Fu-Manchú, en realidad, no trabaja para nadie: se sirve de todos para lograr sus propios fines: un mundo esclavizado en el que la raza oriental ha resurgido por fin, y que el gobierna con mano de hierro.

El Doctor Fu-Manchú: Inventado por Sax Rohmer, a partir de un célebre jefe mafioso chino (Mister King), sobre el cual el propio Rohmer había recopilado información en su época de periodista, el Doctor Fu-Manchú es un genio absoluto. Al igual que “el Napoleón del Crimen”, el despiadado Profesor Moriarty, de los relatos de Sherlock Holmes, Fu-Manchú posee una inteligencia y un talento absolutamente excepcionales: es un super-hombre del mal. Se sabe que es de un mandarín de alta estirpe (en algunas novelas se especula con la posibilidad de que sea príncipe). En las primeras novelas se pensaba que trabajaba para el gobierno chino, y posteriormente para la organización asiática conocida como Si-Fan.
De él, dice Nayland-Smith: “…Imagínese una persona alta, delgada y felina, de hombros anchos, cejas a lo Shakespeare y cara de demonio, el cráneo afeitado y unos ojos alargados, magnéticos, verdes como los de un gato. Dótele usted de toda la astucia cruel de la raza oriental pero concentrada en una única inteligencia gigantesca, con todos los recursos de la ciencia antigua y actual, con todos los recursos, también, de un gobierno poderoso y que, no obstante, ha negado siempre tener siquiera conocimiento de su existencia. Imagínese ese ser monstruoso y tendrá usted el retrato mental del doctor Fu-Manchú, el peligro amarillo encarnado en una sola persona”.
Fu-Manchú habla perfectamente todos los idiomas conocidos, y es un reconocido erudito y genio en todos los campos de la ciencia (incluso en algunos tan oscuros como la alquimia). Experimenta con drogas y elixires, que pueden provocar catalepsias y comas, o que pueden alargar indefinidamente la vida. Experimenta con los genes, creando de la nada seres espantosos, clones primitivos que él llama “homúnculos”, o alterando la naturaleza de las plantas y los animales, creando monstruosos híbridos, la mayoría de ellos letales.
Conforme fuimos conociéndole, comenzamos a ver que, fuera de sus locos sueños de conquista y de sus experimentos contra natura, en el fondo era un tipo majo. El doctor Petrie, principal ayudante de Nayland-Smith (como Watson lo era de Holmes), le caía muy bien, y siempre se portó muy bien con él. Cuando el pobre doctor (que con las pocas luces que tenía, no sé cómo podría haberse sacado la carrera) caía en las garras de Fu- Manchú, este se tiraba el rollo con él, le trataba de maravilla, y la mayoría de las veces lo liberaba, reconociendo que sentía hacia el doctor, un especial afecto. El mandarín, además, admira a su archinémesis: el inspector Dennis Nayland-Smith, y reconoce que un hombrede gran valía. En más de una ocasión, tiene su vida en sus manos y se la devuelve, para pagar una deuda de honor. De modo que tiene sentido del honor. También es un gran perdedor, llegando incluso a felicitar de corazón, a unos novios (en el día de su boda) que anteriormente han frustrado sus planes. Un buen jugador.
Fah-Lo-Sue: Es la hija del doctor Fu-Manchú. Ha heredado su sangre fría, sus pocos escrúpulos, sus ojos verde jade (algo desconcertante en un asiático), y gran parte de su inteligencia. Lamentablemente para el pobre doctor, no es lo que Fu-Manchú esperaba exactamente. No siente una especial lealtad hacia su padre, a quien no duda en perjudicar si cree que merece la pena. Además, todo hay que decirlo, al pobre doctor le ha salido una hija un poco guarra. Es memorable la escena de La hija de Fu-Manchú, en que le propone “un trío” a Shan, el protegido de Lionel Barton: ella misma, Shan y Rima (la novia de este último). Por supuesto, el idiota de Shan se escandaliza, y se niega, horrorizado. (Eran otros tiempos). Siempre a la sombra de su padre, esta hermosa y peligrosa mujer, espera su oportunidad.
Sir Dennis Nayland Smith: Concebido por Rohmer, como una suerte de Sherlock Holmes, Nayland Smith resulta en ocasiones grosero y desagradable: la importancia de su misión es tan grande, y le obsesiona tanto, que no tiene tiempo de ser educado con la gente. De aspecto descuidado, alto y fibroso, de piel curtida por el sol de los trópicos, Smith desprende y transmite una energía que parece no agotarse nunca. Fu-Manchú y él son viejos conocidos: se temen y respetan, y ninguno parará hasta que haya destruido al otro. Nayland tiene una pipa -una cachimba-, maltratada por las cerillas, y que se le apaga cada dos por tres. Conoce las tradiciones de Oriente y siempre intenta anticiparse a los planes de Fu-manchú. Cuando piensa, se pellizca distraído el lóbulo de la oreja.
El doctor Petrie: Al igual que Watson, Petrie no es demasiado inteligente -de hecho, su estupidez es en ocasiones motivo de risión-, pero es un buen hombre, de firme voluntad y corazón de oro. Su principal virtud: tiene una suerte prodigiosa, antinatural, lo cual, unido por la simpatía que Fu-manchú siente hacia él, le convierte en alguien que siempre se salva de las garras de la muerte. Petrie se enamoraría de una bellísima sirvienta de Fu-Manchú: Karamaneh. Petrie se casaría con ella en un período de tiempo que trancurriría entre la tercera y la cuarta novela. A partir de la cuarta novela: La hija de Fu-manchú, el papel de Petrie en las novelas cambia radicalmente. En las tres primeras, las de ritmo más trepidante, Petrie narra en primera persona todo lo que acontece: es el verdadero protagonista de los relatos. En La hija de Fu-manchú han pasado casi diez años desde que se diera por muerto al malvado mandarín. Petrie y Karamaneh llevan ya, mucho tiempo casados, y sus papeles son ahora más secundarios, pasando el protagonismo y la narración a manos de otros individuos más jóvenes (y siempre en primera persona).
Karamaneh: Su nombre significa “la esclava”. Se encapricha con Petrie nada más verle, en el relato “El beso Zayat” (germen de la primera novela de Fu-Manchú). Pese a trabajar para el malvado doctor oriental, Karamaneh se enamora de Petrie y procura ayudarle siempre, aun a costa de traicionar a su amo. Al final conseguiría librarse de su cautiverio (y el de su hermano, también rehén de Fu-manchú), y se casaría con Petrie, dándole una hija (en la que Fu-Manchú se fijaría especialmente).
Inspector Jefe Weymouth: La versión “fumanchuana” del inspector Lestrade de Sherlock Holmes, solo que aquí no compite con Nayland Smith, sino que se pone a sus órdenes como un perro fiel y obediente. No es ningún genio, pero tampoco es un inepto. Saldría bastante, no sólo en las novelas ambientadas en Inglaterra sino también en las ambientadas en Egipto.
Sir Lionel Barton: Reputado arqueólogo e investigador, es un hombre excéntrico que, sin desearlo, atrae constantemente la atención del Doctor Fu-manchú. Tiene la mala costumbre de cruzarse, en el curso de sus estudios, en el camino del doctor chino, y su vida ha corrido peligro en numerosas ocasiones, llegando a quedar en coma, prisionero, cataléptico… menos mal que Nayland-Smith y Petrie andan siempre por allí.
Shan Greville: Tomó el relevo a Petrie como narrador y protagonista en “La hija de Fu-Manchú” y “La máscara de Fu-Manchú”. Es el típico jovenzuelo aventurero cursi de los años treinta. No es demasiado listo, pero, al igual que Petrie tiene una suerte increíble. La hija de Fu-Manchú está loca por sus huesos, pero él sólo tiene ojos para Rima, la sobrina de sir Lionel Barton.
Rima Barton: Sobrina de sir Lionel, y fotógrafa de sus expediciones, era el modelo típico de heroína de los años treinta. Es irlandesa, y su vena celta asoma por cierta intuición especial que se manifiesta con premoniciones y “yuyus” que le dan cuando va a ocurrir algo malo. ¿No será una Banshee? Al final de la novela “La máscara de Fu-Manchú” se casa con Shan Greville, recibe una afectuosa y deportiva felicitación de Fu-Manchú, y desaparece de escena junto con su marido.
Alan Sterling: Este sano muchachote de ascendencia escocesa, nació en el medio Oeste Norteamericano. Pese a ser un botánico especialista en orquídeas, no es un ratón de biblioteca, sino que recorre las selvas de medio mundo exponiéndose a toda clase de peligros en nombre de la ciencia. Es un prototipo que recuerda bastante al de Merrit, concretamente al Dr Walter Goodwin, de “The Moon Pool”. Precisamente, en un viaje al Amazonas, contrae la fiebre amarilla, y es llevado a la costa francesa a pasar su convalecencia, concretamente a la villa del Doctor Petrie. El pobre Alan no lo sabe, pero está a punto de enamorarse (de Petrie no, claro) y de conocer al malvado doctor Fu-Manchú, protagonizando, casi en exclusiva La novia de Fu-Manchú.
Fleurette: La mujer de los sueños del pobre Alan Sterling, es una criatura extraña y misteriosa, unida por una inquebrantable lealtad a su tutor Madhi-bey, que en realidad es cierto chino malo de ojos verdes que todos conocemos. La deliciosa Fleurette recuerda bastante a Karamaneh -la cual se ha convertido en una madurita muy hermosa-, pero en versión joven. Y su origen y parentesco guardan un increíble secreto -que, pese a todo, se ve venir-, pero que no voy a desvelaros.
Fah-Lo-Sue: Es la hija del doctor Fu-Manchú. Ha heredado su sangre fría, sus pocos escrúpulos

La Venganza de Fu-Manchú

El castillo de Fu-Manchú
Fu-Manchú en el Cine
1921: The Yellow Claw
1923: The Mystery of Fu-Manchú
”El menos conocido de todos los filmes sonoros de Fu-manchú es aquel que introdujo al personaje en la recién abierta era del sonido. Con The Mysterious Dr. Fu-Manchú,
Paramount lanzó una serie de tres películas protagonizadas por Warner Oland, que pronto alcanzaría gran fama como el detective Charlie Chan. La película nos narra los comienzos de la vida criminal del doctor: las muertes de su mujer e hijo durante la rebelión de los Boxers, lleva al Dr. Fu-Manchú a matar, uno a uno, a todo los colonialistas británicos que consiguieron extinguir dicha rebelión, usando lo que un espectador contemporáneo llamaría “diabólicos conocimientos y aberrantes métodos”. El aura de misterio y amenaza se deben al director Rowland V. Lee, que usaría técnicas similares en posteriores thrillers tales como Son of Frankenstein (1939).
1930: The Return of Dr. Fu-Manchú
Fue el primer filme en estrenarse en España sobre el personaje.
Aquí lo llamamos: “La expiación de Fu-Manchú”.
1930 Paramount on Parade
La tercera aparición de Warner Oland como Fu-Manchú se dio en “Murder Will Out”, un sketch de comedia que formaba parte de Paramount on Parade, uno de esos films plagados de estrellas a que los estudios eran tan dados. El filme fue rodado tanto en blanco y negro como en Technicolor. Por desgracia, los segmentos en color se han perdido.
Y por suerte, los fragmentos en B/N, incluyendo ‘Murder Will Out,’ permanecen. En el sketch, Clive Brook como Sherlock Holmes forma equipo con William Powell como Philo Vance contra el diabólico doctor: Oland. Es una payasada de sketch, en el que Fu-Manchú se ve obligado a disparar a los detectives para demostrarles que es un asesino. Era la primera vez que Sherlock Holmes moría en la pantalla (aunque fuera de coña).
Once directores y una lista de intérpretes incluía a Maurice Chevalier, Richard Arlen, Jean Arthur, William Austin, George Bancroft, Clara Bow, Evelyn Brent, Mary Brian, Clive Brook, Virginia Bruce, Nancy Carroll, Ruth Chatterton, Gary Cooper, Cecil Cunningham, Leon Errol, Stuart Erwin, Kay Francis, Skeets Gallagher, Harry Green, Mitzi Green, James Hall, Phillips Holmes, Helen Kane, Dennis King, the Abe Lyman Band, Fredric March, Nino Martini, Mitzi Mayfair, David Newell, Jack Oakie, Warner Oland, Zelma O’Neal, Eugene Pallette, Joan Peers, William Powell, Charles “Buddy” Rogers, Lillian Roth, Stanley Smith y Fay Wray.
1931: Daughter of the Dragon
Daughter of the Dragon (Paramount, 1931), 70 min
Estrenado en España como “La hija del dragón”
Deseando vengar a su padre moribundo, Ling Moy se topa con Ah Kee (Sessue Hayakawa), un investigador de Scotland Yard.
Es la única película que presenta a Anna May Wong y a Sessue Hayakawa juntos en papeles protagonistas, y es el primer filme sonoro que Hayakawa hizo en Hollywood.
1932: The Mask of Fu-Manchu
Título en España: “La máscara de Fu-Manchú”
Tras descubrir un arqueólogo británico la localización de la tumba de Genghis Khan, una expedición parte a Mongolia para conseguir la espada y la máscara de Genghis Khan antes de que la Mente-Maestra criminal, el Dr. Fu-Manchú pueda usar las reliquias para proclamarse nuevo Khan, y conducir a las razas orientales en una masiva jihad que acabe con la raza occidental.
Suena como una aventura bastante trepidante, pese a cierto tufillo a “peligro amarillo”. (“Nunca podremos comprender a las razas orientales”, entona solemnemente Nayland Smith.)
Tenemos aquí tumbas sin hollar, cámaras de inenarrables torturas, generadores Van de Graaf, drogas de control mental, sacrificios de vírgenes y un arma de rayos, aunque a uno le queda un saborcillo de que podría haberse hecho algo más.
Boris Karloff, como Fu-Manchú, realiza un trabajo muy digno al meterse en la piel del personaje de Sax Rohmer, pero es la inteligente Myrna Loy, como la hija de Fu-Manchú la que parte el bacalao. Esta excelente actriz, que lo mismo te interpretaba a una dama “bien” como Nora Charles, que a una diablesa chinita con ardores vaginales, como Fah-Lo-Sue, le di
el punto salvaje a la cinta.
Es memorable la escena en la que Charles Starrett es cosido a latigazos mientras Fah Lo Sue, excitada, urge a los pobres Dacoits para que azoten: “Faster! Faster!”.
Hace poco, la compañía Turner ha remasterizado la cinta para su edición en DVD, recuperando unos cuatro minutos que se habían perdido. Casi todos los fragmentos recuperados atañen a situaciones o diálogos en los que el malvadísimo Fu-Manchú lanza amenazas anti-occidentales.
Aunque casi ninguna de las escenas en la que los personajes ingleses hablaban mal de oriente fueron censuradas, si lo fueron, en cambio, aquellas en las que Fu-Manchú se excedía más, en un intento de no molestar a China, por entonces aliada de EEUU contra Japón. De cualquier modo, dichas escenas se las traen, aún hoy, como cuando Fu-Manchú discute abiertamente con su igualmente perversa hija sobre sus proyectos sexuales con el robusto héroe inglés; aparte de los esquemas típicos y amenazas a Occidente, hay un diálogo de Karloff increíble de escuchar, donde Karloff, revelando su poder, proclama a sus pan/asiáticos aliados que “¡MATAREMOS al hombre blanco y TOMAREMOS a sus mujeres!”. Flipante.
1940: Drums of Fu-Manchú
Presentando a Henry Brandon y Robert Kellard (Serial de la Republic)
15 Episodios (269 minutos). Estrenado en España en tres jornadas, con los títulos: Los tambores de Fu-Manchú, La venganza del Si-Fan, y La venganza de FuManchú.
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1942: Fu-Manchú Strikes Back
La Republic tenía en mente un segundo serial, Fu-Manchú Strikes Back, pero el proyecto fue abandonado en Julio de 1942, Debido a la presión del gobierno chino (EE.UU. estaba en guerra, y no estaba dispuesta a ofender a posibles aliados) y el U.S. State Department requirió que la producción fuera “temporalmente pospuesta” con la excusa burocrática de “no hacer que nuestros aliados queden mal”.
Adaptado del Serial del mismo título.
Utilizando el serial de quince episodios de tres años antes, Republic volvió a montar Drums of Fu-Manchú como una película.
1965: The Face of Fu-Manchú
Primera película en Color de nuestro Maestro asiático del crimen. El entrañable Christopher Lee, que por aquel entonces se atrevía con todo, se nos disfrazó de chinito. Tengo ganas de verle de Saruman. La primera de las cinco que hizo, y la mejor.
1966: Brides of Fu-Manchú
También estrenada en España, Alemania, Francia y Dinamarca.
1966: Las 13 Novias de Fu-Manchú.
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Producción británica de Harry Alan Towers.94 mins. Color. Intérpretes: |
Fu-Manchú y su hijita secuestran a las hijas de varios científicos para forzarles a construir una poderosa arma de ultrasonido, y a instalar en sus paises las antenas que harán que Fu-Manchú pueda destruir cualquier cosa del mundo sin moverse de su salita. Curioso el papel del jovenzuelo egipcio, el único en el que todas las cautivas confían… ¿Por qué sería?
1969: The Blood of Fu-Manchu
También estrenada como:
1968: Against All Odds
1968: Fu-Manchú and the Kiss of Death
1968: Fu-Manchú’s Kiss of Death
1968: Kiss and Kill (U.S.)
1968: Kiss of Death
1968: Todesku_ des Dr. Fu-Manchú, Der
1970: Fu-Manchú y el beso de la muerte
Coproducción anglo-hispano-germano-norteamericana. 91 mis. Color.
Director: Jesús Franco
Guión: P. Welbeck, J. Franco y M. Kohler
Intérpretes: Christopher Lee, Tsai Chin, Richard Greene, Gotz George, Maria Rohm, Ricardo Palacios, Howard Marion Crawford.
Un veneno milenario que mata a los hombres, pero al que las mujeres son inmunes, es el nuevo instrumento de venganza del pobre doctor chino, que intenta, por enésima vez, cargarse a Nayland Smith. Primera película de Jesús Franco.
Poco presupuesto. Muchas mozas ligeras de ropa. Muy divertida.
1969: The Castle of Fu-Manchú
También estrenada como:
1969: Assignment Istanbul
1969: Castello di Fu-Manchú, Il
1969: Folterkammer des Dr. Fu Man Chu, Die
1969: Fu-Manchú’s Castle
1969: The Torture Chamber of Fu-Manchú
1972: Castillo de Fu-manchú, El
Coproducción anglo-hispano-germano-italiana. 92 mins. Color
Dirige: Jess (Jesús) Franco.
La última de todas, y desde luego, la peor, con mucha diferencia. Desde su castillo secreto en Turquía, el pobre doctor intenta conquistar el mundo una vez más. Usaba imágenes de otras películas (algunas de ellas de Fu-Manchú), y se dice que se rodó en España, intentando hacer pasar algunos parajes por Turquía. Triste final para esta saga.
1980: The Fiendish Plot of Fu-Manchú
Producción británica. 108 min. Color.
Dirigida por Piers Haggard.
Aquí la estrenaron como: El diabólico plan del Dr. Fu-Manchú
Una comedia poco inspirada, en plena decadencia del finado Peter Sellers, que, por cierto, falleció antes de finalizar el rodaje, por lo que hubieron de remontarla, e incluso utilizar algunos dobles. El resultado no fue muy allá.
1986: Esclavas del Crimen
Director: James Lee Johnson (pseudónimo de Jesús Franco).
Lina Romay aparece como la hija de Fu-Manchú, maquillada con una exótica máscara de ojos a lo oriental y con un peinado demoledor. La acción se desarrolla “en un exótico rincón del Lejano Oriente, paraíso de la droga y la corrupción”.
Los miembros de la banda de rock “Rocky Walters” son secuestrados por sus seductoras agentes, y transportados a un hotel en la jungla, que ejerce de campamento armado. Allí serán drogados, torturados, y forzados a ceder dinero a diversas cuentas bancarias.
Este imperio criminal está siendo investigado por un detective experto en kárate y por un agente de la Interpol que lleva un niki rosa. La película alcanza su clímax con un ataque aéreo que cubre de Napalm el campamento. Sicodélico.
1990: La Hija de Fu-Manchú
Producción española. 20 minutos. Color.
Un corto dirigido por los muchachos de La Cuadrilla, en el que nuestro apreciado Jacinto Molina, o Paul Naschy se pone en la piel de Fu-Manchú.
Fu-Manchú en TV
1949 “The Queen of Hearts” y “The Coughing horror”
Producción británica de la BBC.
1952 “The Zayat”
Herles Enterprise, USA. 26 mins. B/N.
1955-1956 “The Adventures of Fu-Manchú”
Hollywood Television Productions. 13 Episodios de 30 Min. B/N.
LA AMENAZA AMARILLA
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Martirios chinos
Dos producciones británicas mudas, El misterio de Fu-Manchú (1923, A.E. Coleby)
y Nuevo misterio de Fu-Manchú (1923, A.E. Coleby) presentaron en las pantallas al personaje, que se sentía heredero de Gengis Khan y soñaba con levantar a toda Asia contra el hombre blanco. La primera es un serial de quince episodios y la segunda, de ocho. El doctor era interpretado por Harry Agar Lyon. Al llegar el sonoro cedió el papel a Warner Oland, que protagonizó tres películas para la Paramount: El Misterioso doctor Fu-Manchú (1929, Rowland V. Lee), con nada menos que Joseph Mankiewicz como co-guionista; y en los dos años sucesivos, El Regreso del doctor Fu-Manchú (1930, Rowland V. Lee) y La hija del Dragón (1931, Lloyd Corrigan). Con ellas el público occidental fue enterándose de lo que es un buen martirio chino.
Pero fue un año después cuando se estrenó la obra maestra.
La Máscara de Fu- Manchú (1932, Charles Brabin/Charles Vidor) es un indiscutible clásico de la aventura, la ciencia ficción, el horror y hasta un manual de ocultismo. Unió a dos directores, el maestro de los años 20 —al final de su carrera— Charles Brabin y el debutante Charles Vidor, autor después de obras tan afamadas como Gilda (1946, Charles Vidor). El cóctel lo completaba un deslumbrante Boris Karloff recién salido de la piel de la criatura de Frankenstein (1931, James Whale)
y con varias horas de maquillaje que le hacían irreconocible en el papel del pérfido oriental.

Mirna Loy en
La Hija de Fu-Manchú
Es una superproducción de la Metro con impresionantes efectos especiales, como la antológica secuencia en que Fu-Manchú perece víctima de sus rayos mortales. Como destaca el crítico José María Riba, La Máscara de Fu-Manchú plantea inconscientemente una parábola anticolonialista, con lo más tradicional de Occidente enfrentado a la modernidad oriental. En esta mítica cinta una expedición británica descubre la tumba de Gengis Khan, cuya espada y máscara de oro codicia también el diabólico doctor Fu-Manchú, para simbolizar el imperio que pretende crear sobre la sangre de los blancos. Para ello no duda en emplear en sus víctimas las más sofisticadas torturas. Fue una película que pasó a la historia no sólo por su sadismo, sino por su nada disimulada carga erótica e incluso homoerótica. En dirección artística y sentido de la fantasía moderna, La Máscara de Fu-Manchú se adelantó varias décadas a su tiempo.

De Hammer a Jesús Franco
Durante los años cuarenta y cincuenta nuestro malvado héroe sería pasto de series de cine, como la genial Tambores de Fu-Manchú (1940-1943, John English / William Witney), que rodó Republic, y de televisión, Las Aventuras de Fu-Manchú (1956, William Witney/Franklin Adreon). Incluso existe una desconocidísima película española de 1946 que alguien debería rescatar del olvido. Se trata de El otro Fu-Manchú (1946, Ramón Barreiro), de Ramón Barreiro, con Manuel Requena como obeso Dr. Fu-Manchú.

El otro Fu-Manchú,
una ignota versión española
Ya en los años sesenta rebrota el subgénero en cine con varias producciones europeas que recuperan al doctor, que pasaría a ser patrimonio del gran Christopher Lee, y al pendón de su hija, por desgracia nunca más interpretada por Mirna Loy. Son títulos como El rostro de Fu-Manchú (1965, Don Sharp) y La venganza de Fu-Manchú (1968, Jeremy Summers), coproducciones anglo-alemanas. La primera es un remake de la película de Brabin y Vidor, y la segunda sitúa a Lee luchando contra Scotland Yard para convertirse en el criminal internacional numero uno. Entre ambas está la estupenda Las 13 novias de Fu-Manchú (1966, Don Sharp). En ella el sabio oriental secuestra a las hijas de prominentes científicos para forzar a sus padres a que colaboren en la construcción de un mortífero rayo. Christopher Lee encarnó a Fu-Manchú en cinco películas en las que su eterno enemigo, el inspector Naylan Smith fue interpretado por Douglas Wilmer y Nigel Green.

Los tambores de Fu-Manchú, un serial para el cine
Las dos últimas películas de Fu-Manchú en los sesenta tienen el especial atractivo de estar realizadas por el director español más prolífico y últimamente más reivindicado, Jesús Franco. Fu-Manchú y el beso de la muerte (1968, Jesús Franco), coproducción de cuatro países rodada en España y Brasil, bascula entre la genialidad y el ridículo. Estrenada con ocho títulos distintos, el mortal ósculo al que hace referencia el español es la sustancia cegadora que transmiten en su beso las esclavas de Fu-Manchú, a cual con menos ropa. Destaca un estupendo Ricardo Palacios como bandolero brasileño.
El Castillo de Fu-Manchú (1969, Jesús Franco) es todavía mejor, y a pesar de rozar el porno blando, fue pasto durante años de sesiones matinales para niños que quedamos indeleblemente marcados. Es, junto a Miss Muerte (1966, Jesús Franco) la película favorita de Jesús Franco, que la dota a partes iguales de caspa y sincero homenaje al cómic y los seriales de ciencia ficción. En esta ocasión Franco rodó a caballo de Barcelona y Turquía. Peter Sellers fue al mismo tiempo Fu-Manchú y su enemigo Nayland Smith en El diabólico plan del Dr. Fu-Manchú (1980, Piers Haggard), una floja comedia de 1980. Y en 1990 fue Paul Naschy quien interpretó al malvado oriental en La hija de Fu-Manchú’72 un corto de Santiago Aguilar.
De nuevo en el cine iba a ser Alex de la Iglesia, el encargado de resucitar al más diabólico de los orientales. El autor de El día de la Bestia (1995, Alex de la Iglesia) y Acción mutante (1992, Alex de la Iglesia) había previsto su regreso al fantástico con una nueva entrega de Fu-Manchú que se rodaría en Málaga, Londres y Bankog. El reparto internacional estaba elegido: Antonio Banderas sería Nayland Smith y el doctor Fu-Manchú estará interpretado por Michael Caine. Era una superproducción de Andrés Vicente Gómez y ahí estuvo el problema. El Fu-Manchú de Alex de la Iglesia se fue al garete por veinte millones de dólares de nada. El director pedía duplicar el presupuesto que el productor estaba dispuesto a invertir: uno de los muchos proyectos de lujo que últimamente se han frustrado por desavenencias entre Gómez y los directores. Habrá que esperar hasta que La amenaza amarilla ataque de nuevo.
Fu-Manchú no ha muerto
Cuando las ficciones se convierten en realidad
¿Pueden las películas revelarnos algo del porvenir? ¿Tienen algún poder para influir en su fisonomía? Éstas son las preguntas que intenta contestar Pablo Francescutti en su ensayo “La pantalla profética” (Ed. Cátedra), que lleva como subtítulo: “Cuando las ficciones se convierten en realidad”. La tesis de Francescutti es la siguiente: el cine es un eficaz modelador de las percepciones del futuro. Podríamos decir que “la realidad imita al cine”, pero puede que debamos hablar más bien de una influencia mutua entre la vida y el cine. Toda la vida es cine, decía Aute. Y el cine es la vida a 24 fotogramas por segundo, sostenía Truffaut.
En 1938, Orson Welles desató el pánico en Nueva York con la emisión radiofónica de La guerra de los mundos, una novela de H.G. Wells. Al huir despavoridos ante esa dramatización de una invasión alienígena, los neoyorquinos confundieron la ficción con la realidad. Pero el cine ha superado a la radio porque, si bien la “psicosis marciana” producida por Orson Welles alteró la vida de los habitantes de Nueva York durante unas horas, las películas de ciencia ficción produjeron efectos a largo plazo en los contornos y contenidos del porvenir del occidente industrializado. El cine ha sido muchas veces la continuación de la política por otros medios (y, a veces, por otros miedos). Entre finales de los años 40 y principios de los 50, por ejemplo, el Gobierno norteamericano (compinchado con las Fuerzas Armadas, la ciencia y la industria), utilizó la amenaza de un ataque soviético por sorpresa para justificar el gasto en armamento y la represión del discurso pacifista. En ese contexto debemos entender una película como Ultimátum a la Tierra (1951, Robert Wise), que es un alegato de quienes en Hollywood simpatizaban con la FAS (Federación de Científicos Atómicos) y sus propuestas de una autoridad mundial integrada por científicos y el control de la energía nuclear. En Ultimátum a la Tierra, los alienígenas y los científicos son los “buenos” y los militares los “malos”, y el gobierno mundial viene impuesto desde fuera (los extraterrestres) porque militares, políticos y científicos son incapaces de llegar a un acuerdo. Pero el discurso pacifista de Ultimátum a la Tierra no tuvo continuidad en Hollywood. El cine ya era algo más que cine, y no se podía consentir que la fábrica de sueños avivase el miedo y la desconfianza en una política centrada en el armamentismo y la confrontación con la URSS. Así que se acabaron los alienígenas buenos y “tutelares” como el Klaatu de Ultimátum a la Tierra y se desarrolló una síntesis entre el mito del «peligro amarillo” (Fu-Manchú) y el “peligro alienígena”: el resultado fue el subgénero cinematográfico de la “invasión marciana”.
En El enigma de otro mundo (1951, R. Nisby) se ofrece un mensaje opuesto al de Ultimátum a la Tierra denunciando la alianza “contra natura” entre el investigador y el ser de otro mundo. En La guerra de los mundos (1953, Byron Haskins), se suprimen las alusiones al genocidio colonial de la novela de Wells (el ataque marciano a Inglaterra es comparable con el exterminio de los nativos de Tasmania, y el inesperado final alude a las bajas de los ejércitos europeos en Asia y África a causa del paludismo, la disentería y otras enfermedades tropicales) para mantener la tesis, acorde con la propaganda oficial, de la indefensión nacional ante el ataque sorpresivo de un enemigo todopoderoso. El cine es la vida, verdaderamente. Y más cuando caemos en la cuenta de que hasta el estreno de Ultimátum a la Tierra nadie había hablado aún de contactos personales con emisarios extraterrestres, ni menos de haber recibido de ellos mensaje alguno, pero a partir del estreno de la película encontramos testimonios de muchas personas que aseguraron haber visto ovnis y ya tenemos el primer «contactado» por los extraterrestres: George Adamski, un norteamericano «utilizado» por los venusianos para instar a la humanidad a detener sus actividades bélicas que ponían en peligro la armonía universal.
Las relaciones entre el cine de ciencia ficción y la vida muestran curiosas “coincidencias”. Ronald Reagan protagonizó en 1940 la película Murder in the Air, que trataba sobre el “arma más terrorífica jamás inventada”: el proyector de inercia, un lanzarrayos capaz de detener en el aire a los aviones en un radio de 4 millas. 43 años después, Reagan es presidente de los Estados Unidos y pronuncia un discurso inspirado en la imaginería de esa película: un sistema de defensa que haría obsoletas las demás armas consistente en una red de satélites que cubriría el cielo y cuyos rayos láser destruirían en vuelo a los misiles enemigos. Reagan estaba hablando de la “Iniciativa de defensa estratégica”, una idea digna de las películas de ciencia ficción de “clase B” y que se conocería, en un triunfo de la justicia poética, como Guerra de las galaxias. El actor y presidente Reagan dijo, en defensa de su proyecto, que “la fuerza está con nosotros” (presentándose así como una especie de Jedi), llevando al extremo una tendencia de la política estadounidense desde 1945: fijar sus coordenadas con arreglo a la ciencia ficción (Gerald Ford autorizó a la NASA a bautizar con el nombre de “Enterprise” su prototipo de trasbordador, en homenaje a Star Trek; y cuando el “Enterprise” salió del hangar, lo hizo en presencia de los actores de la serie ¡mientras sonaba su banda sonora!).
En su ensayo, Francescutti analiza las influencias mutuas entre realidad y cine y concluye lo siguiente: a partir de la recepción de las películas de ciencia ficción, los sujetos «digieren» sus mundos posibles y con ellos organizan sus cartografías cognitivas. El cine tendría, pues, una función cognitiva que pasaría no por decir a la gente qué pensar de ciertos temas, sino por elegir los temas sobre los que debe pensar. Según esto, el cine de ciencia ficción ha intervenido en la selección social de los futuros actuando al estilo de las «profecías auto-cumplidas» (una definición falsa de la situación que suscita una conducta nueva, la cual convierte en verdadero el concepto originariamente falso) y las «profecías suicidas» (predicciones de futuros desarrollos sociales que no llegan a cumplirse precisamente porque la predicción se ha convertido en un elemento nuevo en esta situación concreta, tendiendo, por tanto, a cambiar el curso de la evolución).
La cultura de masas, por poner un ejemplo reciente y especialmente trágico, ha venido como anillo al dedo a quienes tenían la necesidad de fabricar un archienemigo: en el atentado del 11-S en Nueva York, el relato final fue elaborado a partir de las ficciones tomadas del cine-catástrofe, las películas de acción y el docudrama de las víctimas y héroes anónimos, además de los mitos del “peligro amarillo” y del “arma definitiva”. El mito del “peligro amarillo” (con Osama Bin Laden en vez del doctor No o de Fu-Manchú) proporcionó a los medios un retrato-robot avalado por la Administración Bush: el de una todopoderosa internacional terrorista con tentáculos en todo el planeta dirigida por un millonario megalómano de origen oriental (y no el de unos nebulosos e inarticulados grupúsculos de confesión musulmana que comparten un adversario común y actúan con autonomía utilizando los medios -no muy sofisticados, por cierto- a su alcance, mientras el presunto líder bastante tiene con escapar de los servicios de inteligencia). Pero al relato le faltaba una pieza indispensable para ajustarse al canon de las narraciones de archivillanos y armas definitivas y, por tanto, presentar al mundo el escenario de la indefensión de Estados Unidos que justificase una reacción en defensa propia: se inventaron entonces las «armas de destrucción masiva» de Irak y la conexión Bin Laden-Saddam Hussein. Esas armas nunca existieron, pero eran necesarias en términos narrativos. Fu-Manchú no ha muerto.


