
(Filley, Nebraska, 5 agosto 1911 – Santa Monica, California, 8 junio 1969)

Uno de los galanes más importantes del cine clásico. Robert Taylor nació en la localidad de Filley, Nebraska (Estados Unidos). Pocos días después fue bautizado por sus padres -el padre era médico del pueblo- como Spangler Arlington Brugh.
Gran aficionado a la música, aprendió solfeo en un conservatorio de Nebraska y cuando finalizó sus estudios se trasladó junto a su profesor de cello a la Universidad de Pomona en el estado de California para estudiar medicina, un lugar cercano a Los Ángeles.
Se enroló en el grupo teatral universitario y pronto dio el salto al cine, hecho favorecido por su agraciado físico, no en vano le apodarían en los años 30 “el hombre del perfil perfecto”.
Debutó para la Fox en un pequeño papel con Handy Andy (1934), para poco después lograr un contrato con la MGM, estudio con el que casi estaría toda su vida interpretativa.
En la segunda mitad de la década de los 30, Robert Taylor se convertiría en un fuerte baluarte de la conocida compañía con actuaciones en películas como Melodías de Broadway 1936 (1935, Roy Del Ruth), Una chica de provincias (1936, William Wellman), Margarita Gautier (1936, George Cukor), La contraseña (1937, William Seiter), Tres camaradas (1938, Frank Borzage) o Un yanqui en Oxford (1938, Jack Conway).
En 1939 se casó con la actriz Barbara Stanwyck, con quien había compartido cartel en películas como La esposa de su hermano (1936) y La contraseña (1937), y con la que volvería a reunirse en The Night Walker (1964, William Castle), una película de terror.
Por esta época el matrimonio Taylor ya estaba roto tras su divorcio en 1951.
Los años 40 y 50 continuarían afianzando su posición de romántico galán en títulos importantes como Escape (1940), El puente de Waterloo (1940), Senda prohibida (1941) y Quo Vadis (1951, Mervyn LeRoy); Bataan (1943, Tay Garnett); High Wall (1947, Curtis Bernhardt); La puerta del diablo (1950, Anthony Mann); Caravana de mujeres (1951, William Wellman); Ivanhoe (1952), Los caballeros del rey Arturo (1953), Todos los hermanos eran valientes (1953), Quintin Durward (1955) y La casa de los siete halcones (1959, Richard Thorpe); Prisionero de su traición (1954); La novia salvaje (1955, Roy Rowland); Desafío en la ciudad muerta (1958, John Sturges), Chicago, años 30 (1958, Nicholas Ray) o Más rápido que el viento (1959, Robert Parrish).
En la década de los 60 Robert Taylor se acomodó en la TV con la serie “The Detectives” y participó en varias producciones menores como Pistolas en la frontera (1963, Tay Garnett), Pampa salvaje (1966, Hugo Fregonese) o La esfinge de cristal (1968, Luigi Scattini), las dos últimas con participación española en la producción. En 1954 Taylor se había vuelto a casar con otra actriz de nombre Ursula Thiess, guapa intérprete que se puede contemplar en películas como Rifles de Bengala (1954) con Rock Hudson, El guante de hierro (1954) con Robert Stack o Bandido (1956) película co-protagonizada por Robert Mitchum.
Tras filmar la floja comedia de espionaje franco-española El rublo de dos caras (1968), Robert Taylor se despidió del cine y de la vida ya que murió en 1969.
Robert Taylor, el Adonis hueco
Llegó al cine en momentos en que los galanes preciados de lindos tenían demanda. Era un mundo de cromo poblado por jóvenes de sonrisa trazada con tiralíneas. Pero sucedió que estas caras pasaron de moda y él siguió actuando y era menos expresivo que cuando empezó.
Robert Taylor hubiera dado cualquier cosa por ser un poco menos bello y en cambio un poco mejor actor. Su hermosa cabeza de Apolo le valió millones de admiradoras alrededor del mundo. Pero siempre y cuando no le vieran muy seguido, pues todo el tiempo era igual. Perfecto por fuera y vacío por dentro.
Algunos luchaban por su cara demasiado fea. Pero él luchaba por la suya demasiado linda. Se dejaba crecer la barba, fruncía el ceño, torcía la boca, pero no pasaba nada. También quería hacer de malo, pero no podía. Y es que era malo sólo como actor.
Con un revólver en la mano o guantes de boxeo en los puños seguía siendo el Adonis de celuloide que daba la nota en falso. Hollywood contaba, es cierto, con muchos actores guapos y con capacidad de seducción. Pero él era, sin duda, la fijación definitiva del arquetipo.
Su perfil latino, las líneas de su rostro perfecto, lo encasillaron desde el principio como galán melifluo y remilgado. Lo que explica en parte el hecho de haber sido juguete predilecto de algunas actrices de la Metro Goldwyn Mayer, sello al que se mantendría fiel y disciplinado a lo largo de 26 años, viéndose correspondido con un trato preferente en su época de declive.
Su carrera tuvo dos grandes etapas. La de sus inicios, que le vieron apuesto, seductor, amante romántico. Y la de su madurez, prototipo del galán aventurero. Y aunque su primer gran éxito, Sublime obsesión (1935, John M. Stahl), junto a Irene Dunne, lo obtuvo cuando lo prestaron a la Universal, su consagración definitiva se la proporcionó la MGM al emparejarle con Greta Garbo, un año después, en Margarita Gautier (1936, George Cukor).
El rodaje fue para él una experiencia fascinante y satisfactoria, con la sola excepción de la manía de la sueca de llevar siempre un calzado cómodo.
Como relataría años después a un célebre columnista, “allí estaba la Garbo, interpretando conmigo escenas de amor y de muerte, vestida con hermosos miriñaques, primorosamente peinada y perfumada. Pero yo sabía que debajo llevaba puestas unas enormes y desgastadas zapatillas de lona de color castaño que le quedaban como zapatos de astronauta”.
En lo que respecta a la legendaria actriz, Garbo trató por todos los medios de no echar a perder la ilusión y adoptó para ello una actitud algo especial hacia Taylor.
Según George Cukor, director del filme, “Greta hablaba poco con el actor. Era cortés, amable, pero lejana, distante. Se aferró a la idea de que se había hecho una buena elección y se dijo a sí misma que Taylor era el actor indicado. Ella estaba convencida de que si entraban en afable trato se daría cuenta muy pronto de que él era sólo otro niño bonito”.

Más adelante, El puente de Waterloo (1940) y La senda prohibida (1941), junto a Vivien Leigh y Lana Turner, respectivamente, renovarían su fama de galán romántico, antes de que el actor emprendiera un nuevo rumbo en su carrera.
La conversión del apolíneo seductor en héroe épico comenzó tímidamente con un western sobre Billy, el Niño (1941)y se prolongó con moderado éxito durante toda la década de los años 40.
Y luego, en su nueva etapa de héroe recio, circunspecto y abnegado, volvería a reverdecer laureles (en la taquilla, se entiende), manteniendo durante los 50 el lugar preferente que la MGM siempre le reservó como correspondía a uno de sus más célebres mitos.
Fue Quo Vadis? -donde interpretó a un centurión romano- la cinta que volvería a encumbrarle, iniciándole en el rico y productivo filón del género histórico que incluyó obras como Ivanhoe, Los caballeros del rey Arturo y Quintin Duward.
Producciones que, alternando con otras de algún vuelo artístico, le dieron una mayor entereza y empaque a su hasta entonces ambigua imagen.
Finalmente, en los 60, resistió con dignidad los embates del tiempo y se mantuvo en activo hasta su muerte. Unos meses antes había rodado su despedida, La esfinge de cristal (1967)
en compañía de Anita Ekberg.
En su filmografía aparece un título del cual se hablaría mucho: Sombras en la nieve (1944, Gregory Ratoff) cinta prosoviética rodada cuando Rusia era aliada de Estados Unidos en la terrible lucha contra el régimen nazi. Realizada en la época de la cooperación ruso-americana, durante la II Guerra Mundial, fue su última cinta que hizo antes de enrolarse en la Fuerza Área donde tuvo el grado de Teniente instructor de pilotos, durante tres años. En el filme Taylor es un director de orquesta que se enamora de una pianista rusa con la cual se casa. Se van a Estados Unidos, pero al sobrevenir la guerra ella decide regresar a luchar en su pueblo natal contra los nazis, a donde, si no mal recuerdo, la sigue Taylor. Lo que sí decía en un momento de este filme de propaganda bélica era esta frase: “Los rusos son nuestros amigos, nuestros aliados, debemos entenderlos y acompañarlos en su lucha contra el nazismo”. Frase y película de la que después abominaría al ser llamado a declarar ante el tristemente célebre “Comité de Actividades Antinorteamericanas (HUAC) presidido por Joseph McCarthy en 1947″. Taylor vocifero que había sido obligado a filmar ese filme a pesar de haberle dicho a Mayer -según el actor- que era un guión marcadamente pro-comunista. Delató a los guionistas Richard Collins y Paul Jarrico como comunistas, junto con más nombres de actores y guionistas que ya habían sido denunciados previamente por otros compañeros, aunque hizo demasiado énfasis en manejar al actor Howard DaSilva como miembro prominente del Partido Comunista, lo que provocó la entrada inmediata de este actor a las “listas negras” que oficialmente no existieron, pero durante varios años no encontró trabajo este actor, como muchos otros en similar situación.
Robert Taylor junto con Ronald Reagan, John Wayne, Sam Wood y Ward Bond, entre otros prominentes miembros de la comunidad de Hollywood, fue de los fundadores de la Asociación “Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals” de corte derechista, por lo que nunca ocultó ser de pensamiento de extrema derecha y no es de extrañar su conducta delatora y colaboracionista durante la “caza de brujas en Hollywood”, amén de que sus diversas opiniones de corte político rayaron siempre en la ingenuidad, por no decir en la tontería.
El gong de la victoria (1938), con Maureen O’Sullivan y Vivien Leigh.



Sublime obsesión (1935) con Irene Dunne

Margarita Gautier (1936)
con Greta Garbo

Senda prohibida (1942) con Lana Turner

Quo Vadis? (1951) con Deborah Kerr

Emboscada (1949) con Arlene Dahl

Caravana de mujeres (19519 con Denise Darcel


