

(Nueva Cork, 16 julio 1907 – Santa Monica, 20 enero 1990)


Barbara StanwycK (de nombre auténtico Ruby Stevens) tenía la esperanza de llegar a ser intérprete, aunque comenzó su etapa laboral como telefonista antes de actuar como corista en el mundo del vodevil, su preámbulo para debutar como actriz teatra len Broadway. Allí conocería a Frank Fay, con el que contraería matrimonio en 1928.
Justo después de casarse, Barbara se trasladó a California con la intención de abrirse camino en Hollywood. Un año antes de instalarse definitivamente en Los Angeles, la actriz neoyorquina ya había debutado en el cine con El dueto errante (1927 Joseph C. Boyle).
Los años 30 y 40 fueron muy prolíficos para su carrera, rodando con algunos de los mejores directores de la historia del séptimo arte.
Su primer gran éxito vino de manos de uno de ellos, Frank Capra y su película Mujeres ligeras (1930). Bajo las órdenes de Capra, Barbara Stanwyck protagonizaría títulos como The Miracle Woman (1931), Amor prohibido (1932), La amargura del
general Yen (1933) y Juan Nadie (1941).
Con John Ford intervendría en El arado y las estrellas (1936), con Howard Hawks en Bola de fuego (1941), con Cecil B. De Mille en Unión Pacífico (1939), con King Vidor en Stella Dallas (1937), con Preston Sturges en Las tres noches de Eva (1941), con Fritz Lang en Encuentros en la noche (1952) o con Billy Wilder en Perdición (1944).
La versatilidad interpretativa de Missy, como así la denominaban sus amigos, le llevó a aparecer en múltiples géneros, interviniendo tanto en comedias, cine negro, melodramas o westerns.
Respecto a su vida sentimental, Barbara estuvo casada con Fran Fay (1928-1935), y con Robert Taylor (193-1951), el famoso galán con el cual compartió reparto en tres películas: His brother’s wife (1936), La contraseña (1937) y The Night Walker (1964) ésta última estando ya divorciada del actor desde hacía 13 años -y nunca volvió a casarse-.
A partir de finales de los años 50 sus apariciones en el cine fueron disminuyendo logrando un gran éxito en el campo de la televisión, protagonizando en los 60 la serie “The big valley”. Más tarde podría ser vista en “El pájaro espino” o “Los Colby”.
Aunque nunca consiguió un premio Oscar, Barbara fue nominada en cuatro ocasiones (Stella Dallas, Bola de fuego, Perdición y Voces de muerte), recibiendo un Oscar honorífico en 1981 por el conjunto de su carrera.














Poseía un rostro extraño sobre un cuerpecito delicado, admirablemente proporcionado y que llevaba bien los vestidos, mandíbula firme, la nariz derecha, pequeños ojos afinados por la voluntad o por el obstáculo, una voz perfectamente modulada capaz de murmurar un diálogo o de hacerlo resonar como el repiqueteo de una metralleta. Desbordante de energía, sabía utilizarla para interpretar chicas con aficiones y maneras masculinas. También era capaz de transformar esa energía en dureza, y convertirse en la más acerada de las heroínas del “thriller”. Finalmente Stanwyck siempre derecha, el porte altanero, el puño crispado por la determinación, ha estado excelente como mujer íntegra e intransigente, pero todo eso no le impidió brillar también en la comedia, interpretando con convicción herederas exigentes y mimadas, o seductoras caprichosas. Se renovaba con frecuencia garantizando así a sus actuaciones una calidad regular. Dio una dimensión a veces impresionante a heroínas traicionadas por la vida; e incluso sus creaciones más autoritarias contienen siempre un toque de humanidad. Sacrificó el prestigio de una Bette Davis o de una Joan Crawford por un oficio más regular. Si carecía del sentido de la desmesura, de sus rivales, tampoco tenía un comportamiento excesivo: desde sus comienzos, todos sus compañeros de trabajo y sus directores rindieron homenaje a lo que ella había elegido ser desde siempre: una gran profesional. Junto a Bette Davis y Katharine Hepburn una de las actrices americanas más importantes de todos los tiempos. Increíblemente y a pesar de sus grandes interpretaciones nunca consiguió un Oscar aunque fue candidata en cuatro ocasiones (Stella Dallas, Bola de fuego, Perdición y Voces de muerte).




Fuego en la mirada
Para la mayoría de los amantes del cine, su nombre es sinónimo de mujer fatal, gracias a su descomunal e irresistible papel de Phyllis Dietrichson en Perdición. Pero sus cuatro nominaciones al Oscar hablan por sí solas del versátil talento interpretativo de esta reina del cine clásico.
No tenía la belleza gatuna de Ava Gardner, ni el “glamour” de Grace Kelly, ni la dulzura de Ingrid Bergman, ni la personalidad de Katharine Hepburn, pero poseía un don mucho más necesario que todos ésos para triunfar como estrella del cine: carisma. Y lo tenía a borbotones. La Stanwyck, llamada “la Reina” en sus tiempos de gloria, poseía algo magnético en pantalla, un arrollador atractivo natural que conectaba con el espectador y le dejaba totalmente desvalido. Diríase que cuando entraba en escena, su presencia llenaba cada átomo de aire. Y así, todo lo que había alrededor caía a sus pies, pasaba a ser de su propiedad. El tipo que más sintió esa curiosa sensación fue el vendedor de seguros Fred MacMurray, cuando allá por 1944 fue a visitarla a su casa encalada del valle de California y ella apareció envuelta en una toalla en lo alto de la escalera, como si se tratara de una vestal venida directamente del Olimpo. Imposible no sucumbir, claro. El título en español explicaba certeramente lo que aquello significaba: Perdición. En fin, menos mal que no hay muchas Phyllis Dietrichson por el mundo.
Barbara Stanwyck se llamaba realmente Ruby Catherine Stevens y nació en Brooklyn (Nueva York) el 16 de julio de 1907. Parece que el nombre artístico proviene de un cartel teatral donde leyó: Jane Stanwyck in “Barbara Freitchie”. No tuvo una infancia muy fácil, que se diga, ya que su madre falleció cuando ella tenía sólo 4 años y su padre la abandonó al poco tiempo. Antes de llegar al mundo del cine llegó a trabajar como telefonista -donde cobraba la miseria de 14 dólares a la semana- y de corista en espectáculos de vodevil -40 dólares semanales-, con la esperanza de triunfar en Broadway. A lo largo de la década de los 20 apareció en diversos espectáculos y fue en esa órbita donde conoció a quien se convirtió en su primer marido, el actor Fran Fay. Debutó en la pantalla con un papelillo en la película muda El dueto errante (1927). Pero el joven matrimonio quería más y se trasladó a Los Ángeles en 1928, con la decisión de alcanzar la gloria en Hollywood. Tanta era la obsesión de Fay por convertir a su mujer en una celebridad, que se dice que el guión de Ha nacido una estrella (1937) está basado en la historia de su matrimonio. De cualquier modo, ya en Hollywood, el talento de Barbara no pasó desapercibido, y tras sus papeles en las estimables The Locked Door (1929) y Mexicali Rose (1929), trabajó en los cinco años siguientes con directores de la talla de Frank Capra en Mujeres ligeras (1930), The Miracle Woman (1931), Amor prohibido (1932) y La amargura del general Yen (1933); Archie Mayo en Ilicit (1931); William Wellman en Enfermeras de noche (1931), So Big! (1932) y The Purchase Price (1932).
Su desenvoltura tanto en el drama como en la comedia, género en el que demostró ser una verdadera maestra, enseguida le granjearon el favor de la crítica y del público. Destacó especialmente en el drama Carita de ángel (1933), en el western biográfico de George Stevens
Annie Oakley (1935) y en el soberbio drama romántico Stella Dallas (1937, King Vidor), por cuyo papel obtuvo su primera nominación al Oscar. Tras su divorcio en 1935, la actriz se volvió a casar con el galán Robert Taylor, aunque se divorciarían en 1951. Los años siguientes fueron los de la consolidación de su brillante carrera, que comprende la friolera de cerca de un centenar de películas.
Sería en la década de los 40 cuando protagonizó todas sus obras maestras. El año 1941 fue realmente espectacular: acompañó a Henry Fonda en Las tres noches de Eva, la estupenda comedia romántica firmada por el injustamente olvidado Preston Sturges; fue la reportera que enamoró a Gary Cooper en la fábula capriana Juan Nadie (1941); y logró su segunda nominación al Oscar gracias a la rubia ladina “Sugarpuss”, mentirosa y encantadora, de Bola de fuego (1941), la explosiva comedia de Howard Hawks. Al año siguiente, 1942, hizo fantásticos papeles para Wellman, en el western Una gran señora y en La estrella de variedades. Y así llegó 1944, el año que unió a Billy Wilder, al maestro de la novela negra Raymond Chandler y a Barbara Stanwyck. A partir de la obra “Double indemnity”, de James M. Cain (el creador también de “El cartero siempre llama dos veces”), Wilder y Chandler escribieron un guión perfecto, afilado como una cuchilla, que daba vida a un personaje que se convertiría en el arquetipo de la mujer fatal, provocativa e implacable, una tentación que desde entonces siempre tendría los rizos, el rostro y sobre todo la mirada de la Stanwyck. El file fue Perdición. “Fue el Sr. Capra quien me enseñó que los ojos son la gran herramienta de una película”, dijo la actriz. Volvió a ser nominada al Oscar, pero no lo consiguió. Pese a todo, según el gobierno, en ese año de 1944, la Stanwyck se convirtió en la mujer mejor pagada del país: ganó 400.000 dólares.
La actriz hizo posteriormente trabajos fabulosos en el género negro -El extraño amor de Martha Ivers (1946), Voces de muerte (1948), por la que fue nominada al Oscar por cuarta vez, Encuentro en la noche (1952) y Único testigo (1954)-, pero también destacó en el western -Hombres violentos (1955), 40 pistolas (1957)-, el melodrama -la primorosa Siempre hay un mañana (1956), de Douglas Sirk- o el drama -La gata negra (1962)-. Poco a poco su carrera fue virando hacia la televisión, donde tuvo papeles estimables en “Los intocables” (1962-1963), “The Big Valley” (1965-1969), y colaboraciones en muchas otras series, la última de ellas “Los Colby” (1985-1986). En 1982, la Academia le otorgó un merecidísimo Oscar honorífico “por su creatividad superlativa y su contribución única al arte de la interpretación en el cine”. Barbara Stanwyck murió en Santa Mónica el 20 de enero de 1990.


The Locked Door (1929) con Rod LaRoque


Mujeres ligeras (1930)

The Miracle Woman (1931)

Carira de ángel (1933) con George Brent

Annie Oakley (1935)

La vestida de rojo (1935)


Stella Dallas (1937)

Internes Can’t Take Money (1937) con Joel McCrea

Sueño dorado (1939) con Willian Holden

Union Pacific (1939), con Joel McCrea y Robert Preston





Bola de fuego (1941) con Gary Cooper

Juan Nadie (1941) con Gary Cooper

The Great Man’s Lady (1942) con Joel McCrea

La estrella de variedades (1943)


| Perdición (1944) con Fred MacMurray |


Las tres noches de Eva (1945)


El extraño amor de Martha Ivers (1946)

Voces de muerte (1948)

All I Desire (1953) con Richard Carlson

En la gala de los “Emmy” (1961) con Raymond Burr y Fred Astaire

“The Big Valley” para la TV (1965-1969)