
Una relación de Ficción
Las drogas, como tantas otras actividades consideradas escandalosas por las normas sociales, han sufrido el veto de las pantallas como intento de ocultar y negar lo que sucede en el mundo real. En el caso de España, la droga no ha estado un elemento frecuente en el cine español y se ha de esperar hasta la transición democrática, para que llegue a las pantallas. Cuando lo hace, se trata de producciones de marcado carácter oportunista y que debajo de su afán de denuncia ocultan la utilización de la droga como reclamo comercial. En este sentido es paradigmático el caso de El pico
(1983, Eloy de la Iglesia)
y su continuación El pico II (1984, Eloy de la Iglesia).
Esta situación está cambiando en los últimos años y las drogas legales e ilegales se consumen aparecen frecuentemente en los filmes comerciales. En EE.UU., en un estudio sobre las 200 películas más alquiladas en los vídeo-clubs, el alcohol y tabaco apareció en más del 90 por ciento de las películas y las drogas ilegales en el 22 por ciento.
El cine y las drogas tienen una relación ficticia por partida triple. El séptimo arte transforma la realidad, ilusiona, manipula y engaña en aras de unos minutos de felicidad. Cuando la película se acaba queda la emoción. Gracias a las drogas también soñamos, nos ilusionamos, viajamos a otros mundos, vemos con otros ojos y nuestro mundo emocional se distorsiona. Su efecto también se acaba después de unos minutos de felicidad aunque el recuerdo de la quimera perdura. En segundo lugar, las drogas que los actores consumen en las películas, al igual que los cigarrillos de chocolate de los niños y el whisky de los bares de alterne, son harina, té con hielo, aspirinas y carne trémula de un doble mal pagado que se inyecta antibiótico. Los decorados y los protagonistas son tan irreales como los drogadictos y sus escenarios.
Por último, el cine no es un documental sobre “el mundo de la droga” ni un testimonio materno. El cine es una producción cultural, una expresión artística del hiperrealismo, neorrealismo, surrealismo o realismo social difícilmente neutra. El cine no satisface las expectativas de los profesionales de las drogodependencias porque no refleja nuestra perspectiva del fenómeno.
¿Hay algo más ficticio que la droga en el cine? Las drogas son una quimera, el cine es una fantasía y su conjunción una ficción. En estas condiciones, Las películas comerciales son productos económicos, culturales y artísticos que, pese a estas premisas, siguen mereciendo nuestra atención por varios motivos.
En primer lugar, son una fuente de información de primera mano sobre drogas para jóvenes y adultos: formas de consumo, argot, efectos indeseables, evolución a largo plazo, descripción de efectos, modelos de tratamiento, etc. Recuérdese a este respecto la repercusión popular que ha tenido la escena de la recuperación de una sobredosis mediante una inyección en el corazón en Pulp Fiction (1994, Quentin Tarantino). En este aspecto, las autoridades sanitarias estadounidenses se muestran preocupadas porque las películas tienden a legitimizar, normalizar, trivializar o glorificar las drogas y sugerir a los jóvenes que esta conducta no tiene consecuencias negativas.
En segundo lugar, la industria promociona marcas de alcohol y tabaco, consideradas aquí como un coche, un hotel u otro bien de consumo, a través de las películas comerciales. Esta influencia debe ser reconocida y abordada.
En tercer lugar, el cine influye en la construcción social de las drogodependencias. No hay mejor médico que el que ayuda a Frank Sinatra en El hombre del brazo de oro (1955, Otto Preminger ), ni un alcohólico recibirá mejor ayuda que en Alcohólicos Anónimos Días de vino y rosas
(1962, Blake Edwards), ni centros de tratamiento más burocratizados que los recorridos por la pareja de heroinómanos de Gridlock’d (1997, Vondie Curtis-Hall) (premiada por ello por el NIDA). Los fumadores de las películas son más románticos y sexualmente activos que los no fumadores. Por último, diversas investigaciones han de mostrado la utilidad de los filmes para la adquisición y aplicación de conocimientos en el ámbito de la psicopatología, la psicología forense, psicología evolutiva y el método científico.
Parece más útil, en lugar de buscar improbables relaciones causales o pretender coartar la expresión de determinados mensajes, aprender a utilizar el cine como recurso formativo e informativo y a analizar, de entre todos los argumentos que el cine genera, qué mensajes afectan al mundo de las drogodependencias y de qué forma lo hacen.
SOBRE EL ALCOHOL Y OTRAS DROGAS en Drácula,
de Bram stoker y Eyes wide shut
El alcohol, junto con otras drogas siempre ha sido interpretado y representado como medio trasgresor de límites tanto en un sentido místico como desinhibidor o liberador del instinto, desde las Ménades pasando por la Eucaristía y hasta las fiestas de las noches de los sábados. Allí donde surge tal definición resuena siempre una música de fondo con tintes morales que advierte del peligro de las drogas. Sin embargo en la historia de la humanidad el alcohol no ha sido más prohibido que cualquier otro estupefaciente. Porque la trasgresión del límite, ya sea en un sentido místico o como mirada hacia los propios abismos, presentada siempre como un peligro, se dibuja en contraposición a las mentiras de la cultura moderna, en la que la vida es como una suma que a todos nos debe salir más o menos bien. Como punto final del viaje así desencadenado se halla naturalmente la desesperación y la muerte. En dos grandes películas de los años noventa se demuestra que ese miedo a la capacidad de destrucción interior del ser humano siempre encuentra con éxito su clave simbólica: el Drácula,
de Bram Stoker (1992, Francis Ford Coppola), ambientada a comienzos de siglo y Eyes wide shut (1999, Stanley Kubrick), al final del mismo.

En ambos filmes, el alcohol actúa directamente como estimulante iniciático que de inmediato abre las puertas del delirio homicida, la necrofilia y la muerte.
En Drácula, Mina se encuentra por la noche con los muertos vivientes en un café. La escena comienza con un primer plano sobre un vaso lleno de absenta. A continuación resuena la voz en off de Drácula: “La absenta es el afrodisíaco del alma. El hada verde que vive en la absenta quiere arrebatarte el alma”. Afrodisíaco, rapto del alma: Absenta, alcohol son elementos necesarios para el acto de seducción de Drácula. Tras el consumo de esta bebida Mina suelta su cabellera por primera vez y se imagina a sí misma en la euforia preparada como una princesa. De repente, concede al vampiro un beso y un baile. El resto es conocido: ambos consuman juntos la fiesta de la sangre y al final el brillo sexual de la otrora victoriana Mina cobra una intensidad tal que termina por superar incluso a Lucy, su amiga libertina.
Paralelamente a esta metamorfosis ocasionada por el consumo de absenta, se desarrolla el rapto del alma, su pérdida: a Mina le crecen los colmillos y ya pertenece a los muertos vivientes. La absenta, el LSD de la época victoriana según Coppola conduce directamente a la sangre como estupefaciente de la muerte; convierte a Mina en una bestia sexual asocial que provoca un pánico atroz entre los hombres de su entorno. Es Van Helsing quien la estigmatiza con el símbolo de la cruz que desaparece cuando logra una privación espontánea tras la muerte de Drácula. La excitación provocada por las drogas concluye en primer lugar con la muerte del traficante, que debe continuar sólo su camino. A Mina le espera finalmente el “desencanto” junto a su marido Harker.
Una estructura similar es presentada en Eyes wide shut: desde el comienzo del filme, la pareja formada por Alice y William Harford parece estar construida sobre una consonancia emocional. Pero tras el consumo de alcohol en una fiesta, la vida de ambos toma un rumbo anodino. En un primer momento, no se trasluce ningún atisbo de violencia en la risa ahogada de la alegre Alice bailando. Sólo cuando después del efecto del alcohol experimenta la intensidad del porro estallará narrando ante su marido sin pudor alguno sus fantasías sexuales con un desconocido. Tras la repentina confrontación y en medio de la tormenta emocional William se lanza a la calle en medio de la noche en busca de una erótica sin vínculos, es decir, sin dolor espiritual. En esta búsqueda se encuentra en primer lugar con la prostitución, a continuación es invitado a una orgía que parece ser una mezcla anónima entre sadismo y satanismo, y termina su viaje en un depósito de cadáveres, impávido ante el cuerpo desnudo de una mujer muerta, donde finalmente se halla el colmo de esa erótica indolora y aséptica en los afectos, la necrofilia. Y en este momento William decide hacer uso del freno de seguridad. La terrible confrontación con la esfera del deseo de su mujer, originada por la ingesta de varias drogas, le ha conducido hasta la frontera de la muerte, hasta una persona “cuyos ojos hace tiempo que se cerraron”. Está en el mismo punto que la Mina de Drácula, y ahí permanece.
Por último, el matrimonio Harford vuelve a encontrarse en unos grandes almacenes. Ambos se prometen más sexo en un futuro con el departamento de juguetes al fondo, en el que los animales de rapiña (símbolo del deseo) se disponen como obedientes muñecos de trapo sobre un estante. Una suave ironía sobre la racionalidad de la resolución de conflictos se deja entrever en la película de Coppola, donde no obstante, la superación de la dinámica de deseo que pone en marcha el mecanismo del alcohol no es más satisfactoria.
Fuera del cine, el alcohol a menudo cumple la función contraria a la mostrada en ambos filmes: no es desenfreno sino calma, el adormecimiento del tormento del alma. Aquel que conozca los cuentos de Charles Bukowski, en los que bebe para evadirse de la angustia de la existencia a través del sueño, sabrá a qué me refiero.
ALCOHOL Y CINE
El alcohol, al igual que en la vida corriente, no podía dejar de tener su reflejo en la gran pantalla. ¡Qué mejor recurso para un actor, que no sabe qué hacer con las manos, que sostener un vaso de whisky sin el cual se sentiría más desnudo que sin pantalones! Muchas películas han tenido como principal motivo el dramático tema del alcoholismo. Otras han reflejado el encanto sofisticado de degustar un combinado con la rubia de una mesa. Otras han mostrado los divertidos efectos de la ebriedad y su utilidad para provocar divertidas peleas en el salón de un pueblo del lejano Oeste o hacer el ridículo más espantoso confesando vergonzantes penalidades al habitualmente comprensivo (en el cine, claro) barman. He aquí una subjetiva retahíla de títulos que demuestran que el alcohol trae problemas En Ha nacido una estrella (1954, George Cukor), el alcohol lleva a James Mason a la muerte para evitar la destrucción de carrera de Judy Garland.

Quizás el mejor filme sobre el alcoholismo sea Días de vino y rosas (1962, Blake Edwards). En él, Jack Lemmon y Lee Remick ejemplifican de manera inmejorable la caída de una pareja en el infierno de la dependencia etílica. Todo empieza de una manera “lúdica y amable” y va degenerando (al igual que el tono del filme) hacia una auténtica pesadilla en la cual la humanidad de los personajes va resquebrajándose y se van sometiendo a un duro chantaje emocional que mina las pocas posibilidades que tienen de salir del pozo. Especialmente recordable es la escena en que Lemmon (ya rehabilitado de su adicción) visita a Remick, aún alcohólica, que le tienta, seduce y prácticamente obliga a su esposo a caer de nuevo en el infierno de la embriaguez crónica.
En los últimos tiempos, han seguido proliferando películas sobre la tragedia del alcoholismo en las vidas de las personas corrientes con las que nos podemos encontrar en la escalera de casa. Cuando un hombre ama a una mujer (1994) y 28 días (2000), empinando el codo, son dos claros ejemplos de la fórmula de colocar a dos angelicales mujeres cayendo en las garras de la botella y resurgiendo renacidas al final del metraje.
Otras películas como Cocktail (1988) presentan el tema del alcohol desde un punto de vista lúdico y “cool” (pese a que el personaje interpretado por Brian Brown acababa malamente).

¿Qué sería de James Bond sin sus martinis “agitados, pero no revueltos”? Beber estando de servicio es algo que el cine nos ha enseñado que no se debe hacer. Pero a 007 poco le importa hacer peligrar su misión metiéndose entre pecho y espalda unos cuantos tragos de su bebida favorita. Y a decir verdad, la mayoría de policías y detectives cinematográficos hacen tres cuartos de lo mismo
Actualmente, son otras sustancias las que aparecen con asiduidad y descaro en las pantallas. Tal vez, porque el espectador ya tiene suficiente alcohol a su alrededor en la vida corriente. Aun así, demostrando que las chicas no se quedan a la zaga en esto del gusto etílico ahí tenemos a las muchachas del Bar Coyote (2000) que, al ritmo de la música, emulaban a Tom Cruise en una mezcla bastante floja de Cocktail (1988) y Dirty dancing (1987) o Fama (1980).
Suicidarse bebiendo
Mucho más convincente, como crónica de una autodestrucción copazo en mano, es Leaving Las Vegas (1995, Mike Figgis). Nos cuenta la historia de un hombre (Nicolas Cage) que ha perdido a su familia y que decide suicidarse bebiendo en la ciudad del juego. Allí conoce a una encantadora prostituta (Elizabeth Shue) que le acompañará en sus últimas horas, entre la ternura, la crueldad y la desesperanza.

También desesperanzado se hallaba Jeff Bridges, el protagonista de El Rey Pescador (1991, Terry Gilliam), que, cómo no, intentaba sumergirse sin demasiado éxito en el olvido que le procuraba el alcohol, tras ser el culpable indirecto de una masacre en un restaurante al alentar a un perturbado, desde su programa de radio, a que tomará una decisión drástica.
Beber para olvidar… o por aburrimiento
Robert Mitchum, en El Dorado (1967, Howard Hawks), interpretaba a un sheriff que se refugiaba en la bebida a causa de un desengaño amoroso y se convertía en el hazmerreír del pueblo en el que representaba a la ley hasta que llegaba John Wayne y le curaba su dependencia gracias a un brebaje virtualmente ponzoñoso cuya receta le enseñaba un joven con chistera y nula puntería llamado Mississippi (James Caan).
Otro personaje que ahogaba sus penas (si es que las tenía) en alcohol era aquel al que daba vida Dudley Moore en Arthur, el soltero de oro (Arthur, 1981, Steve Gordon) y Arthur 2: on the rocks (1988, Bud Yorkin), un inmaduro crónico que, alérgico al compromiso y a crecer, se pasaba la vida de juerga en juerga hasta que conocía a Liza Minnelli, se enamoraba y… todo cambiaba. Curiosamente, ambos protagonistas tenían también problemas con la bebida en la vida real.

Otro alcohólico era el Andreas de La leyenda del Santo Bebedor (1988, Ermmano Olmi), al que al menos el destino trataba con cierta condescendencia al poner en sus manos una estimable cantidad de dinero. Él atribuía el hallazgo a los designios del Santo Bebedor pero ya se sabe que los designios del alcohol también son inescrutables
En Cita a ciegas (1987, Blake Edwards) se volvía a incidir (25 años después de Días de vino y rosas y en clave de comedia) en el tema del alcoholismo o más bien en la influencia del alcohol en la vida de las personas. Kim Basinger interpretaba a Nadia, una encantadora y algo tímida muchacha a la que su excesiva sensibilidad al alcohol convertía en un auténtico torbellino incontrolado que hacía que el bueno de Walter (Bruce Willis), con el que se había citado sin conocerse, diera con sus huesos en comisaría. El filme era una obra menor del maestro Blake Edwards pero aún así superaba con mucho la media de calidad de las comedias de los 80 (una década ominosa para el género) porque qué decir de la saga de Porky’s (1982, Bob Clark), Desmadre a la americana (1978, John Landis) y similares. Estos auténticos homenajes a la diversión descerebrada no serían lo que son sin su apología del abuso de la cerveza. Identificar alcohol y diversión fue todo uno en el cine de los 80.

En los últimos tiempos, han seguido proliferando películas sobre la tragedia del alcoholismo en las vidas de las personas corrientes con las que nos podemos encontrar en la escalera de casa. Cuando un hombre ama a una mujer (1994, Luis Mandoki) y 28 días (2000, Betty Thomas) con Meg Ryan y Sandra Bullock, respectivamente, empinando el codo, son dos claros ejemplos de la fórmula (propia del género telefílmico) de colocar a dos angelicales mujeres cayendo en las garras de la botella y resurgiendo renacidas al final del metraje.
SEXO, DROGAS… Y CINTAS DE VíDEO
Conocida por todos es la frase “sexo, drogas y rock and roll”, una de las máximas de la generación “beat” (beatnicks) que allá por los años 60 postularon las bases del hippismo en una época en que se apuntaba hacia una política cambiante en la que el amor reemplazaba a la guerra y unos de sus máximos representantes, Jim Morrison, clamaba: “Queremos el mundo, y lo queremos ahora”. Las drogas, desde ese momento, comenzaron a “internacionalizarse” y a convertirse en un problema y una realidad social y como tal, el cine ha utilizado este argumento. El cine y las drogas están estrechamente relacionados desde los tiempos del cine mudo, pero nos vamos a centrar en el tratamiento argumental de las drogas en el cine en lugar de en las experiencias de los actores y actrices con determinadas sustancias.
En cuanto a la manera de tratar el tema de las drogas, el cine es a veces sorprendente, ofreciendo en algunos casos una extrema veracidad y en otros casos una visión patéticamente moralizante e irreal.
Las primeras películas que tratan el tema de la droga se remontan a los años 30, mientras que a principios de la década se había impuesto un código de censura que prohibía entre otras cosas mostrar situaciones en las que apareciesen sustancias estupefacientes, aparecieron en pequeños círculos de medianoche, cintas que trataban el tema abiertamente y a las que se clasificó como películas “exploitation”, cuya temática fundamentalmente era el sexo, las drogas y la violencia. El máximo representante de este cine fue Dwain Esper, que rodó muchas películas de este subgénero y la más famosa de ellas es Marihuana
(1935), que narraba la adicción de una muchacha y su caída en la prostitución. Otro filme muy famoso de esta época es el dirigido por Tim Dirks, Reefer Madness (1936). Este filme, rodado como un documental, fue un encargo del gobierno americano en el que se trató de “demonizar” a la marihuana mostrando como un grupo de estudiantes después de fumar la “hierba cuyas raíces están en el Infierno” (literalmente se decía en el filme) iban hacia la autodestrucción cometiendo actos vandálicos, prostituyéndose y llegando incluso al suicidio.

Uno de los primeros directores que se atrevió a enfrentarse abiertamente a una de las reglas impuestas por la censura americana fue Otto Preminger en su película El hombre del brazo de oro
(1955) en la que mostraba la vida de un músico de jazz (interpretado por Frank Sinatra) adicto a la heroína que intenta dejarlo con la ayuda de su novia (Kim Novak), pero el carácter de su mujer (Elaine Parker), confinada en una silla de ruedas le hace difícil no reincidir.
Preminger contaba con la aprobación de la MPAA para la exhibición del filme, pero no fue así y el filme se exhibió en algunas salas sin los permisos y la buena acogida por parte del público provocó el principio del fin de la censura (como elemento organizado). El objetivo del cineasta con este filme fue hacer ver la tremenda degradación en la que se veía el protagonista por culpa de su adicción.
Una vez caído en 1966 el código Hays (en el que se basaba la censura), aunque no cayó la censura, sí se hizo más permisible y el tema de las drogas empezó a ser un elemento y un argumento en el mundo del cine.
Probablemente la primera película en la que veremos consumir estupefacientes es en La muerte tenía un precio (1965, Sergio Leone), en el que el personaje de “El Indio” (Gian Maria Volonté), es reconocido como un drogadicto y se le ve en diferentes ocasiones fumando algo, que no se dice exactamente que es, para así escapar de los maltrechos brazos de la censura.
A partir de aquí, comenzó a ser un tema recurrente y hoy en día en infinidad de películas, la droga está presente, como en la realidad en los argumentos, ya sea siendo el eje de la historia o siendo un elemento más que rodea a los personajes en diferentes circunstancias. El análisis que vamos a llevar de ahora en adelante va a ser de los diferentes aspectos del mundo de las drogas y la visión que se ha dado de ellas a través de determinadas películas.
TRAFICANTES

Las drogas, además de ser un problema social, son un negocio, y los narcotraficantes un blanco perfecto como centro de atención de las temáticas de los filmes. Son innumerables las películas en las que aparece la figura del “narco”, principalmente en los años 70 tenemos muchas en las que aparecen, pero probablemente destaca sobre todas la película Contra el imperio de la droga (1971, Willam Friedkin), ganadora de 5 premios de la academia, incluidos los de mejor película, director y actor principal (Gene Hackman). La historia cuanta como una pareja de policías reciben el chivatazo de que se va a producir la entrega de un gran alijo de heroína proveniente de Marsella, pero no saben donde se realizará la entrega. Se trata de un thriller intenso y realista, considerado por muchos como una de las mejores películas de acción de todos los tiempos. Cuenta con la interpretación del actor español Fernando Rey en el papel del contacto de la banda de narcotraficantes.
Durante los 70 aparecería el subgénero llamado “blaxploitation”, heredero del “exploitation” que contiene básicamente la misma temática, pero los protagonistas y el público al que iban dirigidos eran afro-americanos. Detectives como Shaft, luchaban contra el mundo de la droga y la prostitución.
Sobre esta época trata la película Jackie Brown (1997, Quentin Tarantino) y también sobre las drogas en los barrios negros de Nueva York se encuadra el filme Camellos (1995, Spike Lee), donde se entremezclan en la trama el asesinato de uno de los camellos más famosos de Brooklyn con el mundo del crack.
También sobre este tema trata la película Fresh
(1994, Boaz Yakin), pero en este caso el camello es un niño huérfano de 12 años que sobrevive en las calles haciendo pequeños encargos para traficantes, hasta que harto de esta vida tortuosa, decide romper con las reglas de la marginación para tratar de escapar de un fatal destino.
Otro título que nos acercaba al mundo del tráfico de estupefacientes ha sido Traffic (2000, Steven Soderberg), a través de seis historias, todas ellas relacionadas con la venta de narcóticos, desde una madre que después de ser arrestado su marido por tráfico de drogas, retoma ella el negocio de su marido para subsistir, hasta un viaje a la frontera entre EE.UU. y México de un juez, intentando averiguar cómo consiguen pasar tantos alijos por la aduana.
Naturalmente, el tema ha sido tratado en muchas más películas y de muy diversas formas, llegado incluso hasta el mismísimo James Bond a enfrentarse a los “narcos”.
Jí“VENES CONSUMIDORES (EVASIí“N Y DIVERSIí“N)

íntimamente están relacionados también los jóvenes y las drogas, siendo un tema muy recurrente en casi todas las películas. También diferentes visiones se les ha dado. Desde la visión de una espiral de la que cada vez es más difícil salir, hasta las simple visión de juergas y orgías donde corren por doquier las sustancias ilegales.
Desde las burdas películas de desmadre a la americana, hasta las películas denominadas generacionales, entre la que cabe destacar la mitificada Quadrophenia (1979, Frank Roddam), en la que nos narran los hábitos de la tribu urbana de los “mods”, sus fiestas y su modo de ver la vida.
Otro filme generacional, es la controvertida Kids (1995, Larry Clark), rodada con actores no profesionales y en estilo documental, narrando 24 horas de la vida de unos adolescentes en Nueva York, preocupados solo por el sexo y estar colocados la mayor parte del tiempo, mientras caminan hacia una inevitable autodestrucción.
También encontramos un planteamiento similar en Trainspotting (1996, Danny Boyle), esta vez con la acción situada en Escocia y con jóvenes que ya han dejado la adolescencia, en una ciudad donde el índice de desocupación es muy elevado, un grupo de jóvenes solo piensa en divertirse y evadirse de la realidad por medio de las drogas, el fútbol y ver pasar trenes. Sin embargo, esta película si que nos deja una esperanza de que es posible abandonar este mundo, siempre y cuando se rompa con él de forma radical.
Otra forma de ver el problema, lo encontramos en la película hispano-argentina, Martín (Hache) (1997, Adolfo Aristaráin), en el que esta vez un joven argentino (Juan Diego Botto) casi muere después de una sobredosis y viaja a Madrid, donde vive su padre (Federico Lupi), un afamado guionista de cine, para intentar apartarle de ese mundo, pero ese mundo le rodea al propio padre, cuya novia es una cocainómana (Cecilia Roth) y su mejor amigo (Eusebio Poncela) es un poli toxicómano. Una película sobre las relaciones entre padres e hijos.
Pero no solo para intentar evadirse consumen drogas los jóvenes… También los más adultos y los triunfadores lo hacen para escapar de las presiones del día a día o por simple aburrimiento y deseo de conocer nuevas experiencias.
NARCí“TICOS, LA GRAN EVASIí“N
Son muchas las causas por los que gente corriente termina siendo adicta a alguna sustancia. En Drugstore Cowboy (1988, Gus Van Sant), dos parejas de veinteañeros caen en el mundo de la droga como acto de rebeldía al sistema. No quieren caer en una vida de ocho horas de trabajo, pagar una casa e ir a hacer la compra los fines de semana al supermercado. Para ello caen en una espiral que les lleva a atracar farmacias para poder seguir “colocándose” y vivir en moteles de carretera intentando escapar de la policía. Una serie de infortunios hará que Bob (Matt Dilon) se replantee su forma de vida.

De una forma parecida, y con una estética similar se nos presenta Réquiem por un sueño (2000, Darren Aronofsky), aunque esta vez nos presenta dos casos paralelos. En primer lugar el de una madre viuda (Ellen Burstyn), adicta a la televisión, que sueña con concursar en un programa de televisión y cuando es seleccionada, comienza a tomar anfetaminas para poder adelgazar y entrar en su vestido favorito para ir a concursar. Por otro lado nos cuenta la historia de su hijo Harry (Pared Leto) y su novia Marion (Jennifer Connely), dos drogadictos cuya única meta es vivir del tráfico de drogas para ser ricos sin necesidad de trabajar. El paralelismo que hay entre las dos situaciones es que cada uno consume drogas para llegar a sus ansiadas metas y que les alejan poco a poco de sus vidas, llegando a ser la verdadera droga el prometido sueño americano de obtener fama y dinero, que es la principal adicción que tienen los personajes del filme, algo parecido a lo que propone también el filme de Gus Van Sant.
También en esta vertiente podemos ubicar el filme del genial Terry Gilliam, ex-Monthy Python, Miedo y asco en Las Vegas (1998),
uno de los pocos cineastas que se atreven a llamar a las cosas por su nombre, independientemente de lo que sea políticamente incorrecto o no. Narra el viaje de un periodista (Johnny Depp) y su abogado (Benicio del Toro) a Las Vegas, el corazón del sueño americano, para escribir un artículo sobre una carrera de motos y caen en un descontrol de sexo, drogas, alcohol y violencia todo a costa del periódico, el viaje, en principio de trabajo, acaba convirtiéndose en una especie de Divina Comedia hacia lo más bajo del país de la oportunidades. Los protagonistas encuentran una herramienta que les permite llevar la libertad hasta los extremos más insospechados, en contra de lo que eran al principio, unas personas con una vida cómoda, resuelta y segura.
Encontramos a otras personas perfectamente adaptadas al sistema que buscan escapar de él en Teniente corrupto (1992), Abel Ferrara), en la que un policía va cayendo en un mundo de adicción a todo tipo de drogas, sexo y violencia viendo poco a poco como se va derrumbando todo lo que era su universo. Se trata de un autentico descenso a los infiernos de la degradación humana.
En otra situación tenemos a los protagonistas de Hurlyburly (1998, Anthony Drazan), un grupo de actores de Hollywood, entre los que hay un afamado actor (Sean Penn) adicto a las drogas y el sexo, un productor fumador de marihuana (Kevin Spacey) y un actor que maltrata a su esposa (Chazz Palmintieri). Son un grupo de personas que tienen la vida resuelta, pero se hunden en una espiral, víctimas de su drogodependencia, aunque Kevin Spacey realmente es la voz de la razón en la cinta y está al margen de las circunstancias que rodean a los otros dos protagonistas.
LA GUERRA Y LA DROGA. VIETNAM Y LOS HIPPIES
Como comentaba al principio, es en los años 60 cuando se internacionalizan las drogas, haciendo verdadera apología de ellas muchos músicos en muchas ocasiones. A raíz de ello, se asocia a los hippies con los dogmas del amor libre, sexo, drogas y rock ‘n roll y aparecen muchas películas antibelicistas y verdaderos himnos a la libertad, como la mítica Easy Rider. Buscando mi destino (1969, Dennis Hopper), en la que nos cuenta la historia de dos camellos (Peter Fonda y Dennis Hopper), que con el dinero ganado deciden comprar dos Harley Davidson y viajar al Mardi Gras, en New Orleans.
O en otros casos, nos narran el uso de drogas y/o alcohol para evadirse, los soldados enviados a luchar. Un ejemplo lo tenemos en Apocalipsis Now (1979, Francis Ford Coppola, en la que durante el viaje del capitán Willard (Martin Sheen) en busca del coronel Kurtz (Marlon Brando), se encuentra con un grupo de reclutas, comandados por el coronel Kilgore (Robert Duvall) que se pasan el día haciendo surf y tomando drogas para evadirse de la guerra. Esto también lo hizo el equipo, cuando, durante el rodaje, un huracán destruyó unos decorados que costaron alrededor de un millón de dólares.
Pero otra visión nos ofreció el filme La escalera de Jacob (1990, Adrian Lyne), contándonos la teoría sobre los experimentos del ejército norteamericano con sus soldados, suministrándoles drogas que alteraban su estado en situaciones de combate, aumentando su agresividad. Años después del conflicto, los soldados comienzan a sufrir los efectos secundarios de estos experimentos.
EL CINE ESPAÑOL
En el cine español no se hablaría de drogas hasta pasada la transición, dado que era impensable durante el franquismo plantear estos temas. Durante la llamada “movida”, aparecerían directores que en numerosas películas tratarían este tema, como Pedro Almodóvar, que es un tema recurrente en su filmografía y de muchos otros. Títulos como Bajarse al moro
(1988, Fernando Colomo), nos cuentan como un grupo de jóvenes planean ir a Marruecos para traerse hachís. Otro director que entremezcló el tema de las drogas con el género policiaco fue Eloy de la Iglesia, con películas como Navajeros (1980), El pico (1984) o La estanquera de Vallecas (1987), en las que los protagonistas son marginados sociales en los años de la transición. Más actual es el filme de Daniel Calparsoro, Salto al vacío (1995), en el que se ven los resultados de una juventud que quiso vivir demasiado deprisa, mientras la protagonista (Najwa Nimri), para poder mantener a su familia trafica con armas y drogas. En un estilo más distendido encontramos dos “road movies” españolas: Airbag (1996), de Juanma Bajo Ulloa y Año Mariano (2000), de Karra Elejalde. Dos películas bastante flojas pero que son de un estilo que no se había utilizado en el cine español hasta ese momen
Adicción (Spun) (2002, Jonas Akerlund)

El cine “psicodélico” (por llamar de algún modo a la avalancha de películas cuyo tema gira alrededor del consumo de drogas) ha tenido una fuerte resurgencia, luego de su previo apogeo durante fines de los sesentas y principio de los setentas. Pero mientras que cintas como “Head” y “The Trip” mantenían entonces una actitud moralista, la nueva ola ofrece un inestable balance entre moralidad y glamorización del vicio. Así, cintas como Trainspotting y Fear and Loathing in Las Vegas muestran con negro humor las aventuras de los aficionados a alguna sustancia ilegal… tal vez no terminen bien, pero ¡cómo se divierten mientras llegan a su consecuencia final! Creo que en tiempos recientes sólo “Requiem for a Dream” ha logrado posicionarse como una diestra advertencia contra los peligros de las adicciones, sin dar la apariencia de pesada doctrina.

Y entre ambos campos (glamorización y advertencia) encontramos Adicción una película que sin duda toma prestados elementos de todas las cintas mencionadas, pero cuya fantástica técnica, desbordante energía y feroz elenco la ponen a la par de esas mismas prestigiadas obras.
Ciertamente no hay exceso de trama en “Adicción”… simplemente vemos las interconectadas historias de media docena de personas cuyas vidas giran alrededor de las meta-anfetaminas: Ross (Jason Schwartzman) es un universitario fracasado que ha olvidado todo (menos a su ex-novia) en su búsqueda por mantener el “high” eterno; Spider Mike (John Leguizamo) es un paranoico traficante de poca monta, tan adicto a su producto que difícilmente le queda mercancía para vender; Cookie (Mena Suvari) es la inestable pareja de Spider Mike, tan adicta como él pero mucho más tranquila en su consumo; Frisbee (Patrick Fugit) es tan aficionado a las drogas como a los videojuegos; Nikki (Brittany Murphy) es una bailarina exótica preocupada por su perrito color verde y por su desmoronada relación cuasi-romántica con… “El Cocinero” (Mickey Rourke), quien en su laboratorio casero fabrica la droga. El Cocinero contrata a Ross como chofer a cambio de enervantes, y así, acompañándolo, visitamos situaciones cada vez más surrealistas, violentas y absurdas que en mayor o menor grado cambian las vidas de los personajes.
Muchos acusarán a “Adicción” de ser una vacía muestra de “cine estilo MTV”, y tal vez tengan razón, pues esta es la primera cinta del director sueco Jonas Akerlund, quien se formó haciendo comerciales y videos musicales, entre ellos uno de mis videos favoritos: “Smack My Bitch Up”, de The Prodigy. Quienes hayan tenido la suerte de ver este video (prohibido durante años en MTV) habrán visto una pequeña muestra del estilo que desborda “Adicción”. Múltiples ángulos de cámara, frenética edición y exóticos lentes se conjugan no sólo para ofrecer una experiencia visual tremendamente dinámica, sino también para que el público comparta el torcido y “acelerado” punto de vista de los personajes en sus mejores momentos de álgida intoxicación. Como dije, es innegable que “Adicción” emplea trucos que ya vimos en “Trainspotting”, “Requiem for a Dream” y “Fear and Loathing in Las Vegas”, pero no por ello dejan de ser igualmente efectivos para expresar el agitado estado anímico y mental de los protagonistas.
Otro factor primordial en la cinta es la música. Akerlund es el ex-baterista del famoso grupo gótico Bathory. Como tal, tiene plena conciencia de que el tono y ritmo de la cinta están tan determinados por la edición como por la música, de modo que podemos esperar un fuerte ataque auditivo durante la obra entera, lo cual resulta totalmente apropiado para el tema y flujo narrativo. Y hablando de edición… Akerlund mismo co-editó la cinta y, según se dice, aparecerá en el Libro Guinness de Records como la película con mayor número de rápidos cortes. No sé si sea cierto, pero luego de ver la película resulta totalmente creíble.
Y si con todo esto “Adicción” no fuera suficientemente caótica y estridente, el elenco consigue llevarla a niveles insospechados. A primera vista parece increíble que el renombrado elenco haya aceptado estos excéntricos papeles, pero al final se vuelve evidente que quienes aparecen en la película lo hacen porque realmente buscan extender su oficio como actores. Mena Suvari y Brittany Murphy parecen condenadas a vivir en insulsas comedias románticas, pero obviamente su gusto por el cine se extiende mucho más allá de los fáciles papeles que las han convertido en estrellas; Jason Schwartzman y Patrick Fugit ganan más credibilidad aún como jóvenes, talentosos y valientes actores; pero el crédito mayor debe ser compartido por John Leguizamo y Mickey Rourke. Sus participaciones son hipnóticas y desbordantes de carisma y estilo. Quiero imaginar que sólo dan la apariencia de estar fuera de control… pero la duda hace aún más emocionante su desempeño.
En resumen, no todos apreciarán “Adicción” de la misma manera. Para algunos será un refrito más de técnicas e ideas explotadas en otras cintas, pero empacado para audiencias modernas. Pero para otros será una enervante y adictiva experiencia, cuyo virtuosismo estilístico e histriónico cubre sus fallas y falta de originalidad. Yo me encuentro entre los segundos, por lo que la recomiendo con entusiasmo a quienes gusten del tema y a quienes disfruten del cine psicodélico en su más pura expresión.
Cine y Drogas
LA GRAN FÁBRICA DE SUEÑOS
Pasaría mucho tiempo hasta que Al Pacino, a las órdenes de Brian de Palma, se lanzase a hundir su cara en una montaña de cocaína, en Scarface, 1983. El cine sobre el hampa ha sido uno de los ángulos recurrentes para sacar a escena el tema de la droga, ligada al negocio del crimen y el narcotráfico. “El juego es un vicio inocente y las drogas un negocio sucio”, decía el gran Marlon Brando en otra de Pacino, la imprescindible El Padrino.

Pero no estaba Brian de Palma derribando ningún tabú, ni contra ningún muro de la censura, ya a principios de los 80; aquellas lides hicieron célebres a otros mucho antes.
Marihuana contra la Censura
Desde 1930, casi al tiempo que se ponía en marcha la maquinaria del cine americano, lo hacía también la maquinaria de la censura, apoyada en el llamado código Hays, que impedía la aparición de estupefacientes en la gran pantalla.
La respuesta de los cineastas cuajó en una serie cintas cuya temática fundamental fue el sexo, las drogas y la violencia: un género conocido como ‘exploitation’. Así, en el ecuador de los años 30, uno de los máximos exponentes del movimiento, Dwain Esper, estrenaba Marihuana, la historia de una joven drogadicta que cae en la prostitución.
La censura fue relevándose entonces por la contrapropaganda que propusieron directores como Tim Dirks, autor de Reefer Madness (1936), un falso documental moralizante que llegaba a afirmar de la marihuana: “La hierba cuyas raíces están en el infierno”.
Los primeros héroes: fumadores, alcohólicos, drogadictos
Mientras los custodios de la moralina americana se desvivían por negar la realidad de las drogas en la gran pantalla, no deja de ser significativo que todos los héroes de la edad de oro del cine americano abocasen interminables cigarrillos y apurasen rondas insaciables de whisky y aguardiente.
¿Acaso alguien se imagina a Humphrey Bogart pidiéndola otra vez a Sam sin un cigarrillo (Casablanca, 1942)? ¿O a James Bond cambiando su Martini con vodka (“batido, no revuelto”) por un té inglés?
Otro héroe americano coincidió en encarnar al que probablemente fue el primer protagonista drogadicto de la historia: El hombre de brazo de oro (1955), en la que Frank Sinatra trataba de dejar la heroína con ayuda de Kim Novak.
Es seguramente un villano, ‘El Indio’ (Gian María Volonté) de La muerte tenía un precio (1965), el primer personaje en atreverse a consumir droga frente al objetivo de 8 milímetros. Eso sí, nunca haciendo explícito qué tipo de tabaco era ese que fumaba “El Indio”. Y, hagamos memoria, ningún pistolero solía durar mucho en el lejano oeste sin un cigarrillo en la boca.
Drogas para combatir una guerra
La globalización de las drogas fue un fenómeno gigántico y polifacético que tuvo lugar en los años 60. Una cultura de escritores, cantantes y cineastas marcaron caminos alternativos a los preestablecidos y fueron polea del multitudinario movimiento hippie, entendido como antagonismo del belicismo gubernamental, Vietnam y la Guerra Fría. Finalmente como un estilo de vida, por ejemplo en Easy Rider, filme generacional de 1969 en el que dos camellos (Dennis Hopper y Peter Fonda) deciden invertir todo lo ganado en la compra de dos Harley Davidson para cruzar los Estados Unidos con destino a Nueva Orleans.
Pero los pacifistas que conjuraban su horror hacia Vietnam a cobijo del LSD o la cocaína, no se distanciaban de sus contrarios tanto como creían. No sería Vietnam la única guerra que destacaría soldados americanos borrachos o drogados para evadirse del horror o, como por ejemplo propone La escalera de Jacob (de Adrian Lyne), de forma consentida y dirigida por el ejército para aumentar la resistencia y la agresividad en el combate (administrando anfetaminas y sucedáneos).
Hay una película que parece tocada por la esencia de esta época tan convulsa, es Apocalipsis now (Francis Ford Coppola, 1979). La producción confundió personas con personajes durante un rodaje de 238 días, en Filipinas, que atrapó a los miembros del equipo en una experiencia colectiva, opresiva y anárquica, hipertrofiando la historia fuera de los límites profesionales del proyecto.
Era un secreto a voces el consumo generalizado de estupefacientes entre el equipo durante el tiempo de rodaje. La famosa escena de la habitación de hotel, en la que el Capitán Willard entra en un estado de trance, es real: Martin Sheen no estaba actuando en ese momento, la cámara siguió rodando el arrebato de delirio y la secuencia terminó con la fractura del dedo del actor contra un espejo. El 1 de marzo de 1977 Martin Sheen ingresaba en urgencias tras sufrir un infarto.
Tras la pista de la Generación X
A partir de los años 80, las drogas han participado más desinhibidamente en guiones cinematográficos de todo cuño. Mención enfática ha de darse a nuestro cine, cambiado radicalmente tras la Transición: desde la comedia desenfadada de Fernando Colomo (Bajarse al moro), hasta el cine penetrante y turbador de Pedro Almodóvar (¡Qué he hecho yo para merecer esto!, Todo sobre mi madre).

Aunque los escenarios de la droga han sido otros: los principales focos urbanos de las sociedades avanzadas; los institutos, los bares y discotecas. Y las concentraciones hippies de jóvenes activistas por la paz han dejado paso a grupos segregados de adolescentes erráticos y desencantados: lo que se ha dado a llamar “La Generación X”.
Ewan McGregor sienta las bases del manifiesto, en lo que a drogas se refiere, por boca de Mark Renton en la aplastante Trainspotting, de Danny Boyle (1996): “Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa, y las razones: No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.
Otro título corrosivo es Requiem for a dream, de Darren Aronofsky (2000), que sigue el proceso de inmersión de sus protagonistas en drogas de características diferentes, como lo son las anfetaminas y a la heroína. Un joven traficante (Jared Leto) sueña con salir de la pobreza gracias al narcotráfico, mientras se va enganchando más y más a la heroína. Al tiempo, su madre (Ellen Burstyn) vive sola, viuda, y se pasa el día viendo un concurso de televisión en el que sueña participar.
Cuando finalmente recibe la llamada que supuestamente la invita a participar en su programa favorito, comienza una dieta de adelgazamiento a base de anfetaminas para lucir más guapa en televisión.
El curso fatal de los acontecimientos de este réquiem por el sueño americano está narrado con estética psicodélica y ritmo asfixiante que ilustran trances de intoxicación o mono sucesivamente. Aronofsky termina una sobredosis cinematográfica desbordante y comprometida con el propósito incondicional de hacer entender al espectador a toda costa la experiencia de la droga.
El show debe continuar
Más complicado que simular estar drogado por exigencias del guión, suponemos que será fingir que no se está una vez ha terminado el trabajo. Aun así no faltó quien emulase a su personaje; vidas imposibles fuera de la pantalla que hoy son mitos indelebles, como Marilyn Monroe, como River Phoenix, que no cumplió los 24 años.
¿Aún quieren saber cómo terminó la historia? El cine abordó el tema de la droga y el mundo del cine albergó la droga; los proyectos imposibles se convirtieron en clásicos; las estrellas malogradas se inmortalizaron; las risas tornaron en lágrimas y éstas en ilusión renovada… Ésta fue la gran fábrica de sueños del siglo XX, el show nunca se detiene: luces, cámara, ¡rodando!
SEXUALIDAD Y DROGAS
Los orgasmos artificiales
En una buena fiesta no puede faltar de nada. La mansión de Hugh Hefner, magnate de “Playboy”, prefigura escenas de bacanal romana, en la época en la que tocaban a las puertas del imperio las invasiones bárbaras y en la corte de Calígula quemaban los últimos restos del alcohol, los alucinógenos y la dignidad de los esclavos.
A juzgar por lo poco que dejan a la imaginación las memorias de algunas de sus más célebres conejitas, Hefner, a sus 78 años, lleva la edad por dentro y parece que aún se solivianta con las “12 conejitas esclavas” que colecciona en su mansión de barbies destocadas, o eso cuenta una de las habituales, la ex playmate Jill Ann Spaulding.
Promesas del Viagra
La pócima de Astérix del abuelito de Playboy se llama citrato de sildenafil, y fue patentado en 1996 bajo el nombre de Viagra por los laboratorios Pzifer.
Tras unos comienzos turbios, en los que se le atribuyeron acciones mortíferas, y todo infarto o colapso en la cama se interpretaba como un castigo divino sobre viejos verdes y viciosos varios, el Viagra venció los augurios sacros de la imaginería popular, que ya aseguraba el uso de aquella píldora maldita abocaba a la promiscuidad y el vicio y hasta podía dejarle a uno ciego, si no tieso en el acto.
En el frente opuesto tampoco faltaron los profetas de la “píldora mágica” o “pastilla de la felicidad”, que se prometían una droga de placeres inimaginables, comienzo de una era de superhombres y dioses del amor: los ancianos más achacosos se levantarían de sus postrimerías y hasta el más indiferente quedaría fuera de control.
Pero se fue la fantasía inicial con la vergüenza de pedir la dichosa pastilla en la cola de la farmacia, hasta que ya hoy pocas veces se acude a un lenguaje ni satánico ni olímpico para hablar del Viagra. Quizá aguarde aún nueva aclaración pública de sus contraindicaciones, por ejemplo: ¿puede crear adicción?
Hasta ahora la respuesta es que no existe certeza farmacológica alguna que lo indique. Aunque no falta quien pregunta cuántas me puedo tomar al día, visiblemente satisfecho con su compra. ¿Y no sería culpar al Viagra de esta dependencia como matar al mensajero?
Sexoadictos
“Admitimos que éramos impotentes ante la lujuria, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables”, reza el primero de los principios propuestos en el decálogo de “Sexólicos Anónimos”, una fraternidad de hombres y mujeres adictos al sexo.
Cuando Michael Douglas confesó públicamente su adicción al sexo para ingresar en una clínica especializada, quien no esbozó una sonrisa de estupor se apresuró a incluirse cínicamente en la misma situación que el conocido actor.
La relación con el problema ha madurado desde entonces, y las clínicas y asociaciones especializadas en este tipo de parafilias han ido adquiriendo cierto protagonismo. La conducta compulsiva sexual se diagnostica y se trata como una adicción más en estos centros. “La sexoadicción, al contrario que la ninfomanía, no incide en la frecuencia, sino en el malestar psíquico que genera la falta de autocontrol”, aclara la psicóloga y sexóloga Pilar Cristóbal. Este malestar ha servido para describir un cuadro sintomático de abstinencia al sexo, por el que atraviesan los pacientes que no logran satisfacer su ansia de consumo.
El sexo, como producto de consumo, tiene una presencia incontenible hoy en día: ¿sería la explicación de la adicción atendible para este fenómeno? A colmo de la cantidad, la oferta de sexo se ha diversificado cada vez más, explotando toda suerte de soluciones y alicientes extremos:
En la Barcelona de los años 30 los personajes de Vida Privada, de Josep María de Sagarra, bajaban al ‘barrio chino’ en busca de sexo y cocaína. Actualmente, Internet revela cada día sus últimas innovaciones en materia de sexo, difícilmente entendibles sin volver la vista a lo patológico.
Drogas para potenciar la sexualidad

Mucho se ha hablado de los efectos milagrosos de ciertas drogas en la cama. De cómo se logra potenciar el placer sexual bajo los efectos de alguna droga hipnótica o después de haberse fumado un porro. En cuanto al alcohol, se ha convertido en un ingrediente prácticamente imprescindible del cortejo. “Es la falta de amor la que llena los bares”, dice Lichis (‘La Cabra Mecánica’).
El alcohol, la marihuana o el hachís, como agentes desinhibidores, pueden favorecer el atrevimiento y vencer la vergüenza de los primeros contactos. Sin embargo, a la larga se antojan poco efectivas las artes de seducción de pupila perdida y cara somnolienta que concede la marihuana; o el aliento a whisky, paso sonámbulo y hablar trabado de la borrachera.
Saldrían más a cuenta otros ardides, desusados por cándidos, como era aprovechar la botella mejor para hacerla girar en el centro de un corro mixto de preadolescentes y que la suerte repartiese la ruleta de besos. Que ya lo dice el autor de Mujeres: “Si quieres beber, bebe, pero si quieres hacer el amor, abandona la bebida”. Charles Bukowski, escritor, bebedor y mujeriego.
Son las estimulantes del sistema nervioso (véase anfetaminas, éxtasis o cocaína) las drogas que ostentan el mayor prestigio sexual. Las aplicaciones del acicate concreto son varias, pero el resultado sería siempre el mismo: convertirse en una máquina del sexo de proporciones inconcebibles para el hombre común.
Y en esta línea de recomendaciones, también hemos sabido de los efectos milagrosos de la falta de oxígeno en el cerebro en el momento del orgasmo, en favor de lo cual, muchos han optado por envolverse la cabeza con una bolsa de plástico, situación en la que han sido hallados autoasfixiados en retretes públicos o pasillos del metro.
Aparte del perjuicio que las drogas ocasionan en el sistema nervioso central, lo que afecta directamente a la excitación y a la capacidad eréctil, lo cierto es que su efecto es más bien sustitutivo del sexo, y no complementario. Finalmente el consumo de drogas deriva en la inapetencia, cuando no en la impotencia sexual.
El caso de la heroína es particularmente gráfico. A menudo comparada con un orgasmo, sus usuarios defienden que las sensaciones con la heroína son más intensas y placenteras que con el sexo, al que finalmente renuncian. “Coge el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplícalo por mil y ni siquiera andarás cerca”, sentencia el protagonista de Trainspotting. Los análisis de plasma en consumidores de heroína revelan niveles ínfimos de testosterona en sangre.
El Acusado bebía, Señoría
“Esnifaba cocaína y llegaba borracho de madrugada. Muchas veces me despertaba a mí y a los niños y nos pegaba a todos En los peores momentos recibía dos palizas diarias”; denuncia Fátima, víctima de malos tratos.
Los testimonios alusivos al alcohol, entre otras sustancias probables que consume el maltratador, son frecuentes en los casos de violencia de género. Cuando las encuestas buscan motivos acólitos que pudiesen favorecer las agresiones, el 90% de los consultados refiere al consumo de alcohol y drogas.
Otro dato apunta que los usuarios habituales de alcohol, cocaína, heroína y finalmente todas las drogas a excepción de las benzodiacepinas, son en su gran mayoría hombres (en un 80%, más o menos, frente al 20% de mujeres).
Pero, ¿cuál es la incidencia real de las drogas en la violencia doméstica? El consumo de sustancias desinhibe al maltratador y potencia el comportamiento violento, pero los profesionales advierten: “Muchas veces las drogas no son la causa de la violencia sino la excusa.” (José Ramón Landaroitajauregi, experto en terapias con parejas en situaciones de violencia). “Cuando un asesino repunta, enseguida los expertos lo catalogan como un drogadicto o un psicópata. Con el ‘presunto’ asesino de Elche, que ha matado a mujer y dos niños a martillazos -acaecido el 14 de abril de 2005-, han convergido ambos diagnósticos. Sin embargo, tengo una explicación alternativa
Estoy convencido de que había ejercido violencia contra su mujer con anterioridad. La noche del asesinato había salido a beber con un compañero de trabajo. Recayó en el consumo de cocaína del que era adicto en desintoxicación y, en ese momento, añoró la época en la que era representante de ferretería, en una vida paralela en la que se drogaba y divertía sin responsabilidad. Mujer e hijos eran un lastre
La cocaína la ingirió como energizador de una conducta homicida premeditada.” (Andrés Montero Gómez, presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia).
Drogas antes de una violación
Una resolución médica comienza a ser habitual en las urgencias por casos de violación: la víctima ingirió drogas. ¿Qué tipo de drogas?
¿Qué tienen en común el GHB o ácido gammahidroxibutírico y el Rohipnol o flunitracepam? Ambas sustancias son incoloras, inodoras e insípidas. Su creciente consumo de los últimos años, en fiestas y otras citas, ha incluido una particularidad: su consumo involuntario. Por sus características, este tipo de drogas imperceptibles se añaden a la bebida de la víctima en un momento de descuido, quedando así a merced de su acompañante. Tanto así que el GHB y el Rohipnol se han dado a conocer como las drogas de la violación por acompañante o cita (“date rape”).
En una atmósfera de confianza y cercanía, en una fiesta o una cena íntima, la víctima pierde conciencia del peligro. Entonces, de nuevo el acompañante o la pareja es la principal amenaza, el maltratador o violador potencial con el que podría estar compartiendo una copa o una charla tranquila los instantes previos a la agresión.
La droga deja de ser en estos casos un mero acicate eventual para convertirse en el instrumento mismo del acto violento frío y calculado, infligido a una persona completamente indefensa, inconsciente tras la ingestión de estos compuestos depresores del sistema nervioso central.
Cursadas varias horas, la víctima recupera la conciencia entre el malestar y la confusión. Trata de recordar, pero la memoria apenas le responde con algún flashback de comienzos de la noche: sólo momentos de euforia y recreo, que van velándose a cada paso por una incertidumbre de melancolía viva, turbia. Hasta que finalmente decide ponerse en contacto con un médico o con la policía.
El feminicidio de Ciudad Juárez
El fenómeno de la violencia de género conoce un lugar cerca de la frontera de El Paso, Texas, lejos de las grandes urbes, donde el horror se complica hasta el rechazo físico que produce su mera consideración.
Como una pesadilla engendrada que viese las luces de la realidad, Ciudad Juárez, al norte de México, se ha convertido en un auténtico cementerio de mujeres. Un agujero negro de tortura y muerte para más de 300 mujeres desde hace ya 15 años. Crímenes rituales que cumplen un proceso de secuestro, tortura, abusos sexuales, mutilaciones y estrangulamiento, que siguen repitiéndose aun hoy con total impunidad en un lugar que se nos antoja lejano e irreal ante la imposibilidad de asimilar la voracidad de su certeza.
El 26 de septiembre de 2003, una delegación de expertos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito visitó Ciudad Juárez. El informe que emitió un mes después sumaba a los pretéritos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2002), Amnistía Internacional (octubre de 2003) y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (octubre de 2003). En concreto, los informes puntualizan:
Además de la misoginia y de la violencia familiar, inciden en el feminicidio de Ciudad Juárez la presencia del crimen organizado ligado al narcotráfico, pero no sólo a éste, así como la colusión de la policía y otras autoridades, que favorece la impunidad.
Los escenarios de la violencia de género
Fuera de los infiernos domiciliarios que viven las víctimas más cercanas a nosotros, a un metro diario de nuestro puesto de trabajo o subiendo quizá la misma escalera de vecinos; lejos, casi en otro mundo, viven mujeres aterradas en muladares de miseria y condenación, pozos infectos de pobreza y droga donde las perdedoras del mundo sobreviven gracias a un coraje que es tan irreal para nosotros como toda su existencia.
Cuentan que en las barracas de la prostitución de los suburbios centroamericanos, los proxenetas obligan a las prostitutas a consumir crack y heroína hasta que se enganchan, convirtiéndose luego en sus camellos y haciéndolas así dependientes de sus servicios.
La droga, que tiene la virtud de pasar por rendijas apuradas como filos, se cuela en los escenarios de la violencia de género igual que esos indicios inesperados que los detectives de las películas manejan como piezas de un puzzle.
Cuando haya resuelto el caso, el psicólogo, que es otro detective, tendrá ante sí la imagen que devuelve un puzzle armado; la instantánea de una historia de machismo y sentido de la posesión con final de página de sucesos, cuyo decorado puede evocar el interior de una mansión de lujo o la panorámica de un gueto asiático indistintamente: “Todas son nuestras hijas, todas son nuestras muertas”, dicen las madres de Ciudad Juárez.
MíšSICA Y DROGAS
Cocaína, Heroína, Anfetaminas, Barbitúricos, Alcohol y Rock and Roll
Decía Diego: “No puedes culpar al ídolo porque haga ciertas cosas. Los padres, en las casas; ellos son los verdaderos ídolos, los que le sacan la vida adelante a uno”. Maradona respondía así en rueda de prensa, recién llegado al aeropuerto de Madrid-Barajas.
Retraigámonos un poco más en el tiempo:
Un padre recibe por televisión la noticia del suicidio de Kurt Cobain, es 1994. Recuerda que el último disco que le pidió su hijo de tan sólo 15 años fue Never Mind, de Nirvana. “El mismo grupo de música en el que cantaba este tipo que se ha volado la cabeza con una Magnum” -piensa para sí-.
Inmediatamente sube a la habitación de su hijo y le dice: “no quiero volver a verte con esa guitarra”.
¿Disuelto el binomio Drogas y Rock and Roll?
Se puede culpar a la guitarra de la heroína, se puede culpar al Chill del LSD; y se puede culpar a los libros de caballerías de la paranoia. Pero, ¿aún cree alguien que Don Quijote se volvió loco por leer cuentos de caballeros?
La música, la literatura, el arte se alimenta de la vida. Para crear sólo hace falta una cosa: sentir. Y a sentir algo nos puede enseñar una droga, o quizá, también una condena en la cárcel (así Cervantes o Dostoievski), o a lo mejor un desamor. ¿No serán las musas adictas al amor, o por amor estarán cumpliendo condena?
Decía Mick Jagger que las drogas habían terminado desbancando de su lugar al pretérito ‘sexo’ en la leyenda “sexo, drogas y rock and roll”, de manera que ahora rezaba: “drogas, sexo y rock and roll”. Jagger denunciaba así su correcto orden de importancia en el panorama de la música actual.
Convertido en pareja, drogas y rock and roll se han ido repartiendo a partes iguales escenarios y camerinos; dejando caer rabias en los micros y polvos clandestinos en los backstages, como no ha mucho tiempo que había gigantes cual molinos en los campos de Castilla.
Hasta tal punto uno, que puede identificar enseguida cada década con un estilo musical concreto, si lo piensa un segundo más, sólo un segundo, también puede identificar todo ello con una droga concreta, como si se estuviese mostrando un tótem siniestro: los 70 fueron para el rock, pero también para la cocaína; los 80 son el pop, y también la heroína; los 90 para la música electrónica, además del éxtasis.
Cocaína, heroína, alcohol, anfetaminas. Las drogas en el mundo de la música
Atendamos a los nombres más célebres que uno y otro bando de este emparejamiento perverso pusieron en liza del destino. Prevenidos de cazas de brujas y aventuras malditas, contemos simplemente esta historia:
ELVIS y las anfetaminas
El chico pobre del sur de EE.UU., Elvis Aaron Presley, se ganó la vida como acomodador de cine, camionero, segador de césped También educó la voz en el coro de una iglesia baptista, se dejó tupé y patillas, y se convirtió en “el rey del rock’”
La caída de uno de los grandes mitos del siglo XX fue estrepitosa. ‘La pelvis’ (como también le llamaron por si característica forma de bailar) pesaba 130 kilos cuando encontraron su cadáver en una bañera de su mansión de Graceland. No fue el alcohol ni la heroína, una sobredosis de anfetaminas y barbitúricos con los que trataba de frenar su sobrepeso, le provocaron finalmente la muerte a los 42 años de edad.
JANIS JOPLIN y la heroína
La cantante blanca de blues y rock lucía gafas redondas, cara de niña y una potentísima voz que la llevó de viaje por el universo musical de los 60. Fue un escarpado paisaje para Janis Joplin, que entre otras cosas, descubrió la heroína. Dicen que ya había dejado de consumir heroína cuando estaba grabando Pearl, su último disco, póstumo, porque Janis tomó un chute de heroína pura que acabó con su vida en 1970, antes aún de que hubiese terminado el disco.
JIM MORRISON y el alcohol
Jim Morrison: cantante, poeta y adicto al alcohol. Fundó el grupo The Doors a mediados de los 60 y se convirtió en un icono de rebeldía y genio. Su imagen ha recorrido las rotativas de todo el mundo, pero siempre la de los primeros años. Morrison se fue desdibujando como la época que le tocó vivir. Dicen que además de alcohol, probaba todas las drogas, con dos peculiaridades: detestaba la heroína y lo que le enganchó hasta matarle fue el alcohol. En otra bañera, esta vez en París, murió “el rey lagarto” a los 27 años. Su cuerpo se había hinchado por los efectos del alcohol que nunca logró dejar.
ANTONIO FLORES y los barbitúricos
Una de las muertes más sentidas en nuestro país fue la de Antonio Flores, en mayo de 1995. Su madre, la inmortal Lola Flores, había fallecido dos semanas antes por un cáncer que arrastraba desde hacía muchos años. Parece que la fuerza de Lola era la del propio Antonio, en lucha contra las drogas desde que era un adolescente, porque cuando se marchó Lola, Antonio dejó de luchar.
Le encontraron en una cabaña del jardín, en la residencia familiar de los Flores, con una sobredosis de barbitúricos mezclados con alcohol. Dejaba una hija, Alba.
La droga que mató a JAMES DEAN
“Vive deprisa, muere joven y dejarás un bonito cadáver”, proclamaba James Dean con una ironía que tornó lúgubre cuando acabó predicando con el ejemplo. Un Porsche Spyder rojo que acostumbraba a pasarse de revoluciones fue su tumba.
¿Cuán descabellado es decir que la velocidad fue la droga que mató a James Dean? Tuvo el accidente cuando se dirigía a una carrera automovilística. Es decir, en unos minutos iba a correr en un circuito, e iba corriendo de camino. Y eso no es todo, acababa de ser multado poco antes por velocidad indebida. Conozco a alguien que diría que esto sí es ansia de consumo.
Las drogas o la velocidad son, como otros, signos del comportamiento humano, de unas carencias, de unas debilidades, quizá de un espíritu aún por descubrir. ¿Detrás de qué corrían James, Kurt, Elvis, Antonio ? O más inquietante aún: ¿delante de qué?