Kazan hace tres años, esa nueva controversia prueba que las Listas Negras siguen siendo un tema vigente y doloroso.





1926


1928

1933

1937

1940

1956

1958

Meet John Doe (1941) con Barbara Stanwyck


Pride of the Yankees (1942) con Babe Ruth

A man from Wyoming (1930)

A man from Wyoming (1930)

Marruecos 1930) con Marlene Dietrich

Now and Forever (1934) con Shirley Temple

Sargento
York (1941)

¿Por quién doblan las campanas? (1943) con Ingrid Bergman

Gary Cooper, Ingrid Bergman (1945)


En Love in the Afternoon (1957)

Con Jack Lord y Julie London en Man of the West (1958)



Con Grace Kelly en Solo ante el peligro

Con Barbara Stanwyck en Meet John Doe (1944)


Con Barbara Stanwyck en Ball of fire


Con Marlene Dietrich en Marruecos (1930)

Con Jean Arthur en Mr. Deeds Goes to Town



Con Ingrid Bergman en Por quién doblan las campanas (1943)


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