Cine y discapacidades

Película estrenada entre Artículos

La búsqueda de la normalización
En 1987, una interesante película fue Gaby, una historia verdadera, de Luis Mandoki, adaptación de la biografía de Gabriela Brimmer, poetisa y escritora que nació con una parálisis cerebral que le impedía cualquier movimiento
o expresión menos su pie izquierdo. En este filme se tiene en cuenta el amor y las relaciones sexuales, al mismo tiempo que es un alegato contra la invisibilidad de lo discapacitados ya que aboga por una integración total en la sociedad.

En 1997, Pedro Almodóvar dirigió Carne trémula, una historia en la que un policía tetrapléjico interpretado por Miguel Bardem tiene un relevante papel.
Ya en el 2000 Jean-Pierre Sinapi realizó en Francia Nacional 7 sobre un joven que padece una enfermedad muscular vive en una residencia para discapacitados cerca de la carretera “Nacional 7″. Tener en cuenta los deseos sexuales del protagonista constituye el núcleo fundamental de la trama. Obtuvo premios en Berlín y San Sebastián.

Lars von Trier realizó en 2000 Bailando en la oscuridad, una durísima película en la que una inmigrante checa y madre soltera que va quedando sin vista se decide a ahorrar todo el dinero necesario para asegurarle a su hijo una operación antes de que sufra el mismo mal.

Pedro Almodóvar realizó en el año 2000 la película Hable con ella, un drama sobre la comunicación e incomunicación. Una mujer en coma es el símbolo de mayor relevancia para presentar la necesidad de comunicación, también hacia aquellos que aparentemente están incapacitados para ejercerla.

En 2001 Ramón Salazar realizó en España, Piedras, la historia de cinco mujeres, una con parálisis cerebral, y las relaciones que se establecen entre ellas.

Una interesante película de 2001 es Yo soy Sam, de Jessie Nelson, en la que Sean Penn interpreta a un discapacitado que defiende con fuerza quedarse con la custodia de su hija, un niña de siete años de edad, la misma que él tiene mental.

El interés por lo humano
El hombre elefante (1980, David Lynch), sobre la verdadera historia de John Merrick, el “monstruo de la era victoriana”, era exhibido en un circo ambulante, hasta que un joven médico extrajo de su deforme máscara una personalidad extrañamente dulce. Tuvo 9 nominaciones al Oscar.

Una película representativa en los años 80 es Hijos de un dios menor (1986, John Seale), nominada para varios premios de la Academia y por la cual Marlee Matleen obtuvo el óscar a la mejor actriz. La acción transcurre en un colegio para sordomudos, en el que los problemas habituales en cualquier centro de enseñanza se ven agravados por la necesidad de mantener un difícil equilibrio en el trato con jóvenes acostumbrados al aislamiento. Cuando, además un profesor se siente fuertemente atraído por una de sus alumnas, la situación se complica por las reacciones de la muchacha, hostiles en un principio y, casi siempre, imprevisibles.

Recordemos también Mi pie izquierdo, película irlandesa de 1989, de Jim Sheridan, la historia de un pintor parapléjico que utiliza el pie para pintar.

No hay que olvidar tampoco Rain Man (1988 Barry Levinson), con Dustin Hoffmanen el papel de un autista utilizado por su hermano, un vividor se alegra de la muerte de su padre porque espera heredar su fortuna.

En la década de los 90, una serie de películas llevan al discapacitado a las cimas del cine: Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis). Sobre un chico, interpretado por Tom Hanks, con deficiencias mentales no muy profundas y con alguna incapacidad motora, que llegará a convertirse en héroe durante la Guerra del Vietnam. La película se vio galardonada por 4 Oscars.

En Un mundo a su medida (1988, Peter Chelsom), un niño dotado de una prodigiosa inteligencia, pero con graves problemas físicos. Se une a otro de escasas luces pero de gran fuerza. Por separado son débiles, pero juntos un auténtico cóctel de fuerza e imaginación capaz de hacer frente a todo. Ambos se ayudarán continuamente y vivirán múltiples aventuras.

Los discapacitados en el cine
Desde siempre el cine trató el tema de los discapacitados. Recordemos El jorobado de Notre Dame (1923, Wallace Worsley), Luces de la ciudad (1931, Charles Chaplin) o Freaks/La parada de los monstruos (1932, Tod Browning).
Sin embargo, el discapacitado entra de lleno en el cine con el fin de elogiar a los héroes de guerra y levantar la moral el pueblo norteamericano durante la segunda guerra mundial. Muchos soldados regresaban mutilados y era necesario hacer ver que se podían vencer todos los obstáculos sin ayuda, sólo con sus propios recursos.
Se hizo así un cine con personajes que habían perdido alguno de sus miembros, pero no la ilusión. La Academia de Hollywood concedió varios Oscar a la película Los mejores años de nuestra vida (1947, William Wyler). Dos de ellos (el Oscar al mejor actor secundario y otro especial por su ejemplo a todos los veteranos de guerra), fueron para Harold Russell, que representó el papel de Homer Parrish, un veterano de guerra que volvía con las dos manos ortopédicas. Russell, que había perdido las dos manos en 1944, en un accidente con TNT, mientras entrenaba a paracaidistas, se convirtió en símbolo de valor y coraje para los norteamericanos y fue durante muchos años presidente del “Comité Presidencial de Empleo para los Discapacitados”.
Otras películas fueron más duras, como Hombres (1950, Fred Zinneman), con Marlon Brando como parapléjico protagonista. Johnny cogió su fusil (1971, Dalton Trumbo), tuvo un importante éxito de crítica y público. En este caso la discapacidad se utiliza fundamentalmente como una metáfora de los horrores de la guerra.
Sin embargo la mayoría de las películas de aquella época han contribuido a aislar a los personajes discapacitados de sus semejantes, al presentar a las personas con discapacidad como individuos extraordinarios que luchan contra lo imposible, como personajes violentos y autodestructivos o como personajes extraordinariamente bondadosos y llenos de inocencia, silenciando los verdaderos problemas sociales y haciendo al discapacitado “invisible” para el gran público.
Recordemos un filme como
El milagro de Ana Sullivan
(1962, Arthur Penn), con un guión de Helen Keller, en el que cuenta parte de verdadera historia de la niña (Helen Keller), sorda y ciega que aprende a comunicarse y hablar, gracias al apoyo de su institutriz Ana Sullivan. La película fue un éxito y recibió el oscar a la mejor actriz para Anne Bancroft.
También marcó un hito la producción de El Regreso (1978, Hal Ashby), una película protagonizada por Jon Voight en el papel de un veterano de la Guerra del Vietnam con paraplejia, y Jane Fonda, que abandona a su marido para irse con él. La discapacidad en este caso no es ignorada ni constituye el eje central o motivador de la trama. Las principales diferencias entre el protagonista y el marido de Jane Fonda son su actitud ante la guerra y ante las mujeres, y no la discapacidad. La relación de Voight y Fonda en El Regreso (1978, Hal Ashby) no es la del paciente y la enfermera, sino la de un hombre y una mujer en una situación nueva para ambos. El mensaje que la película transmite es que las personas con discapacidad pueden ser adultas, ingeniosas, interesantes, divertidas y sensuales como cualquiera. John Voight y Jane Fonda obtuvieron, respectivamente, los oscar al mejor actor y a la mejor actriz.

Visibles o invisibles
Las personas discapacitadas siempre han estado representadas en el cine, y cada vez más, con mayor fuerza. No obstante, este lenguaje global ha tratado al discapacitado de forma desigual presentándolo, en una gran parte de la filmografía, tanto como ser marginal, deforme y malvado, como el bonachón incapaz de hacer daño a nadie. En el correr de los años, el cine ha avanzado en sus lenguajes promoviendo una figura del discapacitado, cada vez más acorde con el sentido que tienen y aportan a la sociedad, tomando de la sociedad los modelos que esta provee. Sin embargo, el peor maltrato que sufren los discapacitados en el cine es que no se les ve, salvo excepciones, como cualquier persona.
El cine y otros medios de comunicación no representan fielmente la realidad. En el tema de la discapacidad, con demasiada frecuencia se cometen omisiones y se fomentan prejuicios, se mantienen y se alientan actitudes negativas e injustas. Bien es verdad que el cine, también, ha presentado, con mejor o peor fortuna, con lenguajes mejor o peor empleados, al discapacitado como protagonista, presentando a la sociedad problemas que de otra forma no se hubiera conocido y tal vez ni siquiera atisbado, con personas discapacitadas que por lo general son ocultadas.
No se puede dudar del poder de los medios. Las asociaciones de discapacitados luchan constantemente porque los medios reconozcan su derecho a ser vistos como el resto de los integrantes de la sociedad. En algunos programas de televisión se les coloca en la última fila del plató, o se les coloca de comparsas o como objetos de observación.
La batalla de los colectivos de discapacitados está por hacerse presentes en los medios, dejar de ser “invisibles”, ya que ello significa existir en el pensamiento de los demás. “Lo que no aparece en televisión no existe para la mayoría de los ciudadanos”. El aparecer en los medios con “objetividad informativa” y tener la posibilidad de hablar en ellos con voz propia y haciendo llegar a la sociedad mensajes normalizadores sobre la discapacidad.

Premios
Actores que ganaron un Oscar a la categoría de mejor actor en papeles de discapacitados
1988. Dustin Hoffman. Rain Man
1989. Daniel Day-Lewis. Mi pie izquierdo
1992. Al Pacino. Perfume de mujer
1993. Tom Hanks. Philadelphia
1994. Tom Hanks. Forres Gump
1995. Nicolas Cage. Leaving Las Vegas

Oscar a la mejor película
1988. Rain Man
1989. Paseando a Miss Daysi
1994. Forrest Gump
*1980. 8 nominaciones a El hombre elefante

Los mejores años de nuestraS vidSa (1946, William Wyler)
Intérpretes: Fredric March (Al Stephenson), Dana Andrews (Derry), Harold Rusell (Homer Parrish), Myrna Loy (Milly Stephenson), Teresa Wright (Peggy Stephenson), Virginia Mayo (Marie Derry), Hoagy Carmichael (Butch Engle).

Sinopsis: Historias, reencuentros, desilusiones y alegrías que sufren algunos combatientes norteamericanos al regresar a casa después de la guerra. Al final de la II Guerra Mundial, tres soldados americanos regresan a su ciudad natal. Un sargento de familia rica se instala como vicepresidente de un banco; un capitán de origen humilde abandona a su frívola esposa, que lo encuentra poco atractivo sin uniforme, y consigue trabajo como vendedor en un almacén, y un marinero, quien ha perdido ambas manos en batalla, encuentra enormes dificultades en readaptarse dentro de su medio pequeño-burgués. El papel de este discapacitado fue interpretado por Harold Russell, que había perdido las dos manos en un accidente con dinamita en el ejército. Este actor novato ganó dos premios Oscar por su interpretación y se convirtió en símbolo de coraje para la sociedad estadounidense y llegó a ser presidente del “Comité Presidencial de Empleo para los Discapacitados”. El ajuste de los tres a la nueva situación es traumático en todos los sentidos y sin ningún tipo de halo heroico.

Premios:
Oscar 1946: Mejor guión adaptado, Mejor actor de reparto, Mejor director, Mejor actor, Mejor película 1946.

El regreso (1978, Hal Ashby)

Intérpretes:
Jane Fonda, Jon Voight, Bruce Dern, Penelope Milford, Robert Carradine, Robert Ginty
Sinopsis: El capitán Bob Hyde parte para la Guerra del Vietnam. Sally, su esposa, se apunta voluntaria para trabajar en un hospital de parapléjicos, donde conoce a Luke, un joven soldado paralítico, del que se enamora. Cuando Bob regresa del frente, Sally se ve forzada a elegir entre su esposo y su amante. Las consecuencia de su acción será dramáticas.
Premios:
Oscar 1978: Mejor guión original, Mejor actriz, Mejor actor.

El hombre elefante (1980, david Lynch)

Intérpretes: Anthony Hopkins, John Hurt, Anne Bancroft, John Gielgud.
Sinopsis: John Merrick, el “monstruo de la era victoriana”, era exhibido en un circo ambulante, hasta que un joven médico extrajo de su deforme máscara una personalidad llena de matices y de sentimientos. La ambientación y el tratamiento de este hecho, absolutamente real y documentado por la ciencia de la época, está realizado con mucho rigor y seriedad.
Nominaciones al Oscar 1980: Mejor guión adaptado, Mejor actor, Mejor película.

Gaby, una historia verdadera (1987, Luis Mandoki)

Intérpretes: Rachel Levin, Liv Ullmann, Norma Aleandro, Robert Logia, Robert Beltran, Lawrence Monoson, Tony Goldwyn
Sinopsis: Adaptación de la biografía de Gabriela Brimmer, poetisa y escritora que nació con una parálisis cerebral que le impedía cualquier movimiento o expresión, salvo su pie izquierdo. Gracias a la ayuda de una empleada mejicana analfabeta, que aprendió a leer y escribir junto a la niña, Gabriela accedió a toda su educación, incluida la universitaria. La película, rodada en gran medida junto a discapacitados -los actores principales no lo son- de Cuernavaca (México), es un canto reivindicativo a la normalización educativa, sexual y social de los discapacitados. Norma Aleandro, la actriz argentina que interpreta el papel de empleada, fue nominada por su papel en esta película al oscar para mejor actriz de reparto en 1987.

Piedras (2001, Ramón Salazar)

Intérpretes: Antonia San Juan, Najwa Nimri, Victoria Peña, Mónica Cervera, Ángela Molina, Enrique Alcides, Daniele Leoti, Lola Dueñas, Maria Casal, Nacho Duato
Sinopsis: Historia de cinco mujeres y las relaciones que se establecen entre ellas a través de los pies y los zapatos. Todas ellas son dependientes de su entorno y en cierta forma se van liberando. Los diversos personajes se entremezclan, se agitan, se reúnen y se separan en una especie de coreografía sin fin. Anita -con parálisis cerebral- da varias vueltas a la manzana siguiendo a un avión, dibuja sin pausa y se enamora perdidamente de su cuidador, se pierde en la ciudad y al final tal vez encuentra algo de sí misma.

Yo soy Sam 2001, Jessie Nelson)

Esta cinta es importante, no tanto como elemento cinematográfico de calidad sino por ser la película que mejor refleja hasta el momento el mundo “normalizado” de los discapacitados, que trabajan, se reúnen y se divierten sin perder su identidad. En ese sentido la considero un salto cualitativo de importancia
Intérpretes: Sean Penn (Sam Dawson), Michelle Pfeiffer (Rita Harrison), Laura Dern (Randy Carpenter), Dakota Famming (Lucy Diamond Dawson), Dianne Wiest (Annie), Joseph Rosenberg (Joe), Brad Allan Silverman (Brad), Richard Schiff (Turner), Stanley DeSantis (Robert), Loretta Devine (Margaret Calgrove).
Sinopsis: Sam (Sean Penn) es un discapacitado mental -síndrome de Down, algo de autismo- con la inteligencia de un niño de siete años que vive feliz junto a su hija, Lucy (Dakota Fanning), ya que su mujer lo ha abandonado. Todo el tiempo que le deja libre su trabajo en una cafetería lo ocupa en educarla, tarea para la que cuenta con la ayuda de la madura Annie (Dianne Wiest), su vecina y amiga, que siempre tiene a su lado para darle muchos y buenos consejos. La vida transcurre con tranquilidad, pero Lucy ya ha cumplido siete años y empieza a ser más lista que su padre. Las autoridades piensan que su padre puede frenar su crecimiento intelectual y deciden que estará mejor con unos padres adoptivos que la puedan educar en un ambiente tradicional. Pero Sam no se rendirá y buscará la ayuda de un abogado. La escogida al azar será Rita Harrison (Michelle Pfeiffer), una letrada de un prestigioso bufete con honorarios inalcanzables que decidirá ayudarlo de forma altruista. Volcada totalmente en su trabajo ha triunfado en el terreno profesional, pero su vida personal va a la deriva. Su matrimonio hace aguas y su hijo para el que no tiene tiempo, se siente solo. Los dos lucharán y se ayudarán mutuamente para recuperar a los que más aman.
Para el desarrollo de todo el proyecto el equipo contó con la colaboración de L. A. Goal, una organización ubicada en Los Angeles dedicada a ayudar a los adultos con discapacidades de desarrollo, organización que además aportó dos de los actores que intervienen en el filme: Joseph Rosenberg y Brad Allan Silverman.
La banda sonora
Toda la película está enmarcada por una banda sonora construida a base de canciones de los Beatles, grupo al que constantemente hace referencia el protagonista para explicar las cosas. Las guionistas (la misma directora Nelson junto a Kristine Johnson) visitaron varias organizaciones de discapacitados para reforzar el guión y encontraron que la gran mayoría de sus alumnos dijeron que sus músicos favoritos eran los Beatles y con ellos relacionaban los acontecimientos de sus vidas. Lucy, la hija de Sam, se llama así por un tema de los Beatles. Y muchos de los mejores momentos visuales de la película tienen como fondo natural las fabulosas canciones del grupo interpretadas por artistas contemporáneos.

Planta 4ª (2003, Antonio Mercero)

Intérpretes: Juan José Ballesta (Miguel Angel), Gorka Moreno (Dani), Luis Ángel Priego (Izan), Alejandro Zafra (Jorge), Monti Castiñeiras (Dr. Marcos), Marco Martínez (Francis), Marcos Cedillo (Pepino), Maite Jáuregui (Gloria), Luis Barberia (Alfredo), Miguel Foronda (Dr. Gallego), Elvira Lindo (Enfermera Díaz), Diana Palazón (Enfermera Esther), Arturo Querejeta (Padre de Jorge), Marisol Membrillo (Madre de Jorge), José Ramón Argoitia (Abuelo de Jorge)
Sinopsis: Un grupo de jóvenes vive la adolescencia en la planta 4¬™ de un hospital. Son enfermos de cáncer, algunos de ellos con miembros amputados y una serie de operaciones en su joven historia. El hospital es su hogar -en el que se mueven con excesiva libertad para el gusto de algunos médicos-, y los otros internos su familia. Miguel Ángel es el cabeza del grupo, Jorge acaba de llegar y espera con temor el resultado de las pruebas y Dani vivirá su primera historia de amor. Juntos reirán, sufrirán y vivirán la etapa más difícil de sus vidas

Me llaman radio (2003, Mike Tollin)

Intérpretes: Ed Harris (Harold Jones), Cuba Gooding Jr. (Radio), Alfre Woodward (Directora Daniels), Debra Winger (Linda), S. Epatha Merkerson (Maggie), Chris Mulkey (Frank), Sarah Drew (Mary Helen), Riley Smith (Johnny), Patrick Breen (Tucker), Bill Roberson (Del).
Sinopsis: Es un cuento dramático inspirado en los sucesos reales basados en la relación entre un entrenador de fútbol de instituto y “Radio” (Cuba Gooding Jr.), a quien su madre describe como “igual a todo el mundo, sólo un poquito más lento que la mayoría”, y como su relación cambia totalmente las clasistas actitudes de un pequeño pueblo de Carolina del Sur. Apodado “Radio” por su famosa colección de radios y su amor por la música, empuja su carrito arriba y abajo de las calles. √âl no habla con nadie y es raro que alguien se dirija a él, hasta que un día, el entrenador Harold Jones (Ed Harris), uno de los hombres más respetados del pueblo, y entrenador del popular equipo de fútbol del instituto, se hace amigo suyo. Poco a poco, el entrenador Jones se gana la confianza de “Radio” y abre un nuevo mundo ante él. Le invita a ayudar en los entrenamientos y durante los partidos, y a sentarse durante sus clases en la escuela, a pesar de las desavenencias iniciales con la directora Daniels (Alfre Woodward).

León y Olvido (2004, Xavier Bermúdez)

Intérpretes: Marta Larralde (Olvido), Guillem Jiménez (León), Gary Piquer, Jaime Vázquez, Mighello Blanco, Rebeca Montero, Nerea Barros, Laura Ponte.
Sinopsis: Olvido es una mujer de veintiún años. León, su hermano, tiene el síndrome de Down. Hace cuatro o cinco años que quedaron huérfanos, y como única herencia les quedó el alquiler de la casa en la que viven y un viejo coche.
Entre ellos comienza a desarrollarse, de un modo cada vez más desesperado, un conflicto: Olvido quiere que León acepte ir a un internado o vaya y venga solo de la escuela y se ocupe de sus cosas y de algunas tareas de la casa como mal menor; León intenta que las ocupaciones, responsabilidades y tareas sean las menos posibles y que su hermana se ocupe en cuerpo y alma de él.
La desesperación de Olvido va en aumento y la tenacidad de León será continuamente puesta a prueba. A ambos les esperan situaciones muy extremas de las que será difícil que salgan indemnes.

El cine y la discapacidad ¿reconciliación?
La discapacidad y el cine no han tenido una historia muy placentera. Son muchos los conflictos que han tenido que sobrellevar, pero muchos también los aportes que se han cedido. Al inicio de su relación, el cine dejó a la discapacidad abandonada en un rincón, y solamente recurría a ella para diseñar personajes lamentables que transmitieran risa u horror, todo entretenimiento. Con el paso de los años, el séptimo arte comenzó a prestar mayor atención al colectivo de la discapacidad, el cual, a través de una fuerte presión ejercida durante años, ha conseguido ser reflejado con dignidad y con normalidad. Sin embargo, esta historia sigue escribiéndose, y aún existen algunos problemas, como la poca participación de discapacitados reales en los proyectos, la distorsión ocasional de la imagen de la discapacidad y el lento avance de la accesibilidad a las salas y las películas. Mucho se ha logrado, pero mucho queda por hacer.

La imagen de la discapacidad en el cine
A lo largo de sus más de 100 años, el cine ha moldeado la forma de ver y sentir a la discapacidad. Pero, lamentablemente, en muchos casos ese reflejo ha sido negativo. La imagen del discapacitado ha sufrido una constante evolución, pasando de ser retratado a través de una curiosa y variada gama de estereotipos, que va desde los primeros monstruos y personajes malvados obsesionados con la venganza, hasta luchadores heroicos que inspiran compasión por sus hazañas en contra de todas las vicisitudes. Para la mayoría de los autores especializados, la concepción del discapacitado ha sufrido constantes cambios que se corresponden con las diferentes etapas de la historia contemporánea. Ello ha conducido a que actualmente, y con el apoyo de los diferentes colectivos en el ámbito mundial, esa imagen esté sufriendo una alteración, cuyos resultados aún están por verse.
Algunos especialistas opinan que el mayor error que comete el cine al tratar el tema de la discapacidad es la falta de normalidad con que son retratados los personajes, o lo que es lo mismo, no verlos como una persona cualquiera. Esto se observa en las películas en las que se concede más importancia a la discapacidad o enfermedad que al personaje en sí. Muchos guionistas insisten en diseñar las historias alrededor de la enfermedad, por lo cual ésta pasa a ser el centro del personaje, y no al revés.
Sin embargo, para otros autores, la industria cinematográfica ha cometido otras equivocaciones en el tratamiento de este tema. En la obra “El cine del aislamiento”, el investigador Martin F. Norden expone como tesis central que “la mayoría de las películas tienden a aislar mutuamente a los personajes discapacitados de sus semejantes capacitados”.
En el libro, Norden detalla las características de ese aislamiento a través de la identificación de una serie de estereotipos que el cine ha asignado a lo largo de los años a la discapacidad, “estereotipos tan duraderos y extendidos que se han convertido en las percepciones de la mayoría de la sociedad de la gente discapacitada y han confundido, si no directamente suplantando, la percepción de los propios discapacitados”.
Quizás la época más difícil para la discapacidad fue el mismo inicio del cine. A principios del siglo XX, las primeras películas de la era muda mostraban al discapacitado como un ser absolutamente dependiente de los capacitados que a pesar de soportar agudos sufrimientos hace buenas obras, y su inocencia le lleva a la curación milagrosa. El opuesto de esta imagen eran los discapacitados malignos que constituían personajes peligrosos, pervertidos y obsesionados por la venganza.
Es en esta era en la que Norden identifica a uno de los primeros estereotipos, que denomina el “Desventurado cómico”, y que define como una persona discapacitada que “es víctima de una o más personas capacitadas y una persona discapacitada cuya minusvalía acarrea problemas, si no a sí mismo, a otros o a ambos. Todo en nombre de la comedia”.
La imagen del discapacitado ha sufrido una constante evolución, pasando de ser retratado a través de una curiosa y variada gama de estereotipos, que va desde los primeros monstruos y personajes malvados obsesionados con la venganza, hasta luchadores heroicos que inspiran compasión por sus hazañas en contra de todas las vicisitudes.
Algunos años después aparecerá el “Dulce inocente”, estereotipo de un personaje lleno de inocencia, que hace buenas obras, conmueve con su generosidad y finalmente logra curarse milagrosamente, como “premio” a su vida dulce. Esta imagen es herencia directa de la literatura de la era victoriana de final del siglo XIX, que fue luego llevada a la gran pantalla. Como ejemplo de estos personajes destacan las películas de Heidi, en la que la protagonista ayuda a que su dulce amiga
Klara
deje de usar silla de ruedas, y Cuentos de Navidad, basada en una obra de Charles Dickens, en la que un niño que usa muletas llamado Tim, a través de cualidades espirituales y compasivas, ayuda a conmover y cambiar al amargado Scrooge.
Paralelamente apareció otro estereotipo amargado, cruel y pervertido, que Norden define como el “Vengador obsesivo”, y que se caracteriza por ser un personaje despiadado que sólo piensa en vengarse y castigar a los responsables de su discapacidad. Al igual que el “Dulce inocente”, este personaje es herencia de la literatura, y como ejemplo singular destaca el capitán Ahab de Moby Dick (1956, John Huston). En esta etapa también aparece otro estereotipo muy utilizado por el séptimo arte para transmitir miedo, el del “villano discapacitado”, reflejado como un monstruo a causa de su discapacidad que comete atrocidades. Producto también de la literatura del siglo XIX, uno de los ejemplos más claros es Frankenstein, el monstruo creado por un científico loco que expande el terror.

Durante este primer período apareció otro estereotipo que, si bien no tuvo mayor desarrollo en las primeras películas, constituyó la imagen básica de la discapacidad en la era posterior a la II Guerra Mundial, el “Noble guerrero”, que Norden describe como la “visión completamente sentimental del héroe de guerra minusválido”. Esta imagen fue esencial para desarrollar la llamada “era de las víctimas”, en la que los veteranos de la gran guerra volvían a casa con una discapacidad y progresivamente vencían los obstáculos mentales y sociales con los que se encontraban. La idea de los cineastas era utilizar a estos personajes para transmitir mensajes optimistas y para elevar la moral de una sociedad aturdida por la confrontación bélica. El tema de la rehabilitación física, mental y social de estos héroes era fundamental en las historias. Quizás uno de los ejemplos más representativos de es la película Los mejores años de nuestra vida (1946, William Wyler) en la que un veterano llamado Homer Parrish volvía a los EE.UU. con las dos manos ortopédicas y lograba superar todas las dificultades con valor y orgullo.

Otro estereotipo identificado por Norden es el “Santo sabio”, el cual es descrito como un ser sensible, caritativo y que dispensa sabiduría a los personajes protagonistas que le rodean. Al igual como sucede con el “Dulce inocente”, este sabio tiene un alto grado de espiritualidad y una asociada falta de sexualidad. Normalmente son personajes mayores, y, en ocasiones, son dotados de cualidades especiales para poder “percibir” acontecimientos futuros. Un ejemplo bastante característico se puede encontrar en la película La novia de Frankenstein (1935, James Whale), en la que un ermitaño ciego acoge al legendario monstruo en su casa, siendo el único que comprende que éste se comportará como un ser humano si se le trata así. Otro “Santo sabio” que destaca en la historia del cine, y que también tiene elementos del “Dulce inocente”, es El hombre elefante (1980, David Lynch), sobre la vida de Joseph Merrick, un ser deforme que a través de su inocencia y consejos logra transformar a quienes le rodean.
A finales de la II Guerra Mundial apareció el “Ciudadano superestrella”, que Norden describe como un individuo que confía en su inteligencia y absoluta fuerza de carácter para llevar algo a cabo, incluso curaciones imposibles. “Aunque a menudo ignoraron hechos tan importantes como la rehabilitación, la accesibilidad y los prejuicios, estas películas -del “Ciudadano superestrella”- sin embargo, representaron la imagen más positiva de los hombres disminuidos físicos”, señala el autor.

Destaca como ejemplo del “Ciudadano superestrella” la película El orgullo de los yanquis (1942, Sam Wood), que retrata la vida de la mítica estrella del béisbol Lou Gehrig, quien padecía de ELA. En otras ocasiones, este estereotipo ha sido también parodiado en otras interpretaciones, tal como la del extraño científico, Doctor Strangelove de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964, Stanley Kubrick).

Más allá de estos estereotipos, las historias del cine y la discapacidad han estado estrechamente vinculadas también por los diferentes acontecimientos históricos del siglo XX. Además de los cambios de imágenes registrados en la década de los 40 como consecuencia de la II Guerra Mundial, la “Guerra Fría” y la consecuente “caza de brujas” en el seno de la industria cinematográfica estadounidense también ha influido en la imagen de la discapacidad. Los pocos o muchos avances que se habían logrado en los años 40 y 50 a través de la difusión de películas sobre nobles guerreros y sobre la rehabilitación se vieron truncados por la persecución a la que fueron sometidos muchos de los actores, directores o guionistas acusados de ser comunistas por el influyente “Comité de Actividades Anti-Americanas”. Como consecuencia, durante los años 50 y 60 se registró un retroceso que llevó nuevamente a la sátira de la discapacidad, tal como había sucedido décadas antes con el “Cómico desventurado” o el “Vengador obsesivo”.
Otra etapa que ha unido significativamente al cine y a la discapacidad fueron los años 60 y 70, cuando las asociaciones y representantes de los colectivos de la discapacidad comenzaron a unirse y a obtener importantes resultados políticos y sociales. En gran medida gracias a las presiones ejercidas por estos grupos y a la concienciación sufrida por la sociedad tras la guerra de Vietnam, el Congreso estadounidense aprobó importantes legislaciones sobre la Discapacidad, la Ley de Barreras Arquitectónicas (1968) y la Ley de Rehabilitación (1973). Paralelamente, el Movimiento de Vida Independiente también comenzaba a ganar fuerza durante este período.
Todos estos cambios tuvieron una repercusión directa en el cine, y llevó a la realización de importantes películas en las que se reflejaban nuevos paradigmas a la hora de tratar la discapacidad. Uno de los ejemplos más destacados es El Regreso (1978, Hal Ashby), protagonizada por Jon Voight que interpreta a un veterano de Vietnam con paraplejia, y por Jane Fonda, que abandona a su marido para irse con él. Para algunos especialistas, la importancia radica en que “el mensaje que la película transmite es que las personas con discapacidad pueden ser adultas, ingeniosas, interesantes, divertidas y sensuales como cualquiera”. En esta etapa, las películas comienzan a abordar también el tema de la sexualidad, que había sido ignorado durante décadas.

Los estereotipos descritos por Norden han vivido constantes evoluciones, van y regresan en una especie de ciclo. Si bien es cierto que en la actualidad aún pueden percibirse patrones estereotipados, (como el lamentable personaje de Samuel L. Jackson en El Protegido (2000, M. Night Shyamalan), que representa a un “Vengador obsesivo” con una variante de “huesos de cristal”), también es cierto que en muchas producciones ya se incluyen a personas con discapacidad que juegan un papel importante o vital en las historias, sin que éstas giren en torno a su enfermedad. Son expuestas como personas normales, como cualquier otra.

¿Discapacidad real o interpretativa?
Otro punto que ha generado críticas por parte del colectivo de la discapacidad es el poco espacio reservado para los profesionales del cine, léase actores, directores, guionistas o productores, con discapacidades reales en la industria.
Algunos especialistas señalan que la interpretación de un personaje discapacitado es un atajo para llegar a obtener buenas críticas y galardones. La Academia Cinematográfica estadounidense, al igual que muchos festivales, es especialmente bondadosa con esas interpretaciones. Para comprobarlo sólo basta recordar los Oscar otorgados a papeles o películas sobre discapacidad.
El problema de esta situación es que casi todas esas interpretaciones y premios van a recaer en actores capacitados que “interpretan” a discapacitados. A muchos productores y directores les gusta hacer películas sobre la discapacidad, pero irónicamente no les atrae la idea de contratar a actores discapacitados. A pesar de algunos recuerdos significativos (como los dos Oscars de Harold Russell; el de la actriz sorda Marlee Matlin por su papel en Hijos de un Dios menor (1986, Randa Haines) o las destacadas interpretaciones de los discapacitados en la película francesa Nacional 7 (2000, Jean-Pierre Sinapi), miles de actores con discapacidad permanecen aún en la sombra, a la espera de poder demostrar sus habilidades histriónicas.
Esta exclusión no solamente se puede percibir en el ámbito de la actuación, sino también en las dificultades con que se tropiezan los directores y guionistas con discapacidad que quieren iniciar un proyecto cinematográfico.

Encontrando caminos
Durante los últimos años, el cine y la discapacidad han logrado finalmente encontrarse en algunos caminos. Como medio de comunicación y como colectivo, se necesitan mutuamente, y por ello han concretado importantes logros. Quizás uno de los más interesantes y curiosos es la aparición cada vez mayor de festivales internacionales y certámenes centrados en premiar a las películas relacionadas con la discapacidad.
El colectivo ha decidido, con razón, premiar por su cuenta a las producciones que traten la discapacidad. Y por ello se han establecido importantes festivales y muestras alrededor del mundo. Por sólo mencionar algunos, destacan el Festival Internacional de Cine sobre Discapacidad, celebrado en Moscú en septiembre de 2002; el Festival Internacional de Medios sobre Discapacidad, celebrado anualmente en California, Estados Unidos; y el Festival Internacional de Cine y Discapacidad, uno de los más importantes organizados por el Foro Londinense de Arte y Discapacidad. A pesar de tener diferentes modalidades, todos tienen la misión de premiar y exhibir las producciones realizadas sobre la discapacidad y por discapacitados.
En España también han comenzado a aparecer algunos certámenes especializados en este cine. Aunque existen numerosos, podemos mencionar aquí a los premios Tiflos convocados por la ONCE, que en la presente edición ha incluido por primera vez un apartado para el cortometrajes. En Alicante, la Asociación de Paralíticos Cerebrales organizó el año pasado la primera edición del Festival Nacional y Especial de cortometrajes, llamado “Súbete al corto”, que premia a los mejores cortometrajes cuya temática son las personas con discapacidad. También se organizan cada vez con mayor frecuencia en España ciclos y muestras de cine y discapacidad.
Por otra parte, los festivales y las muestras convencionales también están haciendo un esfuerzo por crear caminos para encontrarse con el colectivo de la discapacidad. En sus recientes ediciones, tanto el Festival de Cine de Valladolid como el Iberoamericano de Huelva han incluido el estreno de películas adaptadas para personas ciegas y deficientes visuales con el novedoso sistema Audesc.
Este sistema es sólo uno de los numerosos avances que la tecnología ha aportado en los últimos años para que las personas con discapacidad puedan acceder y disfrutar del cine. Entre ellos destaca también el sistema Mopix, promovido por el Servicio Nacional para la Accesibilidad a los Medios en EE.UU., que adapta las películas para las personas ciegas y sordas sin alterar la percepción del resto de los espectadores.
Sin embargo, y a pesar de estos avances y logros, la triste realidad sigue siendo la poca accesibilidad que reina en la mayoría de las salas de cine. Hablamos aquí tanto de las dificultades técnicas que tienen las personas con discapacidad para percibir el cine, como de las innumerables barreras que impiden el acceso a las salas. Para constatarlo sólo hay que recordar los resultados de un estudio realizado por la revista “Consumer” el pasado año, en el que se indica que en España sólo uno de cada cuatro cines cuenta con entradas y taquillas accesibles para usuarios de silla de ruedas.
Sin lugar a dudas, y a pesar de la tormentosa relación que han vivido el cine y la discapacidad, sus caminos se están encontrando. Hay cambios de paradigmas, se transmiten otro tipo de imágenes y la tecnología está facilitando la percepción y el acceso de los discapacitados al séptimo arte. Pero también es cierto que queda mucho camino por recorrer para llegar a un estado de absoluta normalidad. Las butacas siguen esperando por los discapacitados.

Explorando un sendero común
Juan José Ibáñez es joven, es periodista, es guionista, es realizador y es uno de los pocos discapacitados (tiene una lesión medular desde los 17 años) que ha logrado abrirse una brecha a través del difícil mundo del cine, constituyendo uno de los ejemplos más claros de la unión del cine y la discapacidad.
Ibáñez tiene una destacada creatividad y un gran sentido del humor. Hace años ideó un personaje llamado “Superválido”, a quien describe como un “tipo que va en silla y que se toma una sobredosis de viagra y le vienen poderes, se pone un traje y todo. Lo hicimos para animación”. Si bien no tiene los poderes del personaje ficticio, este joven realizador, apoyándose en su ingenio y perseverancia, ha logrado cosechar importantes éxitos en el mundo del cine. Quizás uno de los momentos más importantes hasta el momento ha sido el Goya que recibió en 1999 uno de sus cortometrajes, llamado Un día perfecto.
Además de escribir artículos para numerosas publicaciones y guiones para series de televisión, Ibáñez centra su trabajo en el cine. Ha realizado numerosos guiones para cortometrajes y más recientemente un largometraje de animación llamado Los tres reyes magos, que costó más de 2.000 millones de pesetas y tres años de trabajo.
Sobre el cine en España, opina que la situación actual está muy mal porque no existe una industria cinematográfica. Sobre la discapacidad, tiene una idea sencilla y directa, que consiste en “no buscar mecanismos de compensación estrafalarios, como la gente que dice que gracias a estar en silla ha descubierto no sé qué. Una cosa es haber tenido un accidente y llevarlo bien, porque es lo que hay, y otra es que tras el accidente de repente nos hayamos hecho más buenos y hayamos descubierto la verdad cósmica, porque eso es otra forma de no aceptar la realidad”.

DE VíCTIMAS A HÉROES, LOS DISCAPACITADOS EN EL CINE
El peor maltrato que sufren los minusválidos en el cine es que no se les ve como cualquier persona
El cine, a lo largo de su historia, ha otorgado tradicionalmente a todo el que tiene alguna discapacidad o diferencia física, el papel de personaje malvado o de víctima sumisa.
La mayoría de las películas han contribuido a aislar mutuamente a los personajes discapacitados, de sus semejantes, al presentarlos como individuos extraordinarios que luchan contra lo imposible, como personajes violentos y autodestructivos o como seres extraordinariamente bondadosos y llenos de inocencia, a menudo con tintes de amargura y tratando de lograr la superación.
El peor maltrato que sufren los minusválidos en el cine es que no se les ve como cualquier persona. La mayoría de las veces no son vistos como uno más del grupo. Se concede más valor a la enfermedad o a la discapacidad que a la persona en sí. Eso se convierte en el centro del personaje.
Los minusválidos o discapacitados nunca son parte de un grupo. No hay en una preparatoria un grupo que incluya un cojo. Nunca pasa eso. No son uno más de los amigos, sino que tiene que ser el protagonista o el amigo más cercano a éste, al cual le da una calidad moral increíble el tener una discapacidad.


Hollywood y su fórmula
Hollywood y sus realizadores cinematográficos han tomado esta patología psíquica como epicentro de la trama de un sinnúmero de películas, algunas de las cuales alcanzaron amplia repercusión mundial, dejando en el espectador un cierto margen de dudas acerca de la posibilidad o no de encontrarse en la vida real con ese tipo de casos, más propios de las ficciones de la pantalla que de la cotidianidad.
En el cine, sobre todo en el hollywoodense, los minusválidos y los discapacitados aparecen como dos vertientes: los que han logrado superarse con verdadera fortaleza moral a toda prueba y son ejemplo a seguir, y los que están amargados por su discapacidad y por lo tanto le hacen la vida difícil a los demás y llegan hasta el crimen o al suicidio.

Hollywood sigue y seguirá con su misma formulita
Los minusválidos seguirán en el cine. Lo interesante sería que “mejoraran la fórmula”.
Hay tratamientos muy buenos de discapacitados, como Mi pie izquierdo (1989, Jim Sheridan), en el que Daniel Day-Lewis interpreta a un hombre con parálisis cerebral, pero en general están preñados de lástima, de melodramatismo.
Hay algunas cosas interesantes de directores nuevos, pero creo que esa parte apela a sentimientos tan básicos que no pueden dejar de hacerlo. Algunos son para propósitos generales, y otras que enfocadas hasta cierto público. Se van a seguir haciendo este tipo de películas. No es moda, porque ya tienen mucho tiempo. Es una forma de ser que el cine ofrece, de ser víctima de una discapacidad física en la cual puede haber una solución. Quizá no afecte, pero la discapacidad es una característica que te puede impresionar, marcar.
Además, el discapacitado se ha convertido como en prueba para un actor; poder interpretar un personaje con una discapacidad de manera convincente: un buen ciego, un mudo, una persona con retraso mental, parecen ser papeles que buscan los actores porque les darán casi con seguridad una nominación al Oscar. En muchas de las películas y novelas del periodo inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial, el típico personaje con discapacidad era un soldado que había perdido alguno de sus miembros, pero no la ilusión. En ese tiempo también fueron típicas las historias sentimentales que con frecuencia presentaban a personajes que perdían y recobraban milagrosamente la vista, o se recuperaban milagrosamente de una parálisis o de otras condiciones que se presentaban como terribles.
En los años 60, la elección de John Kennedy como presidente de EE.UU., indujo un cambio súbito en el tratamiento informativo de la discapacidad, cuando el nuevo presidente, que se había convertido en un símbolo de valor y vigor por su actuación en la II Guerra Mundial y por su juventud, anunció que en su familia existía una hermana con retraso mental. Fue entonces cuando iniciaron los juegos olímpicos especiales y se fundó el Comité presidencial sobre retraso mental.
Durante la década de los años 80, los grandes medios de alcance nacional fueron cambiando su enfoque sobre discapacidad, que pasó a centrarse más en las cuestiones de política social que en el interés humano (en la prensa local, sin embargo, se continúan presentando preferentemente historias dramáticas y emotivas).


Los minusválidos como un elemento recurrente en la obra de Buñuel
A diferencia de muchos directores estadounidenses, el director Luis Buñuel le da otro tratamiento a los personajes con alguna deficiencia física. En un recorrido por el universo buñueliano nos encontramos a ciegos, cojos, inválidos, sordomudos, mancos, etcétera. Además de su importancia tanto estética como simbólica y argumental, el rasgo fundamental y diferencial de los deficientes físicos en el cine de Buñuel es la ausencia de una visión compasiva o paternalista ante la enfermedad. Lejos de destacar los aspectos positivos de estas personas, la tendencia del cineasta es presentar a los disminuidos, principalmente a los invidentes, como seres antipáticos, ruines, malvados y dominados por bajas pasiones. El caso de Buñuel es muy interesante, porque para él son curiosos. Más que cualquier otra cosa, provocan una gran curiosidad. En sus películas aparecen muchos enanos y no inspiran lástima. Tampoco son necesariamente graciosos. Pueden ser cualquier cosa, como ocurre en el cine de Buñuel, indicó Lucy Virgen.
En la década de los años 90 y hasta nuestros días, las cosas no han cambiado mucho.

el dolor y la enfermedad en las películas de los años 90. ¿UNA NUEVA SENSIBILIDAD?
A finales de los años 80, una bocanada de aire fresco y renovado pareció abrirse paso en la trillada y convencional estrategia de las grandes compañías hollywoodienses. La atención a los disminuidos físicos, a los incapacitados y a los enfermos -en una palabra, a los que sufren- apareció ante la vista de los ejecutivos como un tema nuevo, de insólita y eficaz sintonía para el público. Como consecuencia, y en el breve plazo de un lustro, productoras de muy variada tendencia pusieron en marcha películas que ahondaban en el sensible y delicado tema del dolor y de la enfermedad.
Con esta nueva línea, Hollywood daba un profundo golpe de timón en la fuerte apuesta por el espectáculo que había emprendido en el último decenio. Dejaba a un lado la violencia, la ambición y la lucha más o menos heroica de sus personajes protagonistas y se volcaba en otra realidad, tan dura como la anterior pero mucho más humana, que es el sufrimiento y la experiencia dolorosa. Abandonaba así sus mundos acaramelados y rutilantes para invitar a la audiencia a una reflexión personal y a una solidaridad más activa. La potente industria cinematográfica, que se había autodefinido a sí misma como una “fábrica de sueños”, renunciaba por una vez a la evasión y al mero entretenimiento para incidir sobre cuestiones nucleares de la condición del hombre.
Afortunadamente, esta tendencia no se encauzó -ni en los guiones ni en los estándares de producción- por los estrechos márgenes de la sensiblería o el dramatismo. Adoptar una visión semejante, marcadamente comercial, hubiera convertido el dolor en un fenómeno espectacular; pero no se hizo así. No se metamorfoseó la verdadera naturaleza del tema, sino que se realizó un genuino acercamiento a esta temática que ha llegado a constituir toda una tendencia dentro del nuevo cine de los años noventa.
Por otra parte, tampoco parece una cuestión de oportunismo. Hoy en día existe, esto sí es verdad, una conciencia social más acusada de ayudar a los débiles y a los inválidos. Las calles, las aceras y los edificios públicos se construyen hoy, por costoso que ello resulte, atendiendo a los requerimientos de estas personas. Pero esta fuerte conciencia social coexiste en nuestros días con una lamentable indiferencia ante los jubilados, los no nacidos y los desamparados: abandono frecuente de ancianos en asilos y hospitales geriátricos, infanticidios y prácticas abortivas realizadas impunemente, inhibición de los médicos ante la situación de enfermos terminales, etc. Incluso la TV, en los así llamados “reality shows”, manifiesta una inconcebible indiferencia ante el dolor, al mostrarlo impúdicamente con fines mercantilistas y con la mal disimulada intención de convertirlo en espectáculo.
Se impone, por tanto, una reflexión ante este fenómeno. Y puesto que la tendencia aludida presenta consecuencias y ramificaciones ciertamente complejas, nuestro propósito va a ser necesariamente limitado: tratar de describir, dentro de la esfera de lo cinematográfico, las líneas comunes a todo este nuevo resurgir de películas sobre el dolor. Empezaremos por la definición de sus parámetros espaciales y temporales, y continuaremos por la enumeración de sus rasgos característicos, tanto en la temática o la interpretación como -muy especialmente- en el guión y en la historia.

Delimitación temporal y geográfica
Aunque todavía hoy se producen películas con un enfoque claramente deudor de esta nueva sensibilidad que estudiamos, puede decirse que el fenómeno cinematográfico en cuanto tal ha cerrado ya su ciclo. En concreto, cabe circunscribir las películas al período comprendido entre 1988 y 1992. Con un claro precedente con Hijos de un dios menor (1986, Randa Haines),
que analizó el mundo de los sordomudos), esta nueva tendencia se hace claramente manifiesta con filmes enormemente populares como Rain Man (1988, Barry Levinson), Mi
pie izquierdo (1989, Jim Sheridan) o Nacido el 4 de julio (1989, Oliver Stone); y acaba con películas de una clara preocupación por la invalidez, como El aceite de la vida (1990, George Miller), Esencia de mujer (1992, Martin Brest) o Passion Fish (1992, John Sayles) -las tres de 1992-.
Por lo que respecta al ámbito geográfico, el fenómeno puede circunscribirse casi exclusivamente a EE.UU. y, más en concreto, a la industria hollywoodiense. Con la sola excepción de Mi pie izquierdo, rodada y producida en Gran Bretaña por la productora Sovereign, las demás han sido producidas en Los Angeles en su totalidad.

Clasificación de los núcleos temáticos
Aunque todas las películas que vamos a estudiar tratan acerca del dolor y la enfermedad, cabe establecer una clasificación temática en tres grupos según el ámbito del dolor que desarrollen en la historia. Estos grupos son los siguientes:

Las que abordan el mundo de los disminuidos físicos y psíquicos. Aquí se podría incluir Despertares, Hijos de un dios menor, Rain Man y Mi pie izquierdo. En estas películas se ha pretendido frecuentemente sensibilizar al público ante enfermedades congénitas e incurables que dejan muy escasas esperanzas para lo que suele denominarse “una existencia digna”. Son vidas constreñidas, limitadas en la actividad psicomotriz, cercenadas para siempre en sus posibilidades de relación y de comunicación; y, sin embargo, vidas tremendamente humanas, sensibles, que vale la pena vivir. Con frecuencia, los enfermos enseñan en ellas a los sanos cuál es el sentido de la vida humana; y les enseñan a cambiar de actitud, a tener en cuenta a los otros, a transformarse: como Raymond (Dustin Hoffman) enseña a su hermano Charlie (Tom Cruise) en Rain Man;
o el pequeño Christy Brown (Daniel Day-Lewis) a su padre borracho y sin ilusión por la vida, en Mi pie izquierdo.

Otro tipo de películas son las que muestran la experiencia traumática y repentina de un accidente que trunca una existencia llena de posibilidades. En este grupo podríamos incluir A
propósito de Henry, El doctor, Passion Fish y Nacido el 4 de julio. Salvo en el último caso, en el que Oliver Stone nos muestra a un Ron Kovic desfiguradamente comido por el odio, en estos filmes la invalidez o la enfermedad devienen siempre en experiencia catártica que posibilita “volver a empezar” en la vida. En este género de películas, el protagonista del accidente sufre, con la enfermedad, una suerte de redención personal: el dolor le ayudará a reflexionar, a replantearse enteramente su existencia; y, así, las limitaciones de salud y de actividad -temporales o definitivas- redimen al protagonista de una vida anterior no pocas veces falsa y desconsoladora. La enfermedad ha supuesto para ellos volver a nacer.

El tercer y último grupo lo componen aquellos filmes que desarrollan historias en torno a la enfermedad. En ellas, vemos a personajes que experimentan un notable deterioro de su salud y aprenden a valorar tanto el don gratuito de la vida como la necesidad de contar con los demás. A través de tratamientos dolorosos, los protagonistas – y las audiencias con ellos – descubren unos valores nuevos por los que sí vale la pena vivir y aun luchar activamente contra la enfermedad. Películas como El aceite de la vida (1990, George Millar), Magnolias de acero (1989, Herbert Ross) -y también, aunque en menor medida, Elegir un amor (1990, Joel Schumacher) y Esencia de mujer (1992, Martin Brest)- revelan personajes que, transformados por el dolor, son capaces también de transformar su entorno. La serena actitud de Shelby (Julia Roberts) en Magnolias de acero, que acepta con alegría la llegada de un nuevo hijo, a pesar de su avanzada diabetes y de los riesgos para su salud, será el catalizador que dé vida a toda su adormecida familia. Otro tanto cabría decir de la extraña enfermedad de Lorenzo Odone (Zack O’Malley), que cambia la vida y las aspiraciones de sus padres (El aceite de la vida), acomodados en una vida sencilla y sin problemas.
Vistos ya los núcleos temáticos de este conjunto de películas, vayamos con la definición de sus rasgos estéticos y narrativos.

Adaptación de casos reales
Una primera y sorprendente nota que caracteriza a estos filmes es el hecho de que casi todos ellos están basados en historias verídicas. Tal vez el caso más conocido sea la película Mi pie izquierdo, adaptación de la biografía de Christy Brown. Este irlandés, nacido en 1932 en el seno de una familia obrera de Dublín, padecía una parálisis cerebral irreversible; pero, a fuerza de tesón, consiguió comunicarse con los demás, escribir y aun triunfar como pintor gracias al único miembro de su cuerpo que podía controlar: su pie izquierdo.
Otro caso conocido es el de Despertares (1990, Penny Marshall),
filme que narra la historia real de un médico neurólogo llamado Oliver Sacks (Londres, 1933) y sus experiencias con enfermos afectados por la “enfermedad del sueño”
(encefalitis letárgica). El Dr. Sacks, graduado en Oxford y especializado en EE.UU., escribió ese libro en 1973 y pronto su historia empezó a figurar en los anales de la Medicina. El libro, por el que ganó el Premio Hawthornden, entre otros, fue llevado al teatro por el escritor inglés Harold Pinter, antes de convertirse en un famoso documental televisivo y en esta preciosa película de Penny Marshall.
Sacks narra casos verdaderamente impresionantes de esa enfermedad, que se difundió por todo el mundo entre 1917 y 1927. Cuando él se hizo cargo, en 1969, de los 20 enfermos del Hospital neoyorquino de Monte Carmelo, pudo probar con ellos un medicamento experimental, la L-DOPA, con el que logró que muchos de ellos “despertaran”
tras decenios de letargo. Desgraciadamente, y tal como muestra la película, el regreso a la vida supuso, para muchos de sus pacientes, el trauma de enfrentarse a un mundo muy distinto al que conocieron antes de enfermar; y también el surgimiento de nuevos problemas neurológicos que les devolvieron a la inconsciencia.

Otra adaptación también muy conocida es Nacido el 4 de julio, película basada en la historia real de Ron Kovic -joven idealista y demócrata, procedente de una familia católica-, que fue herido en el Vietnam y quedó paralítico para siempre. La historia de Kovic experimenta una notable transformación del libro a la pantalla, pues Oliver Stone acentúa los aspectos violentos y sanguinarios, a la par que convierte el filme en un alegato antirrepublicano. Su fuerte denuncia política oscurece el fondo temático del libro, olvidando en parte el proceso interior de Kovic por acoplarse a la vida desde su silla de ruedas.

La película Rain Man (1988 Barry Levinson), se basa también en una historia real; pero aquí la apuesta por la ficción es tan fuerte que sólo permanece la fidelidad al personaje. Oigámoslo en labios del guionista del filme: “Durante algún tiempo, trabajé como voluntario en la Asociación para Ciudadanos Retardados. Una tarde estaba tomándome un descanso cuando sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Me volví y descubrí -a media pulgada de mi nariz- la nariz de Rain Man. Su verdadero nombre es Kim (…). El chico empezó a decir nombres. Yo no sabía qué pasaba, hasta que reconocí un nombre que me resultaba familiar, y después otro; y caí en la cuenta de que estaba recitando por su orden los nombres de las películas en las que he trabajado. Empezó entonces a decir números, y pronto descubrí que estaba diciendo, una y otra vez, mis números de teléfono de los últimos ocho o diez años. Su padre me dijo que solía memorizar los listines telefónicos como pasatiempo (…). Me fui a casa y mi cabeza seguía fija en él. Sabía que me había encontrado a una de las criaturas más extraordinarias de la tierra, y me sentía un hombre realmente privilegiado”.
Los dos últimos ejemplos son El aceite de la vida (1992, George Miller)
y El doctor. El primero reconstruye con precisión la historia de Lorenzo Odone, un chico norteamericano de cinco anos al que diagnosticaron en 1984 una enfermedad incurable y degenerativa conocida como ALD. Esa dolencia, casi desconocida y sin tratamiento eficaz, llevó a sus padres a una profunda investigación médica para salvar la vida de su hijo, y terminó con el descubrimiento de una medicina, no definitiva pero válida, que detuvo el proceso de la enfermedad. Desde entonces, ese medicamento es conocido en los manuales de Neurología como Lorenzo’s Oil (título original de la película).
El segundo ejemplo, El doctor (1991, Randa Haines) es todavía más impresionante. Se basa en las experiencias reales del doctor Ed Rosenbaum, que en 1988 publicó en el libro A Taste of My Own Medicine. Ese cirujano de un gran hospital de San Francisco era un profesional prestigioso que, sin embargo, bailaba en el quirófano y hasta tomaba a broma el dolor de sus enfermos. Había educado a sus residentes en la estricta “eficacia médica”, como se recoge en cierto pasaje del filme: “No conviene volcarse demasiado con el enfermo. La cirugía es una cuestión de juicio; y para juzgar no puedes encariñarte: cuando tienes 30 segundos, más que el cariño importa un corte limpio”.
Un buen día se le diagnostica un cáncer de laringe y el arrogante doctor se ve reducido a simple enfermo. Sin intimidad, sin calor humano, el doctor es llevado y tratado con los criterios que él mismo ha establecido; y experimenta, desolado, el amargo “sabor de su propia medicina”. La honda transformación interior que acontece tras la extirpación del tumor es el contenido de este filme, que provocó un cierto debate en los EE.UU. acerca de la necesaria cordialidad en las relaciones médico-paciente.

El dolor como fuente de buenas interpretaciones
Otra de las notas que caracterizan a esta serie de películas sobre el dolor es el logro de actuaciones ciertamente brillantes y aun memorables. De hecho, en el conjunto de las doce películas antes mencionadas se reúnen -sólo en el campo de la interpretación- 5 Oscars y 7 nominaciones de la Academia de Hollywood: un galardón por película, lo que supone una proporción ciertamente elevada. El dato es todavía más llamativo si tenemos en cuenta que, de las doce películas, nueve obtuvieron nominaciones a la interpretación, y ocho al mejor actor o actriz principal.
Los motivos de tan afortunada circunstancia no pueden explicarse sólo por razones de casting.
Ciertamente, es claro que películas de fuerte contenido dramático requieren actores de primera línea; de hecho, estos filmes han contado con artistas de enorme talla, como Dustin Hoffman, Al Pacino, Susan Sarandon, Daniel Day-Lewis, Nick Nolte o Tom Cruise. Pero esto, lejos de restar importancia a tan elevado número de galardones, es en realidad uno de los méritos más característicos de este subgénero que estamos estudiando: el de distinguirse por actuaciones de gran calidad artística.
Por otra parte, para casi todos los actores que acabo de mencionar el Oscar o la nominación conseguidos en estos filmes es el único galardón que han obtenido en su ya dilatada carrera. Algo más, por tanto, deben tener en común estas películas que favorece y aun estimula el buen hacer del actor ante la cámara. Algo que está muy unido a la expresividad y a la sensibilidad humanas, a la afirmación de valores muy humanos, y a la exteriorización de experiencias que unen a los hombres -como el sufrimiento y el dolor- y que, en definitiva, pone en marcha los mejores registros y cualidades de un actor.
Cabe citar, por ejemplo, los casos de Hijos de un dios menor (1986, Randa Haines) o Mi pie izquierdo (1989, Jim Sheridan). Ambos se hicieron con muy bajo presupuesto por tratarse de la “opera prima”
de dos jóvenes directores; y, sin embargo, los dos se caracterizaron por las impresionantes actuaciones de los protagonistas. Hijos de un dios menor obtuvo un Oscar a la mejor actriz – una sordomuda interpretándose a sí misma- y una nominación al mejor actor (William Hurt); y Mi pie izquierdo -con gran escándalo de los norteamericanos- ganó dos Oscars para actores ingleses: el de mejor actor principal para Daniel Day-Lewis (su interpretación de Christy Brown es sencillamente genial) y el de mejor actriz secundaria para Brenda Ficker, en el papel de enérgica, fuerte y tierna madre de familia.
Otras películas también premiadas con el Oscar al mejor actor fueron Rain Man -por la magnífica interpretación de Dustin Hoffman, que da vida a un autista- y Esencia de mujer (1992, Martin Brest) -por la sensible y eficaz actuación de Al Pacino, en la piel de un ciego amargado-. Todo el mundo ha reconocido la calidad demostrada en esas actuaciones, que probablemente sean -para uno y otro actor, respectivamente- la mejor de toda su carrera.
Otros filmes con brillantes interpretaciones fueron Nacido el 4 de julio (1989, Oliver Stone)
con Tom Cruise en el personaje de un paralítico, El aceite de la vida (1992, George Miller) con Susan Sarandon como la madre atormentada del enfermo Lorenzo, Despertares (1990, Penny Marshall) con Robert de Niro como el Leonard afectado de encefalitis letárgica, y Passion Fish (1992, John Sayles)
con Mary McDonnell como la actriz paralítica tras un accidente de carretera). Todas ellas impresionaron a la crítica y provocaron la adhesión incondicional del público, aunque se quedaran en la nominación, sin la tan ansiada estatuilla. Cabe destacar, por último, que el breve papel de Julia Roberts en Magnolias de Acero (1989, Herbert Ross)
como madre valerosa en su enfermedad de diabetes, le valió no sólo la nominación a la mejor actriz secundaria, sino también el definitivo lanzamiento a la fama.
Importancia de los vínculos familiares
Otro de los rasgos que caracterizan a este grupo de películas es la importancia que el guión concede al contexto familiar: tanto en la recuperación del paciente como en su posterior integración a la vida.
En Rain Man, Charlie encuentra una nueva vida junto a su hermano autista. Expulsado del hogar, enemistado con su propio padre y anhelante de un cariño que nunca tuvo, el joven empresario descubre en Raymond el hermano con el que siempre sonó: el hombre que le contaba cuentos en las noches de lluvia (“El hombre de la lluvia” es en inglés Rain Man, que no es sino la desfiguración infantil de “Raymond”). √âl fue, en definitiva, la mano amiga que veló sus sueños en noches oscuras. A partir de ahí, Charlie cambia: es otro. Ya no le interesa la herencia, ni el éxito de su negocio. Lo único que le importa es su hermano: el único retazo de su destrozada familia, tras la muerte de sus padres.
Mi pie izquierdo es también la historia de una familia. Desahuciado por los médicos, olvidado casi por su alcoholizado padre, Christy Brown encuentra en sus hermanos y, sobre todo, en su madre, el apoyo para seguir viviendo. Su esfuerzo por aprender, por no doblegarse ante la inmovilidad y la desesperación, tiene siempre el resuello en alguna escena familiar que le infunde nuevos ánimos y da sentido a su lucha. Cuando, mediado el filme, el padre sufre un repentino ataque al corazón, el único consuelo que podrá recibir vendrá precisamente de su hijo paralítico, que se arroja sobre su cuerpo yaciente para darle el último y definitivo abrazo de reconciliación.
Ya hemos mencionado antes, al comentar Magnolias de acero, la beneficiosa influencia que las decisiones de Shelby tienen en toda su familia, y muy especialmente en su autoritaria y dominante madre. Ahora conviene señalar que, en otros filmes, el influjo es de sentido contrario: de la familia sobre el enfermo. Es el caso, por ejemplo, de El aceite de la vida: película que subraya con claridad el importante papel de la madre en la detención de la enfermedad de su hijo Lorenzo y en el logro de que éste no deje nunca de luchar y de seguir con vida.
También es el caso de A
propósito de Henry (1991, Mike Nichols)
o El doctor (1991, Randa Haines). En ambas historias, un hombre autosuficiente y distanciado de su mujer descubre en la enfermedad (amnesia de Henry, cáncer de MacKee) que llevaba muchos años perdiendo lo mejor de su vida y de su familia. “Me he perdido once años de su vida -irá Henry, al final de la película, a la fría y atildada maestra del colegio de su hija-. Son muchos años, y no quiero seguir perdiéndola”.
La figura del médico como personaje catalizador
Como último punto característico, cabe señalar la importancia que, en la mayoría de estos filmes, adquiere también la figura del médico: no ya como simple “sanador” de la enfermedad, ni como alguien que después le facilita reintegrarse a la vida. El médico es aquí mucho más: es un amigo, un confidente, un auténtico padre en la mayoría de los casos.
En la película Despertares, el doctor Oliver Sacks lo es todo para esos enfermos que despiertan de nuevo a la vida: se juega todo -la salud, el prestigio y aun su futuro puesto de trabajo- por dar un poco de felicidad a sus pacientes. Algo similar ocurre en Elegir un amor (1991, Joel Schumacher), donde una enfermera inexperta aportará algo más que conocimientos médicos a un angustiado enfermo de leucemia: le aportará confianza, cariño, ternura y un nuevo sentido para su vida.

En la película A propósito de Henry, el joven fisioterapeuta de color enseñará a Henry lo verdaderamente importante en la vida, En Esencia de mujer, un muchacho lazarillo descubrirá al amargado invidente que puede hacer todavía muchas cosas por él y por los demás. Y en Mi pie izquierdo, la doctora Eileen Cole -de quien Christy se enamora- y la enfermera Mary -con quien finalmente se casa- suponen para el joven paralítico un motivo constante por el que vivir, amar y tratar de superar las propias deficiencias.

Conclusión
Llegamos al final de estas reflexiones. A lo largo de varias páginas hemos ido señalando los rasgos esenciales que definen una nueva tendencia -tal vez una nueva sensibilidad- dentro del cine de los noventa. Hemos visto que se trata de un fenómeno circunscrito a los anos 1988-1992 y fundamentalmente a la industria de Hollywood; que abarca tres núcleos temáticos en torno al dolor: el mundo de los disminuidos, la experiencia traumática de un accidente, y la enfermedad como redención de sí mismo o del entorno; que agrupa películas basadas en casos reales y publicados; que se caracteriza por fuertes y logradas interpretaciones (tanto por la elección de los actores como por la temática en sí, que se presta a brillantes actuaciones); que sus historias conceden gran importancia a los vínculos familiares; y que en todas ellas el médico actúa como personaje catalizador de hondas transformaciones.
Algunas de estas películas tratan de mostrarnos cómo se siente una persona impedida o inválida desde su nacimiento (Mi
pie izquierdo); otras, muestran veladamente todo lo que esos enfermos pueden enseñarnos sobre la vida (Rain Man); y aun otras vienen a decirnos: “Vale la pena dedicar todo nuestro esfuerzo a que unos pobres aletargados puedan gozar un poco de esa felicidad que nosotros poseemos” (Despertares). Lo más común a todas ellas es subrayar la radical dignidad de esas personas que sufren. Son hombres, a pesar de todo: por eso merecen nuestra atención y por eso deben ser alentados a luchar para seguir viviendo.

A veces, su dolor o su enfermedad les hacen especialmente sensibles a cuestiones que a nosotros se nos escapan; y manifiestan una solidaridad que nosotros no sabemos descubrir. Tal vez por eso se nos antoja tan certera esa acusación de Leonard (Robert de Niro) en Despertares cuando, vuelto a la consciencia, descubre lo infravalorado del don de la vida entre las personas sanas: “Ustedes son los enfermos, no nosotros”.


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