
(Courbevoie, 15 mayo 1898 – París, 23 julio 1992)

La distribución cinematográfica española y en algunos casos la censura han tenido la culpa de la ausencia casi absoluta de Arletty en nuestras pantallas, Y, sin embargo, su nombre es mágico y por lo menos una de sus interpretaciones -la cortesana Garance de Los niños del Paraíso (19, Marcel Carné)- magistral. Ella es el gran amor de las minorías. Seguramente la actriz que ha reinado con más constancia en los cines de arte, gracias a las reposiciones del filme de Carné. Pocas actrices pueden estar tan agradecidas a este director y a un escritor: Jacques Prévert, que escribió el guión pensando en ella. La identificación total entre actriz y personaje le aseguran un lugar inamovible entre los inmortales del cine.
Pero hubo una Arletty anterior a la que ensalzó, en cumbres románticas, la imaginación de Prévert. Esa Arletty perteneció a un París que hemos amado a través de la literatura y la canción popular. Sonaba, lucí, olía a ese París secreto, barriobajero, cerrado en una mitología de esquinas oscuras, cancioncillas ruines, lances secretosUn París de verdadero arraigo popular, imaginado en claroscuros, arrastrándose entre las vacilaciones del período de entreguerras. capaz de crear una poética propia y perdido acaso en los tristes oropeles sin brillo del París de hoy. Es posible que en las circunstancias actuales Francia no vuelva a producir mujeres como Arletty. El deje amargo de su ironía, su voz de cazalla, la sabiduría que se encierra en sus miradas no tiene cabida en una Francia de “Silvyes Vartans”. En sus momentos dramáticos, hay en Arletty algo del desgarro de Edith Piaf. En la frivolidad de sus primeros tiempos, cuando jugaba a la mantenida, recreándose en la exhibición de alguna “negligée”, rehacía una tradición de postales picantes; el lado sincero, abierto, descarnado de toda una galería de “femmes galantes”.
Su vida parece la de uno de sus personajes -el de Garance, especialmente-. Era hija de un minero que murió en pleno trabajo, dejándola sola con su madre. Hubo al parecer tiempos de miseria absoluta hasta que encontró trabajo como modelos de pintores, igual que Garance. Cambió su nombre y entró a formar parte de la compañía de revistas del “Capucines”, toda una institución en el París de los años veinte. Es muy probable que allí adquiriese el aplomo arrebatador que caracterizó a la mayoría de sus interpretaciones cinematográficas ligeras. También trabajó en opereta y aun después de iniciada su carrera cinematográfica mantuvo contactos con el teatro en todos los géneros.

Michel Simon, Helene Robert, Fernandel, Arletty,
en Fric-Frac (1939, Claude Autant-Lara y Maurice Lehmann)
En su trabajo en el cine no conoció una fortuna inmediata y durante seis años alternó papeles secundarios, prostitutas, amigas de la protagonista y damas de barrio, imponiendo su singular desparpajo (en algunos casos, rozando la frescura). la endeblez de algunos de sus filmes, alternando con apariciones en el teatro, no evitó que se convirtiese en ídolo de intelectuales.

Su único filme de prestigio hasta 1937 había sido Las perlas de la Corona (1937, Christian-Jacque y Sacha Guitry), donde interpretaba a ala reina de Etiopía.

Hotel du Nord (1938)
Y no fue hasta H√≠¬¥tel du Nord (1938, Marcel Carné) cuando empezó su espléndida racha en obras importantes o que, por su adscripción a una escuela determinada -el realismo francés- constituyen una parcela importante de la Historia del cine, con la garantía de constantes revisiones. Arletty ratificó su adecuación total a la atmósfera de la época: personajes desplazados, noches brumosas, luz expresionista, dureza implacable de la fotografía, claroscuros y diálogos cortantes, dominados por el uso del “argot”. Vistos hoy, revelan pesimismo y flota en sus imágenes un halo de fatalidad. En brazos de Jean Gabin, una Arletty que empezaba ya a madurar resultó inolvidable.

Jules Berry, Jean Gabin y Arletty en Amanecer (1939)
Durante los primeros meses de la ocupación alemana se negó a trabajar, pero después se supo que había mantenido relaciones sentimentales con un oficial alemán. Terminada la guerra, fue juzgada por colaboracionista y estuvo tres meses en la cárcel y dos años bajo libertad condicional. Pero, en el ínterin de los sucesos narrados, obtuvo tres éxitos consecutivos.
El primero fue Madame Sans-G√≠¬™ne (1941), salida de la calle, resultó ideal para pasar a los lavabos donde la reina Madame Sans-G√≠¬™ne y, después, a lo más alto de la corte napoleónica.

El segundo éxito de aquellos años lo obtuvo con otro título prestigioso del tándem Carné-Prévert: Los visitantes de la noche (1942), cine literario tanto para lo bueno como para lo malo, reconstruyendo la Francia medieval y mezclando lo real con lo sobrenatural -las fuerzas del Diablo, mezclándose con los seres humanos-.

Los visitantes de la noche (1942)

En Los niños del Paraíso (1945)

En Los niños del Paraíso (1945)

Pierre Brasseur con Arletty en Los niños del Paraíso (1945)
El tercer éxito, Los niños del Paraíso (1945, Marcel Carné) inmortalizó a Arletty. No sólo constituyó el mayor triunfo del cine francés hasta aquel momento, sino un prodigioso relato en clave neo-romántica sobre el mundo de la farándula a principios del siglo XIX, a través de algunos personajes clave: un mimo, un actor shakesperiano, un asesino, un aristócratahombres todos que giraban en torno al amor de Garance. Pero era al mismo tiempo crónica y canto del París de siempre, reconstrucción poética de sus bailes apaches y sus teatros de pantomima, de sus bajos fondos y sus altas esferas. Como en la propia vida de Arletty, los personajes surgen de la nada y se van encumbrando mientras la ciudad crece. Desde los funámbulos del Boulevard du Diable a las grandes noches de la ópera, desde el pillaje en las esquinas de los barrios bajos a los suntuosos salones de los barrios altos, representa en su ascensión social -de planchadora a cortesana de lujo- el catalizador de este vastísimo fresco -más de tres horas de duración- que aprovecha todos los recursos de los maestros de la novela del siglo XIX e introduce temas caros a Prévert: meditaciones constantes sobre la poesía, el teatro, la vida, el amor y la aventura.
Arletty tenía cuarenta y cinco años cuando personificó a Garance: una edad difícil para cualquier actriz en cualquier latitud. Por otra parte su estilo no era sofisticado como el de Danielle Darrieux, o exquisito, casi evanescente, como el de Michèle Morgan: cuando éstas alcanzaron la edad difícil, pudieron continuar una brillante carrera interpretando a mujeres de mundo o mujeres burguesas pasadas por el probador de Dior. Incluso en su espléndida madurez, el estilo de Arletty estaba demasiado marcado: su personalidad y su hechizo continuaban siendo el de la calle. Cuando la decadencia comenzó, pasó a hacer tipos secundarios como Aire de París (1954, Marcel Carné). En 1954 la rescató momentáneamente Jacqueline Audrey dándole el papel de Inés, la lesbiana, en una peculiar versión cinematográfica del “Huis Clos” de Sartre. En el teatro obtuvo uno de sus mayores triunfos interpretando a la Blanche du Bois de Un tranvía llamado deseo.
La última parte de su vida es patética: quedó casi ciega en 1960, y después de aceptar algunos papeles intrascendentes, se confinó en su casa de París, viviendo completamente sola hasta su muerte.