
(Tsingtao -China, antiguo protectorado japonés de Manchuria-, 1 abril 1920 – Tokio, 24 diciembre 1997


Sin duda, Mifune fue la principal estrella del cine japonés, en gran medida gracias a la proyección internacional que le concedió su presencia en las principales películas de Akira Kurosawa -llegó a colaborar con él hasta en 16 películas, entre 1948 y 1965- y su meritoria participación en varios títulos del cine norteamericano.
Su padres, japoneses, formaron parte del numeroso conjunto de emigrantes que ocuparon la región de Manchuria durante el primer cuarto de siglo. Fue en esa zona colonial donde Mifune creció y acudió la escuela. Cursó estudios de bachillerato en el Instituto de Port Arthur, tras lo cual se acentuó su inclinación por la carrera militar.
En 1939 se alistó en la Armada, pero su talento para la fotografía lo condujo a la unidad de fotografía aérea. Independientemente de las necesidades estratégicas del ejército nipón en el área de protectorado, Mifune pudo aprender en la citada unidad los fundamentos del arte cinematográfico. De este modo, cuando la II Guerra Mundial tocó a su fin, pudo hallar trabajo en la compañía de cine Toho Film. Al tiempo que colaboraba con los equipos de rodaje, tuvo la oportunidad de formarse como actor en la escuela de arte dramático patrocinada por la propia Toho. En 1946 consiguió su primer papel, interpretando el personaje de Genzaburo Ohno en la película Shin baka jidai.
Por estas fechas, Mifune trabó amistad con el cineasta Akira Kurosawa, quien le favoreció con un papel destacado en su película El ángel ebrio, primero de los numerosos largometrajes que rodaron juntos.
Por otro lado, películas de enorme repercusión internacional como Rashomon (1950), Los siete samurais (1954) y Trono de sangre (1957), acentuaron su fama en el extranjero, fama que lo llevó a colaborar en grandes producciones, como Infierno en el Pacífico (1969, John Boorman), La batalla de Midway (1976, Jack Smight) y 1941 (1979, Steven Spielberg). Asimismo, ese reconocimiento en Occidente se plasmó en dos premios al mejor actor en el Festival de Venecia, en 1961 y 1965.
Cuando en 1963 formó la compañía “Mifune Productions”, el actor se interesó por revitalizar la industria cinematográfica japonesa, respaldando además aquellas películas en las que él mismo participaba. Propietario de unos estudios de rodaje, Mifune acabó convirtiéndose en una especie de aristócrata del cine japonés, respetado unánimemente y querido por el gran público. En esta línea, es curioso el progresivo deterioro de sus relaciones con Kurosawa, pese a la indiscutible importancia de su mutua colaboración artística.








FILMOGRAF√≠¬çA (parcial, pues actuó en unas 180 películas)
Toshiro Mifune, taicún del cine japonés
Fue un intérprete poderoso, recio, magnéticamente fascinante. Bandido medieval, guerrero altivo, maestro judoca, señor feudal, militar honorable o samurai solitario y pragmático. Nada importaba el papel que asumía. Siempre se estaba ante un actor como pocos.
Y es que en él se daban excepcionales cualidades al modo de los grandes de la pantalla. Personalidad, porte impresionante, rotundidad y eficacia de gestos, carisma, simpatía humana. Atributos ideales para la incorporación de grandes personajes.
A tales condiciones naturales unía, también, un gran talento interpretativo, en lo que actuación significaba visión, trazado de los personajes, comprensión de los mismos y desarrollo consciente o intuitivo.
Su bandido de Rashomon, por ejemplo, es un dechado de observación, donde la visión de Mifune magnifica, ensalza, reviste de heroicidad el suceso revelando, en el fondo, inequívoca visión de clase y, con ella, una clara concepción de la vida.
Y qué decir de su samurái de El bravo, sin otra cosa que su sable y su habilidad para manejarlo, hombre que rebana las cabezas de unos matones tan sólo para probar su coraje y hacerse valer incrementando su cotización. Y que al principio sólo parece ser el asesino más eficaz del lote, pero a medida que el filme progresa y los dos bandos maquinan y complotan entre ellos, la figura del samurai se vuelve más admirable, pues no es en modo alguno un protector de los desvalidos, sino un hombre de valor y discernimiento, totalmente despiadado para quienes son incapaces de defender su honor.
En todos estos papeles había una firme línea interpretativa que nos iba explicando, a través de acertados detalles, la sicología de sus personajes y sus reacciones ante la circunstancia que les rodeaba.
Toshiro Mifune (1920-1997) nació en Tsingtao, China, se educó en Manchuria y prestó servicio como fotógrafo aéreo durante la II Guerra Mundial. En 1947 debutó en el mundo del cine, en los estudios Toho, de Tokio, donde antes que como actor trabajó como técnico. Su debut en la pantalla se produjo ese mismo año en la cinta La edad de la nueva locura, del director Senkichi Taniguchi.
Después vendrán dos cintas con claras influencias neorrealistas, realizadas por Akira Kurosawa: El ángel ebrio, que narra el enfrentamiento de un bondadoso médico alcoholizado con su paciente, un gángster aquejado de tuberculosis, y El perro rabioso, ambientada en un caluroso verano, con un policía que busca desesperadamente su pistola perdida.
Como se sabe, de este doble encuentro entre realizador e intérprete nació una relación profesional que duraría hasta Barbarroja, de la que el gran cineasta siempre estuvo complacido, pues en más de una ocasión declaró que no existía un actor como él que supiera componer interpretaciones tan matizadas, vivas y dinámicas.
Los filmes de Mifune oscilaron entre los grandes frescos épicos, como Los siete samuráis, historia de un pueblecito de campesinos que contrata a siete guerreros para defenderse de los bandidos que lo asolan, y los de tono intimista, como Los malos duermen bien, obra cuyo tema más visible es la corrupción en las altas esferas de la burguesía y cuya suposición potencial es que el poder absoluto corrompe absolutamente.
Modelo de sobriedad y contención, intérprete de gestualidad ritual y particularmente eficaz en dramas históricos y filmes de guerra, el actor obtuvo más de 60 premios, japoneses e internacionales, en las 134 cintas en las que intervino. En el Festival de Venecia ganó dos veces el premio de actuación. Primero, por Yjimbo. Después, por Barbarroja.
Mifune logró ser el actor japonés más conocido fuera de su país y sin duda uno de los más prestigiosos del siglo pasado a nivel mundial. Durante cuatro décadas encarnó distintos personajes, pero sobre todo se distinguió por su caracterización de samurái.
Cuando desapareció, Akira Kurosawa, su gran descubridor para el celuloide, dijo: “Jamás pensé que podría morir antes que yo, que le llevo diez años. Hace tiempo que tenía ganas de verle porque había oído que no andaba bien de salud. Quería verle y decirle que era el actor más grande”.
Y al llegar a este punto, resulta saludable hacer una aclaración. Si Mifune tuvo a un Kurosawa, también podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Kurosawa tuvo a un Mifune. Si la maestría técnica del cineasta nipón, la lozanía de sus enfoques y su instinto dramático son de primer orden, la magnífica gama interpretativa de su actor fetiche nunca quedó atrás.
Y si Kurosawa fue en su momento el único director japonés cuyo nombre era fácilmente reconocido por los espectadores de todo el mundo, de la misma manera
Mifune fue también
































































































































































