100 años de Bette Davis

Película estrenada entre Artículos

(Lowell, Massachusetts, 5 de abril de 1908 – Neuilly, Francia, 6 de octubre de 19899

De seguir entre nosotros, centenaria y eterna fumadora, habría querido mantener su estatus de diva, seduciendo a la cámara y monopolizando aplausos.

Su fama de mujer difícil, pero enormemente disciplinada, su desbordante energía, su acusado mal genio y su sarcasmo rociado de veneno protagonizan “Bette Davis: Amarga victoria”, una biografía escrita por Ed Sikov que celebra su tortuosa vida sin ahorrarse detalles escabrosos.

Los críticos y otros estudiosos del arte de la interpretación establecen dos tipos de actores y actrices de éxito: los que gracias a su capacidad proyectan una imagen ante la cual el público reacciona favorablemente y los que proyectan dicha imagen mediante la pura fuerza de la personalidad.

Como tantas generalizaciones, ésta no es cierta en todos los casos, pero en el de Bette Davis sí lo es y por partida doble. Consiguió primero proyectar una imagen que era la esencia de su personalidad y ha sobrevivido como estrella porque fue lo bastante inteligente y laboriosa como para aprender el arte de la interpretación.

Este orden de prioridades, la personalidad primero y la preparación después, es el usual, y muchas actrices, si sus carreras continúan hasta la mediana edad y más allá de ella, deben su longevidad a la suerte, la ambición, o cualquier otra cosa que las haya inducido a dominar su oficio. En el teatro, e indudablemente en la pantalla, el arte supera a la naturaleza.

Sin embargo, un actor o una actriz pueden poseer a la vez oficio y personalidad y, aun así, no convertirse en una estrella de primera magnitud, pues a menos que se trate de una artista de talla considerable, la imagen que él o ella proyecta habitualmente, y aquella con la que se le identifica en la mente del público, debe ajustarse a lo que los alemanes llaman “Zeistgeist”, o a alguna parte de esta.

Por desgracia, no hay una palabra que exprese plenamente todas las ideas del “Zeistgeist” designa. “El espíritu de los tiempos es la traducción usual, pero “espíritu” es ambiguo y “de los tiempos” es impreciso. Filosóficamente, “Zeistgeist” significa la totalidad de tendencias importantes -culturales, morales, económicas y políticas- en un lugar y en un momento determinados.

Incluso actores y actrices completos pueden no llegar a la cima porque en el aspecto intelectual, temperamental o político no simpaticen o conecten con la “Zeisgeist” prevalente en la nación o región en la que actúan. Y cuando la “Zeistgeist” cambia, las estrellas que no cambian, declinan y caen.

La parte de nuestra “Zeistgeist” a la que la imagen de la señorita Davis se ajustó en la pantalla es el feminismo.

Esto no quiere decir que los filmes de Bette Davis hayan construido una abierta propaganda feminista. Lo que pretenden afirmar es lo siguiente: en cada uno de sus papeles el público detectó una imagen de “la nueva mujer”. Como resultado de ello, las mujeres sentían un doble placer al verla, puesto que, además de una buena actuación, presenciaban cómo una semejante se enfrentaba al varón con una nueva independencia, además de hacerlo con el tradicional talante femenino.

Sus ojos saltones y vigorosos, que parecían girar sobre sí mismos para seducir y cazar a sus presas, escalaron al primer puesto de los singles más vendidos en 1981 cuando Kim Carnes deleitó con “Bette Davis Eyes”. Lejos de molestarse por el homenaje, Davis, nacida Ruth Elizabeth Davis el 5 de abril de 1908 en Lowell (Massachusetts), escribió a Carnes y a las compositoras de la canción para preguntarles cómo sabían tanto sobre ella. La anécdota no solo explica el dudoso gusto musical de la estrella, sino la alegría que le daba seguir estando en el candelero, cuando nadie daba un dólar por su talento.

Seguía teniendo el mal carácter que la acompañó hasta su último suspiro, casi exhalado en el Festival de San Sebastián al tiempo que una bocanada de humo de sus cigarrillos, y seguía teniendo esa mirada, la que provocó la admiración del director de fotografía Karl Freund a principios de los años 30, cuando la Davis y Humphrey Bogart, que habían protagonizado The Bad Sister (1931, Hobart Henley) estuvieron a punto de hacer el equipaje de vuelta a Nueva York por falta de fotogenia. Anécdotas como estas las relata “Bette Davis :Amarga victoria” escrito por Ed Sikov.

No tiene sex-appeal : las palabras del jefe de la Universal, Carl Laemmle, j., resonaron en la cabecita de la Davis durante sus primeras experiencias en Hollywood, aunque luego las desmintiera con creces.

Y es que la carrera de Bette Davis ha tenido una especial distinción. Su contribución al cine resulta más impresionante cuando se tiene en cuenta los reveses personales y las decepciones profesionales que afectaron profundamente su vida, pero que nunca fueron lo bastante graves como para frustrar su determinación de convertirse en actriz y en una gran estrella de cine. Sus detractores, convencidos de que su capacidad interpretativa deriva de su personalidad electrizante, admiten de mala gana que su arte como actriz es tan completo que ha llevado al feminismo en la pantalla a un apogeo que provoca que muchos hombres, así como la mayoría de las mujeres, la encuentren fascinante.

“Madre de tres hijos de 10, 1 y 15 años, divorciada. Estadounidense. 30 años de experiencia como actriz de cine. Conservo movilidad; más amable de lo que dicen. Se ofrece para trabajo estable en Hollywood (experiencia en Broadway). Bette Davis”. Nueve días después de terminar el rodaje del filme de Robert Aldrich en 1961 ¿Qué fue de Baby Jane?, publicaba este anuncio en la revista cinematográfica “Variety”. Sus ojos seguían cazando. Sabía que una actriz de su edad (54 años) a la vez temida y admirada, tendría problemas para continuar trabajando. Y sin trabajo, su ávida mirada, teñida de vodka con naranja desde la primera hora de la mañana, dejaba caer sus párpados. Encasillada en el personaje de vieja cruel y demente -ahí están Canción de cuna para un cadáver (1954, Robert Aldrich), A merced del odio (1965, Seth Holt) y The Anniversary (1968, Roy Ward Baker), para demostrarlo-, Davis sucumbió a su fama de mujer intratable.

Lindsay Anderson, que la dirigió en su penúltima película, las ballenas de agosto (1967), analizó su personalidad: “Es conflictiva porque es Bette Davis, no porque sea una estrella, Esa hostilidad hacia la vida y hacia la gente la ha tenido siempre”. Ni siquiera al filo de cumplir los 80, podía relajarse: su rivalidad con la beatífica Lillian Gish durante el rodaje era patente para todos. No le importaba el desprecio de los otros: “Yo soy como los gatos, aunque me vapuleen y luego me tiren, siempre caigo de pie”. Genio y figura hasta la sepultura.


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